NUESTROS DESENCHUFADOS

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Autor: Gustavo Rodríguez

Artículo publicado el 21/11/2020 en: https://jugodecaigua.pe/nuestros-desenchufados/.

¿Por qué los simpatizantes de la vacancia no pueden ver sus enormes consecuencias?

La primera vez que sentí un puñete por estar desconectado de las mayorías de mi país tenía 21 años. Hasta entonces había pasado gran parte de mi vida en el redil mesocrático de una provincia, y no me costó adaptarme a su versión en Lima.

Yo creí que Vargas Llosa iba a ganar casi en primera vuelta ese 8 de abril de 1990.

Y lo creí, a pesar de que ya circulaban señales de que un japonesito que se paseaba en tractor había encontrado un turbo en las zonas marginadas. La segunda vuelta fue la confirmación del impresionante fenómeno Fujimori y, cabizbajo al día siguiente en mi oficina, incrédulo de que un desconocido hubiera triturado a un autor cuyos libros me habitaban, no me pareció risible enterarme de que la noche anterior un grupo de señoras de alcurnia hubiera acudido a las afueras de su casa para hacer una vigilia lacrimosa.

Yo, de alguna forma, era como ellas: la viuda de un sueño guillotinado.

Quizá desde entonces empecé a ponerle atención a las opiniones que recogían los taxistas, a hacer preguntas tímidas en vez de pontificar mis verdades, a leer las portadas de diarios antagonistas. Sería un soberbio imbécil si creyera tener una lectura panorámica de la realidad —ese Aleph borgiano sencillamente no existe—, pero creo que puedo darme cuenta si alguien está haciendo el ridículo debido a su cerramiento.

En estas semanas de crisis política han abundado estos casos.

Por ejemplo, el sábado 14 de noviembre El Comercio publicó un artículo de Fernando Rospigliosi titulado ‘Un gobierno razonable’, donde el autor opinaba que el flamante gabinete de Manuel Merino, liderado por Ántero Flores-Aráoz, le sería más útil al Perú que el anterior de Martín Vizcarra. Ese mismísimo día el Perú tuvo la manifestación más grande de su historia y, al día siguiente, Merino tuvo que dejar la presidencia. Tal artículo, como lo señaló con sorna Diego Salazardidn´t age well.

El mismo domingo que Merino renunció a la presidencia usurpada, el programa de televisión Rey con Barba entrevistó a Flores-Aráoz, el primer ministro recién expulsado por las masas, y los conductores le dijeron que algún día el país reconocería la injusticia cometida con él. Notemos que dicho programa es conducido por dos varones camino a septuagenarios que siempre han vivido rodeados de poder. Y recién, el último jueves, cuatro magistrados del Tribunal Constitucional decidieron abstenerse de interpretar el célebre artículo de la incapacidad moral que hizo vacar a un Presidente, como si la última semana de furia en las calles no hubiera ocurrido: una bomba de tiempo que la mayoría del país quería ver con instrucciones seguras de uso.

Quizá convenga confesar que estas manifestaciones de desconexión me son particularmente fascinantes porque he convivido con ellas. El chico que arribó a Lima desde una mesocracia provinciana tuvo suerte: su trabajo solucionando problemas de comunicación le dio acceso a esferas muy diversas, desde las culturales hasta las de farándula, pasando por ONG, grandes corporaciones y cúpulas políticas, y fue en estas dos últimas donde empecé a conocer a varios conservadores privilegiados de la capital peruana. Parte de mi fascinación proviene de su apertura a  creer mentiras y propagarlas —si es que no las fabrican ellos mismos— con tal de imponer su visión del mundo, tal como Trump hizo durante su presidencia. Cada cierto tiempo me encontraba con algunos en reuniones, como las sanisidrinas Lentejas de la Mona Jiménez —a ella la extraño, en verdad—, y era como ingresar en un invernadero donde se guarecen modales y creencias que se desfasan con el tiempo mientras, allá afuera, la sociedad cambia con velocidad de vértigo. No es nada nuevo: María Antonieta sugiriendo repartirle pasteles al vulgo es una caricatura que lo ilustra.

La psicología social detenta un término llamado ‘sesgo de grupo’ que tal vez explique este fenómeno: cuando las personas están en grupo toman decisiones respecto al riesgo de manera diferente de aquellos que están solos. Un hincha de fútbol que camina solito por la calle tal vez no se arriesgaría a lanzar arengas, pero en multitud sería muy probable que se vuelva violento. El riesgo, en el caso de los aquí aludidos, es haber agudizado mutuamente sus creencias hasta quedar en ridículo: cuando los extremistas se encuentran en un habitáculo cerrado —los algoritmos de las redes los arrean hasta allá en rebaño—, esos prejuicios que llevan, ­alimentados por su desconexión con otras realidades, se multiplican, se viralizan en esa misma burbuja encerrada y el resultado son magistrados que le dan la espalda al pueblo o primeros ministros apaleados que no pueden explicarse los fenómenos que pasaban ante sus narices. Y vaya si estos fenómenos fueron gigantescos: una reciente encuesta del IEP señala que el ¡94%! de los peruanos estuvo en contra del ascenso de Manuel Merino a la presidencia. Y que el 37% expresó su hartazgo en marchas, cacerolazos y arengas en redes: ocho millones de ciudadanos activos.

Por supuesto, hay causas que propician esta desconexión:

  1. Crecer en un barrio resguardado.
  2. Educarse en un colegio de pago.
  3. Practicar deporte en un club privado.
  4. Transportarse en auto propio, básicamente por siete distritos.
  5. Carecer de padres o maestros que expandan tu mundo.

Quienes cumplan con estos requisitos —sobre todo el último— muy probablemente terminen algún día protagonizando un meme.

También es posible habitar este círculo miope si, a pesar de no haber crecido en un entorno cerrado y privilegiado, la inseguridad te lleva a buscar desesperadamente ser aceptado en él. En varios cócteles me he topado con ejemplos andantes de este arribismo.

Es más: quizá yo mismo haya estado en camino de ser uno de ellos.

Dios. Si algún día me golpeo la cabeza y resulta que me he convertido en eso que hoy llaman un viejo lesbiano, espero que también me desenchufen.

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Acerca del autor

Vicente Sánchez Vásquez

Presidente del Instituto de Neurociencias para el Liderazgo. Abogado y Magister en Gerencia Pública.

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