La Ascensión en el Magisterio pontificio

10:00 a m| 12 jun 19 (VATN/FA).- “La Ascensión del Señor inaugura una nueva forma de presencia de Jesús en medio de nosotros, y nos invita a que tengamos ojos y corazón para encontrarlo, servirlo y testimoniarlo a los demás”. Así comentó el papa Francisco en un tweet el significado de la Ascensión. Desde la enseñanza de los últimos pontífices, Vatican News publicó una reflexión sobre el sentido del “gran misterio de la Ascensión de Nuestro Señor”, como lo definió San Juan XXIII.

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En el tiempo de la Pascua, de la alegría, de la liberación de la muerte y del pecado gracias a la Resurrección, Jesús regresa para despedirse de los apóstoles que ahora están listos para esta separación, como hijos adultos. La separación, sin embargo, sólo es aparente, porque el Señor, aunque invisible, continúa trabajando en la Iglesia y es temporal, porque un día volverá.

Los Evangelios hablan poco de la Ascensión: Mateo y Juan terminan el relato con las apariciones de Jesús después de la Resurrección. Marcos le dedica la última frase del texto, mientras Lucas le da más amplitud, especialmente en los Hechos de los Apóstoles. Aquí precisa que cuarenta días después de la Pascua –un número muy simbólico en toda la Biblia– Jesús conduce a los apóstoles a Betania y una vez que llega al Monte de los Olivos (también llamado Monte de la Ascensión) los bendice y les habla antes de subir al cielo y regresar al Padre. En este discurso Jesús confirma la promesa de la venida del Espíritu que no los dejará solos y anuncia su segunda venida, al final de los tiempos.

La celebración de la Ascensión tiene orígenes ancestrales, tal como lo demuestra Eusebio de Cesara y se ve influenciada por la tradición judía, por ejemplo, en la imagen de la “ascensión” a Dios, no sólo física –si bien las catedrales y los monasterios se sitúan a menudo en posiciones elevadas– sino también espiritual, entendida como purificación y recogimiento para escuchar la Palabra.

Inicialmente se celebraba en Belén precisamente para subrayar que desde allí todo había comenzado, y constituía una unidad con la fiesta de Pentecostés, celebrada la tarde del mismo día, pero de la que ya se había separado entre los siglos V y VI, como lo demostraron San Juan Crisóstomo y San Agustín, quienes a la Ascensión dedicaron homilías enteras.

Significado de la Ascensión

Al volver al Padre, Jesús cierra un círculo, que ha atravesado su existencia humana para volver al cielo, aun permaneciendo vivo y presente en la Iglesia. Pero es precisamente gracias al momento de la Ascensión que se supera esta dicotomía entre el cielo y la tierra: Jesús se va, pero sólo precede, como un hermano, como un rey y como el Hijo amado, a todos los hombres, en el paraíso, allí donde está Dios.

Como un hombre, Jesús bajó al infierno para salvar a Adán y así, con la Ascensión, reafirma una vez más que el cielo es el destino al que el hombre debe aspirar, la santidad, resumiendo el significado del misterio de la Encarnación y el fin último de la salvación.

La glorificación de la naturaleza humana, encarnada por el Verbo en toda su pobreza y por Él, después, elevada hasta el cielo, se explica mejor aún en las diversas oraciones pertenecientes a la tradición bizantina en la que se supera la disputa, precisamente, entre el cielo y la tierra.

 

Los Papas y la Ascensión

Juan XXIII

Era el 26 de mayo de 1960, solemnidad de la Ascensión, cuando Juan XXIII canonizaba a San Gregorio Barbarico. Según la narración bíblica (particularmente en los Hechos de los Apóstoles) Jesús subió al cielo con su cuerpo, para sentarse a la diestra del Padre y unirse físicamente al Padre, para no aparecer más en la Tierra hasta su segunda venida. Se concluye pues, el ciclo terrenal de su vida. Los apóstoles dejarán de verlo, pero Jesús estará siempre con ellos, es decir, con nosotros. Este misterio llama en causa nuestra percepción de ver no ver, pero aún más nuestra relación con el cielo.

“¡Misterio de la Ascensión! ¡oh! ¡verdaderamente misterio! misterio por lo que se refiere a Cristo; misterio por la manera en que todavía se nos da a pensar y a tener presente su figura divina y humana, y misterio por el reflejo que este destino extremo y supremo de Cristo tiene sobre el de la humanidad, sobre la Iglesia fundada por él, sobre la tierra y sobre cada una de nuestras existencias.

Oh, verdaderamente un misterio, tanto en el sentido ontológico como teológico, que este acontecimiento final y conclusivo de la vida de Jesús en la tierra tiene en el diseño divino de la Encarnación y de la Redención: ¡qué nueva revelación nos es dada por su desaparición de la escena sensible e histórica de este mundo!

Recordemos la muy breve pero sorprendente narración del hecho, que nos da san Lucas en el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles: después del último saludo a los Apóstoles, con la promesa profética de la misión del Espíritu Santo y la difusión del Evangelio entre los pueblos, Jesús, ‘mientras miraban, se levantó y una nube lo ocultó de sus ojos’ (Hch. 1, 8-9).

El primer aspecto del acontecimiento, el único experimental: Jesús se levanta, es decir, se separa de la tierra y desaparece, se esconde: nuestros ojos arderán con insomne deseo de volver a verlo, de verlo aún; pero hasta su “parusía”, es decir, hasta su última y apocalíptica aparición, en un mundo totalmente diferente al nuestro, ¡no lo veremos más! la generación de los Apóstoles desaparecerá, sin que se satisfaga la tensión de su expectativa; así para las otras generaciones sucesivas, para nuestra generación actual, que aún vive de su memoria y espera su triunfante y última reaparición, Jesús permanece invisible. ¡Tengamos cuidado, Hermanos e Hijos! Invisible, pero no ausente”.

Pablo VI

Invisible pero no ausente, precisa Pablo VI en la solemnidad de 1975, el 8 de mayo. El misterio de este acontecimiento se manifiesta en esta aparente contradicción. “¿Qué significa que Jesús ascendió al cielo? No son las categorías espaciales las que nos permiten comprender adecuadamente este acontecimiento, que sólo abre su significado y su fecundidad a la fe. ‘Sentado a la derecha de Dios’: este es el primer significado de la Ascensión. Y aunque la expresión sea imaginativa, puesto que Dios no tiene ni derecha ni izquierda, contiene un mensaje cristológico importante: Jesús resucitado entró plenamente, incluso con su humanidad, a formar parte de la gloria divina y, en efecto, para participar en la actividad salvífica de Dios mismo”.

Benedicto XVI

Nos lo explicó desde Cassino, a un nivel exquisitamente teológico, Benedicto XVI domingo 24 de mayo de 2009: “En la página de los Hechos de los Apóstoles se dice ante todo que Jesús ‘fue elevado’ (Hch 1, 9), y luego se añade que ‘ha sido llevado’ (Hch 1, 11). El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto, sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el espacio de la proximidad divina.

La presencia de la nube que ‘lo ocultó a sus ojos’ (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de sentarse a la derecha de Dios”.

“En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios”.

 

Los relatos de la Ascensión y su interpretación

Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió? Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es “¿qué nos quiere decir el autor?” con este relato.

Mirándolo desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes. El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.

Sobre la Exaltación

Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa “despojarse de su condición divina”, “hacerse pecado”, “humillarse hasta la muerte y muerte de cruz”. Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su aceptación de la voluntad de salvación del Padre, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.

La humillación es presentada con la simbología básica del “descenso”: “bajó del cielo”, “descendió a los infiernos”… Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: “subió a los cielos”. Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la “situación definitiva” como Rey del Universo, “sentado a la diestra de Dios”.

Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado humillarse hasta la muerte y muerte de cruz por cumplir la voluntad de salvación del Padre, que ahora ocupa “su lugar”, el que le corresponde por naturaleza.

Pero este simbolismo no termina en Jesús. Jesús es la revelación de Dios, en Él conocemos a Dios; y también la revelación del hombre, en Él conocemos quiénes somos. La Ascensión, como la resurrección y la cruz, se refieren a Jesús como persona y a Jesús como Primogénito, es decir, nos están diciendo también quiénes somos, qué es vivir.

Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos y a dónde fue, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.

Sobre la Ascensión

La Ascensión no es un hecho físico. “Arriba” está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. “Abajo” ¿En qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur? “Descendió a los infiernos” significa lo mismo que “subió a los cielos”, es decir, que humillado hasta la muerte y muerte de cruz, vive exaltado por el poder de Dios; que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosas que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.

Los evangelistas nos proponen ante todo el resumen final de la fe: la fe en Jesucristo, Dios con nosotros Salvador, resumen de toda nuestra fe y fundamento de nuestra misión. Y eso es lo que sucedió, que en Jesús, la Palabra que estaba desde siempre en el seno del Padre, puso su tienda entre nosotros, despojándose de su rango, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y está sentado a la diestra de Dios, dejándonos a nosotros la fuerza de su Espíritu para que llevemos a cabo en el mundo la Misión que su Padre le encomendó. Esa es la realidad, el sentido verdadero de lo que los ojos vieron entonces, y nuestros ojos siguen viendo hoy.

A nosotros quizá no nos guste este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos comunicaron la Palabra.

ENLACE. Leer reflexión completa publicada en Fe Adulta

 

Fuentes:

Vatican News / Fe Adulta

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