Kellyanne Conway: La mentirosa portavoz de la Casa Blanca

Nadie cree ya en lo que dice la portavoz y consejera de Donald Trump y, sin embargo, ahora es más popular que nunca, porque sabe combinar ante el público sus mentiras políticas con una desarmante autenticidad personal.

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Además del propio Donald Trump, nadie ha entendido mejor la fuente de poder del populismo que su portavoz Kellyanne Conway.

La estrella del trumpismo sabe que para mandar debes ocupar siempre el centro del escenario. No importa que para seguir en él llegues al ridículo, el absurdo o la falsedad porque, mientras te sigan mirando, es que estás mandando.

Kellyanne Conway domina a la perfección este principio desde que fue Miss Princess Blueberry New Jersey en su Camden natal, que sufrió la tasa más alta de criminalidad de EE.UU. en el 2012 y es el ejemplo del empobrecimiento de la clase media blanca que la ha llevado a la Casa Blanca.

Kellyanne conoce a su gente, por eso su popularidad sigue creciendo, pese a que ha mentido tanto que la CNN o la MSBNC han llegado a vetar su presencia en sus debates por su falta de crédito.

Para otros comunicadores clásicos, un veto así sería una humillación, pero Conway ha sabido transformarlo en otra oportunidad de que se hable más de ella y de que quienes la veten pierdan puntos de audiencia. De hecho, la CNN ha acabado por readmitirla.

Los hechos han vuelto a corroborar así el principio que la ha convertido en la primera mujer que ha dirigido una campaña a la presidencia de EE.UU. y, además, la ha ganado.

Mucho antes ya había sabido labrarse una deslumbrante carrera política desde el hogar humilde que compartía con su madre, su abuela y dos tías después de que su padre camionero las abandonara.

Allí descubrió que la gente humilde de América no tiene por qué ser de izquierdas, sino que a menudo –y en especial cuando las cosas les van mal– es todo lo contrario; y que la única virtud que puede con todos los errores es la persistencia.

Trabajando y estudiando se licenció en Derecho y logró acceder al exclusivo club, hasta entonces reservado a los varones, de los encuestadores políticos republicanos.

Enseguida descubrió que tenía el don de decir lo que la gente quería escuchar y fundó su propia empresa especializada en audiencias femeninas a las que aprendió a vender todo tipo de ideas reaccionarias. Y se fue convirtiendo así en estrella emergente del conservadurismo americano, porque hasta sus críticos reconocen que si llegas a conocer a Conway en persona, es difícil que te caiga mal.

Por eso se hace una y otra vez con las audiencias con su fragilidad de mosquito glamuroso. Porque, aunque su público ya descuenta que miente en política –como todo el mundo– resulta de una franqueza desarmante en lo personal. Hace poco explicaba ante los periodistas, por ejemplo, lo atractivo que encuentra a Joe, de su servicio secreto, “que sería con quien tendría algo si tuviera algo con alguien del servicio secreto”.

Por eso, cuando su foto de rodillas sobre un tresillo para hacerle una foto al presidente dio la vuelta al mundo, y un senador dijo que Conway en esa postura le “resultaba familiar”, el feminismo no supo si defenderla o condenarla.

Y es que antes había sido ella la que disculpó a Trump el día en que estalló el escándalo por su frase: “A las tías hay que agarrarlas por el coño y si eres una estrella, te dejan”.

Ese día se ganó definitivamente la confianza de Trump al aconsejarle que cancelara todas las entrevistas programadas y fuera a reunirse con sus seguidores a la calle. De ese modo, las teles sólo consiguieron tomas favorables del candidato rodeado de sonrisas y aplausos.

Ahora es tal la popularidad de la asesora que ha dejado de ser comparsa del presidente que la llama “my Kellyanne”, para convertirse en objeto de imitaciones, miradas y cuchicheos dejando en un indiscreto segundo plano a la primera dama.

Eso es precisamente lo que más respeta el presidente en ella, su capacidad de ocupar el espacio público y su procedencia de uno de esos hogares de americanos blancos perdedores que les han convertido a ellos en ganadores.

En esta caótica presidencia, Conway es la incondicional que comparte la hamburguesa con el presidente en el despacho mientras se acaba el mundo alrededor; vuelve a mentir por él las veces que haga falta y le aconseja cómo conectar con su gente en televisión, que es lo único que importa de cara a las próximas legislativas.

Unidos por la ambición la exmiss y el exconcursante de telebasura saben que triunfar consiste en no darse nunca ni por vencido ni por desmentido. Porque si logran que no les dejen de mirar en ningún momento y repiten su mentira con la suficiente convicción, es el publico el que acaba dudando de sus propias verdades.

En: lavanguardia