Andrea Riccardi: ‘El espíritu de Asís es el arte de vivir juntos y en paz’

Andrea Riccardi Sant Egidio

9.00 p m| 29 abr 14 (VIDA NUEVA/BV).- Nacida en Roma en 1968, bajo la renovación alentada por el Concilio Vaticano II, la Comunidad de Sant’Egidio es hoy un movimiento de laicos al que adhieren más de 50.000 personas, presentes en 72 países de cuatro continentes y con una especial preocupación por encarnarse en las periferias existenciales y físicas. La iniciativa partió de un joven que tenía entonces menos de veinte años, Andrea Riccardi. Junto a un pequeño grupo de personas comprometidas, soñaron muy alto… Pero la realidad acabó desbordando hasta sus mejores previsiones. Entrevista a Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio.

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¿Cómo observa ese crecimiento de su comunidad?

Ha sido un gran auge, pero, simultáneamente, se ha dado junto a otras entidades de laicos, mientras que en los dos siglos anteriores los que crecían eran los religiosos. Una de las grandes crisis de la Iglesia hoy en día es la crisis de la Vida Consagrada. En el caso de las religiosas, es un asunto muy grave, porque se pone en riesgo la desaparición de una de las caras femeninas de la Iglesia. La historia de Sant’Egidio es una historia particular, nacida en Roma, radicada en la periferia y con los pobres. Quería ser una comunidad romana y se volvió una comunidad radicada en varias partes del mundo. Si la iniciamos veinte personas en 1968, dos décadas después, en los años 80, nos extendimos por Europa y llegamos hasta América Latina, yendo a África en los 90. De hecho, hoy la mayoría de nuestros miembros están en África.

¿Por qué África?

Porque África respondió. Porque es y ha sido considerada como la periferia del mundo, y porque Sant’Egidio siente su vocación en los suburbios, para construir un centro en las periferias. Un centro que se construye con la oración, la solidaridad y la amistad, creando una comunidad de hermanos. Y, además, es el África de las guerras.

¿Cómo se organizan? Hay jóvenes que se dedican a los niños y quienes asisten a los ancianos.

Cada comunidad se organiza en función de sus fuerzas y necesidades. Pero usted señaló dos aspectos importantes: niños y ancianos. La nuestra es una sociedad de la globalización, pero también de la extensión del Yo. Les negamos espacio a las personas mayores, ya que los ancianos son ahora el pasado. Pero nosotros negamos el espacio a los jóvenes y a los niños también; la nuestra es una sociedad ególatra. Y creo que se debería volver a dar el espacio a los ancianos y a los niños. A los ancianos porque significan la memoria, la gratuidad… Un anciano casi nunca trabaja por el dinero, vive gratuitamente. La relación de un abuelo con los nietos es un trabajo muchas veces, pero es gratuito. Para el adulto, casi nada es gratis. También se paga muchas veces el amor. En este sentido, los ancianos y los niños tienen que ser reintegrados en la comunidad, porque son los primeros en ser excluidos.

Una sociedad que niega el espacio a las personas mayores es una sociedad funcionalista y no humana. Y esto comienza a tener lugar en África. Es un mito que los ancianos sean respetados en África, como se suele decir. Allí, las personas mayores no tienen pensión ni hay asistencia social. Nos enfrentamos a una tragedia de enormes proporciones. Y quiero decir que Sant’Egidio lleva décadas insistiendo en esto, pero no porque seamos buenos sociólogos, sino porque estamos con ellos y vemos el problema.

Justamente, los niños y los ancianos son los que privilegia hoy Bergoglio.

Estas son nuestras líneas de acción desde hace años. Esta es la Iglesia de la caridad, del Concilio, de la simpatía por el hombre. Así es como yo lo siento. En nosotros está la cultura del diálogo y la convivencia. Las grandes reuniones anuales que hacemos en el espíritu de Asís, desde 1986, reúnen a musulmanes, católicos, judíos, cristianos de todas las confesiones, humanistas, no creyentes… Lo hicimos en Roma este año; el próximo será en Bélgica, en Amberes, con motivo del centenario del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Damos gran importancia a este diálogo, a este espíritu de Asís. Incluso si alguien nos puede haber criticado, diciendo que es relativismo, nosotros creemos hoy que las religiones conviven y que la gente tiene que dialogar.

Pero esto tiene un impacto. Por ejemplo, en Abidjan, la capital de Costa de Marfil, cuando se registraron enfrentamientos políticos muy graves, recuerdo que algunos cristianos quemaron una mezquita y los musulmanes querían quemar templos. Ahí Sant’Egidio trajo el espíritu de Asís. Los sacerdotes, imanes y pastores protestantes se encontraron y dijeron: “Paren”. El espíritu de Asís no es una celebración, es el arte de vivir juntos y en paz. Porque la paz es la gran necesidad de este mundo.

¿Trabajan su acción de mediación en conflictos? ¿Preparan gente para ello?

Sí, pero no mucha. Nos ocupamos de las cosas como si fuéramos artesanos. No es que tengamos una cancillería que se ocupa de los temas relacionados con los conflictos, gente formada para eso. Y, si tuviera que decir cuántas personas realizan estas tareas, no puedo decirlo, porque revelo nuestra gran debilidad. El nuestro es un artesanado de paz; no queremos llegar a ser una institución, con personas asalariadas. Ahora estamos trabajando en la transición a la democracia en la República Centroafricana y fomentando el diálogo en el Casamance, una región de Senegal que reclama autonomía e independencia.

Tuvo una incursión en la política italiana. Cuénteme un poco esa experiencia.

Cuando el presidente Mario Monti me llamó en 2011 y me preguntó si quería ser ministro, yo pensé que tenía que hacer el servicio militar, que no había hecho. Y lo hice en los temas de la cooperación, la integración y la familia. Y creo haber dado una buena contribución, por ejemplo, para cambiar la mentalidad de los italianos frente a la inmigración, que era crítica y hostil, en parte, porque una parte de los políticos predicaron el miedo hacia ellos.

¿Continúa este miedo?

No, los italianos están cambiando. Por ejemplo, en Sicilia, este verano se hundió un barco frente a la playa y la gente se tiró al mar para rescatar a los niños.

¿Cuáles serían los próximos objetivos de la Comunidad?

Quedar radicados en los suburbios. La nuestra no es una historia que viene de un plan pastoral. Sentimos que el de la violencia en las periferias es un problema muy importante en América Latina y en África. Hoy, la paz no se hace entre las guerrillas y el gobierno. En la actualidad, el problema está en las afueras, en las ciudades. Hay una violencia mafiosa, que ha llegado a ser como una guerrilla. Tenemos que preguntarnos qué significa hacer la paz; tal vez, hoy, la paz no se hace con las negociaciones, sino que se hace restando la juventud, los niños, a la lógica de la mafia. El otro problema es el terrorismo religioso, que nos preocupa mucho. Es necesario que las religiones deslegitimen el terrorismo. Y luego está la atención a los enfermos de sida en África, el trabajo con las personas mayores, con los discapacitados.

¿Y cómo valora el auge del populismo?

El populismo tiene una mayor referencia en América Latina, pero también lo hay en África y en Europa. Es un gran problema que refleja que nuestras democracias están enfermas. Hay que reconstruirlas a nivel de las comunidades locales y a nivel de vértice. Debemos tener cuidado porque, si la globalización destruye la democracia, se puede crear un nuevo totalitarismo; tendría la apariencia de democracia, pero sería una falsificación. La democracia pasa por el encuentro entre las personas, la discusión. El problema es que en la sociedad moderna se ha roto el vínculo de proximidad, todos nos hemos vuelto individuos.

Fuente:

Entrevista de Pedro Siwak. Publicado en la web de la Revista Vida Nueva.

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