“Nunca fuimos víctimas, somos sobrevivientes llenas de esperanza”: mujeres de Atenco

desInformémonos

La autora de esta historia colectiva reivindica que lograron sobrevivir a la estrategia de tortura sexual del Estado mexicano, y señala que su lucha no es por terapia sicológica, dinero o vivienda, sino por justicia.

El Estado mexicano, que señaló de mentirosas a las mujeres sobrevivientes de la tortura sexual durante la represión en Atenco y Texcoco en 2006, ahora busca dar disculpas y lograr una “solución amistosa” por las acciones, que son parte de su fracasada estrategia por frenar la organización de abajo y a la izquierda. Las sobrevivientes lo rechazan y reiteran que seguirán su demanda de justicia, que va más allá incluso de las acciones jurídicas.

En un par de meses se cumplirán siete años de los brutales operativos policiales ocurridos en Texcoco y San Salvador Atenco. Su saldo es bien conocido: cateos ilegales; cientos de detenciones arbitrarias; el asesinato de Javier Cortés Santiago y Alexis Benhumea a manos de la policía; la tortura física y psicológica de todas las personas arrestadas; y la expulsión ilegal de cinco personas extranjeras. El caso de las mujeres fue especial, ya que además de padecer la violencia generalizada, fuimos sometidas a la tortura sexual, de la que se documentaron por lo menos 26 casos.

La violencia institucional no sólo se tradujo en cárcel, asesinato y tortura; luego enfrentamos la represión judicial, procesos interminables; sentencias inauditas -hasta por 112 años de prisión-. Tras conseguir la libertad de todos y todas después de años de movilización y resistencia, no podemos dejar de percibir que la impunidad ha sido el común denominador en este asunto.

En las primeras horas de la detención, en el enorme comedor de visitas del penal de Santiguito, nos encontrábamos las mujeres en silencio, esperando pasar a rendir declaración. Una chica comenzó a relatar la tortura, y reconocí en la mirada de aquellas mujeres mi propio dolor y el agobio del silencio. La rabia nos empezó a hinchar el corazón, la fuerza comenzó a retornar a nuestros cuerpos, comprendimos entonces que estábamos vivas y, desde ese momento, juntas.

Hemos vivido la criminalización y estigmatización. Los diferentes funcionarios del gobierno federal y estatal nos llamaron mentirosas, inventando que seguíamos un manual utilizado por grupos radicales para inculpar falsamente a los agentes policíacos de violación.

La impunidad anunciada

Acudir a las autoridades para denunciar la represión parecía una locura. Ellos usaban a los medios de comunicación comerciales para anunciar que no existían denuncias formales, cuando según su preciado Estado de derecho debía seguirse una investigación por oficio ante las evidencias físicas de tortura. Nosotras decidimos no legitimar sus mentiras con nuestro silencio: Denunciamos.

Comenzó el largo peregrinar acudiendo a la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Relacionados con Actos de Violencia en Contra de las Mujeres (FEVIM) -ahora FEVIMTRA (Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de personas). Pasaron dos años en donde rendimos declaración; ampliamos declaración; nos sometieron a peritajes; más citaciones y demagogia; padecimos a las diferentes fiscales que pretendían hacerse de capital político con nuestra demanda de justicia. Elena Pérez Duarte, entonces fiscal, nos hablaba como madre adolorida por sus hijas caídas en desgracia; después vino Guadalupe Morfín, que con su prepotencia dijo que no había avances y que no nos hiciéramos falsas ilusiones respecto a consignar el caso.

La Procuraduría General de Justicia del Estado de México (PGJEM) llevaba una investigación llena de irregularidades. Donde 29 policías habían sido señalados directamente por una compañera denunciante, las autoridades procesaron a 9 de ellos por los delitos de abuso de autoridad y actos libidinosos, pero nunca por tortura. En resumen, todos los policías fueron absueltos y el costo emocional para nuestra compañera fue devastador.

En este contexto acudimos en abril de 2008 a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) con la petición de que investigara lo ocurrido el tres y cuatro de mayo de 2006. Supimos entonces que nos encontrábamos en medio de un proceso que por lo menos se llevaría siete años más.

La simulación ha sido la estrategia del Estado mexicano. En febrero de 2009, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), en su dictamen respecto a la investigación del caso, reconoce la flagrante violación a las garantías individuales y abuso de autoridad. Sin embargo, a Enrique Peña Nieto, Eduardo Medina Mora, Genaro García Luna, Wilfrido Robledo y cualquier autoridad que haya participado en la planeación y ejecución de los operativos se le deslindó de toda responsabilidad del ejercicio de la fuerza pública, argumentando que los policías actuaron por cuenta propia, diluyendo así la responsabilidad de la cadena de mando y de los funcionarios partícipes.

En septiembre del mismo año, la FEVIMTRA, declinó la competencia a la PGJEM, no sin que antes Guadalupe Morfín sacara su tajada política al declarar ante los medios de comunicación la consignación federal del caso en el contexto de su salida de la fiscalía para candidatearse para ser titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. ¡Qué más da una mentira en la carrera de altos vuelos de la exfiscal!.

Pasaron los años y el Estado mexicano hizo todo lo necesario para perpetuar la impunidad. Fue hasta julio del año pasado, que durante la exanimación a la que fueron sometidas las autoridades mexicanas por parte del Comité CEDAW de la ONU (Comité para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer), realizada en Nueva York, con bombos y platillos se anunció que la Procuraduría había consignado y arrestado a dos policías por actos de tortura en agravio de nosotras. Extraordinaria coincidencia que giraran órdenes de aprehensión el mismo día en que se le cuestionaría al Estado acerca de las investigaciones.

El panorama le cambió a partir del 14 de marzo el Estado mexicano. Durante la audiencia de fondo ante la Comisión Interamericana, en un acto desesperado por mantener intacta su imagen de garante de los derechos humanos ante organismos internacionales, se dirigió a nosotras diciendo ofrecer “disculpas” y exigiendo su derecho de convenir una salida “amistosa”, un derecho que visto desde el poder, está por encima de nuestro derecho de justicia. Dejamos de ser las mentirosas, nos ofrecieron becas y apoyos. De sus bocas salio la palabra “solidaridad”, como si ésta pudiera venir de los de arriba.

No fue difícil tomar una decisión al respecto. ¡No creemos en las promesas de las autoridades mexicanas! Hemos entendido durante estos años que lo que nos ha fortalecido y nos permite seguir explorando los caminos hacia la justicia, la construcción de la memoria y la reparación no está exclusivamente en los espacios jurídicos.

Hemos encontrado eco y solidaridad en nuestras organizaciones y colectivos, incluso en la sociedad en general. Nuestra apuesta sigue siendo la organización y el fortalecimiento de los procesos colectivos. Sabemos que la tortura sexual es una herramienta poderosísima usada para rompernos y desmovilizarnos.

Logramos hablar del tema de forma franca y abierta, sin tabús, desmontamos la victimización y el estigma, logramos colocar el término tortura sexual en un sitio visible, la forma en que se instrumenta y el daño que causa. Avanzamos en estrategias de afrontamiento individuales y colectivas. Nunca fuimos víctimas, somos sobrevivientes, llenas de esperanza por cambiar el actual estado de las cosas. Nuestra lucha no es por becas, programas y terapias psicológicas.

Los hechos en Texcoco y Atenco no fueron la decisión de un par de policías nerviosos a los que se les pasó la mano; fue un acto concertado por los tres niveles de gobierno. Los tres partidos políticos más relevantes (Partido Acción Nacional, Partido Revolucionario Institucional y Partido de la Revolución Democrática) se hermanaron para reprimir y detener a la organización nacional en torno a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona del EZLN y La Otra Campaña. Sus crímenes han sido en vano.

Seguiremos caminando abajo y a la izquierda.

Barbara Italia Mendez, activista social y sobreviviente de tortura sexual en San Salvador Atenco.

Publicado el 18 de marzo en desinformémonos.org.

Comparecencia de Bárbara Italia Méndez ante la CIDH, 13 de marzo de 2013: 

http://www.youtube.com/watch?v=pwX3vUxPlsA&feature=youtu.be

 

Fuente: rebelion.org

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Hombres que tiran puertas a patadas: tiranos dentro y fuera de Estados Unidos

 

 

TomDispatch.com

 

 

 

Imaginemos la siguiente escena: un hombre, el cuerpo recubierto de tatuajes, irrumpe en el salón de una casa que no es la suya. Increpa al enemigo. Ladra órdenes. Lanza al enemigo contra una silla. Luego contra una pared. Se planta en medio de la habitación, las piernas separadas, los puños a punto de estallar, los músculos tensos, el rostro retorcido en un grito de ira. Los tendones de su cuello saltan impelidos por la intensidad de su aterradora actitud. Persigue al enemigo hasta la habitación vecina, bloquea su huida, lo agarra y zarandea, usa su propio cuerpo para acorralarlo y doblarlo contra un mueble. Grita más órdenes: el enemigo puede elegir entre acompañarlo al sótano para “una charla en privado” y recibir una auténtica paliza ahí mismo. Atenaza las manos alrededor del pescuezo del enemigo con intenciones de ahorcarlo. ¿Ahorcarlo? No, ahorcarla: “el enemigo” es una mujer.

El invasor no es un soldado estadounidense al frente de un ataque sorpresa contra una aldea afgana en medio de la noche; el enemigo tampoco es un anónimo afgano cabeza de familia. Este combatiente, este guerrero no es sino un muchacho de Ohio de nombre Shane. ¿Qué hace? Algo que tantos hombres encuentran estimulante: dominar a su novia con una fuerte dosis de violencia que consideramos inocua al llamarla “doméstica”.

Unos cuantos datos básicos nos permiten advertir que Shane es un depredador bastante habilidoso. ¿Por qué, si no, habría un hombre de 31 años posar su atención en una bonita joven de 19 y dos hijos, uno de 4 y una de 2, esta última igualmente bonita y posible blanco de ataque? ¿Qué novia más vulnerable podría haber encontrado, quién sino Maggie, una mujer aún adolescente, abandonada, que llevaba dos años criando sola a sus pequeños mientras su esposo combatía en Afganistán? La guerra había separado a la familia y dejado a Maggie sin respaldo financiero, sintiéndose más sola que nunca.

Si pensamos en la manera en que Shane agredió a Maggie veremos que bien podría tratarse de un soldado al frente de un ataque sorpresa dedicado a aterrorizar a una familia de civiles afganos a media noche para obtener información sobre algún peligroso talibán, real o imaginario. Hasta donde sabemos, el lejano esposo de Maggie, un soldado, podría estar haciendo exactamente lo mismo que Shane en el salón de un hogar afgano y no solo recibiría una paga… quizás se ganara una medalla. El comportamiento básico es bastante parecido: un abrumador despliegue de violencia que hace patente la superioridad de su fuerza. La táctica: conmoción y pavor. El objetivo: controlar el comportamiento, la vida misma del blanco designado. La mentalidad: la convicción de que se tiene el derecho de decidir el destino de una criatura subhumana. El lado oscuro: el miedo y la brutal ira de un perdedor asustado que impone su podredumbre a quien se le cruce.

En cuanto al enemigo designado, así como el excepcionalismo estadounidense afirma la superioridad de este país sobre todas las demás naciones y culturas en la Tierra, e incluso sobre las leyes que rigen las relaciones internacionales, la misoginia (en la que tanto abreva Estados Unidos últimamente, desde los campos de entrenamiento militar hasta la entrega de los Oscar o los ataques políticos frontales contra el derecho de las mujeres de controlar sus propios cuerpos) reafirma, incluso en tipos tan patéticos como Shane, la superioridad innata masculina sobre una especie de “objeto” al que es habitual dirigirse con toda clase de obscenidades.

La militarización de nuestra cultura, de por sí militarizada, se ha agravado desde el 11-S. La identidad oficial del país, tal como se representa en nuestro sistema político y en el estado de seguridad nacional al que estamos sometidos, es plenamente masculina, paranoica, bravucona, hermética, ambiciosa, agresiva y violenta. Los lectores familiarizados con el tema de la “violencia doméstica” reconocerán en estas palabras la típica descripción del golpeador estadounidense promedio que gusta de propinar palizas a su esposa: asustado, pero enojado y agresivo, y con la convicción de poseer el derecho absoluto de controlar ya sea a una mujer o a un pequeño y devastado país como Afganistán.

Atando cabos

En el siglo XIX John Stuart Mill consiguió atar los cabos entre la violencia “doméstica” y la violencia internacional. No usó el término “violencia doméstica”, absurdamente tibio y falto de carácter de género, sino “tortura de esposas” o “atrocidad”. Reconoció que la tortura y la atrocidad eran prácticamente lo mismo, independientemente del lugar donde ocurrieran… da igual si es Guantánamo en Cuba, la provincia Wardak en Afganistán o un dormitorio o sótano en Ohio. En un escrito de 1869 contra el sometimiento de las mujeres, Mill señala que el hábito de la tiranía y la “tortura de esposas” entre los varones ingleses estableció un patrón que marcaría el ejercicio de la política exterior. El tirano en el hogar se transforma en el tirano en la guerra. El hogar es el campo de entrenamiento para las grandes batallas libradas en el exterior.

Mill estaba convencido de que, en los albores de la historia, los hombres fuertes habían recurrido a la fuerza física para esclavizar a las mujeres y a la mayoría de los demás hombres. Sin embargo, le parecía que en el siglo XIX la “ley del más fuerte” había quedado atrás (al menos en Inglaterra) “como principio regulador de las relaciones internacionales”. Se había abolido la esclavitud y solo seguía practicándose en casa, aunque las mujeres no eran abiertamente esclavizadas, pero permanecían “sometidas” a sus esposos. Este sometimiento, decía Mill, era el último vestigio de la arcaica “ley del más fuerte” e inevitablemente habría de desaparecer conforme los hombres razonables reconocieran su carácter bárbaro e injusto. En cuanto a su propia época, escribió “ya nadie profesa” la ley del más fuerte y “en lo que respecta a la mayoría de las relaciones entre seres humanos, a nadie se le permite practicarla”.

Bueno, hasta los feministas se equivocan de vez en cuando. No es raro que las cosas cambien para empeorar: pocas veces la ley del más fuerte ha gozado de tanta popularidad como hoy en Estados Unidos. Todos los días algún congresista afirma que este es el país más importante del mundo porque tiene el mayor poderío militar de la historia, y hace varios períodos presidenciales que el mandatario en turno insiste en que el ejército estadounidense es “la fuerza de combate más sobresaliente en la historia del planeta”… aunque prácticamente nunca gane una guerra. En todo caso, pocos cuestionan ese primitivo parámetro, la ley del más fuerte, como medida de la menguante “civilización” estadounidense.

La guerra contra las mujeres

En términos generales, Mill tenía razón en algo: la tiranía dentro del país es el modelo de la tiranía ejercida en el exterior. Lo que tal vez no advirtió fue la perfecta reciprocidad de una relación que perpetúa la ley del más fuerte dentro y fuera de las fronteras.

El ejercicio de la tiranía y la violencia a gran escala allende las fronteras intensifica su incidencia dentro del país. A medida que la militarización estadounidense perdió la brújula a partir del 11-S, legitimó la violencia en contra de las mujeres en el territorio nacional, donde los republicanos obstruyeron la reautorización de la Ley de Violencia contra las Mujeres (originalmente aprobada en 1994) y las consecuencias que enfrentaron los famosos que agredieron públicamente a sus novias no fueron más allá de un diluvio de tweets solidarios de sus fans… también mujeres.

Las invasiones estadounidenses en el extranjero también han legitimado la violencia dentro del propio ejército. Se calcula que 19.000 mujeres soldado fueron sexualmente agredidas en 2011, y se desconoce cuántas han sido asesinadas por compañeros soldados que, en muchos casos, eran sus esposos o novios. Hay gran cantidad de documentación sobre la violencia infligida a las mujeres en el ejército, desde violaciones hasta asesinatos, pero la cadena de mando se ha encargado de encubrirla sistemáticamente.

Por otra parte, la violencia en contra de las civiles en el país no siempre se reporta o toma en cuenta en las estadísticas, de manera que su alcance real pasa inadvertido. Los hombres prefieren preservar la ficción histórica según la cual la violencia en el hogar es un asunto privado, debida y legalmente oculto detrás de una especie de “telón”. Así se mantienen la impunidad y la tiranía masculinas.

Las mujeres nos aferramos a una ficción que nos hemos creído: que hay más “equidad” de la que la realidad demuestra. En lugar de confrontar la violencia masculina, todavía optamos por culpar a las mujeres y las niñas que son víctimas de ella, como si se hubiesen colocado voluntariamente en esa situación. Si así fuera, ¿cómo explicar el disonante hecho de que al menos una de cada tres soldados estadounidenses sea sexualmente agredida por un “superior” masculino? Sin duda eso no es lo que las estadounidenses tienen en mente cuando se apuntan a la Fuerza Aérea o a la Infantería. De hecho, muchas adolescentes se apuntan de manera voluntaria al ejército justamente para escapar de la violencia y la agresión sexual que padecen en sus hogares o en las calles.

No se me malinterprete: los militares no son los únicos que aterrorizan a las mujeres ni lo hacen de manera excesivamente peculiar. La guerra generalizada contra las mujeres en Estados Unidos se ha intensificado en muchos frentes dentro de nuestras fronteras a la par que en el extranjero. Esas guerras en el exterior han costado miles de vidas civiles que no figuran en las estadísticas, muchas de las víctimas son mujeres y niños que han sufrido atrocidades que harían palidecer las batallas privadas de guerreros domésticos como Shane en Estados Unidos. Sin embargo, subestimar el poder del arsenal de los tipos como Shane en nuestro microcosmos estadounidense sería un error. Las estadísticas indican que el arma más comúnmente empleada para matar a una esposa es un revólver de posesión legal; por otra parte, si se trata de una novia, lo que realmente entusiasma a un hombre es matarla a golpes.

Unas 3.073 personas murieron por los ataques terroristas contra Estados Unidos el 11-S. Entre esa fecha y el 6 de junio de 2012 murieron 6.488 soldados estadounidenses en combate en Iraq y Afganistán, elevando el saldo de la guerra contra el terror dentro y fuera de las fronteras a 9.561 muertes de estadounidenses. En el mismo período, 11.766 mujeres fueron asesinadas en el país a manos de sus esposos o novios, militares o civiles. El hecho de esta cifra supere a la anterior es un indicador del alcance y la furia de la intensidad de la guerra contra ellas, una guerra que amenaza con prolongarse mucho más allá del momento en que la retorcida guerra contra el terror haya pasado a la historia.

El cuadro completo

Pensemos en Shane, parado en medio del anodino salón de una casa en Ohio, vociferando como un chiquillo caprichoso y demandante. Dicen que trataba de ser una buena persona y hacerse un futuro como cantante en una banda de rock cristiano; sin embargo, al igual que el soldado de combate en una guerra en el exterior que sigue el mismo patrón, recurre a la violencia para darle sentido a su vida y cumplir con su misión.

La única razón por la que sabemos de Shane es que el azar llevó a una fotógrafa a la escena en cuestión. Sara Naomi Lewkowicz decidió documentar la historia de Shane y su novia Maggie por solidaridad con su situación como ex convicto recientemente liberado, pero todavía preso del estigma que acompaña a quienes han pasado por la cárcel. Una noche Shane estaba en el salón zarandeando a Maggie y Lewkowicz hizo lo que cualquier buen fotógrafo de guerra como testigo de los hechos: no soltó el disparador de la cámara. Esa acción, por sí sola, funcionó como una especie de intervención y quizás salvó la vida de Maggie.

En medio del jaleo, Lewkowicz tuvo el valor de arrancar del bolsillo del pantalón de Shane el celular que un rato antes le había prestado. No se sabe si le pasó el teléfono a alguien más o ella misma marcó el 911. La policía arrestó a Shane y una sagaz oficial advirtió a Maggie: “Debes saber que él no va a parar. Nunca paran. Por lo general solo paran cuando te dejan muerta”.

Maggie actuó de manera inteligente. Rindió una declaración en la comisaría y Shane volvió a la cárcel. Las extraordinarias fotografías de Lewkowicz fueron publicadas en la sección Lightbox del sitio de la revista Time el 27 de febrero con el título “Photographer As Witness: A Portrait of Domestic Violence” ( La fotógrafa como testigo: un retrato de la violencia doméstica ).

Las imágenes son extraordinarias porque la fotógrafa es muy buena y porque el sujeto que capta su atención rara vez se cruza con una cámara. A diferencia de las fotografías de los corresponsales de guerra en Iraq y Afganistán, la tortura de esposas tiene mayormente lugar entre cuatro paredes, no es anunciada ni registrada. Las primeras fotografías de este tipo de tortura que aparecieron en Estados Unidos fueron las icónicas imágenes de Donna Ferrato, quien documentó la violencia ejercida contra las mujeres en su propio hogar.

Como Lewkowicz, Ferrato llegó a la tortura de esposas por azar: en 1980, mientras cumplía su labor como fotógrafa de una boda, vio cómo el feliz marido golpeaba a su flamante esposa. Sin embargo, los editores de fotografía son tan renuentes a revelar la realidad de la privacidad del hogar que aun cuando Ferrato se convirtió en fotógrafa de la revista Life en 1984 y decidió continuar con el mismo tema nadie, ni siquiera Life, quiso publicar las desconcertantes imágenes de su autoría.

En 1986, seis años después de haber visto por primera vez la agresión con sus propios, el Philadelphia Inquirer publicó algunas de sus fotografías sobre la violencia contra las mujeres; el trabajo le valió el Premio Robert F. Kennedy al Periodismo en 1987 “por una cobertura extraordinaria de los problemas que enfrentan las personas marginadas”. En 1991, Aperture, editorial de distinguidos libros de fotografía, hizo pública la reveladora obra de Ferrato con la edición de “Living with the Enemy” ( Viviendo con el enemigo ; tuve el honor de escribir la introducción). Desde entonces, sus fotografías han sido ampliamente reproducidas. Time usó una imagen de Ferrato en una portada de 1994, cuando el asesinato de Nicole Brown Simpson llamó brevemente la atención a lo que la revista denominó “una epidemia de violencia doméstica” y Lightbox presentó una pequeña retrospectiva del trabajo de la artista en el tema de violencia doméstica el 27 de junio de 2012.

Ferrato creó una fundación para ofrecer sus fotografías a grupos de mujeres de todo el país a fin de exponerlas en actos de recaudación de fondos para refugios y colectivos de servicios locales. Estas exposiciones también han ayudado a sensibilizar a la población estadounidense y sin duda han contribuido a la formulación de procedimientos policíacos menos misóginos, procedimientos capaces de devolver a sujetos como Shane a la cárcel.

En su día, las fotografías de Ferrato constituyeron pruebas incontrovertibles de la violencia que hay en nuestros hogares, una violencia rara vez reconocida y nunca antes vista a plena luz. No obstante, hasta el 27 de febrero pasado, cuando las imágenes de Sara Naomi Lewkowicz fueron publicadas en Lightbox apenas dos meses después de haber sido captadas gracias a la intermediación de Ferrato, solo contábamos con el trabajo de esta veterana artista. Hacía y hace falta mucho más, así que sobraban las razones para que la obra de Lewkowicz fuese aclamada por sus pares del gremio y por las mujeres del mundo.

Lejos de ello, la mayoría de los más de 1.700 comentarios en Lightbox reprochaban a Lewkowicz no haber soltado la cámara y ocuparse de sacar a la alterada hija de dos años de Maggie de la habitación o poner fin por sí misma a la agresión. (¿Hace falta aclarar que detener el combate no es competencia de los fotógrafos de guerra?)

Maggie, la víctima de este delito, también fue severamente criticada por los lectores: por salir con Shane, por no haber previsto que era un tipo violento, por “engañar” a un marido del que la separó la guerra en Afganistán… e, inexplicablemente, por ser la “responsable” de los hechos. En una reseña de los comentarios publicada por Columbia Journalism Review, Jina Moore concluye: “Hay algo en lo que parecen coincidir todas las críticas: el único adulto en la vivienda que no es responsable de la violencia es aquel que la ejerce”.

Solo paran cuando te dejan muerta

Parece que quienes observan estas fotografías (imágenes que reflejan con precisión la violencia que tantas mujeres padecen cotidianamente) encuentran fácil ignorar o incluso elogiar al iracundo hombre detrás de todo el asunto. De igual modo, muchísimas personas encuentran cómodo ignorar la violencia que, siguiendo órdenes, infligen masivamente los combatientes estadounidenses a mujeres y niños en zonas de guerra en el extranjero.

La invasión y la ocupación de Estados Unidos en Iraq causaron el desplazamiento de millones de personas por todo el país o su exilio forzado. Las cifras relativas a las violaciones y otras atrocidades son devastadoras; lo sé bien, pues entre 2008 y 2009 estuve en Siria, Jordania y Líbano, y conversé con muchas refugiadas iraquís. Además, las mujeres que se quedaron en Iraq hoy viven sometidas a un régimen islamista conservador con gran influencia del gobierno iraní. En el régimen anterior, secular, las iraquís eran consideradas las mujeres con vidas más progresistas en el mundo árabe; hoy afirman vivir como sus ancestras hace cien años.

En cuanto a Afganistán, mientras los estadounidenses se jactan de haber logrado que las mujeres volvieran al trabajo y las niñas a los colegios, no se habla de los miles de mujeres y niños desplazados dentro del país, muchos de ellos a campos provisionales en las afueras de Kabul, donde 17 pequeños murieron congelados en enero pasado. La ONU ha informado de 2.754 muertes de civiles y 4.805 civiles heridos como consecuencia de la guerra tan solo en 2012, en su mayoría mujeres y menores de edad. En un país sin Estado capaz de contar cadáveres, sin duda podemos suponer que las cifras no se corresponden con la realidad. Un funcionario de la ONU declaró: “La tragedia es que la mayoría de las mujeres y niñas afganas fueron asesinadas o resultaron heridas mientras realizaban sus actividades cotidianas”. Miles de mujeres en ciudades afganas han sido forzadas al denominado sexo de supervivencia, tal como sucedió con las iraquís que consiguieron huir en calidad de refugiadas hacia Beirut y especialmente Damasco.

Eso es lo que busca la violencia de los hombres contra las mujeres: convertirlas en “el enemigo”. La guerra misma es como un hombre tatuado y vociferante, plantado en medio de la habitación o en otro país, haciendo valer la ley del más fuerte. Es como presionar el botón “ reset ” de la historia, un botón que invariablemente garantiza que las mujeres se vean sometidas a los hombres de manera cada vez más terrible. Es una razón adicional, para cierto tipo de hombre, que hace de ir a la guerra algo tan disfrutable y divertido como torturar a la esposa en los entrañables viejos tiempos.

Ann Jones es historiadora, periodista, fotógrafa y columnista habitual de TomDispatch. Cronista de la violencia contra las mujeres en Estados Unidos, ha publicado varios libros sobre el tema, entre ellos la obra clásica feminista Women Who Kill (1980) y Next Time, She’ll Be Dead (2000). En 2002 viajó a Afganistán para trabajar con mujeres. Es autora de Kabul in Winter (2006) y War Is Not Over When It’s Over (2010).

Nota: las imágenes a las que hace referencia el artículo se pueden ver en este enlace:

http://lightbox.time.com/2013/02/27/photographer-as-witness-a-portrait-of-domestic-violence/#1

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175663/ .

Fuente: rebelior.org

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¿Cuánto vales en Facebook?

Pablo Gámez's imagen¿Cuánto vales en Facebook?

Publicado el : 27 de marzo 2013 – 2:48 de la tarde | Por Pablo Gámez (Foto:Allfacebook.com)

¿Por qué el uso de Facebook es gratis? Porque usted paga con sus datos personales. ¿Pero se ha preguntado cuál es su valor personal para la empresa de Mark Zuckerberg?

En realidad, no todo lo que brilla es oro. Que podamos utilizar de forma gratuita una red social como Facebook, se explica por la rentabilización que esa empresa hace de sus datos personales. ¿Qué cuánto vale usted para Facebook? Peter Olsthoorn, un periodista de investigación holandés, ha desarrollado una herramienta que permite determinar su peso en oro para la empresa de Mark Zuckerberg.

En promedio, explica Olsthoorn, cada miembro de Facebook representa $ 115 en valor para los accionistas. Pero este valor aumenta de acuerdo a la extensión y duración que Usted hace de Facebook.
La herramienta de Olsthoorn forma parte del libro “Lo tomas o lo dejas – El poder de Facebook ‘ (‘Take it or leave it – The power of Facebook’) recientemente publicado. Lo que ha hecho su autor es dejar al descubierto parte de las entrañas de Facebook, explicando la mecánica de cómo Mark Zuckerberg gana y multiplica dinero con los datos de sus usuarios.

“Me encanta Facebook,” reconoce Olsthoorn, “pero quiero que los usuarios sean menos ingenuos sobre el uso de medios sociales.
Olsthoorn: “Facebook es genial y gratis. Vemos cómo las masas se rinden ante la red social, de igual forma que las masas se arrastran ante un líder carismático grande. Facebook cuenta con más de mil millones de miembros; estas personas decidieron ceder sus datos personales. En cualquier esquina de la web, usted encuentra Facebook”.

El botón “like” de FB se encuentra ya en más de tres millones de sitios. “Algo que reporta enormes ventajas para la empresa de Zuckerberg. Le permite obtener una visión más clara sobre quiénes son sus visitantes. Lo que facilita colocar y distribuir la publicidad de FB. Finalmente, FB termina almacenando los datos y determina lo que ocurre”, dice Olsthoorn.

Además, los tentáculos de FB llegan a plataformas como Spotify o Skype, dejando al descubierto los datos de millones de usuarios que realizan un intercambio de un archivo musical u otro documento. Son servicios que están vinculados al perfil de Facebook.

Mil millones de usuarios después, el precio que pagamos por utilizar Facebook es nuestra privacidad. Y esto sucede de una manera oculta para nuestro ojo, advierte Olsthoorn. “Todas las opciones de privacidad que nos ofrecen les permiten controlar mejor quién ve qué. Fuera de nuestro perfil visible, FB mantienen un perfil invisible. Es la ´mano´ que determina qué noticias llegan a mostrarse a un usuario en particular, o qué sugerencias de amistad recibe alguien”. Olsthoorn: “No importa los escudos que usted utilice para apartarse de las masas o de los amigos de los amigos, Facebook lo ve todo y lo sabe todo. Crea perfiles sobre la base de esta información y los utiliza para la publicidad”.

Concluye Olsthoorn. “Facebook sabe lo que está en tu mente, te conocen, saben lo que te gusta, en qué consiste tu rutina diaria, dónde vives, cuándo usted está en casa o no, cuál es su preferencia política, su orientación sexual, el tipo de música que escuchas, qué sitios visita, qué noticias lee, los juegos que disfruta y cuánto tiempo les dedica. Sólo los dioses y Zuckerberg saben tanto de usted”.

El poder de Facebook es tan grande que es la primera potencia virtual del mundo global, sostiene Peter Olsthoorn. Nosotros somos el producto de Facebook. ¿Llegará Facebook a compartir su poder con nosotros?

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El papa Francisco busca colaboradores para agitar la Iglesia

Francisco celebra estos días reuniones para perfilar su equipo de gobierno

El Papa besa el pie de uno de los menores presos este Jueves Santo. / PRENSA VATICANO (AFP)

Nada más asomarse al balcón aquella noche lluviosa del 13 de marzo, el papa Francisco empezó a aprobar con buena nota la primera asignatura de su pontificado, la complicidad con los fieles. Pero aún tiene por delante la prueba más difícil: escoger con mano segura, sin posibilidad de error, a sus más cercanos ayudantes y, en especial, al nuevo secretario de Estado vaticano.

Aunque sus primeros 15 días de papado lo han obligado a una exposición pública continua, acrecentada por las celebraciones de la Semana Santa, Jorge Mario Bergoglio se está reuniendo estos días con cardenales, jefes de dicasterios (los ministerios del Vaticano) y representantes de comunidades religiosas —jesuitas, salesianos, Opus Dei— para perfilar su equipo de gobierno, aquel que de manera inequívoca, sin peleas palaciegas ni egocentrismos heredados, lo ayude a llevar a la Iglesia hacia “las periferias” del mundo.

Es una expresión recurrente en los discursos del Papa. “Tenemos que salir hacia las periferias”, volvió a advertir este jueves a los sacerdotes durante la Misa Crismal en la basílica de San Pedro, “se nos necesita allí donde hay sufrimiento, sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones”. Pero no tiene que resultar fácil aplicar un golpe de timón de tal magnitud a una nave tan difícil de gobernar como el Vaticano. De hecho, la decisión de Francisco de quedarse en la residencia de Santa Marta y no ocupar por el momento el lujoso apartamento pontificio —situado en la tercera planta del Palacio Apostólico— va mucho más allá de otro gesto de sencillez. En Santa Marta, Bergoglio tiene la posibilidad de compartir misa, almuerzos y convivencias con miembros de la curia y clérigos de todo el mundo que recalan en Roma, mientras que en las dependencias destinadas a los papas le resultaría mucho más difícil saber qué se cuece verdaderamente en un Vaticano conmocionado por la fuerza de su llegada.

Durante sus últimos años, Benedicto XVI vivió prácticamente aislado, dedicado a la escritura y a la oración, blindado por sus secretarios, sometido —según se supo a través de los documentos filtrados por el caso Vatileaks— a continuas desautorizaciones por parte de sus otrora más estrechos colaboradores.

Si eso le sucedió a Joseph Ratzinger, que antes de Papa fue durante 24 años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, qué no le puede pasar a Bergoglio, quien durante su etapa de cardenal visitó Roma lo justo y necesario, huyó de participar en cenas y conciliábulos y prefirió la compañía de amigos que de personajes ilustres.

Por si fuera poco, homilías como las de ayer dirigidas a los sacerdotes no pueden sino escocer a los príncipes más comodones de la curia. Vaya algún ejemplo: “El sacerdote que sale poco de sí se va convirtiendo en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor ya tienen su paga, y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con olor a oveja, pastores en medio de su rebaño, y pescadores de hombres”. El papa Francisco tendrá, en consecuencia, que elegir sus colaboradores en función de sus discursos, de sus homilías. No “gestores” ni “administradores”, sino instigadores, agitadores, curas dispuestos a cambiar el confortable centro histórico por los suburbios: “Allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y lo valora”.

¿Queda alguien en la Iglesia con ese perfil? ¿Será capaz Bergoglio de encontrarlo? ¿Se lo permitirá el Vaticano?

Las preguntas son muchas y apasionantes, pero habrá que esperar las respuestas. Ya hay quinielas sobre quién será, por ejemplo, el próximo secretario de Estado, pero, visto el éxito de las apuestas sobre el Papa, mejor aguardar. Mientras, Francisco continúa mezclándose con la gente, buscando el calor que ni buscó ni recibió Benedicto XVI. Este jueves, acudió a una cárcel de menores de Roma para celebrar la Misa de la Cena del Señor en vez de hacerlo, como es tradición, en la basílica de San Juan de Letrán. Lavó los pies de 12 presos —entre ellos, una mujer musulmana— como hizo Jesús con los apóstoles. Y les dijo: “No se trata de que nos tengamos que lavar los pies todos los días, sino de ayudarnos los unos a los otros. Os traigo una caricia de parte de Jesús”.

El encuentro del papa Francisco con los jóvenes detenidos —del que no se emitieron imágenes en directo, para preservar su anonimato— concluyó con un mensaje de ánimo: “Gracias por la acogida. ¡Adelante! ¡No os dejéis robar la esperanza! ¡No os dejéis robar la esperanza! ¿Entendido?”.

Fuente: elpais.com

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Perú: Empresas serán multadas hasta con S/.74 mil por discriminar en convocatorias

Martes 26 de marzo del 2013 | 19:25

Ministra de Trabajo, Nancy Laos, informó que se inició una investigación de oficio a Telesup por aviso que solicitaba recepcionistas “de muy buena presencia” y de “tez clara”.

El Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo sancionará con multas de hasta S/.74 mil a aquellas empresas que efectúen prácticas discriminatorias de cualquier índole en sus convocatorias de empleo, anunció hoy la titular del sector, Nancy Laos.

La funcionaria señaló que su despacho inició una investigación de oficio a Telesup por actos de discriminación racial al publicar un aviso de empleo solicitando recepcionistas “de muy buena presencia”, “estatura mínima de 1.60 metros” y de “tez clara”.

Refirió que un equipo de inspectores se hizo presente este martes a las 11 a.m. en las oficinas que tiene dicha institución educativa en la cuadra 35 de la avenida Arequipa, en San Isidro, hora que coincidía con la convocatoria de personal publicada.

De esta manera, subrayó, el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo inició la labor de inspección que dará lugar, previo desarrollo de los procedimientos establecidos por ley, a la sanción correspondiente a dicha empresa.

“Rechazamos los actos de discriminación de toda índole, vengan de donde vengan. Es inadmisible que en las ofertas de empleo se incluyan características como el color de la piel o la buena presencia”, indicó Laos.

MARCO LEGAL
La Ley 26772 dispone que las ofertas de empleo y acceso a medios de formación educativa no contengan requisitos que constituyan discriminación, anulación o alteración de igualdad de oportunidades o de trato.

La infracción cometida en este caso constituye una falta muy grave en materia de empleo y colocación, y se encuentra tipificada en el numeral 31.3 del artículo 31 del Reglamento de la Ley N° 28806-Ley General de Inspección del Trabajo.

El monto de la multa determinada en dicho documento oscila entre 11 y 20 Unidades Impositivas Tributarias (UIT), es decir, entre S/.40,700 y S/.74,000.

 

Fuente: Perú21

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Brasil y China eliminan dólar estadounidense de sus comercios

Una rebelión màs contra las ambiciones de EE.UU. ¿frente a esta decisión EE.UU. tomarà represalias? o simplemente se resignarà a admitir que ya dejó de ser superpotencia que violaba los derechos humanos en nombre de la libertad y la democracia solo con la finalidad de apropiarse de los recursos naturales de los países víctimas de abuso. Les invito a leer la nota que fue publicado en le portal de HISPANTV.
Dos de los gigantes económicos del mundo, Brasil y China, decidieron el martes deshacerse del dólar estadounidense y comercializar con otra divisa a fin de asegurar sus intercambios de las fluctuaciones de la moneda estadounidense.

El canje de divisas ‘antidólar’, con un valor de 30 mil millones de dólares anuales y formulado para un periodo de tres años, fue firmado por representantes de ambos países, al margen de la cumbre del grupo BRICS (formado por Brasil, Rusia, La India, China y Sudáfrica), celebrada en la ciudad sudafricana de Durban.

El ministro brasileño de Finanzas, Guido Mantega, ha anunciado que ofrecerá un acuerdo similar a presidentes de los otros Estados miembros del organismo.

Al adoptar esta medida, el grupo BRICS se acerca a convertirse en un sólido bloque político, económico y militar a nivel mundial, rivalizando, así, con los intereses del país norteamericano.

Recientemente, muchos actores en el comercio internacional y diferentes actividades económicas han aumentado su interés de independizarse del dólar; la República Islámica de Irán y países latinoamericanos, como Brasil, Venezuela y Argentina son algunos ejemplos de ese caso.

tas/nl/rg

Fuente: http://www.hispantv.com

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“Dar al término ‘mujer comprometida’ toda su amplitud poética”

Entrevista con la realizadora Carmen Castilllo
 
Viento Sur / ContreTemps

En esta entrevista, la realizadora chilena y antigua militante del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), Carmen Castillo, relata su experiencia militante en los años setenta en Chile, bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Nos cuenta su reflexión sobre lo que significa militar como mujer, y sobre lo que ello ha podido representar en esos años revolucionarios.

En tu película “Calle Santa Fé1 toman la palabra muchas mujeres. Militantes del MIR2, mujeres víctimas de tortura, o que han perdido allegados, mujeres periodistas y comprometidas en el movimiento social, etc. ¿Qué representaba el hecho de ser mujer y militante en el Chile de los años setenta?

En América Latina, en los años sesenta y setenta, era algo normal militar desde la adolescencia, éramos conscientes desde muy temprano de las necesidades de los demás, dábamos así los primeros pasos del compromiso político. Después venía el compromiso en las organizaciones y movimientos revolucionarios. El MIR nació en los años sesenta, en Chile, a la vez del movimiento estudiantil, donde el papel de las mujeres era muy importante, y del movimiento popular, sobre todo de “Los pobladores sin casa”, gentes que llegaban a las grandes ciudades y no tenían vivienda. Las mujeres tuvieron un papel extraordinario dentro de este movimiento porque, aunque la presencia masculina era más fuerte entre los campesinos, fueron las mujeres quienes llevaron a cabo el trabajo de alfabetización en el sur del país. En cierta manera, comprometernos en un movimiento nos parecía algo evidente. No nos planteábamos la cuestión de si éramos mujeres y militantes, todos éramos militantes: hombres, mujeres, jóvenes, obreros, campesinos, indígenas, etc. La especificidad de lo que implicaba ser mujer vino mucho más tarde, como una reflexión dentro del Movimiento. Diría incluso que vino con la clandestinidad, porque en la clandestinidad nosotras, las mujeres, tuvimos papeles bastante específicos, ya que la mayor parte de los hombres estaban detenidos y nos tocó a nosotras ponernos a la cabeza de las organizaciones sociales. Así, las primeras reacciones frente a la dictadura fueron los colectivos de mujeres: de madres, de esposas y hermanas que buscaban a los prisioneros, a los desaparecidos. Después vinieron las nacidas entre la población para organizar el auxilio popular, organizaciones que tuvieron un gran desarrollo en los años noventa, aunque ya en los años setenta estos primeros pequeños colectivos y comités estaban compuestos sobre todo de mujeres, que desempeñaban el papel de agentes de enlace o de cobertura.

Pero el verdadero momento de reflexión sobre la condición de mujer en el seno de una organización militante vino con la tortura y los campos de internamiento. En el encarcelamiento comenzó la reflexión sobre la especificidad de la tortura infligida a las mujeres. Después de la persecución y la represión de las y los militantes en Chile, después de la derrota seguida de la marcha al exilio, llegó a Europa un gran número de mujeres militantes. Estaban solas, la mayor parte con niños pequeños, habían salido de las prisiones y de las casas de tortura clandestinas; se encontraron entonces con los movimientos de mujeres revolucionarias de Europa –hablo sobre todo de París– y podría decirse que en ese momento comenzó un verdadero trabajo de reflexión colectiva sobre la especificidad de las mujeres y el militantismo.

Después de haber superado la muerte de tu compañero y dirigente del MIR, Miguel Enríquez, bajo la dictadura de Pinochet, dices en tu película que “aquel día, dejé de vivir para comenzar a existir”. Exiliada a la fuerza, decidiste continuar en la distancia la revolución emprendida por tu organización política. ¿Lo que comenzaba aquel día era una existencia a partir de una nueva concepción de tu condición de mujer y del compromiso militante?

Hay dos momentos en “Calle Santa Fé”, el momento de la muerte de Miguel y el final de mi vida de mujer libre no fue, en absoluto, el momento en que pasé de la supervivencia a la existencia. Aquel momento fue la ruptura total y el fin de mi vida de mujer libre, enamorada, comprometida, con un cuerpo, un alma, pensamientos, una articulación, … podríamos decir. Fue entonces cuando fue hecha prisionera, después expulsada, y llega el exilio. Hablo de un tiempo bastante largo, en el que la vida de superviviente –hablo de mí, aunque creo que hablo también de mis amigas– era un punzón peligroso, terrible, porque la condición de víctima no produce pensamiento sino que se sufre… se sufre a la vez que se dice que hay que desarrollar el trabajo de la solidaridad y denunciar el régimen de Pinochet. Como “miristas”, teníamos grandes escollos para denunciar, porque éramos una organización armada que resistía a Pinochet con las armas en la mano, y había que explicar por tanto para qué servían las armas, en qué contexto, etc. Para poder ser comprendidas por las organizaciones de perseguidos y de desaparecidos, por Amnesty International y por otras ONG que se ocupaban de ellos, teníamos que hablar de “resistencia”. Esta responsabilidad implicaba por tanto callarse sobre muchas cosas y no dejar lugar al dolor. Teníamos que ser firmes, aguantar, hablar, hacer discursos y, evidentemente, como debíamos estar a la altura de este compromiso de representación, todo lo relacionado con la culpabilidad, la supervivencia, la usurpación y la ilegitimidad estaba muy presente entre nosotras.

Ahora bien, el momento en la película en que hablo de “pasar de la supervivencia a la existencia” es el momento en que, mucho tiempo después, me reencuentro de nuevo con la política, la política donde hoy estoy. Es la ausencia de política lo que mata y lo que en cierta manera lleva al suicidio, a una situación de angustia absoluta. Si no puedes ser mujer y militante a la vez, revientas, te suicidas. Había que llevar por tanto el combate al interior del movimiento para que pudiéramos ser consideradas como mujeres, con todo lo que esto implica: madres, seres humanos que sufren, que lloran, que están en verdad afectados por la dictadura, por la muerte, y por otra parte continuar haciendo política, no simplemente el ritual del exilio –del ghetto exiliado nostálgico– porque eso solo puede ser mortífero. Como mujeres, tuvimos que pasar por todo lo que habíamos sufrido específicamente y preguntarnos cómo podríamos salir de ello y cuál era nuestra responsabilidad en ese momento fundamental –hablo como militante– del combate contra el culto a la muerte y al sacrificio, puesto en marcha por la lógica del torturador.

Esto representó diez años de vida y de combate que nos permitieron participar en las experiencias nacidas en América central, en París y en Italia, es decir, nuestra cabeza se puso a funcionar. Por “existencia” quiero decir simplemente tomar conciencia –de nuevo– de poder ser una mujer militante, no importa dónde, porque no todo se juega en el compromiso clandestino o armado, que es sólo un momento, por importante que sea.

¿Qué influencia tuvieron para una mujer chilena comprometida, como tú, los movimientos feministas emergentes en Francia en los años setenta?

El encuentro con el Mouvement Féministe Révolutionnaire [Movimiento Feminista Revolucionario], y en particular con todas esas mujeres de mi generación, fue esencial para nosotras. Yo pasé de la supervivencia a la vida, y de la vida a la existencia, porque me encontré con estas mujeres francesas y estas mujeres de la Resistencia, mayores que yo, con quienes podía discutir de las experiencias que había vivido. Me decían, por ejemplo: “también nosotras quedábamos embarazadas”, porque en situaciones en las que la vida es tan intensa –porque la muerte te acompaña de forma permanente, hasta el punto de que ya no se piensa en ella, sino que la intensidad de la vida es tan fuerte que ocupa todo el espacio mental y vital– no hay lugar para las pequeñas cosas, para los desfallecimientos. Todo está arbitrado por algo muy vital, por una especie de energía solar y precisamente en esos momentos una se queda embarazada. ¿Es una locura? Sí…, nos decían que era una locura, porque estábamos en la clandestinidad; pero nosotras no queríamos en absoluto sacrificar nuestro deseo de mujeres enamoradas de tener hijos. Ahora bien, si la organización no respondía, nos tocaba a nosotras organizarnos y lo mismo ocurrió a las mujeres de la Resistencia en Francia. Mis reflexiones sobre todo lo que habíamos vivido en la clandestinidad y frente a la dictadura me vinieron justamente del contacto con estas mujeres.

También estaban las mujeres de mi generación, e incluso más jóvenes, que se reunían en las grandes AG [Asambleas Generales] en Jussieu o en grandes fiestas en el Bataclan, mujeres con la experiencia militante de Mayo 68 que continuaban militando en el “Comité Chile”. El “Comité Chile” era un lugar de gigantesco compromiso político en Francia, había 600.000 personas organizadas, entre ellas una gran cantidad de mujeres que eran feministas y se planteaban de otra manera la cuestión de la violencia. La reconstrucción del espacio íntimo en política nos llegó de este encuentro; nos hicimos feministas, evidentemente, pero no combatíamos sólo por el aborto o la igualdad de oportunidades, peleábamos cotidianamente dentro mismo de la organización revolucionaria para ocupar espacios. La luz debía venir de nosotras mismas, del interior y colectivamente; así, por ejemplo, nació el “Proyecto hogares3, que tal vez pudo ser una “gran aberración” –no lo sé– aunque era un proyecto para responder al problema del cuidado de nuestros hijos.

Suele decirse que el siglo veinte fue el de la feminización de las sociedades occidentales; pero desde hace algún tiempo se viene hablando, sobre todo en la sociedad francesa, de que la condición de las mujeres se deteriora. ¿Qué piensas de eso?

Convertirnos en militantes y revolucionarias significa que nuestros compromisos se juegan en cada momento y en la acción; nada está ganado de antemano, la libertad es un acto que se hace, no es un regalo ni una conquista para siempre. A mí, personalmente, no me sorprende que haya que seguir peleando; es desesperante hasta qué punto la manipulación del poder hace que se vuelva atrás: se revisan leyes, se revisan fases, se nos culpabiliza; este desaliento, esta rabia, nos empuja a continuar de una manera cada vez más lúcida. Creo que hoy se nos requiere –a los jóvenes, pero también a nosotras– mantener una lucidez implacable. El Chile de los años setenta era más fácil de comprender: una dictadura aplastaba todos nuestros derechos, nuestras leyes, incluidas los de las mujeres.

Chile era un país –o todavía lo es, no lo sé– donde la mujer ocupaba ya un lugar muy particular en la sociedad, en comparación con otros países latinoamericanos. En los años ochenta, las mujeres estaban en primera línea de la resistencia, en todos los sectores. Llegó la democracia y nos volvimos a encontrar encerradas en el papel tradicional, y sobre todo en el terrorífico papel de consumidoras. En una sociedad donde hay que pagar la educación y la salud, donde todo el espacio de lo imaginario está ocupado con el slogan “hay que triunfar”, el lugar de las mujeres está completamente ahogado, porque al mismo tiempo tiene que proporcionar a los niños el máximo. Las condiciones de trabajo son terribles en todos los sectores, incluso en la clase media, y ese deseo tan sencillo de dar a los niños salud y educación no se puede alcanzar sin endeudarse. Ni siquiera encontramos el momento para discutir entre nosotras, para llevar a cabo acciones, la sociedad chilena se ha vuelto completamente retrógrada, hipócrita y sobre todo muy burguesa. Aunque es un problema mundial, porque en todas partes existe el riesgo de perder nuestras conquistas, como le ocurre hoy también al movimiento sindical y a los trabajadores en general. La urgencia es tanto mayor porque ya no sabemos qué hacer, yo no tengo respuestas. Según mis convicciones, creo que no podemos detenernos y habría que pensar en formas de participación colectiva para que nuestros deseos circulen y la transmisión de mi generación a la vuestra se haga de la manera más directa.

En “Calle Sante Fé” dices: “Como mi vida ya no corría riesgo, debía consagrarme al trabajo militante. Testimoniar sin cesar. Ya no llegaba a ser madre”. Muestras aquí la dificultad de conciliar el militantismo con el “papel tradicional” de madre. Varias mujeres del MIR se separaron de sus hijos para dedicarse mejor a construir un cambio social. ¿Cómo has vivido esta toma de decisión? ¿Crees que militar impone obligaciones más difíciles a las mujeres que a los hombres?

Las mujeres, la maternidad y la militancia… es el gran tema que apenas he mostrado en mi película. Hace algunos años, uno de nuestros hijos me planteó la cuestión: “¿cómo es que nos dejásteis?”. La cuestión de la maternidad y la militancia ha sido planteada por la generación de hoy, y el terremoto emocional que nosotras hemos vivido –que he vivido con esta conciencia que me viene de mi hija– es enorme, porque aunque esto debería haber sido igual para los padres, desgraciadamente no fue así.

A final de los años setenta, cuando pusimos en marcha el “Proyecto Hogares”, para dar una respuesta colectiva de la organización a la cuestión de la familia, de los hijos y de cómo criarlos, la revolución estaba en su punto álgido y decíamos entonces: “somos madres y no queremos ser excluidas del compromiso militante, queremos volver a Chile para recuperar lo que nos pertenece y que no sean sólo los hombres los que respondan a la llamada”. Por tanto, este proyecto no fue promovido en absoluto por una dirección masculina. ¿Se refería a eso? Con todo lo que ha pasado después, me siento tentada a contestar que “no”, pero no serviría de nada; en cambio, hay que situarse en el contexto en que estábamos, porque estábamos con dignidad, dolor y una profunda convicción de habernos unido a la lucha clandestina, que se encontraba en una fase importante.

Para nosotras, dejar a nuestros hijos era un gesto necesario, pero no los abandonamos: los dejamos a todos juntos, para poder pasar dos años construyendo una estructura de resistencia a la dictadura militar. Los confiamos a hombres y mujeres militantes que los cuidaron, primero en Bélgica y después en Cuba. Después llegó la derrota y para muchos de estos niños, llegó también la muerte de uno o de los dos padres… y el abandono para siempre.

¿Qué puede hacerse con ello a la luz del presente? Es fácil decir… “todo eso para nada” –como nos reprochan hoy nuestros hijos. Nos reprochan haberles abandonado, sin que nuestra lucha hubiera impedido que la sociedad chilena se convirtiera en una sociedad ultraliberal. Nuestra actitud es procurar ser lo más honestas posible y abrazar a nuestros hijos y decirles: “veo el horror que he cometido”. En aquel momento, interiormente, yo no tenía elección y este desgarro sólo lo hemos vivido las mujeres. Es nuestra relación con los hijos, habría que cambiar toda la sociedad para que sea de otra manera –tal vez hoy día un hombre se sentiría como nosotras entonces, tal vez se haya podido mover algo en ese sentido. En aquella época, sólo nos afectaba a las mujeres, y nosotras solicitamos que hombres jóvenes se quedasen también con los hijos, para enseñarles el papel de padre y de madre al mismo tiempo. De esta forma, no fueron sólo mujeres mayores sino también muchos hombres jóvenes militantes quienes se dedicaron a esta tarea, porque quedarse con estos niños era también un espacio de militancia política en la organización, durante los cuatro años que duró.

Pero cuando en “Calle Santa Fé” digo esta frase, estoy diciendo otra cosa muy distinta, porque en aquella época, yo personalmente, no estaba del todo en la realidad. La frase hace más bien referencia a una “ilusión”, a ese estado particular de cualquier mujer que acaba de perder al hombre de su vida, a su bebé y donde todo se ha hundido para ella. Esta incapacidad de ser madre, en mi caso personal, no estuvo determinada –como para otras mujeres– por la decisión definitiva de volver al país clandestinamente, sino por esa especie de indecisión, esa capa de cosas confusas que forman la ilusión de ser una militante libre y a la vez una mujer libre y todo eso hace que no puedas ser madre, por tanto era más bien una cuestión personal.

En lo que se refiere a nuestros hijos nacidos aquí, en el exilio, es verdad que hubo una transmisión que pudo ser demasiado cargada, vinculada al sueño de volver al país, al país soñado. Colectivamente como organización, sólo ahora nuestros hijos tienen un lugar; en los años noventa, hubo el movimiento H.I.J.O.S.4 en Chile y sobre todo en Argentina, en el que los hijos de los desaparecidos reclamaban justicia y verdad. Una gran parte de la transmisión viene de ahí, pienso que hemos fracasado en nuestro papel de transmisión, bien por hacerla de manera demasiado aplastante y nostálgica, o porque se hizo en el silencio absoluto o nublado por la culpabilidad, por la derrota y por el abandono. Hay tantas transmisiones como personas militantes que transmiten, pero es una evidencia para mí que los jóvenes exigen de nosotras respuestas a estas cuestiones.

En octubre de 2004, en una reunión que antiguos militantes del MIR habían organizado en la universidad ARCIS en Santiago de Chile –con distintos talleres de discusión sobre temas que habían marcado nuestra militancia– en el taller “Mujeres”, una mujer joven planteó la cuestión: “¿y para vosotras, madres y militantes, qué es la maternidad?” Esto quiere decir que para nosotras esta cuestión no había pasado todavía del estado de sufrimiento al estado de conciencia. Para nosotras lo esencial era decir: estamos verdaderamente en la vida, si deseamos, hay que tener hijos. Esto parecía tan natural que no habíamos asumido efectivamente toda la dimensión de lo que hacíamos. ¿Por ello no deberíamos haber tenido hijos? No lo creo, no. Creo que el deseo de tener hijos es bastante misterioso. En cambio, lo que debemos exigir de la organización o de cualquier pequeño colectivo, es aceptarnos tal como somos. Si una es madre, eso significa no obligar a una militante que no quiere dejar a su bebé a partir clandestinamente a Chile, que tanto una decisión como la otra sea considerada totalmente legítima, que no existe esta “moralización” del papel de madre, pero que tampoco haya desconsideración del tiempo que ocupa en el espacio mental. Nos toca vivirlo primero a nosotras, porque la sumisión insconsciente que hicimos y transmitimos por las madres a los hijos jóvenes, es uno de los temas siemrpe presentes hoy día: lo que se les pide respecto a nosotras, como madres, respecto a una mujer simplemente. Hay que estar muy atentas porque a veces nosotras mismas vehiculizamos comportamientos masculinos o femeninos estereotipados, como gestos habituales.

También muestras en tu película el deseo de “encontrar, aunque sea por un instante, la ilusión de una vida de mujer y de militante. ¿Cuál es esta ilusión? ¿La has cumplido a lo largo de tu vida? ¿De qué forma?

Creo que he tenido una vida cumplida de mujer y de militante. Cuando hablo de ilusión, quiero decir que inventamos prototipos allí donde estamos. En los años sesenta, yo estaba en la universidad, después a la puerta de las fábricas, más tarde en el MIR, más tarde como agente de enlace, después en los colectivos de apoyo a Chile. Era siempre militante, por la sencilla razón de que nunca he pensado un instante de mi vida sin el compromiso político, porque para mí la vida sin ese compromiso no tiene intensidad, no tiene alegría. Es también una manera muy simple de ver la vida y vuelvo a lo que decía al principio: en mi época, teníamos desde muy temprano una conciencia de los demás, y por ejemplo en mi familia éramos muy conscientes de la situación de injusticia y de pobreza que se vivía cerca de nosotros; pasábamos fines de semana construyendo casas junto a los sin-vivienda. También consiste en esto la educación, mucho más que esa educación “protegida” occidental que se recibe a diario. Hay que salir, ir a los suburbios, o a algunos barrios parisinos, intentar ver lo que pasa a nuestro alrededor, y puedo decir que en mi caso, a partir de esta primera conciencia, mi vida adquirió múltiples formas y siempre ha estado en contacto y en unión con un pensamiento vinculado a la política.

La palabra “ilusión” hace referencia a un estereotipo de militante que era el producto de esta autoconsiderada mujer sin ataduras. Con esta palabra de ilusión, quise denunciar en ese momento de la película la mascarada de la mujer militante y libre de sus responsabilidades, que no existe. No se puede ser militante y mujer más que en el día a día y allí donde no se está. Es ésta la cuestión que más me interesa de la acción y del pensamiento. Creo que perfectamente se puede ser mujer y militante en todo momento, que se trata simplemente de desmitificar la mujer militante, volverla “normal”, porque de lo contrario querrá decir que es excepcional y que sólo las gentes excepcionales pueden ser militantes y mantenerse fieles a una organización.

En un momento hablas del “agujero negro” de una vida sin compromiso. ¿Cuál es tu mensaje para todas esas mujeres que militan hoy en diversas formas y, por qué no, para aquellas que por su condición de mujeres creen que el militantismo no les conviene?

Desgraciadamente el término “militante” se ha endurecido, ha sido contaminado por la ideología dominante y ha asociado a la palabra “terrorismo”. No hay nada más opuesto a una militante que una terrorista, es justo todo lo contrario. Tenemos que recuperar las palabras, volverlas a dar su sentido, reapropiándolas nosotras mismas, porque sólo se puede ser militante siendo una mujer entre las otras, y si no es así no sirve de nada; no estamos ahí para ser diez, sino para ser millones. Además, en las condiciones actuales de vida, no disponemos de mucho tiempo, hay que inventar ese tiempo. Hoy día reflexionamos sobre esto: militamos allí donde estamos, sea en los sindicatos o en los colectivos, y a partir de ahí nos movemos y diseñamos conforme a las oportunidades. ¡Nada excepcional! Esto es lo que quiero decir, si la militancia no vuelve a la normalidad, es que se ha pensado mal lo que significa ser militante político hoy día. Hay que volver a dar al término “mujer comprometida” su amplitud poética. Es sencillo, se trata de gestos, de pequeñas cosas, de pequeñas acciones que llevamos a cabo día a día en momentos y en situaciones ligadas al contexto político y social. En mi caso, cuendo me dicen que he hecho esto o aquello, respondo: me quedé en la clandestinidad en Chile después del 11 de setiembre de 1973 y no reflexioné ni un instante. Todo el mundo se movió por ahí dentro de manera natural, porque estaba inscrito antes en pequeños gestos y pequeñas acciones que vienen de muy atrás, que pasan por ser cosas sencillas: una película, un texto o un grafitti en la calle. Hay cosas que nos despiertan y alimentan nuestro pensamiento y nuestra manera de actuar, pero sobre todo es el espacio colectivo, y este espacio está todavía por inventar.

http://www.contretemps.eu/interview…

Traducción del francés: VIENTO SUR

NOTAS

1.Calle Santa Fé”, documental realizado por Carmen Castillo en 2007, es el nombre de la calle donde se encuentra la casa que compartía con su compañero Miguel Enríquez hasta el asesinato de éste y el exilio de ella. El documental es una investigación sobre cuestiones sin respuesta de estos años de la dictadura a partir de rastros que sobreviven en el presente.

2. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) es un partido chileno de la izquierda radical creado en 1965 por la conjunción de las luchas estudiantiles y sindicales. Uno de sus primeros dirigentes, Miguel Enríquez, muerto en combate el 5 de octubre de 1974, fue el compañero de Carmen Castillo.

3. Nombre que recibió la iniciativa lanzada en los años ochenta por el MIR para mantener a los hijos de militantes en Cuba bajo la protección de “padres sociales”, mientras sus padres luchaban en la clandestinidad en Chile.

4. Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio es un organismo argentino de derechos humanos que agrupa a los hijos de desaparecidos bajo la dictadura militar de 1976 a 1982.

 

Fuente: http://www.rebelion.org

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