El Papa Francisco afina su visión

3.00 p m| 18 set 15 (NCR/BV).- Hace algunos días el Papa visitó una óptica del centro de Roma, lo que sorprendió a los transeúntes que se encontraban por la zona y llamó rápidamente la atención mediática de manera global. Aunque la visita de Francisco fue para cambiar las lentes de sus anteojos, Robert Mickens, vaticanista y teólogo de la Universidad Gregoriana, identifica otras sutiles intenciones por parte del “Papa de los gestos”, que son antecedentes a pocos días de encarar momentos claves de su pontificado.

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Olvídense de otras experiencias con celebridades. Millones de católicos emocionados (y angustiados batallones de policías y agentes del servicio secreto) están contando las horas previas a la llegada de Francisco a Washington, Nueva York y Filadelfia.

Y muchos expertos que se ganan el pan siguiendo el huracanado pontificado del único Papa latinoamericano, y primer jesuita y, han puesto la gente sobre aviso: prepárense para sorpresas.

Cualquiera que haya prestado atención estos últimos años sabe que Francisco se sale rutinariamente de lo pautado y regularmente pone de cabeza los protocolos cuidadosamente preparados. Pero la mayoría de estos gestos, aparentemente espontáneos e improvisados, son en realidad intencionales y forman parte de la cuidadosamente planificada estrategia pastoral y de comunicaciones, del Papa.

Por desgracia, demasiados “tienen ojos y no ven, y oídos y no oyen”. Y se pierden el significado más profundo y sutil de lo que el Papa está haciendo.

Uno de los ejemplos más recientes de Francisco actuando a su manera, en lugar de ajustarse a las expectativas sobre cómo se supone que los papas deben cumplir con sus deberes sagrados, ocurrió hace unos días cuando se dio una escapada del Vaticano para comprar un nuevo par de anteojos.

Sus asistentes acomodaron al pontífice de 78 años de edad, en su Ford Focus Azul favorito (no se puede inventar esto) y lo llevaron al otro lado del río Tíber a una óptica en el centro de Roma. Pero no era cualquier parte antigua de la ciudad. Fue la distinguida “Via del Babuino” en una de las zonas comerciales más elegantes de la ciudad.

Y allí, delante de todos, estaba el Papa de los pobres y la voz de las periferias buscando nuevos lentes en la misma calle de uno de los más conocidos símbolos de lujo en Roma, el Hotel de Russie, en la Piazza del Popolo.

A medida que Francisco, con su sotana blanca, salía de su modesto transporte, una emocionada multitud de romanos y turistas que estaban dando un paseo antes de cenar o mirando tiendas, lo rodeó rápidamente.

“¿Qué tiene de extraño?” bromeó el Papa. “Si quieres cambiar de anteojos, vas a una óptica”.

Muchos han reconocido a Francisco haber traído de vuelta la “normalidad” en la vida cotidiana del Vaticano y de toda la Iglesia. Y, naturalmente, él actuó como si fuera la cosa más normal del mundo.

Y lo hubiera sido si no fuera el Papa. O si hubiera ido a una tienda en el Borgo Pio o de un barrio más normal, menos turístico y más cercano a su residencia, en lugar de ir al corazón de la zona turística comercial.

Y pueden estar seguros de que si Benedicto XVI hubiera intentado esto -él que era objeto de burlas por usar zapatos escarlata de Prada (lo que en realidad no hizo), y por ponerse elegantes gafas de sol Serengeti (que sí usó)- los medios de comunicación se lo habrían tragado para el almuerzo.

Pero Francisco se sale con la suya en muchas cosas con las que su predecesor alemán nunca pudo.

Y, de hecho, había más en su viaje a la óptica -disculpen el juego de palabras- de lo que se ve.

En realidad, se suponía que el oculista iría al Vaticano al día siguiente para ajustar las medidas del Papa en privado, en su residencia de Santa Marta. Pero Francisco decidió ir a la óptica.

La multitud reunida observó por la ventana del escaparate durante los cuarenta minutos que le tomó al oculista examinar a su famoso paciente.

No hay duda de que el Papa quería que todo esto fuera observado, y notado. De lo contrario, no habría ido en hora punta o sin tratar de escabullirse de incógnito.

No, Francisco organizó cuidadosamente esta salida, aparentemente normal, para hacer un planteamiento muy importante.

Fue a principios de lo que es tradicionalmente el final de las vacaciones de verano Vaticanas y comienzo del nuevo año de trabajo. Tan sólo días después de que anunciara la iniciativa especial para el Jubileo, que fomenta una mayor misericordia hacia las mujeres que han tenido abortos, y unos días antes de que cambiara una norma de larga data en la Iglesia para agilizar los procesos de anulación de matrimonios.

Ahora está en plena visita de alto nivel a Cuba y los Estados Unidos, e inmediatamente después de su regreso a Roma, se iniciará la segunda etapa del Sínodo de los Obispos sobre la familia.

El Papa, que cumplirá 79 en diciembre, también se ha reunido esta semana con el consejo de cardenales que lo asesoran sobre cómo reformar la Curia Romana. Todos estos acontecimientos y las cuestiones relacionadas con ellos son contenciosos y podrían ser posibles escollos para el Papa.

En resumen, Francisco acaba de comenzar quizás la etapa más intensa y crucial en su pontificado.

Curiosamente, le dijo al optómetra durante su visita que no quería nuevos marcos, sólo quería cambiar los lentes.

Al hacer esto de manera pública y con tanta fanfarria, estaba enviando un mensaje inequívocamente claro para aquellos que todavía no han acogido el espíritu de reforma que está tratando de inculcar en la Iglesia.

Y el mensaje fue éste: el marco de la reforma no ha cambiado, pero el Papa ha agudizado su vista y se centrará con mayor claridad en dar a promover su visión de una Iglesia que toma riesgos, que es pobre para los pobres y que muestra misericordia.

El acto de acumular intencionalmente una multitud fuera de la óptica también estaba destinado a enviar un mensaje -que incluso si algunos hombres de iglesia profesionales, incluyendo obispos, aún son tibios respecto a Francisco y el pueblo -al menos por ahora- lo sigue con entusiasmo.


Fuente:

Artículo publicado en el National Catholic Reporter

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