EL DISCURSO PRESIDENCIAL. SU FUNCIÓN SOCIAL Y COMUNICACIONAL DURANTE LA PANDEMIA DEL CORONAVIRUS

Decía el semiólogo argentino Eliseo Verón, que para el desarrollo fecundo de las ciencias de la comunicación, los procesos de la personalidad, la sociedad y la cultura, deben ser vistos como procesos de comunicación. Esta idea es pertinente para un hecho que puede caracterizarse como insólito para los peruanos: el Presidente Martin Vizcarra aparece día a día en las pantallas de televisión a mediodía para informar cotidianamente las medidas que va disponiendo su gobierno para enfrentar la pandemia del coronavirus. No pretendo centrarme en lo que dice en cada uno de sus discursos, pues millones los escuchamos a diario. Sí es interesante abordar todo lo que “no dice” su discurso, es decir, lo que es contextual o está implícito; tanto por sus decisiones personales, por lo que espera la sociedad, y por los signos culturales con los que transmite sus iniciativas, ya que todas esas cosas “comunican” tanto como lo que dice a diario.

El discurso presidencial como centro y espacio único de la política nacional. Quien conoce el Perú sabe la diversidad de rostros y opiniones políticas que pasan a diario por los programas de televisión. Entonces es una sorpresa mayúscula ver al Presidente Vizcarra como el único centro de interés político desde la declaratoria de inmovilización obligatoria. Prácticamente todos los demás actores políticos han desaparecido. Además del Presidente, aparecen los ministros de Salud, Interior y Defensa, por razones obvias. Casi nadie más llega a los sets de televisión como estábamos acostumbrados por tanto tiempo. No hay duda de que la evolución de la pandemia y sobre todo, el temor que recorre a toda la sociedad peruana, ha dado lugar a que no importe otra opinión sino la del Presidente para conocer las medidas que va tomando y ejecutando. En tiempos excepcionales como éste, parece dispararse la relación emocional entre las grandes masas y el jefe del Estado, porque se le otorga inconscientemente la condición de protector, y ya no importa ninguna intermediación. En la ciencia política este fenómeno es llamado “to rally around the flag“. Es sorprendente que hasta el propio Presidente del Consejo de Ministros no tenga casi protagonismo alguno. Menos el Presidente del Congreso. El discurso presidencial ya no sólo es el eje central diario sobre el que gira la política nacional, sino también su espacio casi exclusivo. Por supuesto, el Presidente ha captado esta doble energía: la necesidad de informar a diario lo que se hace y el deseo de la población que sea él quien lo haga (no un subalterno). Y sin dudarlo, se ha entregado a la tarea con ahínco. No sorprende entonces que su aprobación alcance más del 80%. En medio del mayor desafío para su Presidencia, Vizcarra sabe que tiene firme en sus manos las riendas de la nación, y que la nación está con él. Su mayor reto será -así como acertó el momento preciso de meter a todos a sus casas-, determinar el momento exacto de levantar la cuarentena para que la economía no se desplome por su propia parálisis o para evitar que la gente salga a saquear por hambre.

La pandemia como fenómeno comunicacional global. Cuando la información inicial del coronavirus procedía de China, no se veía el tema sino como un lejano asunto asiático. Cuando saltó a Italia la situación cambió por completo. En días, el coronavirus ya era información monopólica en toda Europa, Estados Unidos, América Latina y Asia. Las informaciones de fallecidos en Italia y luego en España estremecieron al mundo entero. El tercer escalón, ya como fenómeno global, han sido las escenas de la televisión ecuatoriana quemando los cadáveres en las calles porque las autoridades no se daban abasto en recogerlos. Ello desató en muchos países de América Latina la condición de pánico social, y la exigencia de mayores restricciones a la movilidad social, que por ejemplo los Presidentes de México y Brasil se han resistido a tomar. Este contexto externo ha dado lugar a que las posturas negacionistas de la pandemia (los dos mencionados y Donald Trump como su ejemplo emblemático) se hayan desacreditado no sólo en sus propios países, sino en la comunidad internacional. Es un fenómeno nunca antes visto que la información sobre la pandemia sea simultánea en decenas de países, tanto sobre sus realidades nacionales como lo que pasa a nivel internacional. El ataque del virus es a escala global, sin importar el desarrollo de las naciones ni las clases sociales, pero sin embargo, las respuestas son nacionales, no hay una estrategia mundial anti-coronavirus. Cada país reacciona como una tribu aislándose de otras, aunque todos sabemos que estamos pasando por el mismo miedo y dolor. La solidaridad internacional ha sido hasta ahora, simbólica en algunos casos. Puede decirse que los peruanos, como nunca antes, somos hoy conscientes de que no sólo se trata de una crisis nacional, pero en lo que estamos unidos con el resto de la humanidad es en reconocer que, pese al más grande desarrollo científico y tecnológico logrado por dos o tres generaciones humanas, no dejamos de ser absolutamente vulnerables ante la naturaleza. Y viendo los problemas políticos que viven otros países respecto a cómo enfrentar el coronavirus, el Perú es una tribu que ha podido enfrentarlo mucho más unida que otras. Parece una paradoja pero el coronavirus reforzará nuestra identidad y sentimiento nacional.

La comunicación no verbal del Presidente. Rafaella León, autora del libro “Vizcarra, retrato de un poder en construcción”, refiere la relación conflictuada del Presidente con la política, expresada en el muro materno entre sus hijos y el padre (un connotado político regional aprista) a quien culpaba de las muchas puertas cerradas a la familia, en la relación de su propia esposa con la política (una profesora que debe acompañar al cónyuge extrañando ella estar en su escuela de niños), y en el estilo cíclico de su forma de hacer política entre trayectos erráticos y de incertidumbre y picos de decisiones radicales y arriesgadas (actitud “kamikaze” fue la frase de León). Esto es lo que puede explicar, además de su perfil profesional de ingeniero, su dificultad para ser un animal mediático, para sumergirse en las aguas, siempre tempestuosas, del vínculo emocional con las masas. Digámoslo así: su vínculo es más racional, más matemático. Parece estar más a gusto demostrando su capacidad para resolver los problemas inmediatos de la gente, el mundo de la eficiencia y eficacia del poder. Lo curioso es que ello no ha limitado sus niveles de popularidad al saber recoger las demandas ciudadanas en cada coyuntura. Tiene un perfil que también puede ser muy útil para conectar con la gente: cuando tuvo que anunciar nuevas medidas restrictivas el 02 de abril, se levantó de la mesa, fue a la pizarra y se veían datos y líneas que seguramente pocos entendían. Pero lo que seguro todos entendimos fue la frase “el segundo martillazo” para achatar la curva de transmisión del virus. No hay duda de que Martín Vizcarra sigue siendo un líder en construcción, y ha ido mejorando en el camino tanto su comunicación verbal como no verbal, aunque en ésta última pueda tener mucho camino por hacer. Creo no equivocarme al decir que su gestión en esta crisis ya le ha dado el oxígeno suficiente para terminar su mandato (recordarán que hace poco hasta eso estaba en duda), y para, en comparación con otros actuales presidentes, ser ubicado como uno de los líderes más resilientes de la actual crisis. Falta saber si logrará ingresar a la historia política nacional como él quisiera que lo recuerden, anhelo que muy pocos políticos alcanzan.

La épica como parte esencial del discurso político. La vida cotidiana la sentimos a veces tan brutal e insignificante que trascender de ella y hacernos parte de propósitos extraordinarios o hazañas legendarias nos conecta con los demás, con nuestra historia humana, con el universo o con su Creador. Por eso el discurso político tienen la capacidad de convocar multitudes diversas, porque conecta nuestro accionar diario con fines loables que individualmente nos es imposible alcanzar. Conectar la rutina con la épica es el secreto del éxito del discurso político. En esta coyuntura del coronavirus, los ejemplos de lo que decimos no se han hecho esperar. El mandatario que apeló a la épica militar fue el Presidente chino Xi Jinping, al denominarla como “la guerra del pueblo contra el coronavirus”. El primer ministro italiano Giuseppe Conte tocó la sensibilidad de los italianos con una frase que han repetido otros gobernantes: “Mantengámonos alejados hoy para poder abrazarnos mañana”. Ese discurso (del 11/03/20) lo inició así: “He hecho un pacto con mi conciencia: en primer lugar, está la salud de los italianos”, marcando su opción en la disyuntiva entre salud o economía, debate que ha recorrido varios países. La canciller Angela Merkel, en su discurso para exhortar a los alemanes a cumplir las normas para combatir la pandemia (18/03/20), dijo: “desde la Segunda Guerra Mundial nuestro país no ha afrontado un desafío que dependa tanto de nuestra solidaridad colectiva. Estamos ante un desafío histórico y solo juntos podremos superarlo”. La invocación a la unidad máxima entre el pueblo y su liderazgo para lograr objetivos extraordinarios está en la esencia del discurso político. Y el Presidente Martin Vizcarra tampoco ha sido ajeno a esta postura. En su mensaje a la Nación del 15 de marzo, declarando el estado de emergencia, expresó: “Lo he dicho hoy y lo repito: no escatimaremos ningún esfuerzo porque la salud es el bien más preciado que tenemos todos. Estamos seguros que lograremos superar esta circunstancia difícil y pronto reiniciaremos el crecimiento del país, y retomaremos el rumbo de desarrollo y progreso de nuestra Patria.” Obviamente, para no caer en la retórica, sus hechos tienen que confirmar sus dichos.

Héroes y villanos. Toda guerra, y esta naturalmente lo es, tiene sus villanos. En un primer momento, por su carácter exógeno, fueron los extranjeros que llegaban al país los que alguna sospecha levantaban. Incluso en los primeros días, los turistas asiáticos tuvieron rechazo en varios países. Trump contribuyó con el desaguisado al llamarlo el “virus chino”. Pero cuando la epidemia ya estaba instalada en cada país, los villanos pasaron a ser los que incumplían las normas de restricción que daban las autoridades. Esto no es un problema exclusivamente peruano. Ha sucedido en casi todos los países: algunos con la idea que el problema no era con ellos, otros dando cualquier otra justificación, y los demás tal vez porque su gen solidario es mínimo. El hecho es que en muchos países las normas penales se han elevado para enfrentar esas inconductas. El caso mayor fue el de Filipinas, país en que su presidente Duterte ordenó disparar a matar a los que se resistan a policías y militares. La opinión pública exige medidas más drásticas contra esos villanos porque siente que el esfuerzo que la mayoría hace se va al desagüe por estos incumplidos. Del mismo modo pero en sentido inverso puede decirse de los héroes: el personal de salud y policías y militares, entre otros, aparecen en primera fila en la lucha, y ello genera un amplio reconocimiento social. En sus últimos discursos, Vizcarra ha sido más sistemático en atacar a los villanos e insistir en el reconocimiento a los héroes.

En resumen, el discurso presidencial tiene una finalidad informativa pero además comunicacional en un sentido integral, y del que se desprenden consecuencias a nivel político y social. En tiempos de coronavirus, el discurso presidencial puede convertirse, por dinámica política, en el centro y el espacio privilegiado de la acción política. Al vivirla como un fenómeno comunicacional global, la pandemia patentiza nuestra absoluta vulnerabilidad como humanidad y nuestras reacciones tribales ante el miedo y la muerte. Y ya propiamente en el análisis del discurso presidencial, existe una comunicación no verbal de doble vía, tan intensa y extensa como la oral, con sus dimensiones épicas para intensificar la unidad pueblo-líder, y con la presencia de héroes y villanos, como corresponde a la cualidad antagónica que tiene la política para llegar a las grandes mayorías.

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Acerca del autor

Vicente Sánchez Vásquez

Experto en Liderazgo. Abogado. Magister en Gerencia Pública.

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