El Papa en Irlanda: “Mea culpa” en el epicentro de los abusos

9:00 p m| 31 ago 18 (VN/LN/RD).- El Encuentro Mundial de las Familias quedó eclipsado: el escándalo de abusos cometidos por eclesiásticos arrasó con todo en el viaje, pero Francisco respondió. En lugar de empeñarse en mantener su agenda para poner el acento en la familia durante sus intervenciones, supo leer la situación: entonó un sentido mea culpa por los abusos que debe marcar un antes y un después, tanto en Irlanda como en el resto del orbe católico.

Aunque el Papa enfatizó en que se ha acabado para siempre la época de los pederastas, los encubridores y los que abusan de su poder en la Iglesia, la crisis ha causado estragos en los fieles irlandeses: en la misa en el parque Phoenix de Dublín había unos 300 mil fieles, según el Vaticano, mientras que fueron más de un millón los congregados en ese mismo lugar en 1979. De todos modos, el impulso que le pueda dar Francisco al mea culpa, prevención y sanción para estos casos en la Iglesia es una apuesta a futuro, de reconciliación y esperanza.

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La espinosa cuestión de los abusos estuvo presente ya en su primer discurso en Irlanda ante las autoridades del país. Antes se había reunido en la residencia presidencial con el jefe del Estado, Michael D. Higgins. A continuación, Francisco se desplazó al imponente Castillo de Dublín, donde lo estaba esperando el primer ministro, Leo Varadkar, que personifica bien el gigantesco cambio social que ha vivido Irlanda desde que fue visitada por Juan Pablo II hace casi cuatro décadas.

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Hijo de un emigrante indio y de una irlandesa, Varadkar se crió en la fe católica y se graduó en medicina, una profesión que concilió con la política en el Fine Gael, principal partido de centro derecha irlandés y de inspiración cristiana. Homosexual declarado, está casado con otro hombre y es favorable al aborto.

En su discurso, escrito por él mismo y que fue más allá de las habituales alocuciones institucionales propias de estas ocasiones, Varadkar mantuvo un cuidado equilibrio: aplaudió las aportaciones de la Iglesia católica a la sociedad irlandesa, pero no tapó sus errores ni dejó de pedirle un cambio. Incluso invitó al Papa a establecer una nueva relación entre el Estado y la Iglesia y sacó pecho por las leyes aprobadas en el país en los últimos años sobre el divorcio, el aborto y el matrimonio gay.

Francisco respondió a las expectativas de Varadkar y de la sociedad irlandesa con su discurso ante unas 250 autoridades en el Castillo de Dublín. Tras celebrar las dos décadas de paz en Irlanda del Norte y considerar que la inmigración es “el desafío que más golpea nuestras conciencias en estos tiempos”, agarró el toro por los cuernos: “El fracaso de las autoridades eclesiásticas –obispos, superiores religiosos, sacerdotes y otros– al afrontar adecuadamente estos crímenes repugnantes ha suscitado justamente indignación y permanece como causa de sufrimiento y vergüenza para la comunidad católica. Yo mismo comparto estos sentimientos”, dijo.

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Esta difícil cuestión volvió a estar presente la tarde del primer día de visita, cuando Francisco se reunió con ocho víctimas de abusos. El encuentro se celebró en la nunciatura en Dublín y se prolongó durante una hora y media. Según el testimonio de Paul Redmong, uno de los supervivientes de abusos con los que el Pontífice se reunió, este les dijo que la corrupción en la Iglesia y el encubrimiento de los abusos eran “caca”. “Yo le pregunté si iba a investigar el encubrimiento y la corrupción que llevó a ulteriores abusos, y respondió que estaba determinado a hacerlo, aunque iba a llevar tiempo”, explicó por su parte Damian O’Farrell, que sufrió varios episodios de abusos en su niñez por parte de religiosos y participó en el encuentro con Bergoglio. “También le dije que le debía una disculpa a todos los fieles católicos”, explicó O’Farrell.

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Esa disculpa llegaría al día siguiente con el mea culpa en el parque Phoenix, en los instantes previos a la multitudinaria misa, pero antes de esta impactante petición de perdón, habría otra ulterior mención a los abusos. Fue en el santuario mariano de Knock, adonde cada año acuden un millón y medio de fieles atraídos por la aparición de la Virgen, san José y san Juan. Durante su alocución anterior a la oración del Ángelus ante unas 45.000 personas, el Papa reveló que había rezado ante la Virgen, en modo particular por las víctimas de abusos. “Ninguno de nosotros puede dejar de conmoverse por las historias de los menores que han sufrido abusos, a quienes se les ha robado la inocencia o han sido alejados de sus madres y se les ha dejado una cicatriz de recuerdos dolorosos”, dijo.

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A la vuelta a Dublín llegó la traca final con el mea culpa de la misa de clausura del EMF. Al arrancar la Eucaristía, Bergoglio realizó su contundente perdón por unos sucesos que calificó de “delitos”. “Pedimos perdón por los abusos en Irlanda, abusos de poder y de conciencia, abusos sexuales por parte de miembros cualificados de la Iglesia”, dijo, para excusarse luego “de manera especial” por los cometidos en instituciones dirigidas por religiosos. Haciendo referencia a los Asilos de las Magdalenas, donde se internaba a mujeres y niñas que habían cometido alguna falta y se las hacía trabajar en régimen de semiesclavitud como lavanderas, pidió perdón por los “casos de explotación laboral a los que fueron sometidos tantos menores”.

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La cuarta y última mención del Papa a los abusos en Irlanda antes de subirse al avión que le llevó de vuelta a Roma, y donde afrontó otra vez este argumento, fue en su encuentro con los obispos en el convento de las Dominicas de Dublín. Ante los más de 50 prelados de Irlanda y de Irlanda del Norte, reconoció sus esfuerzos para superar esta crisis. “En los últimos años, habéis procedido resueltamente, no solo a poner en marcha caminos de purificación y reconciliación con las víctimas de abusos, sino también, con la ayuda del National Board para la protección de los niños en la Iglesia en Irlanda, a establecer un conjunto detallado de reglas destinadas a garantizar la seguridad de los jóvenes”, les dijo. Y destacó que la “honestidad” e “integridad” con las que han reaccionado a este problema son “un ejemplo” y “llamada”.

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Otras actividades de Francisco en Irlanda (EMF)

En su primer día, tras el almuerzo en la nunciatura, el papa Francisco llegó a la procatedral de Santa María, donde ha escuchado el testimonio de tres parejas: un matrimonio que lleva 50 años juntos, otro que va a serlo en las próximas fechas y uno más que lo es desde hace poco. En su alocución, Bergoglio se ha felicitado por las “innumerables celebraciones del sacramento del matrimonio” que ha albergado el templo en todos estos años, lo que, como ha dicho en tono de broma, desmiente el dicho de que los jóvenes ya no se quieren casar. Improvisando sobre el discurso que tenía previsto, se ha dirigido a todos los presentes para asegurar que, en el matrimonio, “el dolor de dos es medio dolor”, mientras que “la alegría de dos es el doble”.

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Más tarde, en la fiesta nocturna del Encuentro Mundial de las Familias, Francisco quiso poner el broche de oro a una semana de congreso pastoral que ha girado en torno a la exhortación Amoris laetitia –”una especie de guía para vivir con alegría el evangelio de la familia”-, regalándoles un ejemplar a cada uno de los presentes.

“Dios quiere que cada familia sea un faro que irradie la alegría de su amor en el mundo”, señaló el Papa con una mirada positiva, sin caer en ataques con tintes ideológicos ni políticos, simplemente lanzando un mensaje: “Vosotras, familias, sois la esperanza de la Iglesia y del mundo”. Así, les invitó a ser embajadores de Dios para explicar “qué significa para el mundo entero vivir en paz como una gran familia”.

Con su recurrente sentido del humor, instó a todos los miembros de la familia a “encontrar la plenitud del amor en la familia”, en tanto que “La gracia de Dios nos ayuda todos los días a vivir con un solo corazón y una sola alma. ¡También las suegras y las nueras!”. Y con esa misma naturalidad explicó que encontrar el amor de Jesús “es como preparar un té: es fácil hervir el agua, pero una buena taza de té requiere tiempo y paciencia; hay que dejarlo reposar”.

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En medio de la visita a Irlanda vuelven las intrigas al Vaticano

Justo en el último día del complejo viaje de 36 horas de Francisco a Irlanda, cayó una verdadera bomba sobre el Vaticano: un exnuncio hizo pública una carta incendiaria en la que, sin pruebas, denunció a varios pesos pesados de la curia romana ligados a un supuesto lobby gay y al propio Francisco de haber encubierto durante años los abusos del cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington, recientemente obligado a renunciar.

La carta, que demostró que las intrigas siguen a la orden del día en el Vaticano, apareció en cuatro medios conservadores muy críticos de Francisco. El autor de la epístola, de 11 páginas, con un lenguaje lleno de furia, fue el arzobispo Carlo Maria Viganò, prelado ya retirado que fue nuncio en Estados Unidos entre 2011 y 2016, que es un personaje ya conocido por filtrar documentos y por jugar fuerte en las internas.

En una jugada sorprendente, en la carta, Viganò pidió la dimisión de Francisco, al afirmar que le había advertido en una audiencia el 21 de junio de 2013 sobre el pasado oscuro de McCarrick, de 88 años. Además, lo acusa de haber levantado supuestas sanciones que le había infligido años antes su antecesor.

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McCarrick, hasta hace poco un purpurado influyente, fue obligado en junio pasado por Francisco a renunciar a su título y a retirarse a la vida privada, después de que una investigación de la arquidiócesis de Nueva York concluyó que era culpable del abuso sexual de un menor. Durante la conferencia de prensa que concedió en el vuelo de regreso a Roma, ante una pregunta Francisco, muy tranquilo, desestimó con astucia el contenido de la epístola y su consistencia. “Leí esta mañana esa carta. Yo no diré una palabra sobre esto. Creo que la carta habla por sí misma”, contestó.

En la epístola, Viganò denunció que casi todos en el Vaticano sabían desde hacía más de una década que McCarrick -creado cardenal por Juan Pablo II en 2001- solía ser un “predador”. Mencionó como cómplices de su encubrimiento a varios altos prelados de la curia, tanto de la vieja guardia como de la nueva. Culpó a los antes influyentes cardenales italianos Angelo Sodano y Tarcisio Bertone -secretarios de Estado de Juan Pablo II y Benedicto XVI, respectivamente- y al argentino Leonardo Sandri, que fue sustituto del papa polaco. Salpicó también con todo al actual secretario de Estado, Pietro Parolin, entre otros.

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Sin aportar pruebas, dice que “Benedicto había aplicado al cardenal McCarrick sanciones similares a las que le infligió Francisco: el cardenal debía dejar el seminario en el que vivía, se le prohibía celebrar en público, participar en reuniones públicas, dar conferencias y viajar, con la obligación de dedicarse a una vida de oración y penitencias”. Aunque, acto seguido, curiosamente, admite que no sabe cuándo Benedicto tomó esas medidas. Acusa asimismo a Sodano de haber alentado la designación cardenalicia de McCarrick cuando Juan Pablo II ya estaba enfermo.

¿Por qué no se defiende el Papa?

De entre todos los comentarios sobre el silencio del Papa Francisco ante las acusaciones del arzobispo Viganò, quizás ninguno llega a la verdad del por qué Bergoglio no se defiende en estos momentos más que el de su biógrafo, Austen Ivereigh. Ivereigh da en el blanco por la simple razón de que deja hablar al propio Francisco, recordando un texto suyo escrito en 1990, “Silencio y palabra”.

En este texto, como explica Ivereigh, Bergoglio medita sobre el silencio de Cristo en su Pasión. No el silencio de la complicidad, ni de la inacción, sino el silencio del Hombre de Dolores en su auto-vaciamiento, en su humildad frente a la hostilidad de sus acusadores.

“Este tipo de silencio supone una elección deliberada de no responder con una autodefensa intelectual o razonada, la cual en el contexto de confusión, de reproches y contra-reproches y medias verdades, no hace más que alimentar el ciclo de acusaciones y contra-acusaciones histéricas”, explica Ivereigh, quien califica este silencio de Cristo de “estrategia espiritual” no solo para “dejar espacio para que Dios actúe”, sino también para “forzar a los espíritus detrás del ataque a revelarse”.

Pero mejor dejar a Bergoglio que se exprese en sus propias palabras. “En la raíz de todo ataque feroz está la necesidad de la gente de descargar su propia culpabilidad y limitaciones”, observa en ‘Silencio y palabra’. Una verdad como un templo que perfectamente podría aplicarse a la situación en la que se encuentra actualmente (click aquí para leer el texto completo).

 

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Fuentes:

Vida Nueva / La Nación / Religión Digital

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