LA EDUCACIÓN VIRTUAL

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Aníbal Quiroga León ([1])

Para a mis alumnos de la U. de Lima y de la UPC del curso Derecho Procesal Constitucional, en época de pandemia…

La pandemia del Covid-19 que nos aqueja trae muchas aristas para nuestra sociedad, instituciones públicas, economía y vida diaria, ya que la enfermedad aún es de origen, tratamiento y cura desconocidos, pero de una velocidad de contagio masivo y letalidad de pavor. Uno de esos tantos aspectos severamente afectados, ya que se obliga al aislamiento social y al confinamiento domiciliario -es decir, a contramano con ello-, es la educación escolar y universitaria, donde la metodología natural es congregar a un grupo de alumnos en el aula alrededor del profesor, y esas aulas conforman una entidad educativa, cualquiera sea el nivel, especialidad y grado de esa educación, desde el nido, hasta la propia universidad, llegando ciertamente al postgrado.

Lo mismo puede decirse con otras actividades sociales de masividad natural, como el cine, teatro, eventos deportivos, actuaciones artísticas, desfiles y tantas otras propias de una sociedad abierta.  Por otro lado, los domicilios son en verdad sitios de tránsito y reposo para la familia, y las actividades fuera del domicilio son las principales del ser en sociedad y las que ocupaban el mayor número de horas en el día. Nuestras casas no estaban preparadas para soportarnos a todos juntos las 24 horas del día por más de dos meses.

Ahora es al revés, y esto conlleva la necesidad de adaptarnos, aceptarlo a regañadientes y sobrellevarlo con mayor o menor tolerancia.  No todos somos iguales y no todos tenemos la misma resistencia y resiliencia.  Eso, sumado a la incertidumbre de la propia dinámica de la pandemia, donde casi a diario se dan  anuncios con tutoriales presidenciales de cómo lavarse las manos, ora optimistas, ora pesimistas (más la inevitable intoxicación informativa globalizada), cuando los trabajos, ingresos, salarios y pagos se han evaporado habiendo echado mano a los ahorros -los que tenían-, préstamos familiares o simplemente con cachuelos diarios so riesgo de contagio, se ha generado -naturalmente- mucho estrés convirtiendo a las familias en verdaderas ollas de presión que por algún lado deben desfogar.  Uno de esas válvulas ha sido el de la educación virtual y las pensiones escolares/universitarias.

Pertenezco a una generación de educación escolar/universitaria sin computadoras. Tampoco había celulares. Quien quería llamar debía esperar tiempo libre para usar el teléfono público por medio de un RIN, que es algo tan exótico de explicar como la extinción de los dinosaurios ya se daba en un contexto económico muy diferente al actual, de manera que sin entender aquello, no se alcanza a comprender por qué el teléfono público requería una ficha y no de monedas.

Dos años antes de acabar la universidad llegó la TV a color -y los controles remotos-, y solo leíamos textos escritos, sean libros, separatas o fotocopias. Luego llegaron las IBM de bolita que grababan una línea y, finalmente, las primeras PC con word perfect que hoy tendrían una lentitud y prestaciones inadmisibles. Todo esto, y sus antecedentes, parecen hoy salidos del Jurassic Park.  El internet, messenger, whatsapp y comunicación virtual en tiempo real eran solo ciencia ficción.

Sin embargo, con toda la tecnología que ahora disponemos, y con muchísimas herramientas que hacen adquirir conocimientos o comunicaciones en tiempo real, aún en grupos (webinar, zoom) y otras tecnologías, no podemos reemplazar al profesor en clase; y ningún profesor puede reemplazar a sus alumnos por una pantalla con voces remotas.  Eso, que era un complemento educativo, de pronto se ha convertido en la única herramienta para transmitir el conocimiento, para enseñar y aprender.  No hay de otra.

De un día para el otro hemos tenido que adaptarnos a regañadientes, tanto profesores como alumnos. Todavía falta saber si la metodología ha funcionado y si la educación virtual reemplaza con éxito a la presencial en toda su extensión, si los planes de estudio se cumplirán razonablemente, si el semestre o el año se han perdido, mediadamente perdido o si se han impuesto al confinamiento obligatorio. Esa es una conclusión pendiente de obtener, sobre todo en un medio que no estaba preparado, donde no todos tenemos acceso a un internet decente, a tantas computadoras en casa como se requieran para los estudiantes y los que a la vez deben hacer trabajo remoto.  Algunos alumnos hacen el esfuerzo de seguir la clase por celular, lo que sublima y angustia la tarea docente.

En este contexto los padres de familia se sienten injustificadamente estafados por colegios y universidades que están obligados a dar como puedan una educación virtual.  Comprimidos como están, olvidan -o no quieren recordar- que detrás del colegio/universidad también hay profesores, auxiliares y trabajadores -otros padres de familia igualmente afectados por la pandemia- que también dependen con gran angustia de la actividad educativa virtual.

([1]) Jurista. Profesor Principal PUCP

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