Concilio: El Vaticano II en medio del conflicto de interpretaciones

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4.00 p m|LIMA 22 mar 12 (BV/PÁGINAS).-El deseo y oraciones de Juan XXIII, que pedía que el Vaticano II fuera un Pentecostés para la Iglesia, fue ampliamente escuchado por el Señor. El Vaticano II fue una auténtica irrupción del Espíritu sobre la Iglesia, un acontecimiento salvífico, un verdadero kairós. Hay un “antes” y un “después” del Vaticano II.

Este tema ha sido tan ampliamente estudiado que bastará recordar las líneas fundamentales del cambio producido en el Concilio:
De la Iglesia de cristiandad, típica del Segundo Milenio, centrada en el poder y la jerarquía, se pasa a la Iglesia del Tercer Milenio, que recupera la eclesiología de comunión típica del Primer Milenio y se abre al desafío de los nuevos signos de los tiempos (GS 4; II; 44).
De una eclesiología centrada en sí misma, se abre a una Iglesia orientada al Reino, del cual la Iglesia es, en la tierra, semilla y co­mienzo (LG 5).
De una Iglesia sociedad perfecta, tan visible e histórica como la república de Venecia o el Reino de los francos (Roberto Belarmino), se pasa a una Iglesia misterio, radicada en la Trinidad, una muchedumbre congregada por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (LG 4).
De una eclesiología exclusivamente cristocéntrica (incluso “cristo­monista”, según la formulación de teólogos del Oriente), se pasa a una Iglesia que vive tanto bajo el principio cristológico como bajo el principio pneumático del Espíritu, quien la rejuvenece, la renueva y la conduce a la unión consumada con Cristo (LG 4)
De una Iglesia centralista, a una Iglesia corresponsable y sinodal, que respeta las Iglesias locales, en las cuales y por las cuales exis­te la Iglesia universal (LG 23).
De una Iglesia identificada con la jerarquía, a una Iglesia toda ella pueblo de Dios, con diversos carismas y ministerios (LG II).
De un Iglesia triunfalista, que parece haber llegado a la gloria, a una Iglesia que camina en la historia hacia la escatología y se llena del polvo del camino (LG VII).
De una Iglesia señora y dominadora, madre y maestra universal, a una Iglesia servidora de todos y en especial de los pobres, en los que reconoce la imagen de su fundador pobre y paciente (LG 8).
De una Iglesia comprometida con el poder, a una Iglesia enviada a evangelizar a los pobres, con los que se siente solidaria (GS 1; LG 8).
De una Iglesia arca de salvación, a una Iglesia sacramento de salvación (LG 1; 9; 48), en diálogo con las otras iglesias y con las otras religiones de la humanidad (NA), en pleno reconocimiento de la libertad religiosa (DH).
En este sentido se ha dicho que el Vaticano II, y concretamente la constitución Lumen gentium, ha sido un concilio de transición, en­tendida esta transición como el paso de una eclesiología tradicional a otra renovada. Para algunos es el paso del anatema al diálogo (R.Garaudy), un verdadero aggiornamento de la Iglesia, para otros, se­guramente excesivamente optimistas, el réquiem del constantinismo.

Y SIN EMBARGO…
Sin entrar aquí y ahora en lo que ha sucedido en el inmediato y posterior postconcilio, ya el mismo Vaticano II presenta una serie de déficits que lastrarán sus elementos positivos y los ensombrecerán.

Además de que el Vaticano II tuvo que acceder a admitir una serie de enmiendas (o modos) de los grupos más conservadores, que hacen que su eclesiología contenga una cierta ambigua dualidad entre el acento jurídico de la eclesiología tradicional y la afirmación de la eclesiología de comunión (como el teólogo italiano Acerbi ha señalado), el Concilio no trata y guarda silencio sobre temas ya entonces candentes: el celibato sacerdotal y la carencia de ministros ordenados, el papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, la participación de los seglares en lá responsabilidad ministerial, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la forma de elegir a los obispos, el estatuto eclesiológico de los obispos auxiliares, de los nuncios y de los cardenales, la función de la curia romana, la relación entre leyes civiles y morales, la relación con las Iglesias orientales separadas de Roma …

DE LA PRIMAVERA AL INVIERNO ECCLESIAL
Añadamos a lo anterior que el poner en práctica el Vaticano II, luego de quince siglos de constantinismo eclesial, produjo muchas reacciones y exageraciones en el seno de la Iglesia. Desde la sociología, en concreto desde la sociología religiosa, esto no debería extrañarnos, pues una gran masa de fieles no cambia rápidamente su modo tradicional de pensar y de actuar.
Algunos sectores muy conservadores se resistieron a aceptar el Vaticano II, creyeron que la Iglesia doblaba sus rodillas ante la modernidad (J. Maritain, L. Bouyer…).
Mucho peor y más intransigente fue la postura del obispo Marcel Lefebvre, que acabó formando un grupo disidente (Fraternidad de Pío X) y que fue personalmente excomulgado por Juan Pablo II (1988) al proceder Lefebvre a nombrar sus propios obispos. La cuestión litúrgica (el deseo de volver a la liturgia latina de Pío V) no fue lo más importante: en el fondo había un rechazo frontal del Vaticano II, al que se acusaba de protestantismo y modernismo.

Estas posturas críticas estaban también influidas por la deficiente hermenéutica y recepción del Concilio por otros grupos opuestos. Hubo de parte de algunos sectores de la Iglesia una interpretación excesivamente libre y alegre del Vaticano II, lo cual produjo excesos, abusos y exageraciones en terrenos dogmáticos, litúrgicos, morales, ecuménicos … y lo que fue más doloroso, el abandono del ministerio por parte de muchos sacerdotes y de muchos miembros de la vida consagrada. A esto se sumó un descenso de la práctica dominical y sacramental, divorcios, el aumento de indiferencia religiosa, el descenso de las vocaciones sacerdotales y religiosas, un ambiente muy secularizado y crítico frente a la Iglesia…
Esto explica el hecho de que, dentro de personas muy responsables y representativas de la Iglesia, se hiciera una crítica, si no del Vaticano II, sí ciertamente de su aplicación. Aquí hay que señalar la entrevista que tuvo el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación de la fe, con el periodista italiano Vittorio Messori en 1985. Ratzinger no critica al Concilio sino al antiespíritu del Concilio que se ha introducido en la Iglesia, fruto de los embates de la modernidad y de la revolución cultural, sobre todo de Occidente.

CAMBIO DE ACENTOS
Pero, sin dejar de lado las diversas hermenéuticas y aplicaciones del Vaticano II, si nos fijamos en el nuevo contexto socioeclesial que hoy vivimos, constataremos que ha habido como un corrimiento de acentos y de interés en la apreciación y actualidad de los mismos documentos conciliares.

Para poner algún ejemplo, si la eclesiología del Vaticano II estuvo centrada, en Lumen gentiurn, en una Iglesia ya constituida, hoy día vemos que el decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, recobra mayor actualidad y urgencia, y esto no sólo para los llamados “países de misión” sino también y quizás sobre todo para los mismos países de tradición católica, convertidos hoy en verdaderos países de misión, donde es necesaria una nueva evangelización. ¿Es casual que el próximo sínodo de obispos tenga como tema la “nueva evangelización”?

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo interpretar estos cambios que afectan al mismo ser eclesial?

DE LA ECLESIOLOGíA AL PROBLEMA DE DIOS
Más allá de las buenas o malas voluntades, más allá de las diferentes ideologías y de las diferentes hermenéuticas en torno al Vaticano II, hay que reconocer que hoy estamos ante un cambio de época, estamos entrando en una crisis de cultura mundial, no precisamente destructiva, pero sí de proporciones inéditas.

Si hace algunos años todavía se soñaba con el Estado de bienestar, actualmente todo el mundo vive en una atmósfera de inseguridad, de incertidumbre y precariedad. La llamada “época axial” o el “tiempo eje” que desde el 900 a.C. hasta el 200 a.C. configuró la sabiduría y cosmovisión religiosa de China (Confucio), India (Suda), Grecia (Só­crates) e Israel (Isaías, Jeremías y los p rofetas) 10, hoy ha entrado en una profunda crisis, se necesita elaborar un “segundo tiempo axial” (K. Jaspers) o, mejor aún, hay que reconocer que ya estamos viviendo en un nuevo tiempo axial.

Todo esto, naturalmente, afecta a nuestra conciencia religiosa y eclesial

En este clima caótico de cambio e incertidumbre generalizada, la problemática del Vaticano II ha quedado de algún modo desplazada o incluso superada. Ya no tiene mucho sentido seguir discutiendo sobre ritos litúrgicos, la curia vaticana, la disminución de la práctica dominical, el control de natalidad, la comunión a los divorciados o las parejas homosexuales … Los problemas son mucho más radicales y de fondo. Las generaciones jóvenes son las que más lo perciben y sufren.

La Iglesia ha de concentrarse en lo esencial, volver a Jesús y al evangelio, iniciar una mistagogía que lleve a una experiencia espiritual de Dios, es tiempo de espiritualidad y de mística. Y también de profecía frente al mundo de los pobres y excluidos que son la mayor parte de la humanidad, y frente a la tierra, la madre tierra, que está seriamente amenazada. Mística y profecía son inseparables. La Iglesia ha de generar esperanza y sentido en un mundo abocado a la muerte.

DEL CAOS AL KAIRÓS

Algunas voces postulan un nuevo concilio, pero en la actual situación eclesial y con el episcopado nombrado en las últimas décadas, un nuevo concilio tendría el gran riesgo de ser sumamente conservador y tradicionalista, nostálgico de la época de cristiandad del segundo milenio…

Habrá que esperar mejores coyunturas de futuro, confiar en la fuerza del Espíritu que sigue guiando a la Iglesia. Y, en todo caso, no debería convocarse un Vaticano III, al estilo de los anteriores sínodos de la Iglesia occidental, sino algo diferente y nuevo, un concilio verdaderamente ecuménico, un Jerusalén II.

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