Jesús y su cercanía con los pecadores

8:00 p m| 3 jun 16 (AMERICA/BV).- El teólogo y escritor John Martens reflexiona sobre el pecado en un texto publicado en America Magazine. Martens reseña la actitud de Jesús hacia los pecadores, discriminados y maltratados por los -autodenominados- “dignos”. Jesús los acepta y atiende sus pesares, y esto lo hace sin condición. Luego el texto resalta nuestra común inclinación hacia el pecado, y que a través de la reconciliación y el arrepentimiento, la Misericordia de Dios nos permite encontrar el perdón y “levantarnos del pecado”, las veces que sea necesario.

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Una tensión en la Iglesia de hoy evoca una que Jesús sintió con los sabios religiosos de su tiempo: ¿Por qué Jesús acoge a los pecadores sin exigir un cambio o transformación, un alejamiento de su pecado? Algunos católicos sienten que algo similar ocurre con Francisco. ¿Por qué parece suavizar la fe, amparando a los que parecen en contradicción con las enseñanzas de la Iglesia?

Por supuesto que Jesús pedía a los pecadores que dejen de pecar, al igual que Francisco; pero ocurre algo más profundo respecto a los reclamos de los que se mostraron en contra del comportamiento de Jesús. La pregunta es directa: ¿Por qué no se percata de lo justo que somos?

Cuando la mujer pecadora interrumpe la cena a la que Jesús había sido invitado por Simón el fariseo, éste se sorprende: “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer lo está tocando: una pecadora”. La otra cara de la definición de esta mujer como pecadora es la afirmación implícita de que Simon no se considera pecador.

La manera generosa con que Jesús acoge a la mujer conocida como pecadora es esencial para cada uno de nosotros porque todo el mundo, incluido Simon, es un pecador. Si Jesús se acercara solo a las personas que son dignas del perdón de Dios, nadie encontraría una mano extendida.

Somos nosotros los que nos definimos como “dignos” al crear distinciones entre los que consideramos “verdaderamente” pecadores y aquellos a quienes calificamos de “justos”, que generalmente nos incluye a nosotros mismos y los que piensan o son como nosotros. Pero no importa cuán digno nos consideremos, Dios nos ve a todos como realmente somos y es consciente de nuestra gran necesidad de perdón. Para ser perdonado debemos reconocer nuestro propio pecado, no el de otra persona.

Sin embargo, arrepentirnos de nuestros pecados es el comienzo del proceso de ser discípulo de Jesús, no el final. Tal vez después de su encuentro con Jesús, la mujer pecadora se hizo conocida como “la mujer que antes era pecadora”, lo que sería bueno para ella, pero ni ella ni nosotros jamás dejaremos de ser pecadores durante nuestra estancia en la tierra. Aunque pueda resultar frustrante, incluso a la luz del gran perdón de Dios, todos seguimos siendo pecadores.

Jesús nos dice a todos, “ve y en adelante no peques más” (Jn 8:11), como le dijo a la mujer acusada de adulterio, pero de hecho volvemos a pecar. Como resultado de nuestros tropiezos a lo largo de la vida, debemos cultivar una constante y necesaria búsqueda de reconocer a Jesús como aquel al que siempre debemos recurrir, quien consiguió nuestra salvación del pecado que está al acecho y nos acosa, quien nos ofrece el perdón desde la misericordia de Dios.

Ya que nuestra salvación emerge de la misericordia de Dios y la misericordia de Dios, por suerte, no cesa, somos capaces de volver a Jesús con lágrimas y arrepentimiento una y otra vez. En el Catecismo de la Iglesia Católica dice que el sacramento de la reconciliación, también conocido como el sacramento del perdón, permite que aquellos que participan “obtengan de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El” (Nº 1422).

En el bautismo llegamos a ser “perdonados en el nombre de Cristo”; “sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos” (Nº 1426).

Dios nunca se cansa de nosotros, pero sí podemos cansarnos de nosotros mismos, sobre todo cuando “en nuestro esfuerzo por ser perdonados en nombre de Cristo, nos percatamos que somos pecadores”. La fe en Cristo, sin embargo no es un evento de una sola vez, sino un crecimiento sostenido en la santidad.

La vida cristiana está marcada no sólo por caer en el pecado, sino por saber levantarse, arrepentirse y caminar hacia Cristo con la frecuencia que sea necesaria. Y cuando nos mostremos ante Jesús, nos recibirá de la misma forma que hizo con la mujer pecadora: nos acoge con generosidad.

Fuente:

Texto de John W. Martens (profesor de teología en la University of St. Thomas, St. Paul, Minnesota). Publicado y traducido de America Magazine.

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