El sexo en el Nuevo Testamento

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4.00 p m| CÓRDOBA, 24 ago. 11(MIRADA GLOBAL/BV).- Rafael Velazco, sacerdote jesuita y Rector de la Universidad Católica de Córdoba enuncia en este breve artículo de título provocador, un postulado sencillo: Jesús casi no se refiere al sexo en el nuevo testamento; las preocupaciones de Jesús son los pobres, los enfermos, el Reino, el amor, la justicia. Por supuesto este solo enunciado choca con la abrumadora presencia de regulaciones morales sobre la sexualidad en la vida cotidiana dentro de la iglesia y el modo cómo los pecados que Jesús denunció pasan como pecados leves. Breve y al punto: “debemos corregir muchos énfasis doctrinales eclesiales y centrarnos más en lo que más le importaba a Jesús.”

El artículo fue originalmente publicado en Newsweek y ha sido colgado en la revista electrónica de los jesuitas latinoamericanos “Mirada Global”.

Si bien el Antiguo Testamento está bastante lleno de referencias sexuales, muchas de ellas disimuladas con eufemismos y otras muy poco edificantes; en el Nuevo Testamento, en particular en los evangelios, son muy raras las referencias de Jesús a los temas sexuales. Algunas referencias explícitas al adulterio y al divorcio, y poco más.

Los intereses de Jesús

La predicación y la acción de Jesús, en los Evangelios, está fuertemente marcada por la referencia a la necesidad de amar inseparablemente a Dios y al prójimo, y por eso trabajar por un “reino” en el que los últimos sean los primeros, los que parecen lejos (religiosamente) se sientan cerca del corazón de Dios, los enfermos y pecadores se sientan acogidos y los excluidos sean incluidos.

Jesús anuncia el amor incondicional de Dios y se enoja severamente con las personas religiosas que utilizan la religión para oprimir a las personas. Llega a llamarlos “raza de víboras”. Los increpa duramente por “atar pesadas cargas a las espaldas de la gente común mientras ellos no las tocan ni con un dedo”. Se ofusca porque las personas religiosas “cambian la palabra de Dios por sus tradiciones humanas”. Bastante claro.

Sin embargo las personas religiosas de todos los tiempos –las de la Iglesia Católica no hemos sido la excepción– no han estado exentas de reducir el acontecimiento de Jesús a una fría doctrina moral. Una doctrina argumentada –muchas veces– desde supuestos filosóficos extraños al evangelio.

Así se ha tendido a privilegiar más la pureza moral que la alegría del Reino de Dios. Y en ese modelo de pureza, la observancia en lo sexual tiene un papel importante (Freud lo estudió bastante a fondo).

Esa obsesión doctrinal por añadir interpretaciones morales basadas en tradiciones filosóficas que fueron aptas para otros tiempos y la dificultad de los líderes religiosos para comprender el mensaje contextualizado, es causa de que muchos hombres y mujeres de buena voluntad se sientan oprimidos por una religiosidad con la que ya no pueden cargar.

El núcleo del mensaje de Jesús –señalado por san Marcos– es que Dios se ha acercado gratuitamente y por lo tanto debemos convertirnos y creer en esa Buena noticia (cfr. Mc. 1, 14 – 16). Esa buena noticia del amor gratuito hace que las personas se entreguen gratuitamente a servir a sus semejantes. Este es el núcleo del mensaje de Jesús. Un llamado a la libertad.

Pero lamentablemente se ha tendido a lo largo de los siglos –y aún hoy en vastos sectores de la Iglesia– a confundir moral con fe, y a poner en un lugar relevante, casi como piedra de toque, todo lo que tiene que ver con lo sexual (métodos de control de natalidad, relaciones prematrimoniales, imposibilidad de participar de la comunión –sin ninguna excepción– para los divorciados y vueltos a casar mientras mantengan juntos vida sexual, etc).

Que durante mucho tiempo los pecados mortales que impedían acercarse a la comunión sacramental fueran –de facto– los que iban contra el sexto y el noveno mandamiento (es decir, los que refieren a lo sexual) y que otros pecados que Jesús hubiera considerado realmente graves (la injusticia a la hora de pagar los salarios, la falta de caridad con el prójimo, la resistencia a perdonar), se consideraban poco menos que pecados leves, muestra a las claras la distorsión respecto de la religión de Jesús.

No se trata aquí de afirmar que el evangelio propone una suerte de “vale todo”; pero si miramos los énfasis de Jesús, veremos que seguramente debemos corregir muchos énfasis doctrinales eclesiales y centrarnos más en lo que más le importaba a Jesús. Poniendo así el sexo en su justo lugar.

Imagen: Mirada Global

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