Las bienaventuranzas como misión: Dios de la periferia

4.00 p m| 18 nov 14 (VIDA NUEVA/BV).- Siguiendo la invitación del Papa Francisco a salir hacia “las periferias existenciales”, Jesús de Nazaret nos llama a reconocerlo y acompañarlo en cuantos crucificados nos encontramos por el camino. Las bienaventuranzas, síntesis de la Buena Noticia, condensan la misión y vida de Jesús y la nuestra, la de sus discípulas y discípulos. Nos ofrecen la clave para ofrecer dicha a quienes sufren hoy en nuestras periferias existenciales. Las reflexiones que aquí se recogen fueron compartidas por la autora, Teresa Ruiz Ceberio, religiosa de las Hermanas Auxiliadoras, el pasado 25 de octubre en Madrid, en el marco del Foro de las Periferias organizado por los Hijos de la Caridad.

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Dios está de modo inequívoco en los pobres

Hoy, el Papa Francisco nos invita a salir hacia “las periferias existenciales”: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia, las que prescinden de la religión, las del pensamiento, las de toda miseria. Y me digo: ¿quién soy yo para hablar del Resucitado, que nos sale al encuentro en las actuales Galileas que son las periferias existenciales?

Con esta gran interrogante crucé mi mirada con la del Cristo de Javier, cuya imagen reposa ante mí. Su sonrisa, en medio de su ejecución, me conmovió y me dijo: “Estoy crucificado en y con los crucificados hoy, pero también estoy en ellos resucitado y resucitando”. Y, puesta en él mi confianza, abordo la tarea de darlo a conocer. Y lo hago con alegría, porque se me ha dado creer que Jesús vive, que su Espíritu está en mí, está en cada uno de nosotros, mujeres y hombres, cristianos o no, creyentes o no.


“El Hijo nos lo ha enseñado” (Jn 1, 18)

“Hoy día, después de Jesucristo, no se puede decir nada verdadero, auténtico y concreto acerca de Dios sin reconocerlo como el Emmanuel, el Dios con nosotros, el Dios de nuestra carne, el Dios de nuestra naturaleza humana, el Dios que ha nacido de María Virgen y que, como hombre en nosotros, es hombre y Dios en una sola persona. Dios que se da a sí mismo en la creación, se ha ido autocomunicando progresivamente al mundo, y en Jesucristo ha aceptado para siempre jamás la carne de la humanidad y del mundo” (1). En Jesús, Dios sale de sí mismo como amor que desciende, según la bella expresión de F. J. Vitoria Cormenzana en su obra “Una teología arrodillada e indignada” (Sal Terrae).


Jesús el Siervo de Yahvé

¿Qué aporta Jesús el Siervo a la experiencia de Dios que está en la periferia? Jesús trabajó por liberar al pueblo no solo de las estructuras que en su tiempo generaban marginación como la ley y el Templo, centro de la vida de Israel y en el que se concentraban los poderes políticos, económicos y religiosos, sino que atendió personalmente a todos cuantos sufrían marginación, desprecio, desamor. Para él, los últimos de la sociedad de su tiempo son los primeros (Mt 20, 16).

Los que están más alejados del núcleo central de nuestros parámetros (poder económico, prestigio social o religioso, etc.) son los que están más cerca del corazón del Abbá (Padre) del Reino, que espera su vuelta con los brazos abiertos, y reclaman mayor atención y cercanía por nuestra parte. Nosotros, discípulos de Jesús, confesamos en nuestro Credo que, en la vida, en la muerte y en la resurrección de Jesús, Dios se nos ha revelado como el Dios de todos, con un amor preferencial por los últimos, los que están en la periferia, los que juzgamos como pecadores, los que menospreciamos porque profesan una religión popular, los que no siguen nuestras normas éticas (prostitutas, homosexuales, etc.). En una palabra, cuantos están en la periferia del núcleo central del Abbá del Reino.

Un breve recorrido por la vida de Jesús a partir de lo que nos cuentan los evangelios nos ira mostrando esa encarnación de Dios en la periferia.


Nace, muere y se mueve en las periferias

Jesús -según Lucas- nació en la periferia de Belén, sin casa que acogiera a su madre en el parto; y muere en la periferia de Jerusalén, donde son ejecutados los delincuentes. En el relato del nacimiento, el evangelista asocia a Jesús desde la infancia a los actuales “sin techo”. Los primeros destinatarios de su mensaje son, igualmente, los sin techo, los pastorcillos que velaban sus rebaños a la intemperie. Por tres veces, en el relato se ofrece como señal para reconocer al enviado de Dios “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 7.12.16).

Jesús vivió en Nazaret, un pequeño pueblo en la región de Galilea. “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1, 46), es la respuesta de Natanael a quienes le anuncian haber conocido a Jesús como el liberador de Israel. En Nazaret Jesús vivió como uno más del montón, hasta el punto de que sus vecinos se asombran de lo que dicen de él y de sus acciones sanadoras: “¿De dónde saca este todo eso? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José?… ¿No viven aquí entre nosotros sus hermanas?… Y esto lo sentían como un obstáculo” (Mc 6, 3).

A lo largo de su vida pública, “Jesús se dedica a visitar las aldeas de Galilea, las recorre invitando a su gente a entrar en el Reino de Dios. En estas aldeas de Galilea está el pueblo más pobre y desheredado; aquí encuentra como en ninguna otra parte el Israel más enfermo y maltratado por los poderosos; aquí es donde Israel sufre con más rigor los efectos de la opresión. En las ciudades, en cambio, viven los que detentan el poder, junto con sus diferentes colaboradores, grandes terratenientes, recaudadores de impuestos. Jesús lo tiene muy claro: el Reino de Dios solo puede ser anunciado desde el contacto directo y estrecho con las gentes más necesitadas de respiro y liberación. Cuando se acerca a Tiro, Sidón o la Decápolis, tampoco entra en los núcleos urbanos, se detiene en las aldeas del entorno o en las afueras de las ciudades donde se encuentran los excluidos, gentes de paso y vagabundos errantes que duermen fuera de las murallas” (2).

Jesús sale y camina. Su vida es sencilla, no parece tener proyectos misioneros previamente preparados, busca acercarse a la gente o se deja encontrar y escucha atentamente a cuantos se encuentra en el camino. Desprende tal amor que, sobre todo, los que sufren, los olvidados y no tenidos en cuenta, los necesitados de atención y cariño se le acercan sin temor. Jesús entra en relación profunda con las personas hasta alcanzar la oquedad del corazón donde está el Abbá tan querido, el que “hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).

Y Jesús se asombra cuando los pequeños, los últimos, los no tenidos en cuenta, los menospreciados por la sociedad de su tiempo, movidos aunque lo ignoren por el amor del Abbá que habita su corazón, acuden a él buscando consuelo, dicha, felicidad.

Evoco algunos de estos encuentros:

Con los niños, seres necesitados que crecen aprendiendo y recibiendo de los otros, y son menospreciados al no aportar beneficio alguno a la sociedad de su época. No obstante, él percibe en el corazón de los mismos lo que también se da en la gente sencilla: la conciencia de la propia fragilidad y la confianza puesta en alguien mayor que puede ayudar a crecer, a ser. Por eso exclama: “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25). Y lo hace contrastando esta actitud con la de quienes se cierran a la novedad de su mensaje porque se tienen por sabios. Llama la atención su alusión a los que se creen sabios porque conocen la ley y los profetas. En otra ocasión, denunciará su ceguera para percibir la novedad del Reino, y su cerrazón a aplicar en la vida el mandamiento del Amor a Dios y al prójimo, que son la misma cosa.

Con la hemorroísa, la mujer que para curarse de las hemorragias que según la ley judía la mantenían marginada, se empeña en tocar la orla del manto de Jesús. Tocar a los santos, una expresión tan presente en la religiosidad popular y menospreciada a veces como supersticiosa. Sin embargo, Jesús percibe en el gesto de la mujer la expresión de una gran fe: “Oh mujer, grande es tu fe”. Cada vez que leo el relato, me llama la atención y me asombro ante la sensibilidad de Jesús para percibir entre la muchedumbre que le oprimía el toque de la mujer que deseaba ser curada por él. Me habla de su actitud mientras camina entre la gente, atento a lo que ocurría a su alrededor, sobre todo a quienes estaban necesitados de atención, cariño, sanación física o psíquica (Mc 5, 21-34).

Con la cananea, mujer extranjera, de la periferia de Palestina. Jesús, tras resistirse a la demanda de curar al hijo, lee en el grito de la mujer la invitación del Padre a abrir el anuncio del Reino a otras culturas y religiones. Cómo no abrirse hoy en nuestras ciudades a tanto inmigrante que encontramos en el camino y cuya fe -no necesariamente cristiana- admiramos cuando nos confiesan abiertamente que, en el cruce de la frontera con Ceuta o Melilla o en el peligro de las aguas que amenazan con hundir sus pateras, claman a Dios que les salva y lo confiesan ante públicos que no se atreven a confesar ante los demás su creencia o su fe cristiana (Mc 7, 24-30).

Con la samaritana, doblemente marginada como mujer y como integrante de un pueblo menospreciado por los judíos como herético y legalmente impuro, Jesús inicia el diálogo confesándose ante ella cansado y necesitado de su ayuda: “Dame de beber”. Ella, al sentirse valorada, se abre a otra dimensión más profunda, la religiosa, y escucha de Jesús: “Los verdaderos adoradores que el Padre busca le adorarán en espíritu y en verdad” (Jn 4, 1-45). La alegría de Jesús ante la mujer convertida al Evangelio es tal, que no tiene ganas de comer cuando los discípulos vuelven con el alimento que habían ido a comprar para mitigar su cansancio inicial.

Con los publicanos, los pecadores de los que -según el Evangelio- Jesús era amigo y comía con ellos (Mt 11, 19). La expresión “Jesús era amigo de pecadores y publicanos”, que utiliza Mateo, hace pensar. Era amigo porque él se acercaba a ellos, actuando contra corriente de la costumbre de la época, que se alejaba de los pecadores por su incumplimiento de la ley o de los recaudadores por su colaboración con los romanos en el cobro de los impuestos. Y Jesús come con ellos. Comer con alguien simboliza su comunión con él, gesto que escandaliza a los fariseos, y Jesús les dice: “No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos. No he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan” (Lc 5, 29-32). Algunos como Zaqueo -en el encuentro con Jesús, que se había invitado a comer en su casa- encuentran en él la felicidad que antes ponían en la acumulación del dinero (Lc 19, 1-10).

Con las mujeres excluidas por la ley judía por razones de sexo, como la ya citada hemorroísa o la prostituta que lavó con sus lágrimas los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Simón, que le invitó a comer, juzga que la mujer con su gesto quiere seducir a Jesús, pues es una pecadora pública. Simón se ha fijado en lo exterior, y la juzga en su interior, ampliando su juicio negativo al mismo Jesús. Pero Jesús va más allá de los gestos, de lo que se ve, alcanza el corazón y lo ve lleno de amor, de un amor tan grande que le admira y le hace exclamar: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz” (Lc 7, 50). También Jesús quiere salvar a Simón, para que no se deje llevar por las apariencias, y recurre a la pedagogía de hacerle ver desde fuera de sí mismo su propio error, al condenar a la mujer.

Con el centurión romano. Extranjero pero bueno con el pueblo, pide a Jesús que cure a su criado. Amigo de los judíos ancianos, los envía como mediadores, quienes suplican con insistencia a Jesús para que cure al esclavo del oficial romano. Este hombre no está en la periferia geográfica, ni tampoco económica o social; como romano, está en la periferia de la fe judía, y es bueno porque busca que su criado se cure. Jesús admira su actitud: “Una fe tan grande no la he encontrado ni en Israel”. Y atiende al centurión (Lc 7, 9; Mt 8, 5-10).

Con el ciego Bartimeo sentado a la vera del camino, sin más pertenencias que su capa de mendigo, pero sediento por ver a Jesús. “Llamadle. ¿Qué quieres que haga por ti?… Señor, que vea”. Y le hizo ver. “Vete, tu fe te ha salvado”. Y Bartimeo, dejando sus pertenencias simbolizadas en el manto, siguió a Jesús por el camino hacia Jerusalén, la periferia donde entrega su vida (Mc 10, 46-52).

Con la viuda pobre que da cuanto tenía para vivir. A Jesús le gusta mirar atentamente la realidad que le rodea: “Sentado frente al cepillo del Templo, observaba cómo la gente echaba monedillas en el arca del Tesoro… Muchos ricos echaban mucho. Llegó una viuda pobre y echó dos cuartos” (Lc 21, 1-4). Y Jesús, admirado, llama a sus discípulos para que vean y aprendan: “Esta pobre viuda ha echado más que todos… Todos han echado de lo que les sobra; esta, en su indigencia, ha echado cuanto tenía para vivir”. Una pobre, una de la periferia, vive sin saberlo la enseñanza de Jesús: “Quien quiera seguirme niéguese a sí mismo… Quien se empeñe en salvar la vida, la perderá; quien la pierda por mí y la buena noticia, la salvará” (Mc 8, 35).


El Dios de la periferia está con Jesús en su muerte y su resurrección

En la periferia de Jerusalén, en el huerto de Getsemaní, Jesús en la noche que precede a su ejecución, sufre una terrible agonía, apura hasta el fondo el cáliz de la impotencia, de la miseria y la cobardía humana. Se angustia, hasta rompérsele las terminaciones venosas y sudar sangre, nos dice el médico Lucas (Lc 22, 39-46).

“Jesús de Nazaret, arrojado en el huerto, en el pavoroso abandono, se deja hacer… Padre, no sea como yo quiero, sino como quieres tú (Mc 26, 39), y acepta este abandonarse, no ya como el acto de su fuerza, sino como el milagro incomprensible de su gracia que, de Dios solo, opera en él con su potencia. Como fruto de la contemplación de la agonía del huerto, debemos adquirir conciencia creyente de esto: solo así, en Dios que desciende a lo más bajo de nuestra agonía, solo así podemos soportar nuestra vida y corredimir por ella a nosotros y a los demás” (3).

Jesús murió en la periferia, fuera de la ciudad, en medio de dos ladrones (uno cree en él y el otro no). Misterio de la libertad humana. Y, en esa terrible periferia de Jerusalén, Jesús grita: “¿Por qué me has abandonado?”. Grita, sí, con y como tantos otras y otros, pero no se desespera, se fía del Abbá Padre, abandona su suerte en sus manos.

En un terrible silencio de Dios, Jesús mantiene en su corazón el hilo de la esperanza. Totalmente vaciado de sí, Jesús confía y el Padre le resucita. Al resucitar a Jesús, el Padre se pone de parte de las víctimas de la historia y denuncia a cuantos en tantas periferias ejecutan y matan a sus hijos e hijas queridos. En la muerte violenta e injusta del Hijo, se revela Dios como un Dios crucificado por amor. Un Dios solidarizado, encarnado en cuantos padecen todo tipo de injusticias en nuestras periferias.

En la muerte de Jesús, Dios desciende a lo más hondo de la miseria humana, al corazón de las víctimas inocentes, a causa de la injusticia; y, al resucitarlo, su Amor abraza al Hijo y, en Él, a todas las victimas de la historia. Y su Vida se despliega con fuerza, alcanzando a toda la creación y a toda la humanidad. Al resucitar al Hijo, Dios ofrece su vida a cuantos se dejan amar por Él como el buen ladrón del que nos habla Lucas. Misterio del Amor de Dios que topa con nuestra libertad. Al resucitar al Hijo, “en el interior del mundo arde ya el fuego de Dios” (K. Rahner).

En el interior del mundo está Jesucristo dándose, dándonos permanentemente su amor, invitándonos a vivir de él. Y no solo a nosotros, que le confesamos como el Cristo, sino a todas y todos los hombres y mujeres del mundo, sea cual fuere su raza o condición. “Después vi una multitud enorme, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, sentado en el trono, y del Cordero” (Ap 7, 9-10).

Le conozcan o no, todos sus criaturas somos hijos suyos. En todas, el Padre-Madre ha derramado en nuestros corazones el Espíritu de Jesús resucitado (Rm 5, 5) y, en todas y todos, nos invita a amar con su mismo Amor. El Concilio Vaticano II afirmó que todas y todos hombres y mujeres, incluso los más alejados de la experiencia y la creencia religiosa, se asocian al misterio de Cristo, pasan con él de la muerte a la vida: “Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS, 22). Ahora, con el Espíritu del Resucitado en nosotros, nos preguntamos:


¿Cómo es el Dios de la periferia encarnado en Jesús?

“Solo logra hallar a Dios en todas las cosas, experimentar la transparencia divina de las cosas, quien encuentra a Dios allí donde Él ha bajado a lo más espeso, lo más cerrado a lo divino, lo más tenebroso e inaccesible de este mundo: la cruz de Cristo. Solo así se vuelve limpio el ojo del pecador, se le hace posible la actitud de indiferencia y puede hallar a Dios, que le sale al encuentro en la cruz, y no solo donde él quiere tenerlo” (4).

Por eso, le encuentran fácilmente los pobres de corazón, los hambrientos, los que sufren, los misericordiosos, los identificados con él en su vida y en su muerte. Entre los muchos rasgos de Dios que Jesús nos ha mostrado selecciono los siguientes:

Dios compasivo: “Vulnerable al dolor del otro. Splagchnizomai: el término significa abrazar visceralmente, con las propias entrañas, los sentimientos o la situación del diferente. Jesús es vulnerable al dolor del otro: leproso (Mc 1, 41), enfermos (Mt 14, 14) hambrientos (Mc 6, 34). La muchedumbre fatigada y abatida (Mt 9, 36). La viuda de Naín, que llora la muerte de su único hijo (Lc 7, 13)” (5).

Jesús hace suyo el dolor de los otros, nos invita a colaborar -“dadles vosotros de comer” (Lc 9, 13)- y a cambiar las estructuras que generan pobreza, marginación, como él mismo lo intentó, destruyendo los centros de poder, en su época el Templo de Jerusalén (Jn 2, 13-23).

Dios Padre-Madre sale a nuestro encuentro con los brazos abiertos como lo describe Jesús en la parábola del hijo pródigo. El Padre otea en el horizonte, espera con los brazos abiertos la vuelta del que libremente ha querido alejarse de Él. ¡Cuánto amor! en el Padre-Madre, ¡cuánto respeto de nuestra libertad! Ante la vuelta del hijo, sin detenerse en la confesión del pecador, organiza la fiesta porque “este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado”… Cuánta alegría la del Padre y cuánto respeto, siempre esperando con los brazos abiertos, entonces y ahora (Lc 15, 11-32). Así veía Jesús a cada uno, así nos ve hoy, así nos invita a mirar a cada uno de los que encontramos en el camino y a orar en el Padre Nuestro con todos los que gritan y buscan amor, sean creyentes o no, discípulos suyos o no. Experiencia que Jesús vive al comer con los recaudadores y pecadores.

Dios amor hasta el extremo. Nos ama sin esperar respuesta, respeta en todo nuestra libertad, lo que no le impide amar hasta el extremo, hasta más allá del don que es el perdón; ama respetando siempre la libertad de quien quiere acoger o rechazar su amor, como en el caso de Judas (Jn 13, 21-30). Impresiona ver en el relato la delicadeza de Jesús para salvar a su discípulo: le ofrece el primer bocado y, precisamente cuando lo toma, lo que hasta entonces había sido tentación se afirma como opción. “Detrás del bocado, entró en él Satanás” (Jn, 13, 27).

Cuando sale, es noche oscura, pero, en la negrura de la traición, Jesús exclama: “Ahora ha sido glorificado el Hijo” (Jn 13, 31-38). Ahora, en el amor supremo, en el amor sin respuesta, en el amor que da la vida para que otros la tengan, ha sido glorificado el Padre, se ha manifestado su inmenso amor.

Dios identificado con los que sufren. En la muerte del Hijo, Dios y los pobres, las víctimas inocentes causadas por la injusticia humana, son la misma cosa. Oí decir esta frase a Jon Sobrino aludiendo a la experiencia del obispo Óscar Romero. “En la cruz, Jesús desciende a lo más bajo de nuestra agonía, como un Dios que paulatinamente se debilita y se hace vulnerable por amor a los hombres. En la cruz de Jesús, Dios acepta ser ignorado, rechazado, negado y blasfemado. Según Bonhoeffer, Dios clavado en la cruz permite que le echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo y, precisamente, solo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8,17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos. Solo el Dios sufriente puede ayudarnos” (6).

Los resucita, ¿verdad o ficción? Los testimonios de la gente nos dicen que esto es verdad. Que Dios está con nosotros en la muerte, ofreciéndonos la vida. Hace años, en 1997, salí a Ruanda movida por el deseo de encontrarme con el Dios de la periferia crucificado en las víctimas del genocidio y de las consiguientes represalias. Y en mis trece años en África, entre Ruanda y Camerún, me ha salido al encuentro el Resucitado, encarnado en la solidaridad, la acogida y el deseo de vivir de los africanos, a costa incluso de arriesgar la vida en el paso de las fronteras y en la denuncia de las injusticias que con ellos cometemos en el Norte.

Dios está con los crucificados, dándoles vida. Cuesta creerlo, lo vemos en el relato de Emaús (Lc 24, 13-35). Los discípulos, frustrados ante la muerte de Jesús, huyen de la comunidad, salen de Jerusalén y, en la periferia, se les acerca el peregrino como compañero de camino; al final, le reconocen al partir el pan. Allá donde hay vida partida y repartida por amor, como la de Jesús, allí está Dios, el Dios de la Vida que resucitó a Jesús dando vida a todo y a todos.


Notas:

1. Karl Rahner, María, madre del Señor, Herder, Barcelona, 2012, pp. 26-28.
2. José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica, PPC, Madrid, 2013, pp. 95-97.
3. Karl Rahner, Meditaciones sobre los Ejercicios, Herder, Barcelona, 1971, pp. 212-217.
4. Ibd., p. 260.
5. F. J. Vitoria Cormenzana, Una teología arrodillada e indignada, Sal Terrae, Santander, 2013, p. 90.
6. Ibd., p. 133.


Fuente:

Extracto de pliego “El Dios de la periferia” de Teresa Ruiz Ceberio, religiosa de las Hermanas Auxiliadoras y Licenciada en Teología Pastoral.

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