Evangelio secuestrado

Evangelio secuestrado

8.00 p m| 17 jun 14 (MIRADA GLOBAL/BV).- “El Evangelio ha sido secuestrado, silenciado y maniatado”, es la reflexión del teólogo Nathan Stone. Luego explica, “lo hicieron esclavo de una metafísica exótica para sustentar la estructura protocolar. Así, la Buena Noticia no puede dar fruto de fraternidad, ni de justicia, ni de paz”. Le queda claro que muchos en la Iglesia adoptaron una perspectiva equivocada de cómo llegar a los fieles: a través del temor al infierno y la obsesión por el cielo. Su lectura es distinta: el camino del Evangelio es el trazado por el llamado de Cristo a un compromiso con el amor compasivo.

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El católico de hoy está obsesionado con el cielo. El fundamento de su religión está por ahí, en el nebuloso e incorpóreo más allá. Su centro espiritual fugó a otro mundo, a un lugar etéreo, misterioso e inefable que espera conocer después de muerto. Su fe es un cuento infantil descarnado, y poco tiene que ver con su manera de vivir y obrar en el mundo real. No es por criticar la devoción de la abuelita, pero esa religión ignora tres importantes pilares del cristianismo auténtico: la encarnación, la presencia real y la doctrina social.

¿Por qué los pobres no tienen adónde volver la vista? La vuelven hacia los cielos con la esperanza infinita de encontrar lo que su hermano en este mundo le quita. Así lo denunció la trovadora, más fiel en su denuncia a la tradición católica que los mismos beatos que acusó. El Evangelio es buena noticia, aquí y ahora. Cristo se hizo hombre realmente para salvar la humanidad de sus tristezas y angustias. Está presente y disponible para su pueblo en el pan y el vino. Su presencia vincula para siempre al cielo con la tierra, y a Dios con la humanidad.

Sin la encarnación, no hay evangelio. Sin la presencia real, el Reino se posterga indefinidamente. Sin la buena noticia, sin el amor incondicional del Padre infinitamente bondadoso que salva a su pueblo porque esa es su santa voluntad, nos quedamos con un cielo imaginario y el protocolo institucional, para condicionar el ingreso.

En el fondo, la pieza esencial en esa religión no es el cielo. Es el infierno. Su dios es el monstruo iracundo que sólo existe para arrojar a la humanidad al fuego eterno. El pueblo espera aplacar su ira acertando la fórmula ritual exacta, observando el protocolo rigurosamente.

La crítica de la filosofía secular es que la religión es alienante. Si se trata de esa religión, tiene toda razón. La fe que gira en torno al infierno y el protocolo induce a las personas a ignorar su propio entorno, su propia realidad, su propio hermano que sufre aquí en la tierra, y pasar sus días suplicando misericordia en la hora de su muerte. Es una religión egoísta. No se pide por los presos, por los hambrientos, por los refugiados, por los desplazados, por los cesantes… sino sólo por sí mismo. A lo más, se encomienda a algún familiar fallecido, para sacarlo del purgatorio.

En esa religión, la comunidad se entiende como sindicato. Existe para procurar y repartir los beneficios conquistados, pero solamente entre los socios. Los demás, que se jodan.

El pueblo asiste a misa no para convertirse, sino para convertir a Dios. Si Dios es cruel, frío y exigente; entonces, el objetivo del culto es ablandar su dureza, para que trate con piedad excepcional a los pocos que observan el rito y el reglamento con rigor.

Jesús nunca habló de esa religión. Es un invento. De hecho, el Evangelio critica ese tipo de devoción; ay, de vosotros, fariseos. La prioridad, para Jesús, es la pronta llegada del Reino de Dios a esta tierra. El Maestro proclama un mundo nuevo donde el hambriento tiene para comer, donde el enfermo es tratado con dignidad, donde el encarcelado encuentra compasión y el humillado, un lugar en la mesa. La fe auténticamente cristiana no es una prueba teórica para seleccionar a los invitados al banquete celestial. Se trata de un proyecto real, aquí y ahora.

El Evangelio ha sido secuestrado, silenciado y maniatado. Lo hicieron esclavo de una metafísica exótica para sustentar la estructura protocolar. Así, la Buena Noticia no puede dar fruto de fraternidad, ni de justicia, ni de paz. Muchos presbíteros rehúsan corregir el error. Creen que el temor al infierno es la mejor propaganda para Jesús. Su teoría es que, si dicen que Cristo llama a un compromiso serio con el amor compasivo en el mundo real, la Iglesia va a perder adeptos. La historia demuestra lo contrario. Esa fe errada constituye un peligro mucho mayor para la integridad de la Iglesia. Además, es mentira.

El detonante de la Reforma Protestante en 1517 fue precisamente eso. La misa se entendía como un rito expiatorio para sacar a las almas privilegiadas del purgatorio. Se suponía que la misericordia divina no era eterna, sino limitada y entregada solamente a quienes tenían recursos para encomendar misas. Era una religión para ricos. El muerto pobre podía quedar eternamente en santa lista de espera. O irse al infierno. Olvídate de la compasión; esto es un negocio, señores.

En el tiempo de Lutero, el perdón universal y gratuito de los pecados se entendía como clemencia incompleta, con condena obligatoria en el purgatorio, de la cual las almas podrían quedar liberadas solamente por medio de las indulgencias. Que se vendían. Era como un gran bingo parroquial. Era rentable, en su momento, para los secuestradores. Lutero lo consideró una estafa, un engaño perverso al pueblo inocente. Y tenía razón.

Después que Lutero se fue con los suyos, la Iglesia llamó al Concilio de Trento para corregir sus teorías absurdas y sus prácticas erradas. Trento permite rezar por la indulgencia, porque nuestro Dios es indulgente. La gracia no es un negocio. Trento permite encomendar a los difuntos, pero el Reino de Dios no es un culto a la muerte. El pueblo se salva porque Dios es bueno.

Muchos católicos hoy en día profesan los errores que el Concilio de Trento intentó corregir. Hombres de Galilea, ¿qué hacen mirando al cielo? Cristo sube a las alturas, y el pueblo cuenta con un poderoso intercesor a la derecha del Padre. Así, fuimos enviados a todo el mundo, para proclamar la buena noticia a toda la creación. El cielo llegará en su momento, Dios mediante, pero el Reino es tarea actual y urgente.

Fuente:

Mirada Global

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