Yves Congar: Mirar la Historia para la reflexión Teológica

10:00 p m| 2 dic 16 (NCR/BV).- Recibí una de las más importantes introducciones a la Teología y al mundo de uno de los grandes teólogos del siglo XX cuando abrí por primera vez las páginas de “A History of Theology” de Yves Congar. Nunca fue un “bestseller” y probablemente no está considerada entre las obras más importantes de la impresionante colección de escritos del teólogo dominico, sin embargo, abrió la puerta a una serie de preguntas sobre la función de la teología -su capacidad para reflexionar sobre la experiencia de Dios y hablar a la gente contemporánea en cada momento de la historia y en contextos sociales muy divergentes- que han ocupado mi estudio y enseñanza desde entonces. Reflexión de la teóloga Catherine Clifford, publicado en National Catholic Reporter.

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Estaba en un seminario de cuarto año de un programa de pregrado, habiendo cambiado mis estudios principales a estudios religiosos apenas un año antes. El programa fue ofrecido a través de la colaboración y recursos compartidos de instituciones Católicas, Anglicanas, Menonitas y de la Iglesia Unida. El profesor menonita que presidía el seminario me pidió que preparara una presentación que explicara a mis compañeros de clase -la mayoría de los cuales pertenecían a otras iglesias cristianas- cómo, desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica podría cambiar tanto pero aún así seguir siendo la misma Iglesia. ¡Otros siguieron estos desarrollos con mucha atención!

No sabiendo cómo responder a este desafío, busqué el consejo de uno de mis profesores católicos, que inmediatamente me remitió a “A History of Theology”.

Una lectura desafiante, “A History of Theology” es una versión revisada y actualizada de un texto que Congar había publicado temprano en su carrera (1938-39) en el Dictionnaire de théologie catholique, titulado “Théologie”. Congar (1904-95), un sacerdote católico francés, nació a principios del siglo pasado. Contribuyó quizás más que cualquier otro teólogo del siglo XX al estudio de la Iglesia, incluyendo sus estructuras y su misión, denominadas “eclesiología”. Durante el Concilio Vaticano II (1962-65), sirvió como asesor experto en varias comisiones clave, haciendo contribuciones directas, y a veces significativas, a los textos oficiales del Concilio.

En seis capítulos bien documentados, “A History of Theology” examina las definiciones y enfoques cambiantes de la teología a través de la historia. Comienza desde la época pre-cristiana, cuando la teología -una reflexión razonada sobre Dios- era trabajo del filósofo metafísico, continúa con las perspectivas de los primeros escritores cristianos, luego con el período escolástico de la temprana y alta Edad Media, la Reforma del siglo XVI, y desde la Edad Moderna hasta finales del siglo XX.

Variamente entendidos, los métodos de la teología evolucionaron desde el comentario bíblico de los padres de la Iglesia (sacra pagina), a las obras más sistemáticas y especulativas de los teólogos medievales (sacra doctrina), y a la creciente especialización en tiempos modernos.

Los lectores de hoy estarán impresionados por la evolución dinámica y continua de la teología. A raíz del Vaticano II, Congar señaló que “la cuestión teológica, de hecho, incluso la idea de intento teológico” siguió evolucionando.

Congar traza hábilmente el cambio histórico en la teología occidental desde un enfoque informado por la tradición filosófica de Aristóteles y representado por las obras de Alberto el Grande y Tomás de Aquino en el siglo XIII, hacia el sistema más positivista del franciscano Duns Scotus en el siglo XIV. Cuando Tomás de Aquino y sus seguidores propusieron una distinción y continuidad entre nuestro conocimiento del mundo y nuestro conocimiento sobre Dios, el enfoque de Scotus considera la revelación de Dios como algo muy extrínseco al orden de la creación, manteniendo la línea agustiniana con San Buenaventura.

Estos acontecimientos, prefigurados en las dramáticas condenas del pensamiento de Aristóteles y Averroes en la Universidad de París en 1270 y 1277, sentaron las bases para el surgimiento del nominalismo y el declive de la teología medieval tardía. La discusión perceptiva de Congar proporciona pistas sobre tensiones persistentes que continúan manifestándose en diversas corrientes de la teología contemporánea.

Los escolásticos medievales, en su búsqueda de un sistema de pensamiento coherente y lógico, sin darse cuenta convirtieron la teología en un “instrumento de especialistas” que perdió el contacto con la vida de la Iglesia y la tradición bíblica. En reacción, los reformadores del siglo XVI impulsaron un retorno a la prioridad de la Sagrada Escritura y una reflexión más acorde con las luchas cotidianas de los cristianos ordinarios.

En el período de la Edad Moderna, tanto el catolicismo como el protestantismo estaban influenciados por movimientos más pietistas centrados en el encuentro con Cristo. En una época de agitación social, los campesinos y las clases trabajadoras se identificaron fácilmente con el Cristo sufriente y mostraron empatía con su madre.

La renovación teológica del siglo XX fue motivada por la preocupación pastoral de proclamar el Evangelio a la gente moderna e instruida por un retorno a la Biblia, a las primeras fuentes de la liturgia y a las ideas teológicas de los primeros escritores cristianos.

En todas las épocas, los teólogos están interesados en comprometerse con las corrientes intelectuales de su tiempo, e informar a la fe viva de la comunidad de creyentes a medida que encuentran nuevas preguntas. El testimonio viviente de la Iglesia, arraigado en la misma fe de los primeros seguidores de Jesús que se registra en las Escrituras, se traslada necesariamente al vernáculo de las nuevas culturas y participa en el diálogo con los nuevos conocimientos científicos.

La comunidad humana cambia y evoluciona a través de la historia. La iglesia aprende de los avances de la ciencia y la cultura, y -con la ayuda del Espíritu de Dios- puede crecer en su entendimiento de la revelación de Dios.

De esta manera, podemos hablar de “desarrollo” en la doctrina cristiana, que es más que un simple cambio en el lenguaje o expresión de la fe, más bien implica una penetración más profunda del misterio de Dios y del amor ilimitado de Dios por la humanidad.

Mientras que “A History of Theology” no es acerca del Vaticano II como tal, me ayudó a entender el Concilio como un momento en que toda la Iglesia católica emprendió una profunda autoexaminación cuando encaró los cambios históricos sociales, políticos y económicos que estaban remodelando la comunidad humana.

En un deseo de proclamar el corazón del mensaje del Evangelio a los hombres y mujeres modernos, trató de actualizar la enseñanza, el gobierno, la liturgia de la Iglesia, las formas de ministerio ordenado y la vida religiosa, y el testimonio de los fieles laicos.

La perspectiva de la historia -o lo que hemos llamado “conciencia histórica”- llevó a los teólogos y a los líderes de la Iglesia a comprender que la Iglesia se ha adaptado a los contextos sociales y culturales cambiantes, y a las necesidades pastorales concretas de las personas en épocas pasadas.

La teología nunca puede contentarse con repetir ciegamente las fórmulas del pasado. Tiene la responsabilidad crítica y creativa de apropiarse de la sabiduría y el significado de la fe en formas que ayuden a los contemporáneos a encontrarse con Cristo y vivir como sus discípulos. La teología se encarga de la mediación de las buenas nuevas de manera que pueda informar a la comunidad cristiana de la respuesta a los nuevos desafíos y perspectivas a medida que surgen en la historia humana.

Como criatura de la historia cuyo propósito último es informar a la práctica de la vida cristiana, nada escapa a la preocupación de la teología: la economía, las cuestiones de justicia social, la preocupación por los pobres y los marginados. Para llevar a cabo esta tarea, debe estar en diálogo con otras disciplinas.

A través de los años, he llegado a apreciar lo significativo y transformador que fue introducir una mentalidad “histórica operativa” en la reflexión teológica y en la vida de la Iglesia. La primera versión de “A History of Theology” fue escrita en el mismo período en que Marie-Dominique Chenu, entonces rector de la casa de estudios dominica, Saulchoir, -donde Congar enseñó- dio una conferencia programática. Esa conferencia provocó una controversia que se extendió por más de dos décadas.

Referenciando la festividad de Santo Tomás de Aquino en 1936, Chenu reflexionó sobre el método histórico que inspiró el estudio y la enseñanza de la teología en el Saulchoir, un enfoque caracterizado por la crítica como una nouvelle théologie -una peligrosa “innovación” y un distanciamiento de una inmutable tradición. Chenu se inspiró en gran medida en la reflexión de Tomás de Aquino, que cuidadosamente distinguía entre el objeto de la fe como tal y la expresión de la fe, que está condicionada por un contexto cultural particular.

El Saulchoir enseñó el trabajo de Aquino, el “Angelic Doctor”, prescrito por el Papa León XXIII como modelo para la teología católica, pero con un enfoque pensado desde la historia, no acrítico y en sintonía con los desafíos pastorales contemporáneos.

En 1938, los superiores religiosos de Chenu le obligaron a suscribir una serie de tesis que constituían una retracción de sus reflexiones, que pronto aparecieron en el índice de las obras prohibidas. Poco después, fue removido de su cargo como rector y el Saulchoir fue cerrado.

Congar escapó de la censura durante ese período de la Segunda Guerra Mundial, cuando sirvió como capellán del ejército y fue a parar en un campo de prisioneros de guerra. Pero a lo largo de los años cincuenta, quedó sujeto a sospechas, incomprensión y censura. ¿Quién pensaría que tomar la historia en serio podía ser tan costoso, o considerado una práctica tan peligrosa?

Las ideas de Congar, Chenu y muchos otros solo fueron recibidas cuando el Papa Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II. Juan XXIII ve a Cristo como el centro de la historia. En la Encarnación, Cristo entró en la historia humana. El Cristo Resucitado, a través del Espíritu, continúa actuando en y por medio de la comunidad humana.

Mientras haya tanto “el bien” como “el mal” en el mundo, la historia es una realidad agraciada y un “maestro de la vida” de la cual la Iglesia podría aprender. De hecho, Juan XXIII invitó a los obispos que participan en el Concilio Vaticano II a asumir un renovado sentido de responsabilidad por la misión de la Iglesia en lo que él llamó la víspera de “una nueva era en la historia del mundo”.

Estos temas son recogidos en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Moderno, Gaudium et Spes, donde el Concilio exhorta a todos los cristianos y a todas las personas de buena voluntad a asumir sus responsabilidades como “artesanos y autores de la cultura de Su comunidad”.

La vocación de la humanidad, en una época en la que hemos desarrollado la capacidad de moldear el mundo en el que vivimos -gravando peligrosamente los recursos de la Tierra para las generaciones futuras- es actuar de acuerdo con “nuestra responsabilidad para con nuestros hermanos, hermanas y con la historia”, dijo Gaudium et Spes. Hoy, la tarea de la teología sigue siendo reflexionar sobre esa responsabilidad a la luz del Evangelio.

“A History of Theology” abrió una puerta al mundo de la teología. Me condujo a otras innovadoras obras de Congar -Divided Christendom (1937), Lay People in the Church (1950), True and False Reform in the Church (1953), Tradition and Traditions (1960-63)- y sus muchos estudios en eclesiología.

Su ejemplo de constante trabajo duro frente a una gran adversidad y censura me transmitió cómo el servicio de la teología a veces es bastante incomprendido. El arrojar luz sobre las duras verdades de la historia y señalar el camino a la conversión trae la cruz. Cuando estoy tentada a ser impaciente con el lento ritmo del progreso, es útil observar el extenso panorama de la historia. Retroceder ayuda a poner las cosas en perspectiva, a discernir los movimientos del Espíritu de Dios.

La primera conversación desafiante como estudiante de pregrado fue el comienzo de un largo aprendizaje en los hábitos del diálogo. He descubierto muchos más compañeros ecuménicos en el camino. Más que compañeros de conversación, son compañeros peregrinos de quienes he recibido mucho.

Los hombres y mujeres con quienes tuve el privilegio de estudiar durante mis años de posgrado me ayudaron a cultivar una pasión por la Iglesia. No porque sea una comunidad perfecta, sino precisamente porque el Espíritu de Dios continúa trabajando a través de este encuentro diverso de humanidad, con todos sus fracasos y debilidades.

Me esfuerzo por inculcar en mis estudiantes hoy esa misma sensación de confianza en el Dios de la historia y un amor por la diversidad de dones espirituales que nutren y enriquecen a los peregrinos de Dios.


Fuente:

National Catholic Reporter

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