Los cursos de “historia universal” en la era del resurgimiento del supremacismo blanco

El alarmante resurgimiento mundial del supremacismo blanco, especialmente tomando en cuenta el papel que tiene la historia como parte fundamental de su discurso, hace que sea necesario que los historiadores reflexionemos en torno a la manera en que debemos responder. Por ejemplo, la medievalista Sierra Lomuto ha señalado cómo los supremacistas blancos han adoptado la iconografía celta como símbolo y han fetichizado a la Edad Media como un periodo de homogeneidad racial blanca y armonía social. The Economist ha comentado también sobre la popularidad de las imágenes de Carlos Martel o los cruzados en general en foros de extrema derecha y de supremacistas blancos, quienes enaltecen dichas guerras contra el mundo islámico y las usan como ejemplo a emular en sus intentos de perseguir musulmanes en el presente. Tanto Lomuto como The Economist coinciden en la importancia que tiene para los estudios medievales el que sus académicos se aseguren de no alimentar los delirios del supremacismo blanco y de tomar medidas para divulgar los estudios sobre las migraciones no-blancas a la Europa septentrional o sobre reinos multi-étnicos como el de Sicilia. Quizá los supremacistas blancos seguirán tejiendo sus fantasías, pero no deberán encontrar en la historia académica un punto de apoyo para ellas.

¿Es relevante tomar en cuenta estas prácticas en países como el Perú, que no es uno de los epicentros mundiales del actual resurgimiento del supremacismo blanco, ni es un centro de estudios medievales europeos? Sí, lo es. En un mundo globalizado, estas tendencias definitivamente tendrán su eco en otras regiones del mundo, el Perú incluido. No hay manera de predecir las perniciosas maneras en que este movimiento exacerbará las tendencias racistas existentes en nuestro país, de manera que es pertinente estar preparados. Dado que el movimiento supremacista blanco busca utilizar la historia como arma para promover su agenda, los historiadores peruanos o latinoamericanos no podemos mantenernos al margen de la discusión. Después de todo, pertenecemos a una de las “razas” que el supremacismo blanco busca subordinar.

Y si bien, en efecto, los estudios del medioevo europeo no son uno de los enfoques principales de nuestras universidades, la batalla por la historia no se limita a dicho periodo. La narración histórica más básica que manejan los supremacistas blancos “de a pie” es que el devenir de la historia demuestra la superioridad de los europeos y sus descendientes. Dirán ellos que, después de todo, ¿qué otra raza, cultura o civilización tiene logros o triunfos comparables a la filosofía griega, el poderío romano, el humanismo cristiano, la contención del Islam, el Renacimiento, la conquista de América, la Reforma, la Ilustración, el surgimiento de Estados Unidos, la Revolución francesa, la Revolución Industrial, el Imperialismo y una larga lista de etcéteras? Por supuesto, todo esto es fácilmente rebatible con referencias a, por ejemplo, las grandes conquistas terrestres de los mongoles, la separación entre el Islam suní (y sus múltiples vertientes de sufismo) y chía, las exploraciones chinas del océano índico, el imperio comanche que impuso condiciones al virreinato de Nueva España, la difusión pacífica del Islam en el Sudeste Asiático, las redes comerciales del imperio de Mali o la filosofía del periodo Zhou oriental. Pero para el supremacismo blanco, todo ello es pasado por alto, de manera que las demás culturas, “razas” o civilizaciones del mundo son vistas como estáticas o decadentes, mientras que la única dinámica y pujante es la de los europeos y sus descendientes. Es este discurso histórico el que nos corresponde enfrentar desde las aulas universitarias. Así como los medievalistas europeos y norteamericanos se rehúsan a ser utilizados por el supremacismo blanco, nosotros también tenemos el deber de darles a nuestros alumnos las herramientas para combatir este perverso discurso.

Desde ya, nuestras universidades hacen un trabajo loable en lo que a la historia precolombina y amerindia se refiere. Nadie que haya pasado por nuestras aulas podrá ser vulnerable a creer discursos según los cuales las culturas precolombinas eran “primitivas” y que los pueblos indígenas jamás desafiaron el poderío colonial. Sin embargo, cabe preguntarnos cómo estamos lidiando con estos temas en el campo de las asignaturas de la así llamada “historia universal” o “historia mundial”. ¿Estamos respondiendo ante los desafíos actuales de una manera en que desde nuestra disciplina luchamos contra la amenaza del radicalismo blanco? Para responder a esta pregunta, revisé veinticinco sílabos de asignaturas dictadas en universidades peruanas (públicas y privadas, de Lima y otras ciudades) cuyos títulos sugieren algún alcance “mundial” o “universal”. Acá podemos ver los resultados:


Para ver los mecanismos mediante los cuales se hicieron estas cuantificaciones, véase al final del artículo.

Como se puede ver, las sumillas de más de un tercio de estas asignaturas recortan inmediatamente el alcance de los cursos a “occidente”, es decir, a los europeos y sus descendientes. E incluso aquellos cursos que mantienen ambiciones “universales” suelen enfocarse sobre todo en las actividades del mismo grupo. En promedio, estos cursos le dedican cerca del 90% de su tiempo a la historia de occidente y menos de 10% al resto de la humanidad. Por supuesto, esto no significa necesariamente que estos cursos tengan un tono celebratorio en torno a los “triunfos” de los europeos y sus descendientes. No me cabe duda de que los docentes de estas asignaturas presentan una excelente visión crítica de los lados más oscuros y problemáticos de la expansión y hegemonía de occidente. No obstante–quizá como herencia de una tradición académica occidental instalada desde el periodo colonial–caemos inadvertidamente en parte del discurso del supremacismo blanco: estamos dando a entender que la historia que merece ser atendida en la universidad, la que es dinámica y relevante, es precisamente la de los blancos. Al dejar al resto del mundo (aparte de nuestros propios países en sus cursos correspondientes) en una oscuridad casi completa es casi como si estuviéramos concediendo que dichos pueblos o bien “carecen de historia” o que su historia es, de alguna manera, menos relevante que la de los europeos y sus descendientes. Como resultado, nuestros estudiantes carecerán de herramientas para presentar un discurso que dispute aquella premisa del supremacismo blanco. Cuando los estudiantes piensen en grandes emperadores, conquistadores, revolucionarios, escritores, pensadores y artistas, las caras serán siempre blancas. Y eso es precisamente lo que quieren los supremacistas blancos.

¿Tendremos entonces la responsabilidad de ampliar el espectro de lo que tratamos en cursos nominalmente “universales”? Por supuesto. Sin embargo, hay por lo menos un par de objeciones que se pueden hacer a la viabilidad de esta idea. Primero, que nuestros docentes no se han especializado en historia china, india, africana o árabe, y que por tanto no se les puede pedir que se aventuren a incluir esas regiones en sus cursos de “historia universal”. Esto, sin embargo, es subestimar a nuestros historiadores. Tenemos muchos docentes cuyos temas de investigación se centran en el Perú, y que sin leer griego antiguo, normando medieval, o ruso moderno, siguen dictando excelentes cursos enfocados en Europa y occidente. Creer que está más allá de sus capacidades intelectuales el sumergirse en la historiografía sobre Asia o África como ya lo hacen con la que trata de Europa es, incluso, hasta ofensivo. La capacidad de nuestros historiadores e historiadoras está fuera de dudas. Dicho eso, no estaría de más que nuestras bibliotecas universidades potencien los recursos bibliográficos disponibles para que nuestros docentes puedan realizar este proyecto con éxito.

La otra objeción podría girar en torno al tradicional refrán de quien mucho abarca, poco aprieta. La idea sería que si bien quizá sí se pueda prestar una atención equivalente a los pueblos de cada uno de los cinco continentes, el resultado sería una serie de viñetas carentes de profundidad histórica. Y si querer abarcar todo el mundo occidental desde el Renacimiento hasta la Revolución Industrial en apenas dieciséis semanas es una carrera contra el tiempo, ¡qué locura sería intentar hacerlo en apenas tres o cuatro semanas! Como consecuencia, en los cursos de “historia universal” sencillamente tendríamos que priorizar temas según su “relevancia”, y muchas veces la vara usada para medirla es si un tema nos ayuda a entender el Perú (o América Latina). De este modo, por ejemplo, la Reforma y Contrarreforma dentro del cristianismo recibe mucha más atención que el islam y el budismo juntos (nuevamente, vemos cómo el cristianismo es considerado “historia”, mientras que los otros son tratados como “historia oriental”). Sin embargo, cabe preguntarnos cuál es nuestro propósito como historiadores. ¿Se circunscribe nuestra responsabilidad a darles herramientas a los alumnos para entender solo al Perú (o Argentina o México), o a la humanidad entera? En las asignaturas de “historia universal”, tenemos que inclinarnos por lo segundo. Y hay maneras de hacerlo, usando mecanismos como el estudio comparativo (e.g., la difusión del cristianismo en América comparado con el del islam en el Sudeste Asiático) o temáticas (e.g., el estudio de mercancías a través de diferentes culturas), es solo cuestión de aceptar el desafío.

En el fondo, tenemos que responder a la pregunta ¿Podemos permanecer indiferentes ante las grandes amenazas del presente? En el contexto mundial actual, es necesaria una solidaridad muy amplia para enfrentar a la amenaza del supremacismo blanco resurgente. Ya muchos habitantes de Estados Unidos que creyeron que eran inmunes se están viendo afectados. Los latinos creyeron que el objetivo eran solo los negros y los musulmanes; los asiáticos creyeron que lo eran solo los latinos, negros y musulmanes. Pero ya todos están siendo hostigados (o abiertamente atacados) en muchas partes de aquel país. Es posible que con los últimos resultados electorales en Estados Unidos y Europa las condiciones sigan empeorando. En este sentido, hacer una historia genuinamente “mundial” desde las aulas–y no solo la de los europeos y sus descendientes–se vuelve un tema fundamental. Lo que incluimos y excluimos en nuestros cursos importa, puesto que tácitamente estamos transmitiendo un mensaje respecto de lo que es relevante y lo que no lo es. En un contexto actual en que un blanco supremacista puede justificar su discurso discriminatorio con la pregunta “Si los chinos, africanos o indios tuvieron una historia tan importante como la europea, ¿por qué no la enseñan en la universidad?”, la inclusión de protagonistas de otras culturas en nuestros cursos de “historia universal” deja de ser una exótica exquisitez para pasar a ser una necesidad ética impostergable.

 

 

 


Mecanismos de cuantificación

Busqué contactarme con las universidades peruanas que ofrecen la especialidad de Historia, así como aquellas que figuran entre las diez primeras del país según el ránking de América Economía y que parecen tener cursos de historia. Tan solo unas cuantas respondieron, pero la muestra con la que quedé fue de veinticinco sílabos de seis universidades (cuatro privadas, dos públicas; cuatro de Lima, dos de otras ciudades del país). Los sílabos cubrían tanto cursos generales para la población universitaria en general como cursos de especialidad. Dos fueron descartadas ya que en sus secciones de contenidos especificaban temas que no podían ser ubicados geográficamente, como “la relación del hombre con el medio ambiente” o “la lucha por los derechos humanos”. Agradezco profusamente a las instituciones que respondieron ante mis solicitudes de información. 

En cuanto al universo de sílabus solicitados, excluí aquellos que tradicionalmente se entienden como “historia universal” pero cuyos títulos eran más restringidos. Este es el caso de la Universidad Nacional de Trujillo, por ejemplo, cuyos equivalentes a los cursos acá estudiados se llevan el título de “Historia de Europa occidental”. En el caso de los cursos de historia medieval con títulos como “Historia del mundo medieval”, los incluí cuando eran parte de una serie de cursos con títulos como “Historia del mundo moderno” e “Historia del mundo contemporáneo”, pese a que se podría argumentar que el “mundo medieval” se refiere concretamente a Europa (como en el caso de “mundo andino”), y no al “mundo” como un todo. Por supuesto, es una decisión debatible.

A la hora de decidir si cada uno de los temas indicados en los sílabos trataba bien de los europeos y sus descendientes o bien de otros pueblos, me regí siguiendo el criterio de qué grupo parece haber sido el que tenía la agencia en el tema tratado. De este modo, si una semana era dedicada a la América precolombina, la catalogué como “resto de la humanidad”, mientras que el reparto de África–pese a tratar geográficamente de dicho continente–tuvo como protagonistas a los imperialistas europeos, y por ende, corresponde a la categoría de “europeos y sus descendientes”. Asimismo, si bien temas como las luchas anticoloniales en África y Asia, corresponden a “resto de la humanidad”, la guerra de los boers o la guerra de independencia de Estados Unidos, a “europeos y sus descendientes”. En casos de ambigüedad tuve que fallar aplicando un criterio de verosimilitud. Si un tema denominado “la era de las exploraciones” se encontraba al lado de “el declive del feudalismo” y “la conquista de América” (y el resto de la asignatura gira en torno a los europeos y sus descendientes), asumí que se refería a las exploraciones portuguesas y españolas, y no a las de, por decir, Zheng He. 

 Por supuesto, todo esto está basado en los sílabos y no la ejecución efectiva de los cursos en el aula. Por ende, las cifras solo pueden ser tomadas como un aproximado. 

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Jorge Bayona

Jorge Bayona es candidato doctoral en Historia en la Universidad de Washington (Seattle), Magíster en Historia por la misma universidad y Bachiller en Humanidades con mención en Historia por la Pontificia Universidad Católica del Perú (Lima). Actualmente se desempeña como docente en la Universidad de Washington, y pronto partirá para pasar un año de investigación de archivo en Manila y Lima. Sus áreas de especialización son el Sudeste Asiático, América Latina y el mundo del Pacífico.

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