Falleció obispo Casaldáliga: protector de los pobres y la Amazonía

8:00 p.m. | 14 ago 20 (IL/LV).- Tras varios años conviviendo pacíficamente con el hermano Parkinson, como él llamaba a esa enfermedad, falleció el 8 de agosto a los 92 años en la ciudad de Bataties, del Estado de Sao Paulo, Pedro Casaldáliga, sin duda, el obispo más carismático y profético del episcopado brasileño y el símbolo más luminoso del cristianismo liberador de América Latina.

Nacido en España, durante más de medio siglo se convirtió en el defensor de los “condenados de la tierra” y en la voz de la gente cuya voz no suele ser escuchada. Fue propuesto merecidamente en varias ocasiones para el premio Nobel de la Paz por otro premio Nobel, el intelectual y activista argentino Adolfo Pérez Esquivel.

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Si hubiera que dar una breve definición de su persona la resumiría en estos dos títulos: amigo del Dios de los pobres, padre y madre, y defensor de los pueblos oprimidos. Fue la amistad con el Dios de los pobres la que le llevó a la defensa de las personas empobrecidas y los pueblos oprimidos.

Pedro Casaldáliga i Pla nació el 16 de febrero en Balsareny, a orillas del río Llobregat (Barcelona) en 1928 en una lechería en el seno de una familia campesina. Ingresó muy joven en la Congregación Claretiana y fue ordenado sacerdote en 1952 en el Congreso Eucarístico de Barcelona. Estos datos de aquel joven católico fervoroso en nada presagiaban lo que iba a ser décadas después: la voz de los pobres en Brasil y el continente latinoamericano, que se oía en todo el mundo.

Dentro de la Congregación ejerció diferentes tareas como las de formador de seminaristas, en quienes inculcó la conciencia social que él tenía por su trabajo en los submundos de Sabadell y Barcelona. Compaginó siempre su trabajo pastoral, educativo y cultural con el trabajo social al servicio de las personas y los grupos más desfavorecidos de las ciudades donde vivió.

Desde pequeño tuvo claras dos vocaciones: ser poeta y sacerdote. Conforme fue madurando en la vida religiosa descubrió la tercera vocación: ser misionero. Fue en el Capítulo General de 1967 de la Congregación Claretiana celebrado en Roma cuando tomó la decisión irrevocable de dedicarse al trabajo misionero.

En 1968 se embarcó con su compañero Manuel Luzón hacia Brasil en un “viaje sin retorno” y dando “un salto en el vacío del otro mundo” e iniciaron juntos su misión liberadora a la escucha del pueblo en Sáo Félix do Araguaia, al noroeste del Mato Grosso, dentro de la Amazonía. Era “una tierra sin ley, sin ninguna infraestructura organizativa, sin ninguna organización laboral, ninguna fiscalización, el Derecho era el des más fuerte o del más bruto… Nacer. Morir, matar, esos sí, eran los derechos básicos, los verbos conjugados con una asombrosa naturalidad”, según la descripción del propio Casaldáliga en El credo que ha dado sentido a mi vida. ¡Yo creo en la justicia y en la esperanza! (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1977, 2ª ed., p. 34).

Tres años después fue nombrado obispo por el papa Pablo VI, quien siempre lo defendió de la amenazas de expulsión del país durante la dictadura, con la conocida afirmación: “Quien toca a Pedro, toca a Pablo”. Muy distinto fue el trato recibido por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger, quienes no cesaron de amonestarle y de someterlo a diferentes procesos de ortodoxia, que, dada la personalidad profética de Dom Pedro y contando con el reconocimiento del episcopado liberador brasileño y el apoyo del arzobispo Helder Cámara y de los cardenales Paulo Evarios Arns y Aloisius Lorscheider, no terminaron en condena.

Ya el ceremonial atípico de la ordenación del joven obispo catalán de 43 años en una diócesis pobre de Brasil presagiaba el cambio de modelo episcopal que Casaldáliga iba a llevar a cabo. Nada de insignias episcopales tradicionales que le alejaran del pueblo y le convirtieran en un monseñor ante quien había que acercarse genuflexo y besarle el añillo de oro o bañado en oro.

Sus insignias episcopales no fueron una mitra, que con sentido del humor -y no sin cierto grado de verdad-, era calificada de “apagavelas de la inteligencia”, sino un sombrero de paja sertanejo entregado por un líder campesino, ni un báculo barroco de perlas preciosas, utilizado por los obispos para golpear a las ovejas, más que para pastorear, sino un remo-borduna hecho por un indígena de la comunidad tapirapé, que le ofreció el jefe de la tribu. El anillo fue un regalo-sorpresa de los amigos de España del que muy pronto se desprendió y devolvió “como un homenaje filial a mi madre”. La invitación-recordatorio de la ordenación episcopal tenía este texto:

“Tu mitra será un sombrero de paja sertajeno, el sol y el claro de la luna; la lluvia y el sereno, la mirada de los pobres con quienes caminas y la mirada gloriosa de Cristo, el señor. Tu báculo será la verdad del Evangelio y la confianza de tu pueblo en ti. Tu anillo será la fidelidad a la nueva Alianza del Dios Libertador y la fidelidad al pueblo de esta tierra. No tendrás otro escudo que la fuerza de la esperanza y la libertad de los hijos de Dios, ni usarás otros guantes que el servicio del amor”.

A la revolución en los símbolos acompañó otra en el mensaje que quería transmitir a la comunidad cristiana campesina con quien iba a convivir y a cuyo servicio iba a estar incondicionalmente cuatro décadas. El día de su ordenación episcopal hizo pública una Carta Pastoral en la que marcaba el futuro de su trabajo ético-profético evangélico: la denuncia de las injusticias estructurales del sistema capitalista en la zona y el anuncio de una sociedad justa, solidaria y sin discriminaciones.

Ya el propio título daba una idea certera de quiénes iban a ser sus enemigos: “Una Iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginalización”. La Carta no quedó en el anonimato ni en un boletín eclesiástico para lectura de piadosos clérigos, sino que tuvo gran publicidad, y llegó a las altas esferas de la dictadura militar y a los terratenientes y latifundistas, que trataban a las personas trabajadoras como animales y los mantenían en un régimen de esclavitud. Como reacción frente a las amenazas, el documento contó con el apoyo de la presidencia de la Conferencia Episcopal Brasileña, muchos obispos, numerosas comunidades cristianas e intelectuales de todo el mundo.

Definitivamente Casaldàliga se pone al lado de los más débiles: las comunidades indígenas y los movimientos campesinos que defienden la propiedad de sus tierras explotadas por esos latifundistas. Lo hace creando comunidades y fomentando la formación de los campesinos para que sean ellos mismos quienes defiendan sus derechos. Crear una parroquia o formar a un grupo de catequistas es para Casaldàliga una misión apostólica inseparable de la misión social y comunitaria.

Ya como obispo, Casaldàliga tiene un nuevo altavoz. Se convierte en un referente para la lucha por la tierra en todo el Brasil. También articula la defensa de los campesinos a través de varios movimientos eclesiales de toda la Amazonia, como el Consejo Indigenista Misionero y la Comisión Pastoral de la Tierra. Eso lo convirtió definitivamente en un personaje incómodo para latifundistas y paramilitares.

Pedro Casadàliga también es víctima de la violencia estructural del país. En 1976 un policía mata ante él de un tiro al jesuita João Bosco Penido. Todos están convencidos de que creía que estaba disparando a Casaldàliga. Hasta el final de su vida no dejó de recibir amenazas de muerte. “Mis causas valen más que mi vida”, es la frase más conocida de Casaldàliga que sintetiza en lo que se convierte a partir de los años 70.

Insisto en destacar algo muy importante en Pedro Casaldáliga: su ejemplaridad de vida austera, en una casa humilde como la de sus conciudadanos empobrecidos de Sâo Félix. Nada que ver con los palacios y casas suntuosas en las que viven no pocos de sus hermanos en el episcopado, rodeados de lujo y atendidos por una servidumbre cual señores feudales. Describía muy certeramente su estilo de vida en este poema, titulado Pobreza evangélica:

“No tener nada.
No llevar nada.
No poder nada.
No pedir nada.
Y, de pasada,
no matar nada;
no callar nada.

Solamente el Evangelio, como una faca afilada.
Y el llanto y la risa en la mirada.
Y la mano extendida y apretada.
Y la vida, a caballo dada.
Y este sol y estos ríos
Y esta tierra comprada
para testigos de la Revolución ya estallada.
¡Y mais nada!”

 

Entre la poesía, la mística y la revolución

Algunas imágenes que retratan dimensiones más destacadas de su rica personalidad: la originalidad de su pensamiento, la ejemplaridad de su vida y las causas por las que luchó y que dieron sentido a su existencia.

1. Poeta. Pedro cultivó la poesía desde su juventud. Es uno de los mejores poetas hispano-latinoamericanos junto con Ernesto Cardenal. No fue un simple versificador de Corte, ni contemporizador con el Sistema, ni legitimador del orden establecido, ni se queda en palabrería vacía, sino que provocó revoluciones.

2. Intelectual crítico. Casaldáliga no aceptaba la realidad tal como es, ni se instala cómodamente en ella, sino que se preguntaba cómo debe ser y busca su transformación a través de la praxis. Ofreció narrativas alternativas a los relatos oficiales, construyó espacios de convivencia y diálogo en vez de campos de batalla, argumentó en favor de los binomios paz y justicia, libertad e igualdad, y criticó al poder, a todos los poderes.

3. Defensor de las causas indígena y negra. Desde su llegada a Brasil abrazó ambas causas y fue objeto de persecución por ello, e incluso amenazado de muerte. Al proceso colonizador respondió con la lucha por descolonización de las mentes y los sentimientos, las creencias y las culturas, al tiempo que exigió el reconocimiento de los saberes y sabidurías de esos pueblos.

4. Defensor de la causa de las mujeres. Entre sus prioridades se encontraba la dignificación de las mujeres campesinas, indígenas, negras, prostitutas, etc, sometidas a las múltiples opresiones del patriarcado, el colonialismo, el capitalismo y la religión dominante.

5. Opción por el diálogo intercultural, interreligioso e interético. Casaldáliga no impuso su fe a los otros, ni afirmó que su religión es la única verdadera. Nombró al Dios de todos los nombres. Puso en práctica el poema de Antonio Machado: “¿Tu verdad? No. La verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela”.

6. Místico. Encontró a Dios en los rostros de las personas y los colectivos empobrecidos y habló con él en el silencio meditativo. Vivió su experiencia religiosa no evadiéndose del mundo, sino en el corazón de la realidad. La espiritualidad fue la fuente de su compromiso socio-político y este da sentido histórico a la espiritualidad.

7. Misionero al servicio de la liberación. Casaldáliga no fue al Mato Grosso a convertir infieles, sino a llevar a cabo una evangelización liberadora con el Evangelio como buena noticia para los empobrecidos y pésima noticia para los causantes de la pobreza estructural.

8. Espiritualidad contra-hegemónica. Propuso el reino de Dios como alternativa al Imperio, a cualquier Imperio, pasado presente o futuro: “Cristianamente hablando –afirmaba-, la consigna es muy clara (y muy exigente) y Jesús de Nazaret nos la ha dado: Contra la política opresora de cualquier imperio, la política liberadora del Reino. Ese Reino del Dios vivo, que es de los pobres y de todos aquellos y aquellas que tienen hambre y sed de justicia. Contra la ‘agenda’ del impero, la ‘agenda’ del Reino”… (click aquí para leer el artículo completo).

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Fuentes:

Info Libre / Religión Digital / La Vanguardia

 

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