por Rubén Reyes

Hoy es mi segundo día de vacaciones. Pensaba que iba a descansar, pero nada. Porque hoy también es mi segundo día de amo de casa. Ayer fue un desastre. Nada me salió bien: los frijoles se quemaron; el arroz quedó más o menos sabroso pero los plátanos quedaron como chancletas. La niña se enojó porque no supe peinarla bien cuando la alisté para el colegio.
Y para colmo, la señora que trae los niños de la escuela y les da el almuerzo me dijo que ya no puede hacerse cargo de ellos porque va a aceptar un trabajo donde le ofrecen un salario más o menos.
Es arrecho, con eso de que quieren ganar dinero, las mujeres ya no son como antes.

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Desde ayer, Julia, mi mujer, no se está levantando a las cinco de la mañana para limpiar y alistar el almuerzo como hacía antes. Me dijo que ya está cansada de encargarse de todo: el trabajo de la casa y los niños, además de cumplir con su trabajo. Así que antenoche me dijo que no era justo que yo estuviera de vacaciones sin hacer nada, mientras ella hacía todo.

Ella dice que si no queremos vivir en la cochinada, los dos tenemos que limpiar la casa, y que si queremos que haya comida en la casa, yo también tengo que ocuparme de las compras y de cocinar. Además me dijo que los niños son es responsabilidad de ambos, que ella no los hizo solita.

Cuando me dijo todo esto yo me arreché. Le dije “Lo que pasa es que vos no me querés, porque a las mujeres le gusta servir a sus maridos. Las mujeres de mis amigos se desviven por ellos, y vos ¡me salís con esto!”.

¡Para qué le dije nada! Inmediatamente me contestó que es ridículo pensar que el amor de una mujer se mide por lavadas, planchadas y cocinadas.

La discusión fue larga. Le dije que si ella estaba cansada de hacer estas cosas, era porque trabajaba fuera de la casa y eso, por su gusto, porque si era por mí, ella podía quedarse en la casa, que para eso yo trabajo y mantengo a mi familia. Entonces, agarró una hoja de papel y con todo detalle me fue mostrando cada uno de los gastos que se hacen en la casa y en los niños. No me quedó de otra que reconocer que tenía razón: sin su salario nos estaríamos viendo “de a palitos”.

“Está bien”, le dije yo, “pero no te vayas a querer aprovechar de mí. El trabajo de la casa es responsabilidad de la mujer. Puedo ayudarte un poquito durante mis vacaciones, pero de ahí a hacerme cargo de las cosas que vos estás diciendo, estoy bien lejos.”

Como ya les dije, el primer día fue un desastre. Hoy es martes y les voy a contar cómo me ha ido.

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6:00 a.m.:
Con más pereza que otra cosa, me levanté para preparar el desayuno mientras Julia se alistaba para el trabajo. A como pude, arreglé a la niña para la escuela, esta vez le gustó el lazo que le acomodé en el pelo. No sé por qué a las mujeres les gustan tantos arreglos.
7:00 a.m.:
Ya voy tarde a la escuela con los niños otra vez. Las maestras no me conocen porque Julia es la que siempre va a las reuniones de padres de familia. Ojalá que ahora no me pida que vaya yo, eso debe ser aburrido.
Casi las 8:00 a.m.:
Tengo que hacer compras, y luego tener listo el almuerzo antes de que los niños salgan de la escuela. Además hay que barrer, dar una lampaceadita y recoger la basura. ¡Chocho! el día se hace chiquito con tantas cosas que hacer.
Camino al mercado, me encuentro a Manuel. Me ve con los sacos y me dice: “¿Ideay, loco? ¿para dónde te la llevás ahora? Te vi pasar en con los chavalos para la escuela. ¡Cómo has quedado! Haciéndole los mandaditos a tu mujer”.

“No, hombre”, le digo, “lo que pasa es que la Julia está cansada y me pidió que le ayudara un poco más ahora que estoy de vacaciones”.

“Tené cuidado”, responde él. “Acordáte que las mujeres se cogen el codo si les das la mano. Cuando uno es buena gente, ellas se aprovechan”.

“Mirá, no soy ningún baboso” le contesto arrecho, pero no sé que más decir. Sólo me acuerdo cuando Manuel y yo encontramos a un amigo lavando ropa en su casa. Manuel le dijo: “si querés, te traigo la mía también, amorcito”, y yo también me burlé. Ni quiera dios que uno de mis hermanos o cuñados me vea haciendo trabajo de la casa. Hasta cochón me pueden decir.

9:30 a.m.:
Estoy saliendo del mercado. Que arrecho, una mercadera me trató sólo porque toqué los tomates y no le compré nada. Me dijo que me fuera a mayugar mis propios tomates.
10:00 a.m.:
Ya por fin en casa. Tenía que gastar sólo 20 córdobas de los 100 que tenemos para la semana, pero gasté 30. No sé cómo hace Julia para que le alcance.

10:30 a.m.:
Creo que está bien almorzar frijoles, tallarines y queso. Los tallarines me quedaron un poco masosos, pero están comibles. Menos mal que hacer tallarines y frijoles no tiene mayor ciencia; si no, nos moriríamos de hambre.
Y yo pensaba que eran las mujeres las dependientes. ¡Es al revés! Si sigo aprendiendo, hasta Manuel podría beneficiarse de mi cuchara.

12:00 m.:
Tengo que ir a traer a la chavala. Espero que después de almorzar se vaya a jugar con las nietas de doña Rosa. Así puedo aprovechar para lavar la ropa. Esta será mi gran “oportunidad” de aprender. No he lavado ropa desde la vez que mi mama me hizo lavar las sábanas un día que me oriné en la cama. Fue un duro castigo.
2:00 p.m.:
Lavar estos azulones sí que le zumba el mambo. De haber sabido que me iba a tocar la lavada no los hubiera ensuciado tanto. Siento que los brazos se me van a desencajar de tanto darles contra el lavandero. Con razón después de lavar, la Julia no quiere ni que la toquen. Espero que no me pida seguir haciéndolo. Creo que hasta estaría dispuesto a pagar a alguien para no tener que seguir haciéndolo yo.
4:00 p.m.:
Todavía hay mucho que hacer. Ni siquiera he lavado los trastes del almuerzo. Y hace falta barrer y lampacear. A las 6 regresa la Julia del trabajo y debería estar lista la cena. Ni siquiera ha terminado el día y ya me siento agotado. Jamás pensé que fuera tan cansador encargarse de los quehaceres. Y eso que no estoy haciendo otra cosa.
Con razón la Julia ha insistido tanto para que le ayude. Pero yo más bien reclamaba cada vez que llegaba y la cena no estaba lista. Lo más que hago es lavar los trastes de vez en cuando. Ojalá que ahora no quiera voltear la tortilla, que como yo no hacía nada, ahora se ponga en el plan del macho reclamando y exigiendo.

5:00 p.m.:
Ya es tiempo de hacer la cena. Creo que le voy a dar un poco de gallo pinto a los niños y esperar a la Julia para hacer la cena con ella.
6:30 p.m.:
Hicimos huevos fritos y nos quedaron ricos. Julia dice que parece que tengo “habilidades ocultas” y que si sigo aprendiendo puedo llegar a ser buen cocinero. A lo mejor me está dando carreta, pero la verdad es que se siente agradable hacer las cosas juntos y que la otra persona te reconozca que lo que hiciste quedó bien.
8:00 p.m.:
La cena fue agradable. Después de acostar a los niños conversamos, y a pesar de que vino de trabajar, Julia no se veía tan cansada. Ella me cuenta de su trabajo y yo le cuento de mis aventuras en el mercado y en la escuela. También le digo que estoy cansado y que no sé si voy a poder seguir esta jornada el resto de mis vacaciones; le digo que a lo mejor tenemos que pagar a alguien para que llegue a hacer algunas cosas.
Ella dice que ya antes lo había pensado, pero que nunca lo dijo porque yo siempre me estaba quejando de que gastaba demasiado. También dice que no sabe si el dinero alcanzaría, pero que hagamos cuentas. Ahora soy yo el del lápiz y el cuaderno. Tiene razón, lo más que podríamos pagar es la lavada de la ropa pesada. Lo demás tendremos que seguir haciéndolo nosotros.

10:00 p.m.:
Estoy muerto. Por fin acostado, me pongo a pensar. La verdad es que por mí, que Julia no salga a trabajar, pero tiene razón. Desde que tenemos hijos, un sueldo no es suficiente. Pero además, le gusta trabajar fuera de la casa y ganar su propio dinero. En eso es como yo. Es arrecho tener que estar pidiendo para todo. Tal vez tendré que convencerme de asumir mi parte aquí en la casa. Creo que ciertas cosas, como cocinar y limpiar, no me disgustaría aprender y hacer. Pero la lavada… me sale la virgen. Y si fue pesado para mi, también lo es para la Julia. Parece mentira, pero si no me hubiera tocado, nunca se me hubiera ocurrido ver si podíamos pagar la lavada.

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Lo que no nos dicen los hombres
Esto no se lo voy a decir a la Julia, pero en el fondo creo que es bueno aprovechar estas vacaciones para aprender a hacerme cargo de las cosas de la casa -que también es mi casa-. Así puedo dejar de ser tan dependiente, siempre pidiendo: “plancháme la camisa”, “dame mi cena”, “coséme este botón”. La verdad es que es humillante no saber uno hacer sus cosas. Y cuando estás peleado con la mujer, lo único que te queda es la calle. Voy a comenzar a enseñar a mi hijo desde ya a hacer las cosas de la casa para que no le pase como a mí.

Gente como Manuel se va a dar gusto criticándome. Que un hombre que hace cosas de mujer es un cochón.

Pero la verdad es que ¡me vale un güevo lo que digan! Estos días me he dado cuenta que no es que una cosa es de mujeres y otra de hombres: el trabajo de la casa sí es trabajo… y pesado.

Para la Julia, la principal diferencia entre sus dos trabajos es que por su trabajo fuera de la casa le pagan, pero nadie le paga por su trabajo dentro de la casa, mucho menos yo.

Si no pongo mi parte, sería hipócrita: en la calle reclamando “justicia por aquí y justicia por allá” y en la casa viviendo del trabajo de otra persona.

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