El gobierno de la Iglesia desde una perspectiva Latinoamericana

Gobierno Iglesia

5.00 p m| 05 mar 13 (BUENA VOZ).- En este post presentamos un texto del fallecido sacerdote belga José Comblin, estudioso de la Iglesia de América Latina. Fue publicado en el 2011 y es una reflexión que propone implementar una reforma a varios procedimientos en el sistema de gobierno de la Iglesia, para que deje de ser un factor que merme su capacidad de adaptarse al mundo actual.

En la Encíclica Ut unum sint, el Papa Juan Pablo II aludió a un problema fundamental mostrando que estaba bien consciente de él. Ya Pablo VI había manifestado que estaba preocupado. Pero nada salió de esas preocupaciones que hoy en día son preocupaciones de la Iglesia entera. El gobierno central de la Iglesia no funciona bien. En lugar de adaptar la Iglesia al mundo actual, paraliza a la Iglesia en su pasado. Muchas cosas debían ser reformadas en la Iglesia para responder a las necesidades de los tiempos. Pero la máquina de gobierno impide todo cambio. El sistema impide el cambio. Nadie tiene poder para tomar decisiones. El Papa no tiene las condiciones para tomar las decisiones necesarias. He aquí algunas expresiones de esta situación del gobierno.


1. La elección del Papa

Primero los electores. El sistema actual fue hecho cuando el Papa tenía pocas intervenciones fuera de la diócesis de Roma y de las diócesis vecinas. Los cardenales eran el clero de Roma y de las ciudades vecinas. Hoy en día, el Papa decide todo lo que acontece en el mundo entero y tiene una gran administración con miles de funcionarios. El Papa debería ser elegido por una representación de todos los continentes. Los cardenales ni siquiera representan a las iglesias de sus países porque fueron escogidos por el propio Papa y no representan ninguna iglesia particular. Si el Papa fuese elegido por una verdadera representación de la Iglesia universal, tendría más fuerza donde apoyarse contra el poder de la Curia. Ahora él depende de la Curia. Elegido por la Iglesia podría invocar el peso de la Iglesia contra el peso de la administración central. Los presidentes de las conferencias episcopales, por ejemplo, tendrían más carácter de representatividad. Además de eso muchos cardenales son funcionarios de la Curia y no representan ninguna Iglesia porque son funcionarios de la administración.

En segundo lugar, el modo de la elección. Hay dos tipos de electores. Están los cardenales de la Curia. Estos se conocen y forman círculos secretos. Esos son los que intrigan para preparar la elección. Forman partidos y trabajan en la sombra para que su partido pueda ganar. Lo que aconteció en las últimas elecciones es edificante. Después, existen los cardenales de fuera. Esos no se conocen. Llegan para el cónclave y no se conocen. No saben cuáles son las intrigas que están haciendo los cardenales de la Curia (¡son sus consejeros! ). En cada país la Conferencia Episcopal exhorta a los católicos para conocer bien a los candidatos y sus programas de tal manera que puedan hacer un voto consciente. Pero los cardenales no tienen condiciones para hacer un voto consciente porque no conocen a los candidatos, ni a sus programas. Después de la elección de Juan Pablo II preguntamos al cardenal Silva de Santiago de Chile por qué había votado por el cardenal polaco. Dijo: “nosotros no lo conocíamos, pero nos dijeron que era un buen candidato y entonces votamos por él”. Si un parroquiano explicase así su voto a su vicario, éste le diría que es un inconsciente. Sabemos quien fue el que dijo que era un buen candidato. Fue el cardenal Koenig, arzobispo de Viena, Austria. Koenig tenía gran fama de hombre de gran proyección intelectual y de gran prestigio internacional. Pero estaba muy ligado al Opus Dei, que había hecho una campaña electoral muy activa. Sabemos que fue él, porque él mismo lo dijo antes de morir, y dijo que estaba muy arrepentido de haber hecho eso. El cardenal Silva no sabía que el cardenal polaco era adversario del Concilio Vaticano II.

Los electores deben tener tiempo para conocerse y saber cuáles son los candidatos presentados por los colegas y cuáles son los programas de los candidatos. Si eso se exige para elecciones comunes, se podría pensar que en la Iglesia esta exigencia de derecho natural vale con más fuerza. En la práctica lo que acontece es que los cardenales hacen un voto de confianza, exactamente lo que se denuncia en todas las elecciones políticas. El votante no sabe lo que quiere su candidato. Felizmente el pueblo católico no sabe cómo se hace esa elección, porque quedaría avergonzado. Comprendo que los obispos guarden silencio sobre eso. Pero esa situación no puede continuar. 


2. La descentralización

Una administración centralizada inevitablemente quiere defender sus poderes y aumentarlos. Lo que busca la administración central es en primer lugar su propio bien, o sea, el aumento de su poder: hacer más leyes, más obligaciones, más formularios, más papeles impresos, más exigencias. En la Iglesia no es diferente. Lo que busca la administración es asegurar más poder. El bien de la Iglesia es un pretexto. Eso es parte de la naturaleza humana, y, si todos los funcionarios de la Curia fuesen santos el problema continuaría. Sería peor porque si fuesen más santos, querrían trabajar aún más, y hacer más imposiciones todavía. El principio de la subsidiariedad vale para todos los seres humanos y cuando un sacerdote o un obispo es ordenado su naturaleza humana no cambia. Se necesita descentralizar: los nombramientos episcopales, el derecho canónico, la liturgia, la formación del clero, la organización de la enseñanza, de las obras de caridad y otras obras. Todo puede ser organizado, por ejemplo, en cada continente o en cada totalidad cultural. En los primeros siglos la Iglesia fue organizada en patriarcados, que eran unidades culturales. La existencia dentro de la ortodoxia católica de Iglesias de diversos ritos orientales muestra que eso puede funcionar muy bien. La centralización actual es el resultado de razones puramente históricas.

El sistema actual todavía es en la Iglesia la continuación del colonialismo. Llegando a Puebla Juan Pablo II condenó las comunidades de base, condenó el movimiento bíblico, condenó la teología latino-americana. Consecuencia: en 30 años solamente en Brasil 30 millones de católicos dejaron la Iglesia católica para adherir a iglesias o movimientos pentecostales o neo-pentecostales, consecuencia de la pastoral impuesta. El Papa escuchó a algunos consejeros que tenían intenciones políticas muy claras. No procuró saber más, recurriendo a instancias más representativas. Pensó que el problema era el comunismo y no era el comunismo y él tenía posibilidad de recibir otras informaciones. Algunos podían darle la información de que América Latina no es Polonia y ni siquiera es Europa. Nosotros estábamos ahí sabiendo lo que iba a acontecer pero nada podíamos hacer. El cardenal don Aloísio Lorscheider sintió inmediatamente todo y procuró concertar, pero no tenía peso suficiente y no era de la confianza del Papa.


3. Un sistema de gobierno
en que una persona sola decide todo sin que haya debate público e instancia deliberativa, se llama dictadura. Un sistema en que las verdaderas motivaciones de las decisiones del gobierno son escondidas, con certeza no responde a las exigencias del derecho natural. Los ciudadanos tienen el derecho de saber cuáles son los fundamentos de las decisiones tomadas. Por ejemplo, cuando Pablo VI condenó el uso de medios anticonceptivos artificiales, no se supo que los cardenales consultados en su mayoría no concordaban, que las comisiones nombradas por el Papa para estudiar el asunto tampoco concordaban. Recuerdo muy bien haber oído los comentarios del cardenal Suenens, que era mi obispo. Muy bien. Una generación después, el Consejo de la Familia envía a los obispos un comunicado en que dice que ya no se debe hacer preguntas a los penitentes sobre su práctica de limitación de nacimientos. Si no se puede hacer preguntas, es porque no se debe considerar como pecado. El propio Alfonso López Trujillo, tuvo que comunicar secretamente esa revocación implícita de la Encíclica Humanae Vitae. Pero ¿por qué no se dijo públicamente? La mayoría de los católicos todavía lo ignora, aunque no acepte la condenación. 

Los católicos no conocen los métodos de la Curia romana. No saben que nunca se publica la revocación de una orden dada anteriormente. Pero se dice que no se deben hacer preguntas a los penitentes. Hasta el papado de Benedicto XIV en el siglo XVIII nunca se había revocado la condenación de los intereses, lo que prohibía que los católicos trabajasen en Bancos. Pero el Papa dijo entonces a los confesores que ya no debían hacer preguntas a los penitentes ¿Por qué no se dijo que ahora la autoridad había cambiado? ¿Por qué las mujeres no pueden saber que la Iglesia ya no condena los medios artificiales de limitación de nacimientos? Muchas todavía creen que la Iglesia las sigue condenando y tratando como pecadoras. Si hubiese instancias de deliberación, podrían ser evitados muchos errores que vienen de la precipitación, creando después la dificultad de reconocer el error.

Si no se hacen estas reformas, ninguna otra reforma pastoral será posible. Todo depende del centro, todo depende del papel del Papa. Paulo VI lo sabía y Juan Pablo II lo sabía también. No es cuestión de santidad. El Papa Pío X fue un santo, pero cometió errores colosales en materia bíblica que explican una buena parte de los problemas actuales de la Iglesia en medio del mundo. El problema es que el Papa es hombre también y tiene los mismos límites de la naturaleza humana. La sabiduría humana aprendió a construir sistemas de gobierno adaptados a la condición humana. Jesús no definió ningún sistema de gobierno. Y no estamos más en los tiempos de Gregorio VII. 

El problema es que todo depende de una sola persona. Las reformas pueden demorar siglos si no aparece un día el Papa que toma la decisión de cambiar el modo de ejercicio del ministerio de Pedro. En principio, tendría que ser un hombre más joven. Se necesita suprimir ese prejuicio que es mejor un hombre ya de edad para que no permanezca al frente tanto tiempo. Pero hay otra manera: el Papa puede aplicarse a si mismo la norma dada a los obispos. Antiguamente los seres humanos vivían pocos años, una media de unos 30 años. Hoy en día la media ya alcanza a 80 años y va a subir más. No es normal que una institución tan compleja tenga que ser dirigida por un hombre de más de 80 años de edad.

Tanta gente en la Iglesia piensa así. Tal vez sean más sabios que yo pensando que de cualquier manera nada va a cambiar y es mejor conformarse, que gastar energía en una causa perdida de antemano. Lo que me consuela es que no estoy solo. Ya hay muchas personas que están escribiendo estas cosas.


Texto de José Comblin.

 

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