Japón honra a 8 millones de dioses, pero la vida es poco valorada

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4.00 p m| ROMA, 23 ago. 10 (CHIESSA/BV).- La historia del cristianismo en Japón es una historia de mártires. Ninguna otra civilización en el mundo se ha mostrado más impermeable al cristianismo que la japonesa. En el pasado asesinaban a quienes la anunciaban. En épocas más recientes los hospedan amablemente, pero sin que jamás a esto correspondan olas de conversiones.

Pero a su vez, también los anunciadores del cristianismo en Japón no han sabido penetrar a fondo, hasta ahora, el misterio de aquella civilización, para “inculturar” su anuncio.

Un impresionante indicio del misterio de la cultura japonesa es la prevalencia de suicidios. En promedio cada 15 minutos un japonés se quita la vida. En un año hay más de 30.000. “Kamikaze” y “harakiri” son las palabras de la lengua japonesa más conocidas en el resto del mundo.

Un suicida cada 15 minutos es ya un dato terrible, pero si se analizan los datos estadísticos la angustia aumenta. Se ve, en efecto, que un tercio de los suicidas está entre los 30 y 49 años de edad, hombres y mujeres en la plenitud de la vida que no ven en su presente y futuro alguna razón para no tirarla. Y si se desciende en el rango de edades, se descubre que Japón tiene el primado mundial de estudiantes suicidas: 552 en el 2009. Cada día del año escolar, por lo tanto, dos estudiantes deciden quitarse la vida, víctimas de un sistema escolar ásperamente competitivo y de actos de arrogancia y prepotencia estudiantil de despiadada crueldad.

Quizá el resultado más importante obtenido por el gobierno ha sido el de poner el problema de los suicidios frente a los ojos de todos. Esto parece ser en síntesis el mensaje del gobierno: veamos juntos qué se puede hacer, entendamos qué empuja a tanta gente a rechazar la vida en esta nuestra sociedad tan acaudalada.

El obispo Mori le da en parte razón, cuando dice: “En Japón hay en realidad una gran necesidad de valores religiosos, hay fieles que practican incluso varias religiones. Pero la Iglesia no llega a satisfacer esta sed de religiosidad porque se equivoca en la estrategia: la Iglesia no debe limitarse a dar a conocer la doctrina, la fe y las tradiciones católicas, sino que debe encontrar la manera de conjugarlas con la cultura y los problemas de la vida cotidiana de los japoneses, evitando la división entre enseñanza de la doctrina y la vida cotidiana en Japón. Obviamente es una tarea muy difícil, que se convierte en más ardua por la disminución de las vocaciones y el envejecimiento de los obispos locales”. ¿Obispo Mori, hay esperanza? “Sí, creo que sí. Me basta pensar en el ejemplo de la madre Teresa que supo encontrar el modo de hablar al corazón de los indios por encima de las diferencias de fe, con el simple lenguaje de sus acciones. Si llegamos también nosotros a dar un testimonio así de grande del amor de Jesús, pienso que podremos también contener de modo significativo la avalancha de suicidios que aflige el país”.

Hoy se discute en Japón mucho más abiertamente que antes por qué ello sea así. Y la investigación que sigue da cuenta precisamente de esta discusión. El autor de la investigación, Silvio Piersanti, periodista italiano, ha interpelado sobre el argumento, entre otros, al obispo católico de la capital y al nuncio vaticano en Japón. Los cuales están de acuerdo en indicar que está en la cuestión de Dios la raíz última de la facilidad con la que los japoneses se quitan la vida.

Los japoneses, dicen, “tienen ocho millones de dioses, miles de templos y dos religiones oficiales, el budismo y el shintoismo”, pero les falta la fe en un Dios personal, omnipotente y misericordioso, cercano y amoroso con cada hombre. En un reciente debate televisado en el que participaron tres jóvenes mujeres que habían intentado suicidarse, una de ellas, Shinohara Eiji, 26 años, contó su drama, iniciado en las escuelas media y superior donde era objeto de burlas porque era gorda. La continua humillación, año tras año, la llevó a la decisión de quitarse la vida. Regresando a casa, del hospital donde había sido internada con las muñecas cortadas, fue recibida por su padre que la abrazó. Era la primera vez en toda su vida que recibía un abrazo de su padre. “No nos dijimos una sola palabra, pero en aquel momento, entre sus brazos, entendí que la vida era bella y digna de ser vivida”.

Las tres jóvenes estuvieron de acuerdo en considerar que lo que habrían necesitado para vencer la desesperación era un poco de amor, para no realizar ese gesto extremo. Y no hay bienes materiales y distribución equitativa de las riquezas que puedan garantizar aquel amor. Dios puede.

“La Iglesia católica ha hecho mucho en Japón, pero ciertamente puede hacer más”, nos dice el nuncio Bottari. Para incidir positivamente sobre el fenómeno de los suicidios debemos hacer que penetre el concepto de Dios y de la sacralidad de la vida dentro de la cultura japonesa. Por ahora es un objetivo aún lejano. Hay poco más de un millón de católicos en Japón, de los cuales más de la mitad son inmigrantes. Tenemos cada año cerca de 4 mil conversiones, nuestra visión de Dios avanza, pero lentamente… Creo que el obstáculo principal es el que tengan raíces profundas en su cultura milenaria, que les hace ver la conversión a una fe monoteísta occidental como una traición de las tradiciones, de la patria y de la entera civilización oriental en general”.

Imagen: (AsiaNews) Mujeres orando en templo católico.

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