Descentralizar: clave para el éxito de reforma curial de Francisco

10.00 p m| 25 jun 15 (NCR/BV).- Muchos católicos ansiosos por ver al Papa reformar la Curia Romana parecen ponerse impacientes con el tiempo que está tomando el proyecto. Algunos incluso han comenzado a preguntarse si este Papa, de 78 años de edad, tiene el tiempo, la energía y el apoyo necesario para reformar radicalmente la burocracia central de la Iglesia.

Robert Mickens, columnista del National Catholic Reporter y editor de Global Pulse, conversó con el padre Ladislas Orsy, uno de los más importantes y respetados canonistas del catolicismo en las últimas décadas, quien afirmó que no se podrá dar una verdadera reforma de la Curia Romana sin una descentralización de las estructuras de gobierno de la Iglesia y su aparato de toma de decisiones.

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El jesuita Orsy, de origen húngaro, era un perito o asesor teológico de varios obispos que asistieron al Concilio Vaticano II (1962-1965) y, aún cuando en los siguientes meses cumplirá 94 años, continúa enseñando en el Law Center de la Universidad de Georgetown en Washington, DC.

Durante una reciente visita a la capital estadounidense, pasé varias horas en conversación con este increíblemente “joven” nonagenario. Con su refrescante intelecto juvenil, compartió algunos de sus puntos de vista y preocupaciones sobre cómo Francisco, su hermano jesuita, se ha esforzado por renovar la Iglesia durante sus dos años en el cargo.

“Si no hay una descentralización, no habrá reforma duradera de la Curia Romana”, dijo Orsy rotundamente. Señaló que en los últimos 800 años, cada intento de reformar la burocracia centralizada de la Iglesia ha fracasado porque el poder ha permanecido demasiado concentrado en Roma.

“En una Iglesia global que continúa su expansión más allá de Europa, ese no es un modelo de gobierno sostenible”, dijo. Hizo hincapié en que también está fuera de sincronía con la eclesiología del Vaticano II, que apuntaba a un alejamiento de la centralización romana y trató de recuperar y desarrollar la antigua doctrina de la colegialidad episcopal sobre la base de la sinodalidad y subsidiariedad.

En sus muchos escritos y conferencias públicas, que sigue realizando a un ritmo constante, Orsy siempre ha sostenido que una de las grandes tareas incumplidas tras el Concilio ha sido la creación o reforma de las estructuras que apuntan específicamente a la implementación de su visión.

Esta es la tarea que tiene por delante el Papa Francisco. Y, por suerte, es plenamente consciente de ello.

La Curia Romana está principalmente al servicio del obispo de Roma en sus funciones específicas como pastor principal y primado de la Iglesia universal. No tiene ninguna autoridad salvo la que el mismo Papa le da.

Pero, como dice en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, Francisco no cree “que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo”. Él dice que “no es conveniente” que “reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios”. Si el Papa no debiera ocupar el rol de los obispos, las oficinas de la Curia Romana -que son directamente dependientes de su autoridad- sin duda tampoco deberían. Y, sin embargo, en muchos sentidos, eso es exactamente lo que han hecho durante mucho tiempo.

En Evangelii Gaudium, que Francisco ha denominado una especie de modelo para su pontificado, dice claramente: “percibo la necesidad de avanzar en una saludable descentralización”. En este sentido, indica que la función doctrinal de las conferencias episcopales locales y regionales se debe desarrollar, de la mano con la colegialidad y la sinodalidad.

La mejor oportunidad para llevar a cabo una descentralización saludable, al parecer, se da si se le otorga una mayor autoridad a las conferencias y al Sínodo de los Obispos. Una tercera institución que también podría ser reformada, con el objetivo de descentralizar la toma de decisiones fuera de Roma, es la oficina de los arzobispos metropolitanos. Desde el Concilio de Trento (1545-1563), la autoridad jurídica que una vez fue constitutiva de los metropolitanos ha desaparecido, lo que les deja con la extraña banda de lana sobre sus hombros y la prioridad en las procesiones litúrgicas como las únicas cosas que los diferencian de otros obispos.

Realzando la función de estas tres instituciones, así como la utilización del Consejo de Cardenales que el Papa Francisco estableció, son las mejores medidas para la reforma de la Curia a través de la necesaria descentralización que Orsy aboga fuertemente.

El Papa ya ha demostrado su seriedad acerca de reforzar el Sínodo, del que -al igual que los patriarcas de las iglesias orientales- es el jefe o presidente. Esta semana, presidió nuevamente la reunión de dos días del consejo rector del Sínodo. Desde que Pablo VI “resucitó” ese antiguo ente (o al menos una forma de él) en 1965, ningún Papa se había involucrado tan directamente en su gobernanza.

Un indicativo de cuán empobrecida y altamente centralizada se ha mantenido nuestra eclesiología, incluso después del Concilio Vaticano II, es que nadie se preguntó por qué. Los papas desde Pablo VI en adelante han consignado su autoridad sobre el Sínodo a través de los presidentes delegados. Francisco ha mantenido esta práctica cuando el Sínodo celebra sus asambleas generales, pero tal vez debería replantearse eso y comenzar a ejercer su presidencia -sin esos delegados- durante estas reuniones también. Esto reforzaría el sentido de colegialidad, sumergiendo al obispo de Roma más plenamente en las sesiones como un participante activo, en lugar de un tipo de figura sagrada que se cierne sobre ellos. Tal cambio también llevaría, por necesidad, a conferir autoridad para la toma de decisiones al Sínodo y a impulsar la colegialidad entre todos los obispos que actúan cum et sub (con y bajo) la autoridad del sucesor de Pedro.

No es seguro que el Papa Francisco esté contemplando tal cambio al Sínodo de los Obispos, pero es evidente que quiere cambiar la función y los métodos de este órgano colegiado. Tras las reuniones de esta semana con el Consejo del Sínodo, sostuvo conversaciones privadas con el secretario general del Sínodo, el cardenal Lorenzo Baldisseri, y su adjunto, el obispo Fabio Fabene, para seguir discutiendo esto y otros asuntos. Algunos de los cambios en la metodología se espera que se anuncien antes de octubre, cuando el Sínodo celebrará su segunda asamblea general en dos años, sobre temas relacionados con la enseñanza y práctica pastoral de la Iglesia sobre el matrimonio, la familia y la sexualidad humana.

El plan original era que este segundo encuentro produzca una puesta al día (o refuerzo) de las directrices en esta área multifacética. Pero parece que hay demasiada “carne en el asador”, con varios temas controvertidos y a debatirse intensamente, que harían casi imposible que los obispos lleguen a un consenso (como el Papa está deseando que ocurra) en tan sólo tres semanas de reuniones.

Si, como se espera, no se llega a un consenso, el Papa Francisco podría dar otro paso sin precedentes y ampliar el debate del Sínodo, quizás convocando a una nueva asamblea general en unos pocos meses. O podría instruir a las conferencias de obispos para continuar las deliberaciones a nivel regional o nacional. Esto le ofrece la oportunidad perfecta para renovar el Sínodo dándole más frecuencia (quizá varias veces al año), haciéndolo parte más constitutiva de la estructura de gobierno universal de la Iglesia. También le da la oportunidad de restaurar parte de la autoridad que los Sínodos y concilios regionales tuvieron alguna vez, pero extendiéndose a las conferencias episcopales.

Todo esto no sólo podría descentralizar la autoridad en la Iglesia, también sería reformar radicalmente la Curia Romana a través de la construcción y mejora de las estructuras que implementan la visión eclesiológica del Concilio Vaticano II. En tal escenario, el obispo de Roma ejercería su primacía en unión con los obispos locales de todo el mundo en lugar de hacerlo a través de la poderosa burocracia que durante mucho tiempo se ha acomodado en la Ciudad del Vaticano.

Fuente:

National Catholic Reporter

Robert Mickens es editor en jefe de Global Pulse. Desde 1986, ha vivido en Roma, donde estudió teología en la Universidad Pontificia Gregoriana antes de trabajar 11 años en Radio Vaticano y luego otra década como corresponsal de The Tablet de Londres.

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