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04/04/24: NEUROCIENCIA Y RELIGION: LOS 4 AMORES

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De: Gianna Tassara

Fui una niña enfermiza, solitaria y observante, híper sensible y renuente a los juegos grupales.

Mis padres decidieron educarme en casa para cuidarme y a los 8 años ya huérfana de padre, fui por primera vez al Colegio. Mamá tan sabia siempre me dijo “Deja hablar a tu corazón” y aprendí a relacionarme con las personas con las que realmente “empatizaba “y que a pesar del tiempo perduran en mi corazón…algunas aún viven, otras se me adelantaron en el viaje.

La Religión nos habla de la Amistad…

Un amigo fiel es remedio saludable: los que temen al Señor lo encontrarán. El que teme al Señor es fiel a la amistad, y como fiel es él, así lo será su amigo” (Ecle. 6, 14-17).

“Ama a tu amigo como a ti mismo” (Lev. 19, 18), “Amalo en todo tiempo, como un hermano en los días tristes” (Pr 17:17).

Gracias a mi pasión por el conocimiento de nuestra humana conducta y la facilidad de las Bibliotecas Universitarias….pude acceder al libro del famoso C.S. Lewis miembro de la Iglesia Británica, quien posee el mejor estudio sobre los sentimientos humanos y en especial sobre: Los 4 (Tipos de) Amores.

Lewis nos aclara que el amor requiere de necesidad, si bien luego conduce a la entrega y a la admiración. Señala que hacia lo alto se asciende desde lo bajo, lo inferior. Por eso, aunque el amor óptimo consista en decir: «¡Qué fantástico es este vino, qué fresca es esta agua!», muchas veces requiere de pasos más toscos e iniciales como: «¡Cuánta sed tenía!».

Los cuatro amores, que Lewis disecciona a partir de términos griegos para el afecto, como storgé (cariño familiar), philía (amistad), eros (amor pasional), y el inglés Charity (del latín caritas, con reminiscencias del griego kharis), que sería el griego cristiano agápe, o amor de Dios.

Lewis nos ayuda a distinguir muy bien entre nuestros distintos tipos de afecto, ahondar en ellos, ordenarlos, dotarlos de sentido y, sobre todo, aspirar a una armonía cuyo culmen y cimiento es Dios en su incondicionalidad, y en la carnalidad de Cristo.

Porque nuestro espíritu y verbo necesitan alimento constante.