‘Las mujeres se merecen responsabilidades dentro de la Iglesia’

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1.00 p m| MADRID 25 ene. 12 (BV/RELIGION DIGITAL).- José Luis Segovia es el director del Instituto Superior de Pastoral, y Juan Pablo García Maestro es el coordinador de las jornadas de teología que cumplen su 23ª edición en Madrid y que, bajo el título “Recibir el Concilio, 50 años después” se celebran esta semana. “La Iglesia, con el Vaticano II, se hizo coloquio. El Concilio Vaticano supuso tanta riqueza y novedad que todavía necesitamos desplegar todo su potencial” afirman en la entrevista que reproducimos a continuación.

¿Por qué tratar hoy en día el tema del Concilio?
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Yo creo que ha sido el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX. Antes del Concilio todo era antiguo, y después ha sido todo nuevo. No se trata de caer en maniqueísmos, pero sí creo que ha marcado a la Iglesia, sobre todo desde 3 dimensiones: la primera línea importante es que supuso la apertura al mundo, lo quiso mirar con ojos nuevos, aprender de él a través del amor, del diálogo también con los no creyentes, con los hermanos de las otras iglesias y de las otras religiones. Fue clave el primer documento que se aprobó en el Concilio. Después, lo más importante y lo más olvidado es que fue un concilio ecuménico. El ideal de Juan XXIII era la unión de las iglesias. Y por último, el tercer eje del Vaticano II fue la opción preferencial por los pobres, aunque luego se entró de forma tímida en esa cuestión, cuando en realidad tendría que haber tenido mayor profundidad, en tanto en cuanto los pobres tienen que ser los primeros, los preferidos en la Iglesia. Cosa que creo que Medellín en el 68 sí supo reinterpretarlo para toda la Iglesia de América Latina. Insistieron en que, o la Iglesia es la Iglesia de los pobres, o no se da. Por eso, creo que actualmente hay que hacer la relectura del Concilio Vaticano II preguntándose cómo es el diálogo con el mundo, el respeto por la autonomía moral, cómo nos encontramos con respecto al ecumenismo, y hasta dónde ha llegado la Iglesia en su opción clara por los pobres. Porque Jesús de Nazaret optó claramente por ellos. Y no solamente optó, sino que fue pobre. Entonces, hay que hacer una reflexión a partir de Medellín, que a pesar de que duró una semana, llegó mucho más lejos que el Concilio, que duró tres años. Desde ahí hay que mirar hacia el futuro, porque hoy la situación es muy distinta que en los años sesenta.
JL- En ese sentido vamos a hacerlo en el Instituto Superior de Pastoral, porque indudablemente tenemos un deber de memoria agradecida con nuestros mayores, que ocuparon un importante papel en el Concilio Vaticano II en España. La presencia española en el Concilio no fue muy boyante, pero desde luego hubo profesores del Instituto Superior de Pastoral que hicieron una recepción enorme con su doctrina en la Iglesia española.

¿No se insiste demasiado en una reunificación de instituciones, abundando menos en otras cosas que nos unen como cristianos? ¿El primer paso no debería ser el de reconocernos como hermanos en la fe?
JP-
Sí. En ese sentido, me llamó la atención una de las entrevistas que le hicieron a Juan Pablo II, en la que dijo que no hay mal que por bien no venga. Dijo que las divisiones habían sido evidentemente dolorosas, pero que algunos aspectos de la Iglesia luterana como importancia que le han dado a la Teología de la Cruz o a la Palabra, mientras que los católicos nos hemos centrado más en los sacramentos, han servido para que aspectos que el catolicismo había olvidado, hayan sido recordados por los hermanos de las iglesias luteranas. Así, también los ortodoxos han destacado el tema de los iconos y del Espíritu Santo, mientras nuestra teología es más cristocéntrica. Gracias a los ortodoxos, entonces, hemos recuperado la dimensión simbólica, la importancia de la exégesis y la Sagrada Escritura. Entonces, las divisiones han sido negativas pero que, por otra parte, han servido para restaurar aspectos que cada uno habíamos olvidado. La virtud comunitaria, la vida religiosa, y el tema de los santos, son cosas que también están recuperando ahora los luteranos. Al final, es más lo que nos une que lo que nos separa. Pero no solamente eso, yo espero que también sea así el diálogo con las otras religiones, que hasta ahora nos hemos excluido, pensando que fuera de la Iglesia no hay Salvación. Cuando en realidad, es fuera de la fraternidad donde no hay Salvación. Porque la fraternidad es lo que nos une a todas las confesiones cristianas. Lo que dijo Pablo VI en el mensaje de clausura del Concilio: que todos sus documentos estaban atravesados por el espíritu del buen samaritano. Por la mística de los ojos abiertos que miran a todos los que están tirados a los bordes del camino. Es esa compasión lo que tiene que unir a todas las confesiones. Porque todo es relativo, menos Dios y el hambre. Eso une a todas las religiones y espiritualidades de la historia.
JL- Es la dimensión dialogal que recordaba Pablo VI, y que es otra de las notas identitarias del Instituto de Pastoral: que la Iglesia se hace coloquio. El Instituto forma parte de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ahora mismo estamos desarrollando el máster en Teología Pastoral, estamos haciendo acuerdos con una universidad de Panamá, y además estamos ofertando un curso de actualización teológico-pastoral, cursos intensivos para sacerdotes, religiosos y laicos; y vamos a poner en marcha también, en breve, cursos monográficos sobre la planificación pastoral, la lectura en la liturgia… El Instituto trata de dar respuesta a las necesidades de los agentes de pastoral desde la concepción de Iglesia samaritana, dialogante y compasiva; que apuesta por los pobres como en el Concilio Vaticano II.

Hacia el futuro, ¿veis necesario otro Concilio? ¿Las enseñanzas de éste están todavía en pañales? ¿Se tiene que dar la vuelta? ¿Se ha retrocedido? ¿Hacia dónde tenemos que ir?
JL- Yo creo que el Vaticano II tiene una riqueza y supone unas novedades tan importantes, que todavía necesitamos desplegar todo su potencial. Sobre todo en la forma de autocomprenderse la Iglesia y en los cambios en las estructuras, muy incipientemente comenzados. Cambios que posibiliten una Iglesia más participativa, más colegial, que acentúe las dimensiones de la misión y del encuentro con los demás.
En ese sentido, creo que no necesitamos otro Concilio, sino seguir poniendo en acto los grandes retos a los que nos abrió el Vaticano II. No creo que sea necesario un Concilio Vaticano III. El Sínodo de 2012, además, invita a un diálogo interior en la Iglesia, al contraste y a la confrontación amistosa para tratar de responder a los dos grandes retos que son el eclipse de Dios en sociedades tan secularizadas, y la injusticia y sufrimiento de tantas personas que lo están pasando mal, por la crisis financiera y por otras muchas razones.
JP-A mí me gustaría añadir una cuestión: el teólogo Hans Kung decía que necesitábamos un Concilio Vaticano III. Le preguntaron a Rahner, sobre esa propuesta de Kung, y él contestó que si todavía no hemos asimilado el Vaticano II, tardaremos cien años en poder enfrentar el mensaje de un tercero. Mirando con perspectiva de futuro, creo que la Iglesia tiene que ser una Iglesia de los laicos. El Concilio Vaticano I fue más bien un concilio del Papado. El segundo fue más eclesial, y de los obispos. Yo espero que el fruto que se recoja del Concilio Vaticano II en el futuro, sea de verdad para la Iglesia de los laicos. La Iglesia Pueblo de Dios, la Iglesia de Cristo. Antes que de la jerarquía. Y una Iglesia con rostro más femenino. Hoy en día no podemos minusvalorar toda la explotación que tiene la mujer. Hay que avanzar hacia una teología de rostro femenino, leer la Biblia con ojos de mujer. No se trata de feminismos, en la Iglesia la mayoría son mujeres. Jesús legó, en ese sentido, pasos muy concretos de apostar por la mujer. Se merecen responsabilidades, y todavía sufren una situación de doble marginación cuando, además de ser mujeres, son pobres. Lo que debe verse en nuestro espíritu evangélico es que ya no hay ni varón ni mujer, ni esclavo ni libre, sino que somos todos iguales. Por tanto, que se tomen en serio los ministerios laicales, y la aportación que la mujer ha hecho en la historia de la Iglesia.

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