(Crisis o) Una nueva era para la fe (I)

Crisis cultura fe

6.00 p m| 20 jun 13 (VIDA NUEVA/BV).- La crisis de fe es cultural, provocada por el entorno en el que el ser humano se encuentra. No es tanto una actitud determinada contra ella, sino una atmósfera que ha terminado siendo una mentalidad. Esto hace que no pueda ser analizada en una dimensión exclusiva o unidireccional, y ni mucho menos puede ser achacada a la vida y pastoral de la Iglesia nacida del Concilio.

Aún con la posibilidad de analizar esta coyuntura o sus antecedentes lo más relevante sería descifrar si vivir en la fe será una posibilidad para el hombre en el futuro, cuando parece encaminado a satisfacer sus deseos por vías más mundanas y secularizadas. Buena Voz presenta en dos partes este especial preparado por la Revista Vida Nueva.

La crisis es un momento culminante y decisivo. Una situación hace crisis cuando de alguna forma nos encontramos en un cruce de caminos donde tenemos que decidirnos en una dirección o en otra. Hoy todo está en crisis, en el sentido en que nos encontramos en el final de un mundo, de una época, y en el comienzo de otra. Sin tener la seguridad de cómo será todo en el futuro, podemos tener la certeza de que no será como antes y en ese sentido, podemos decir que, antes que una crisis de fe, económica, social o de cualquier otro tipo, la crisis es cultural, es decir, del humus en el que el ser humano se encuentra.

En el caso específico de la llamada “crisis de fe”, no es una denominación novedosa, es más, puede servir para contextualizar el presente, recordar dos análisis sobre la situación de la fe a finales de los años 80 e inicios de los 90:

– Informe sobre la fe de Vittorio Messori en entrevista con el cardenal Joseph Ratzinger, quien tenía muy claro en un primer momento que lo realmente alarmante es la crisis del concepto de Iglesia. Luego con el pasar de los años, fue dando ajustes a su posición y llegó a definirlo como una crisis de Dios, que afectaba no solo a la reforma de la Iglesia, sino a la verdad misma del cristianismo, a su misma pretensión de verdad en una sociedad post-moderna, post-secularizada y post-cristiana. Siendo Papa llegó a decir: “Estamos ante una profunda crisis de fe, ante una pérdida de sentido religioso, que constituye el mayor desafío para la Iglesia de hoy”.

El teólogo alemán Eugen Biser nos ofreció también a principio de los años 90 su pronóstico de la fe como una orientación para la época postsecularizada. Él indentificó una “herejía emocional”. Para Biser, el problema fundamental de la fe no se refería a una herejía doctrinal ni moral, sino que se trataba de un estado de ánimo generalizado, que ante el final de una época, está marcado por la desazón y la resignación no solo por la crisis dentro de la Iglesia, sino por percibir la insignificancia que tiene ya la fe en la vida cotidiana del hombre concreto. No obstante, el autor no se queda en esta perspectiva pesimista. Su objetivo es superar este ofuscamiento de la vista y herejía emocional, salir de esta situación asumiendo el cambio histórico de la fe concentrada en Jesús de Nazaret, haciéndose así más viva, eficaz y trasparente.


La oportunidad de una fe para hoy

Cuando todavía estábamos celebrando el Concilio Vaticano II, ya Karl Rahner, quizás el gran teólogo católico del siglo XX, se atrevió a preguntarse por la posibilidad de la fe hoy (en 1962). Si durante siglos la fe había sido lo evidente, el presupuesto común desde el que todos, creyentes y no creyentes, vivíamos, este tejido unitario comenzaba ya a resquebrajarse. ¿Sigue siendo la fe la posibilidad más radical y humana para el hombre, precisamente en el momento en el que este parece alcanzar sus deseos por caminos más mundanos y secularizados? Más allá de la respuesta del teólogo alemán, lo que nos interesa es la pregunta misma por la posibilidad de la fe, ya que nos permite descubrir la situación nueva que vivimos.

Estamos ante un auténtico cambio de paradigma, la fe en Dios ha dejado de ser evidente y asumida como un hecho normal y cultural. La fe ha dejado de ser una realidad pacíficamente asumida desde la que nos preguntábamos extrañados por el ateísmo y la indiferencia. Esta situación se ha invertido. Hoy, el fondo común y la mentalidad dominante es la increencia, y lo que se cuestiona precisamente es la fe en Dios. No un contenido determinado, sino su verdad y posibilidad misma para el ser humano.


Teología pastoral posconciliar

El Concilio Vaticano II, así como la pastoral y la teología de la segunda mitad del siglo XX en Europa, ha estado volcado en mostrar de forma real y concreta esta posibilidad de la fe como realización plena del ser humano, y no como un camino alternativo a su humanidad. La fe y la razón, la fe y la ciencia, la fe y el arte, la fe y la vida humana, con las dimensiones esenciales de la libertad y la justicia, no son realidades que crezcan de una forma inversamente proporcional, sino de forma directa.

Sin embargo esta centralidad de la pastoral de la segunda mitad del siglo XX ha traído consecuencias para la vida cristiana. Con esto no se quiere decir, ni mucho menos, que la crisis de fe haya sido causada por el Vaticano II, ni siquiera por su recepción posterior. La crisis ya estaba instalada en Europa, y el Vaticano II quiso ser ya una respuesta a ella. Pero, por este vuelco y atención generalizada en la pastoral y situación espiritual de la Iglesia a los segundos aspectos de los binomios que hemos mencionado antes, se ha ido produciendo lenta e imperceptiblemente una pérdida en la comprensión de la fe en su dimensión espiritual y religiosa más genuina, desplazándose hacia sus implicaciones prácticas, históricas, mundanas. Poco a poco, sin darnos cuenta, hemos perdido de vista su virtus teologal. Podríamos decir que en la pastoral hemos pasado de estar pendientes de la raíz a estarlo de sus frutos.

Esto, aunque no puede ser esgrimido como única causa, de hecho, ha llevado a que la fe, en su dimensión más religiosa y teológica, ha dejado de ser el suelo vital, el fundamento existencial y el horizonte de sentido. Al menos como una fe consciente, razonada, personalizada, asumida y explícita.


La actual crisis de fe

Recordemos que no estamos hablando de un problema de herejías doctrinales, sino de indiferencia existencial en torno a la fe y a su forma explícita de confesión eclesial. Es verdad que, desde el punto de vista del contenido de la fe, asistimos a un momento de ignorancia, confusión y ambigüedad. Pero este es, en realidad, un problema menor.

La crisis es más profunda. En la sociedad actual, tenemos la impresión de que el cristianismo ha dejado de ser el tejido fundamental de la sociedad, la comprensión decisiva del hombre y del mundo. Estamos en un momento nuevo de la historia, en una auténtica encrucijada, donde el cristianismo ha dejado de ser la referencia fundamental para el desarrollo de la vida humana. Hace años ya, denominamos esta situación como de post-cristianismo.

Hemos conocido el desafío de una sociedad pre-cristiana que había que evangelizar, también una sociedad configurada por el propio cristianismo (Iglesia medieval) y por último una Iglesia que se lanzó a evangelizar hasta donde no había llegado antes; pero nuestro presente es un momento nuevo. Pues la cultura y la sociedad, sin ser pre-cristianas, ya no son decisivamente cristianas, sino post-cristianas y, en algunos casos, anti-cristianas.

En ella, algunos quieren desvincularse definitivamente de esta herencia, volviendo a un hedonismo y cinismo radical; otros permanecen en lo cristiano como valor occidental que hay que mantener frente a la agresividad del mundo islámico, lo que nos llevaría a un retorno a lo peor de la época medieval (cristianos culturales); otros siguen siendo tradicionalmente cristianos, pero de hecho viven en medio de la sociedad como si no lo fueran, dejan esta realidad exclusivamente para el ámbito de lo privado y familiar, sin capacidad ni brío para que esta forma de vida impregne de verdad la vida cotidiana en el ámbito donde se juegan las decisiones fundamentales.


Extracto de pliego “Crisis de fe” ofrecido por la Revista Vida Nueva.

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