Discernir la acción de Dios en la historia

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10.00 a m| SANTIAGO, 16 ago. 11 (REVISTA MENSAJE/BV).- El Concilio Vaticano II ha invitado a tener en el centro de la fe la preocupación por auscultar la acción de Dios en la historia a través de los “signos de los tiempos”: para cumplir su misión, es deber de la Iglesia “escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio”, para poder “responder a las perennes interrogantes de la humanidad”. A continuación parte del artículo escrito por Carlos Casale, Doctor en Teología del Centro teológico Manuel Larraín de Chile.

La Iglesia discierne así en los acontecimientos relevantes de la humanidad “los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios” (cf., Gaudium et spes, núm. 4 y 11). Se trata de un Concilio que quiere proponer las verdades dogmáticas fundamentales del cristianismo, moduladas en un género literario pastoral. Es decir, para ser capaces de entender la “gramática” de Dios debemos estar dispuestos a dejarnos alcanzar por su acción en la historia, con lo que la teología es eminentemente interpretación del tiempo. Y lo es, igualmente, porque el hombre desarrolla su existencia en el tiempo.
El tiempo nos confronta de este modo a un constante discernir. Así, al estar presente Dios en Cristo, el acontecimiento cristológico muestra una capacidad temporal para engendrar un tiempo nuevo y propio.

Clave para entender la intención profunda del Concilio es la nota a pie de página al inicio de Gaudium et spes: “Se llama constitución ‘pastoral’ porque, apoyada en principios doctrinales, quiere expresar la actitud de la Iglesia ante el mundo y el hombre contemporáneo. Por ello ni en la primera parte falta intención pastoral, ni en la segunda intención doctrinal. En la primera parte la Iglesia expone su doctrina del hombre, del mundo y de su propia actitud ante ambos.
En la segunda parte considera con mayor detenimiento diversos aspectos de la vida y la sociedad actual… Ello hace que en esta última parte la materia, aunque sujeta a principios doctrinales, conste no solo de elementos permanentes, sino también de algunos otros contingentes”. He aquí la clave del asunto: en y a través de los elementos espacio-temporales contingentes también se revela Dios, como por ejemplo en las esperanzas, preguntas, búsquedas y angustias del hombre contemporáneo.

La revelación total de Dios es Jesucristo, en él se esclarece quién es Dios y quién es el hombre. Pero Cristo sigue interpelando a través del Espíritu en la historia. Por lo que sin esta relación empática con la historia, la Iglesia no se puede conocer a sí misma, su ser, pues su identidad está siempre supeditada a discernir la acción de Dios en la historia, lo que le revela a la comunidad eclesial su misión (cf., Gaudium et spes, núm. 40-54). Y, por tanto, cuando la Iglesia se abre a las grandes interrogantes, búsquedas y fatigas del hombre actual se encuentra, fatigándose ella misma (como Jesús en la escena del pozo), con Aquel que la envió, Jesucristo, que a través de la encarnación, como nos recuerda Gaudium et spes, está de algún modo presente en todos los hombres (cf., n. 22). Discernir a Dios (su identidad) es hacerlo así donde Él libre, imprevisible y gratuitamente actúa (localizarlo).

DIOS ACONTECE EN LA CREACIÓN Y LA HISTORIA
El acontecer de Dios no se puede reducir a un simple “hecho”: va más allá de todo hecho y de toda cosificación por el peso de las posibilidades del futuro y por lo cual el evento divino toca las raíces mismas del mundo para el testigo de ese actuar. El acontecer de Dios no lleva a cabo solamente un posible previo, ya caracterizado al interior del mundo (pensemos en las “visiones de mundo” y “espíritu de la época” de los saduceos, esenios, sumos sacerdotes, zelotas y fariseos frente a Jesús, su ética, sus parábolas, las bienaventuranzas, el sermón del monte, los criterios para elegir discípulos y sus milagros, como también en la primacía del reino de Dios frente al templo, la raza, la sabiduría, el poder y la ley), sino que llega a lo posible en su fuente y así revoluciona, trastoca el mundo de aquel a quien se revela (acordémonos de las frases de Jesús, del tipo “lo que hayáis hecho con el más pequeño de entre los míos, conmigo lo habréis hecho”, “los últimos serán los primeros”, “¿me distes de comer?”, “de los pobres es y será el reino de los cielos”, “quien gana la vida, la perderá”, “nadie tiene más amor que el que da la vida por los amigos”, “se debe perdonar a los enemigos”, todas frases que nos señalan que el mundo verdadero es… el mundo al revés). Dios es, así, el rostro de lo posible. De esta manera, el acontecer de Dios no pone en jaque solo algunas posibilidades al interior del mundo y la historia, que en suma, permanecerían igual. Pues al cambiar ciertos posibles, “recapitula”, como subraya san Pablo, lo posible en su totalidad. Compañeros de ruta en la actitud, disposición y sensibilidad básica para escrutar la acción de Dios en la historia son algunos poetas que le cantan a la transformación que irrumpe en el mundo y el tiempo propios por la persona amada, e intuiciones básicas de la fenomenología.

Por ejemplo, en el ámbito de la poesía, Neruda escribe: “Antes de amarte, amor, nada era mío: vacilé por las calles y las cosas: nada contaba ni tenía nombre: el mundo era del aire que esperaba… Todo estaba vacío, muerto, mudo, caído, abandonado, decaído, todo era inalienablemente ajeno, todo era de los otros y de nadie, hasta que tu belleza y tu pobreza llenaron el otoño de regalos”.

Se trata entonces de un dejarse tocar, sorprender, interpelar por los mismos “mundos de la vida” (sus tradiciones, y su capacidad de autoexplicarse), donde Dios está actuando y transformando, y recién ahí auscultar el “pasar” de Dios.

¿CÓMO AUSCULTAR LA ACCIÓN DE DIOS EN SUS SIGNOS?
En el Nuevo Testamento, Dios mismo se autorevela en Jesucristo, que es el “signo de los tiempos” definitivo. Gracias a la acción del Espíritu Santo, Jesucristo no se transforma en un hecho del pasado que se haga actual solo en el ámbito de la memoria, sino que se hace, mesiánicamente, presente y universal concretamente.

Jesucristo manifiesta ante todo que en él acontece Dios y su plan con respecto a la creación. En él se plenifica este proyecto. Por tanto, se puede afirmar que el ejercicio de reconocer a Dios en la historia sufre una concentración cristológica y una expansión universal y concreta en el Espíritu.

¿Es capaz la comunidad cristiana de discernir de forma positiva la acción divina en el empeño humano por crear vínculos más concretos y humanos, de valorar la comunión, el bien común y la fraternidad? El Documento de Aparecida nos ilumina cuando afirma que la “valoración de la ética es un signo de los tiempos que indica la necesidad de superar el hedonismo, la corrupción y el vacío de los valores”.

Juan XXIII, en Pacem in terris, y Pablo VI, en Populorum Progressio, ven “signos de los tiempos” cuando, en aquellos acontecimientos que implican cambios de paradigma que la comunidad eclesial comparte consensuada y solidariamente con el mundo, reconocen la acción de Dios en la humanidad a través de la manifestación de los valores mesiánicos: dignidad, justicia, paz, fraternidad, sacrificio, cuidado de la creación, existencia por otros, libertad, etc.
Y al reconocer estos valores, la comunidad cristiana experimenta una radical apelación a su libertad a una profunda conversión, a volver a nacer, al reino de Dios, y que de ahí en adelante se compromete totalmente con toda su rica tradición de praxis mesiánica en la historia, sobre todo en procesos de restitución de dignidad, libertad, fraternidad, vida buena, reconocimiento, justicia a los postergados, marginados, excluidos, los que viven en constante estado de vulnerabilidad, y pobres, sea por razones económicas, sexuales, culturales, religiosas, etc. (cf., Documento de Aparecida, n. 65). Recién en este complejo proceso estructural se dan “signos de los tiempos”. De esta manera, una teología de los “signos de los tiempos” es decididamente una teología, pues no se trata de dar cuenta de una realidad, solo descriptivamente, de señalar el “espíritu de la época”, sino ante todo de comprometerse, fatigarse en la praxis en esa realidad.

REFLEXIÓN FINAL
Las pistas metodológicas que hemos compartido solo querían contribuir al ejercicio de discernimiento de los “signos de los tiempos”.

Para esto es fundamental preguntarse cómo la imagen bíblica del hombre resplandece en aquellos sucesos que hemos caracterizado más arriba como “paradigmas”: realidades racionales, éticamente vinculantes y que logran consenso histórico. En esos eventos se revela por tanto una dimensión del existir humano, de su facticidad, que en su empeño por perfección, autenticidad e identidad hace aparecer esos “signos” que comprometen a mi libertad en dirección a la praxis mesiánica como lugar de conocimiento de los “signos de los tiempos”. De ahí la dimensión “profética” del lenguaje conciliar: los cristianos confiesan que en los “signos de los tiempos” acontece Dios afectando radicalmente al hombre y poniendo en crisis, desde las cotas y excesos de humanidad que se han revelado en Jesucristo, toda verdad social, cultural, política y religiosa.

“Signos de los tiempos” se dan entonces en el tiempo y el espacio donde la comunidad está en condiciones de auscultar empáticamente en la capacidad de solidaridad, en el darse por otros, en una existencia que se revela como pro-existente, como vida totalmente volcada, dada a otros, la actualización del Misterio pascual.

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