El “Espíritu de Asís”, oasis y llamamiento de paz

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4.00 p m| LIMA 26 oct. 11 (VIDA NUEVA/ ECLESALIA/BV).- El “Espíritu de Asís” es un llamado al encuentro y re-encuentro de paz entre los hombres, las naciones y las religiones, que fue inaugurado por el Papa Juan Pablo II, el 27 de octubre de 1986, en Asís, Italia. Así le llamo el Papa Wojtyla a este evento que representó el primer Encuentro Inter-religioso, celebrado en la ciudad del “Sol de Asís”; cuando, respondiendo a la convocatoria, rezaron juntos por la paz, ciento cincuenta representantes de las doce principales religiones del mundo, en una celebración de carácter singular y sin precedentes en la historia de la Iglesia Católica.

Sin lugar a dudas, detrás de aquella convocación latía el interés por buscar las raíces más profundas de la paz dentro del seno de cada confesión religiosa. El encuentro de Asís reunió a católicos, protestantes, judíos, musulmanes, budistas, sintoístas, religiones tradicionales africanas, hinduistas. Todos unidos en oración para pedir la paz en el mundo en unos momentos en que las relaciones internacionales estaban marcadas por el fantasma de la violencia. Las oraciones hechas dentro de cada tradición religiosa fueron un verdadero “Pentecostés de paz” —como un canto a varias voces a manera de una polifonía de fe— y, a la vez, un kairós para buscar la armonía y la paz entre las religiones del mundo inspirados en el Hermano Francisco de Asís.

CONVOCATORIA
El sábado 25 de enero de 1986, cuando en la Basílica de San Pablo Extramuros, se clausuraba la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, Juan Pablo II, dijo: “En esta solemne ocasión, deseo anunciar que estoy llevando a cabo oportunas consultas no solo con varias Iglesias y confesiones cristianas, sino también con otras religiones del mundo para promover con ellas un especial encuentro de oración por la paz en la ciudad de Asís, lugar que la seráfica figura de san Francisco ha transformado en un centro de fraternidad universal”.

Los cardenales y los representantes de las Iglesias cristianas presentes se cruzaron miradas de sorpresa. Solo tres –el secretario de Estado, Agostino Casaroli; Johannes Willebrands, presidente del entonces Secretariado para la Unión de los Cristianos; y Roger Etchegaray, presidente de la Pontificia Comisión Justicia y Paz– habían sido puestos al corriente por el Papa de una iniciativa con la que Karol Wojtyla quería significar la aportación de las religiones al Año Mundial de la Paz proclamado por la ONU.

Al día siguiente, todos los medios de comunicación del mundo se hacían eco del sorprendente anuncio, y los comentarios fueron, en su gran mayoría, positivos. Por su parte, a Roma comenzaron a llegar respuestas afirmativas a la invitación papal, de manera que el Papa pudo anunciar, el 6 de abril, que el Encuentro tendría lugar el 27 de octubre (lunes fue el día de la semana escogido porque no podía ser ni viernes, ni sábado, ni domingo, por su significado para musulmanes, judíos y cristianos).

“La paz –dijo el Papa al anunciarlo– es un bien tan fundamental y al mismo tiempo tan insidiado que suscita en las personas conscientes una trepidación constante y a veces hasta un sentimiento de impotencia, ya que parece un horizonte humanamente inalcanzable. Pero el creyente sabe que, en este desafío, puede contar con la ayuda que viene de lo Alto”.

ENCUENTRO
El 4 de octubre, durante su visita a Francia, Juan Pablo II lanzó desde Lyon un llamamiento para que el 27 de octubre se observase una “tregua universal”, es decir, que ese día, las partes interesadas en alguno de los muchos conflictos que se desarrollaban en el planeta respetasen una tregua de al menos 24 horas.

Al mismo tiempo, les incitaba a “iniciar o proseguir una reflexión sobre los motivos que les llevan a buscar por la fuerza, con sus consecuencias de miserias humanas, lo que podrían obtener a través de negociaciones sinceras y el recurso a otros medios ofrecidos por el derecho”.

Desmintiendo el escepticismo con el que en algunos ambientes se acogió la invitación papal, la práctica totalidad de los movimientos guerrilleros de América Latina y África dieron su adhesión, lo mismo que el Frente Polisario, el presidente Sadam Hussein, Yaser Arafat, los jemeres rojos camboyanos, las milicias cristianas libanesas o el IRA irlandés, no así ETA.

La Jornada se programó con tres momentos cumbre: el Papa acogía en la Basílica de Santa María de los Ángeles a los líderes religiosos llegados a Asís; cada religión se retiraba después a las sedes asignadas para rezar por la paz; por la tarde, todos se encontrarían en la plaza adyacente a la Basílica para unirse en una oración coral por la paz.

Juan Pablo II pronunció un extenso discurso en el que, entre otras muchas cosas, dijo: “Repito humildemente mi convicción: la paz lleva el nombre de Jesucristo. Pero, al mismo tiempo y con el mismo espíritu, reconozco que los católicos no siempre hemos sido fieles a esta afirmación de fe. No hemos sido siempre constructores de paz. Para nosotros mismos, y quizás también en un cierto sentido para todos, este encuentro de Asís es un acto de Penitencia”.

ENCUENTRO, DESENCUENTRO, REENCUENTRO
El encuentro, cuando no, más bien, el desencuentro de las religiones, es sin duda uno de los desafíos más grandes de nuestra época, aún más grande que el del ateísmo, por ello, el hecho de que tantos líderes religiosos se hayan reunido para orar en la cuidad del santo de Asís, fue en sí una invitación al mundo para que tomara consciencia de que ante los densos nubarrones de guerra que oscurecen el escenario político y ante la incapacidad política y diplomática de encontrar soluciones a los conflictos bélicos, existe otra dimensión de la paz y otro camino para promoverla, que no es el resultado de negociaciones, compromisos políticos o acuerdos económicos y diplomáticos sino, el resultado de la oración. El encuentro de Asís, aquel 27 de octubre de 1986, marcó el inicio de un nuevo modo de encontrarse y de re-encontrarse entre creyentes de religiones diversas: no más en la lógica de teologías de exclusivismos o inclusivismos, ni de hegemonía hierocrática, ni en contraposición recíproca y mucho menos en el desprecio mutuo, la desacreditación y anatemas, sino, más bien, en la búsqueda mutua de un diálogo constructivo en el que, sin caer en el relativismo ni en el sincretismo, cada uno se abra a los demás con estima, siendo todos conscientes de que Dios es la fuente de la paz. Para usar una expresión de san Pablo apóstol: “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14).

Image: Encuentro de oración por la paz en 1986

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