Confidencias del Papa Juan XXIII que enriquecieron el Vaticano II

P. Roberto Tucci y Papa Juan XXIII

1.00 p m| 31 ene 13 (RADIO VATICANA/BV).-“La Civiltà Cattolica” publicó los diarios del padre Roberto Tucci en los que relata sus conversaciones con el Papa Juan XXIII. Gracias a la difusión de esta información tenemos una descripción muy cercana de cómo Juan XIII se preparó al concilio convocado por él mismo. En los años del Vaticano II el cardenal Tucci era director de la mencionada publicación.

Los diarios son un documento valioso, no sólo desde el punto de vista teológico, sino también porque proporcionan un testigo, -además del autor- en Juan XXIII. Muestra también el papel especial desempeñado por la revista jesuita “La Civiltà Cattolica” durante el Concilio.

La publicación expone un resumen de los cinco coloquios que tuvo Tucci con el Papa Juan XXIII entre los años 1959 y 1962, es decir, entre el anuncio y el inicio del Vaticano II.

Aquí algunos fragmentos importantes:

A través del diario del director de “Civiltà Cattolica” de la época, p. Roberto Tucci, actualmente cardenal, el cual, en razón de su cargo, fue recibido varias veces en audiencia por Juan XXIII, es posible confirmar, durante los tres años que duró la preparación del acontecimiento, los temas que más le importaban al papa y las estrategias de acción que llevó a cabo para dar un mayor impulso al futuro concilio.

La primera audiencia se fijó inmediatamente después del nombramiento de p. Tucci como director de la revista romana de los jesuitas. Esa tuvo lugar en Castel Gandolfo el 12 de septiembre de 1959. A este propósito anotaba el director: “Impresionante sencillez y afabilidad que elimina cualquier sensación de cohibición, y conmueve. Me ha acogido en la puerta y me ha vuelto a acompañar casi hasta el umbral”. El Papa, yendo más allá del protocolo, había salido al encuentro del joven p. Tucci, que en esa época tenía 38 años, y, permaneciendo de pie, había dialogado amablemente con él: se maravilló de lo joven que era, le habló de los jesuitas que había conocido y de la obra que él mismo había escrito sobre las visitas que San Carlos Borromeo había realizado en su tiempo a la diócesis de Bérgamo.

A punto de finalizar ya la audiencia, escribe el jesuita, el Papa “volvió a hablar de la seriedad y seguridad doctrinal de nuestro periódico, y mencionó el hecho de que los buenos padres jesuitas franceses de Études se habían dejado influir un poco también ellos por el movimiento de ideas innovadoras cuando él era nuncio en París. Menciona una especie de neomodernismo que a veces, “por lo que me dicen”, se introduce en la enseñanza también eclesiástica: todo se convierte en problema y los jóvenes acaban cuestionándolo todo”.

El papa hacia referencia a los teólogos de la nouvelle théologie, condenada en esos años en Roma y vista con sospecha en algunos ambientes católicos. Muchos de esos teólogos, de hecho, eran jesuitas: entre ellos estaban los padres de Lubac, Daniélou, Teilhard de Chardin, Rahner y otros; los escritores de la revista jesuita parisina, al contrario de sus colegas romanos de “Civiltà Cattolica”, sostenían con entusiasmo esta corriente novatrice.

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La audiencia sucesiva, que tuvo lugar cinco meses después, es decir, el 1 de febrero de 1960, fue muy importante: en ella el Papa habló largo y tendido sobre el futuro concilio.

“Ha mostrado claramente – anotaba el director de ‘Civiltà Cattolica’ – que él ve el concilio ecuménico en conexión con el problema de la reunión con, al menos, las Iglesias orientales separadas. No se hace ilusiones, pero constata que el clima espiritual ha mejorado mucho desde los días de León XIII. Me dicen que esté atento, mas ¿cómo puedo responder duramente a quien se dirige a mí de manera tan amigable? Pero yo tengo siempre una rendija de mis ojos abierta para no dejarme engañar”.

El Papa habló, inmediatamente después, de la necesidad de actualizar el lenguaje de la teología y la doctrina católica formulado a lo largo de los siglos: “A continuación – sigue el director – hace una distinción bastante explícita entre el dogma propiamente dicho, misterios que hay que aceptar humildemente, y las explicaciones teológicas”.

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En la audiencia del 7 de junio de 1960, Juan XXIII se entretuvo hablando con el director de “Civiltà Cattolica” sobre la preparación del concilio. En esa fecha la fase ante-preparatoria ya estaba concluida, y el papa ya había nombrado las comisiones encargadas de redactar los esquemas que había que llevar al concilio.

“El Papa tiene la intención – escribía el p. Tucci – de implicar en el esfuerzo de preparación no sólo a la curia romana, sino un poco a toda la Iglesia. Observa que a menudo en el exterior la tienen tomada con la curia romana, como si la Iglesia estuviera toda ella en manos de los ‘romanos’; hay tantas bellas energías también en otros lugares, ¿por qué pues no intentar implicarlas?”.

“[El Papa] admite – escribía el jesuita – que ha existido una cierta resistencia por parte de los cardenales [de la curia] y que él, por otra parte, no quiere actuar sin ellos, porque están a su lado precisamente para ayudarle en el gobierno de la Iglesia. Prevé que ahora empezará una lucha bastante tenaz, porque los cardenales tienen sus propios secretarios o sus protegidos que querrán situar en las comisiones y, ciertamente, no por motivos sobrenaturales. Es el mal sutil de la curia romana: las prelaturas, los ascensos. Él tiende, sin embargo, a usar también a los extranjeros: ha pedido por ello a todos los obispos y nuncios que redacten unas listas de las personas adecuadas para dicho trabajo”. La Iglesia – concluía el Papa – debe de alguna manera adaptarse a los tiempos, y así deben hacerlo también la curia romana y la corte pontificia.

Mencionaba también su condición de “prisionero de lujo” en el Vaticano y el exceso de pompa y ceremonial que rodean a su persona. “No tengo nada contra estas buenas guardias nobles – confió el pontífice –, pero tantas reverencias, tanta formalidad, tanta pompa, tanta procesión me hacen sufrir, créame. Cuando bajo [a la basílica] y me veo precedido por tantas guardias, me siento como un detenido, un malhechor; en cambio, desearía ser el bonus pastor para todos, cercano a la gente. El Papa no es un soberano de este mundo. Cuenta como le incomodaba al principio ser llevado en la silla gestatoria a través de las salas, precedido por cardenales a menudo más ancianos y decrépitos que él (añadiendo además que ni siquiera era muy seguro para él, porque en el fondo se está siempre un poco en vilo sobre ella)”.

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En la audiencia del 30 de diciembre de 1961, Juan XXIII expresó al director de “Civiltà Cattolica” su pesar y descontento por un artículo que el Santo Oficio le había encargado al p. Antonio Messineo contra Giorgio La Pira por sus posiciones en materia política, consideradas demasiados indulgentes o ingenuamente optimistas respecto a la izquierda. “No se escribe de esta manera sobre un católico practicante y de justas intenciones – dijo el Papa al p. Tucci –, aunque esté un poco loco y a veces tengas ideas que no están bien fundadas doctrinalmente”.

En esta misma audiencia el Papa habló también sobre la situación política y la necesidad de que la Iglesia abandonara los viejos esquemas de contraposición ideológica, y trabajara para la reconciliación de los hombres.

Se lamentó de las críticas que le dirigían en algunos ambientes eclesiásticos por haber respondido al mensaje de felicitación que le había enviado el presidente de la Unión Soviética, Nikita Krusciov, y añadió: “El Papa no es un ingenuo, sabía muy bien que el gesto de Krusciov estaba dictado por fines políticos de propaganda; pero no responder habría sido un acto de descortesía injustificada. La respuesta, sin embargo, estaba calibrada. El Santo Padre se deja guiar por el sentido común y el sentido pastoral”.

El Papa se quejó, además, de que algunos detractores lo acusaban de “espíritu conciliatorio” y dijo que jamás se había “separado, ni siquiera mínimamente, de la sana doctrina católica” y que quien lo acusara de esto debería aportar las pruebas. “Le molestan además – anotaba p. Tucci – los ‘tipos zelotas’ que quieren siempre golpear. Siempre han existido en la Iglesia, y seguirán existiendo, y se necesitan ¡paciencia y silencio!”.

Hablando sobre la política italiana, el Papa le dio al director de “Civiltà Cattolica” indicaciones muy precisas y difíciles. “El Papa desea – escribía p. Tucci – una línea de menor compromiso en las cuestiones de la política italiana”.

El Papa dijo, además, tranquila pero decididamente, que no apreciaba mucho el espíritu militante, intransigente de la revista y pidió que se adaptara, tanto en el estilo como en los contenidos, a los nuevos tiempos. Citando un comentario de un amigo suyo, dijo: “Los buenos padres de ‘Civiltà Cattolica’, por cualquier cosa, ¡lloran y lloran! ¿Y que han conseguido? Es necesario ver el bien y el mal –comentó– y no ser siempre pesimistas sobre cualquier cosa”.

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En los últimos meses antes del final de la larga fase preparatoria, Juan XXIII estuvo ocupado leyendo con gran atención los esquemas redactados por las comisiones antes de que fueran enviados a los padres conciliares. Juan XXIII, no muy satisfecho con dichos esquemas, habló de ello con el director de Civiltà Cattolica en la audiencia del 27 de julio de 1962.

El Papa, anotó el p. Tucci, “me ha hablado de la revisión de los textos conciliares que está haciendo. Me ha enseñado algunas de sus notas al margen de los mismos: [entre otras] las de un texto en el que, en una página y media, sólo se enumeran errores, observando que se necesitaría menos dureza. Me ha dicho también que ha tenido que explicitar que era su intención revisar los textos antes de que fueran enviados a los obispos. Pero que al principio no le habían tenido en cuenta, por lo que algunos textos ya habían sido enviados sin que él los hubiera visto”.

Volviendo al ámbito político, recordemos que en esa época, entre los católicos italianos, como también entre los mismos líderes de la Democracia Cristiana, se debatía sobre la necesidad o menos de aceptar la colaboración en el gobierno de los socialistas de Nenni. Dicha perspectiva era muy criticada por el presidente de la conferencia episcopal italiana, el cardenal Giuseppe Siri, y también por muchos prelados de la curia romana, en primer lugar por el [card. Alfredo Ottaviani] prosecretario del Santo Oficio. La administración estadounidense seguía la cuestión con gran aprensión, y presionaba al propio embajador en Italia para que hiciera lo posible con el fin de impedir la ampliación del conjunto del gobierno a la izquierda. En aquel tiempo muchos católicos consideraban que, desde el punto de vista ideológico y político, entre la posición de los socialistas y la de los comunistas no había en práctica mucha diferencia, por lo que aceptar la colaboración de los primeros significaba implícitamente acoger también a los segundos.

“Hay que estar muy atentos – confiaba el Papa al p. Tucci – porque hoy los políticos, también los democristianos, intentar tirar de la Iglesia hacia su propia parte y acaban utilizándola para finalidades no siempre altísimas. Yo no entiendo de esto, pero francamente no comprendo porqué no se puede aceptar la colaboración de otros que tienen un ideología distinta para hacer cosas buenas en sí mismas, siempre que no se ceda sobre la doctrina”.

Fragmentos publicados en el Blog Chiesa.

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