P. Marcos Recolons SJ: “Isa Solá era una mujer valiente que vivía el evangelio a flor de piel”

3:00 p m| 21 set 16 (RD/BV).- “Compartíamos el sueño de hacer una educación de calidad para los pobres”. El jesuita Marcos Recolons, director de Fe y Alegría en Haití, recuerda en esta entrevista con Religión Digital a la misionera española Isabel Solá Matas, asesinada el 2 de setiembre en Puerto Príncipe, y con la que colaboraba en el día a día, con el común deseo de “servir a los más pobres”. Isa Solá estaba viviendo en Haití desde el 2008 dedicada a la educación de los más necesitados, para luego entregar todo su esfuerzo en la reconstrucción del país después del dramático terremoto del 2010. Adjuntamos también una emotiva carta que el sacerdote envió a familiares y amigos para informar de lo ocurrido y un testimonio de Miguel Ángel Malavia, redactor de la revista Vida Nueva, quien conoció a la misionera en el 2011, apenas meses después del terremoto.

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La misionera Isabel Solá Matas (51 años, Barcelona) Religiosa de Jesús María fue asesinada la noche del 2 de septiembre durante un atraco en Puerto Príncipe (Haití). Solá llegó a Haití en el 2008, tras 18 años en Guinea Ecuatorial donde se centró en labores educativas y de apoyo a las mujeres, poco después de haber terminado sus estudios de Teología en Comillas. Cuando llegó a Haití empezó también a montar escuelas, pero al cabo de dos años se produjo el terremoto que vivió en primera persona. Después del suceso, que asoló el país y dejó 316000 muertos y 350000 heridos, la religiosa compartió su testimonio en una carta enviada a sus compañeros de las Obras Misionales Pontificias (OMP). “Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios”, decía.


Entrevista de RD al P. Marcos Recolons SJ

-¿Quién era Isa Solá?

Una mujer valiente, de calidad humana excepcional, que vivía el evangelio a flor de piel, entregada en cuerpo y alma a los demás. El sábado pasado me reuní con sus hermanos y hermana en Port-au-Prince. Allí ellos me hicieron ver la gran coherencia de la vida de Isa. Me hablaban de su fidelidad en acompañar y ayudar a los ancianos del Casal de Cabrera de Mar a sus 16 años, de sus escapadas del Noviciado de Valencia para prestar algún servicio los hogares de menores, de su trabajo en Guinea Ecuatorial durante 18 años. Allí, me decían tuvo algo así como una crisis eclesial, ante conductas de hombres de Iglesia y convivencias con un sistema y un régimen dictatorial. Su ida a Haití estuvo determinada por el deseo de servir a los más pobres. Todo esto la preparó para responder con increíble calidad humana y espíritu evangélico en el acontecimiento que cambió radicalmente su vida: el terremoto de Haití del 12 de enero de 2010.

– ¿En qué proyectos colaboraban?

Después del terremoto Isa se volcó en el taller de prótesis, para atender a los muchísimos mutilados que dejó aquella catástrofe. Pero su sentido de organización le permitió ir pasando responsabilidades a sus colaboradoras y colaboradores haitianos y así su presencia diaria en el taller no era necesaria. Entonces continuó desarrollando sus dos vocaciones: la enfermería (trabajando en un dispensario móvil) y la enseñanza (preparándose para fundar una escuela de Fe y Alegría).

Estábamos trabajando juntos en la elaboración de un proyecto en un barrio superpoblado de damnificados por el terremoto. Fe y Alegría adquirió allí unos terrenos para edificar un Politécnico, un amplio espacio de canchas deportivas para el barrio, una escuela de Fe y Alegría, un dispensario y una vivienda para las religiosas (una comunidad intercongregacional). Ella había sumido el trabajo de planificar y gestionar la construcción del dispensario, la escuela y la vivienda y posteriormente de dirigir la escuela.

– ¿Cómo están viviendo su muerte? ¿Se sabe algo de la investigación?

El shock ha sido tremendo, pero la reacción del pueblo haitiano, que inmediatamente ha asumido a Isa como una de sus heroínas, ha sido un gran consuelo. Lo ocurrido con Isa es algo muy fuera de la cultura haitiana, que quiere a las religiosas y que se cuida mucho de ejercer violencia contra los extranjeros. Un ladrón aprovechará la oportunidad de robarles, pero disparar contra ellas o ellos es algo totalmente inusitado. No tenemos noticias sobre la investigación.

– No sé si pudiste estar en el funeral…

No pude estar en el funeral, porque tuve que viajar cuatro días después del asesinato de Isa.

– ¿Cuál es la situación en Haití, seis años después del terremoto?

Es opinión común en Haití es que se ha desperdiciado una oportunidad histórica de aprovechar las importantes ayudas que llegaron después del terremoto, para dar un salto adelante en la economía, la educación, la sanidad y los demás servicios sociales. Se han reconstruido edificios públicos y algunas carreteras, la cooperación española ha hecho un buen trabajo en dotar de agua potable a bastantes poblaciones y otras instituciones han desarrollado algunos proyectos. Los proyectos pequeños, desarrollados por instituciones religiosas y ONGs chicas han sido bastante significativos. Con todo, no solo el gobierno, sino también los grandes organismos de cooperación internacional han dado muestras de incompetencia y de corrupción.

Hay todavía algunos campamentos de damnificados, mucho menos visibles que hace tres o cuatro años, pero gran parte de los que perdieron su vivienda han ocupado los grandes eriales que rodean la ciudad, en algo así como grandes favelas. Tenemos ya una gran escuela en una de ellas y el complejo que proyectábamos con Isa iba a ser en otra.

– ¿Cuáles eran los sueños de Isa para la población del país?

Isa era una soñadora, pero muy concreta y práctica. Sus sueños eran la recuperación de la calidad de vida de las víctimas del terremoto y una educación de calidad para los niños, niñas y adolescentes. De eso hablaba constantemente.

Isa Solá, tanta vida que se desbordó

El redactor de la revista “Vida Nueva”, Miguel Ángel Malavia que pudo conocer en persona Isa Solá durante un Viaje con Medios de Comunicación realizado con Manos Unidas en octubre de 2011 a Haití. ha querido recordarla con estas palabras:

Me enteré unas horas después, cuando encendí el móvil y leí el titular de la noticia. Tuve que leerlo varias veces más para asegurarme de que aquellos nombres que me resultaban tan familiares (Isa Solá, misionera española, Haití) aparecían ligados realmente entre sí en los grandes medios y daban cuenta de la noticia jamás esperada: en pleno centro de Puerto Príncipe, dos desconocidos la habían asesinado a tiros para robarle el bolso. La primera reacción fue de incredulidad. Luego llegaron la indignación y, finalmente, la tristeza, la nostalgia.

Conocí a Isa Solá gracias a Manos Unidas en octubre de 2011. Junto a un grupo de compañeros periodistas y miembros de la entidad eclesial, tuve el gran regalo vital (siempre será una de mis experiencias esenciales) de recorrer durante diez días el país y comprobar cómo eran muchas las personas e instituciones que estaban levantando a los haitianos del aldabonazo del terremoto del 12 de enero de 2010 (más de 200.000 muertos y casi todo realmente por los suelos). ¿Cómo? A base de impulsar redes solidarias, de alumbrar comunidades hermanas. De ayudarse los unos a los otros y salir adelante.

Tenía los ojos azules, era rubia y muy guapa. Su aguda inteligencia iba estrechamente unida a una sonrisa inacabable. No costaba nada imaginar que su vida podía haber sido muy diferente de haber seguido el camino marcado en su Barcelona natal. Pero siempre lo tuvo claro: con solo 19 años decidió ser religiosa de Jesús María. Su sueño era “ser misionera en África y vivir entregada a los hermanos, especialmente a los más pobres”. Y vaya si lo cumplió: estuvo 14 años en Guinea Ecuatorial al frente de una escuela para niños sin recursos. Pero el destino le tenía guardada una sorpresa: encarnarse plena y definitivamente en otra realidad, en otro continente. Sería hija de Haití, un país castigado durante siglos por todos los males de este mundo: la esclavitud, la corrupción, el colonialismo rapiñador, la violencia, la pobreza globalizada.

Llegó unos meses antes del sismo que lo paró (aún más) todo. Siempre lo recordó como “la mayor tristeza” de su vida. Ese día, de pronto, se vio yendo a la carrera a la escuela en la que impartía clases para niños que eran como sus hijos: llegó y, bajo los escombros, aún se escuchaban voces que pedían auxilio. Empezó frenética a desenterrar, pero una segunda sacudida ocasionó el peor sonido de todos: el silencio total. La muerte avasalladora. Cuando volvió a la casa que compartía junto a otras hermanas de su congregación se encontró con que esta también había caído. Varias de sus compañeras estaban heridas. Siguieron días de vagar por las calles, de no dormir, de no comer. Siguieron días de tener que amputar ella misma brazos y piernas. Entonces lo vio claro, experimentó qué había realmente al otro lado del abismo que hasta ahora solo había ayudado a evitar en otros: “La gente deambulaba por las calles. Algunos se ponían violentos porque tenían hambre. Yo misma experimenté que el hambre te puede empujar a hacer lo que sea”. Desgraciadamente, al final su vida la segaron dos personas sin la más mínima esperanza.

Sin embargo, Isa Solá tenía tanta fuerza que era impensable una retirada, un irse de allí, de su casa, dejando a los suyos. Creó un taller para esas personas a las que el terremoto había dejado sin brazos o piernas. Con su ayuda, ellas mismas participaban en la creación de sus prótesis e iban cada poco a adaptarse a su nueva extremidad paseando por sus instalaciones. Allí fue cuando la conocí. Allí, en ese ambiente relajado en el que personas rotas se aferraban a una esperanza, fue cuando me impactó su sonrisa. Porque no es poco lo que hacían con ellas: en la cultura haitiana, un lisiado es un castigado de Dios. Un paria, alguien sin futuro. Isa Solá y su gente les daban todo eso y les ayudaban a encauzarlo: con seguimiento psicológico, con búsqueda de salidas laborales o incluso con ayuda para que crearan su propio empleo a través de un programa de microcréditos.

Desde entonces, ya a través del contacto por el correo electrónico, he recibido de ella siempre una respuesta generosa en todo lo que le pedía. Me gustaba pensar en el próximo reportaje que le propondría (siempre busco la oportunidad para escribir de Haití). Sabía que tenía mil historias que contar, aunque, humilde en extremo como era, huía de aparecer como protagonista. Lo que nunca pude imaginar es que abriría los informativos en España para lo único que lo hacen los misioneros: con su asesinato.

Me reconforta algo. Se han cumplido dos frases que me regaló entonces. La primera: “Dios me dio la vida y esta ya no tiene sentido si no es para darla”. La segunda: “Me gustaría que me recuerden por haber vivido para los demás”. Todo se ha cumplido. Ahora te toca descansar y recoger lo sembrado: hoy compartes el banquete que nunca se acaba junto a Jesús de Nazaret.


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Fuentes:

Religión Digital / Fe y Alegría (Haití) / Manos Unidas

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