Libro ‘Jesús de Nazareth’ del Papa es un paso más en la reconciliación de judíos y cristianos

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4.00 p m| CIUDAD DEL VATICANO, 31 may. 11 (BV).- Giorgio Israel, de religión judía, profesor de Matemática en la Universidad de Roma “La Sapienza”, ha publicado un artículo en el “L’Osservatore Romano” sobre el aporte al diálogo judío-cristiano del segundo tomo de “Jesús de Nazaret” de Benedicto XVI, colocándolo como el tercer paso de una reconciliación judío cristiana. Los dos primeros pasos son: La Nostra aetate(documento que reconoce raíces comunes e inalienables) y el documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre «El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana» (que estableció la indisoluble relación entre los dos Testamentos). Aquí un extracto del artículo:

El modo más obvio con que un lector judío puede leer el segundo libro de Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret es el de buscar en este una imagen del estado de las relaciones judío-cristianas. Es una lectura legítima, pero demasiado limitada. Se ha dicho, con alguna malicia, que, después de las grandes alabanzas dirigidas a la Nostra aetate, nada podía recibirlas mayores. No es así. La Nostra aetate fue un documento fundamental porque, tras siglos dramáticos, sentó las bases de un diálogo fundado en el respeto y en el reconocimiento de raíces comunes e inalienables. No podía dejar de tener la limitación de ser el primer paso, predominantemente metodológico. Luego llegaron hechos decisivos en el ámbito de las relaciones humanas, seguidos de otros pasos que han afrontado los temas en cuestión.

Entres estos segundo pasos —como tuve ocasión de subrayar en estas páginas— ha tenido un papel fundamental el documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre «El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana» (2001), cuya exégesis se enfocaba a suprimir del camino del diálogo los peñascos más pesados, es decir, los prejuicios anti-judíos derivados de una lectura superficial de los Evangelios y que han alimentado la llamada «enseñanza del desprecio». Este documento estableció claramente la indisolubilidad de la relación entre los dos Testamentos con la afirmación fuerte de que una «renuncia de los cristianos respecto al Antiguo Testamento» implicaría la «disolución» del cristianismo.

El nuevo libro de Benedicto XVI completa la obra, quitando del sendero del diálogo la última piedra, cuando aclara definitivamente que la responsabilidad en el proceso y en la condena de Jesús es imputable sólo a un grupo restringido de judíos y no puede, de ninguna manera, recaer sobre el pueblo entero, menos aún en todas las generaciones sucesivas. Despejado de este obstáculo el camino, el diálogo entra en la sustancia: «Después de siglos de contraposición, reconocemos como tarea nuestra lograr que estos dos modos de la nueva lectura de las escrituras bíblicas —la cristiana y la judía— entren en diálogo entre sí para comprender rectamente la voluntad y la palabra de Dios».

Es evidente que el diálogo encuentra enseguida el tema central de divergencia: la divinidad de Jesús, la naturaleza de su misión, su sentido en la historia y en el proceso de la redención, y por lo tanto, el concepto mismo de la redención. Al respecto, es natural y legítimo que Benedicto XVI indique la especificidad de la visión cristiana en la idea de que el Templo ha terminado «en el sentido histórico-salvífico»; que «en su lugar ahora está el arca viviente de la alianza del Cristo crucificado y resucitado». El inicio de un tiempo de los gentiles «durante el cual el Evangelio debe ser llevado a todo el mundo y a todos los hombres» es compatible con el hecho de que «mientras tanto Israel conserve la propia misión», y aclara así una cuestión que ha generado en los siglos «malentendidos de graves consecuencias». Tanto más es legítima la reivindicación de lo que se considera radicalmente nuevo en el cristianismo, en cuanto que se elimina otra fuente de incomprensiones —y no de método sino de sustancia.

No existe ni una sola página del libro en donde resurja la antigua e infundada contraposición entre Antiguo Testamento, como libro en el que habla un Dios solo de justicia y nunca de amor, incluso un Dios de venganza, y los Evangelios como mensaje de caridad y de amor, así como tampoco la contraposición entre particularismo judío y universalismo cristiano. Ciertamente, lo acabamos de recordar, la especificidad del mensaje cristiano se identifica en el hecho de haber abolido el confín del Templo para hacer de la crucifixión el Templo para la redención de la humanidad entera; pero esta especificidad no se contrapone al mensaje del Antiguo Testamento, es más, sus raíces se encuentran justamente en él.

Este vínculo se reafirma continuamente en el libro, colocando el mensaje de Jesús «dentro de la gran línea de los heraldos de Dios en la precedente historia de la salvación». Al respecto, hay que subrayar que también el conflicto que Jesús abre con «el orden dispuesto por la aristocracia del templo» y con el respeto exclusivo de las prescripciones se inscribe en una tendencia ampliamente presente del profetismo.

Leyendo el libro de Benedicto XVI vuelve a la mente el recuerdo de quienes ya habían identificado en las comunes raíces teológicas y espirituales el camino para superar siglos de incomprensiones. En la espiritualidad de la oración judía que Jesús conoció desde niño, se busca las raíces del mensaje del que sería portador: «¿Acaso es posible que cada día, también hoy, los judíos pronuncien oraciones que han marcado el inicio del movimiento religioso más difundido del mundo? ¿Es posible que gran número de judíos y la casi totalidad de los cristianos ignoren esta permanencia y no hayan meditado en ella? ¿Cómo es posible que los creyentes, cualquiera que sea su religión, no se obsesionen con un misterio semejante que persiste después de muchos otros misterios?».

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Imagen: (Getty) Libros “Jesús de Nazareth”

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