Miguel Ángel, en su pintura tridimensional, el triunfo de la espitualidad

10:00 a m| 2 abr 19 (VATN/NG).- Buonarroti, un genio humilde, que encontró fuerza en su arte y que expresó su fuerte pero atormentada fe en él. El artista florentino que realizó obras maestras en escultura (Piedad, Moisés y David), pintura (la Bóveda y el Juicio Final de la Capilla Sixtina) y arquitectura (la cúpula de San Pedro), falleció en Roma cuando tenía 88 años y dedicó los últimos días de su vida y sus últimos pensamientos a la “Piedad Rondanini”, la escultura inacabada que hoy se conserva en el Museo del Castillo Sforzesco de Milán. Guido Cornini, director del departamento de arte de los siglos XV y XVI de los Museos Vaticanos, comenta en una entrevista la lucha “espíritu-materia” expresadas en las figuras de Miguel Ángel.

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El trabajo en “Pietà Rondanini” y la enfermedad

Daniele da Volterra, el alumno que estuvo cerca de él hasta su muerte y que se encargó de cubrir la desnudez de las figuras del Juicio Final con el famoso “fanfarrón” (y por eso apodado el Braghettone), escribe: “Trabajó todo el sábado, antes del domingo de Carnaval, el lunes se enfermó; trabajó de pie, estudiando sobre ese cuerpo de la Piedad”. La fuerte fiebre que le habría llevado a la muerte, en su modesta casa de Macel de Corvi, del vizconde de Fornari, le hizo perder la cabeza, hasta que le pidió a su criado Antonio que ensillara su caballo, el Morello.

Muere el primer viernes de Cuaresma de 1564

Al final aceptó sentarse en un sillón, asistido por Tommaso de’ Cavalier, un joven noble romano, y dos médicos, y pidió que llamaran a su sobrino Leonardo, que vivía en Florencia. Daniele da Volterra, el 14 de febrero, lunes de carnaval, escribió a su sobrino para que corriera a la cabecera de Miguel Ángel, pero comenzó a perder el conocimiento el miércoles de ceniza.

Llevado a su cama, hecha de hierro con sólo un colchón de paja, en momentos de lucidez le pidió a Antonio que le leyera la Pasión de Cristo. Hizo un testamento y murió al atardecer del primer viernes de Cuaresma. Leonardo no llegó hasta el 24 de febrero, cuando el cuerpo de Miguel Ángel descansaba en la Iglesia de los Santos Apóstoles, vestido como si estuviera de viaje, con la palandrana negra que llevaba para montar, el sombrero antiguo y las botas con espuelas.

El cuerpo traído a Florencia y enterrado en Santa Croce

Pero el acto funerario romano no fue el último para el gran artista. Manteniendo a oscuras a las autoridades papales, que antes habían expresado el deseo de enterrar a Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro, su sobrino Leonardo organizó el traslado nocturno del cuerpo a Florencia, donde llegó el 11 de marzo. El 12 tuvo lugar un primer funeral, pero el 14 de julio tuvo lugar uno solemne en la iglesia de San Lorenzo. Los restos mortales de Miguel Ángel fueron enterrados en la Basílica de la Santa Cruz, y en 1570 fueron trasladados a la tumba monumental erigida por Giorgio Vasari, donde aún hoy descansan.

Recordando a Miguel Ángel en la Capilla Sixtina

Para recordar la grandeza de Miguel Ángel, nos encontramos con Guido Cornini, director del departamento de arte de los siglos XV y XVI de los Museos Vaticanos, en la Capilla Sixtina, que él define como “el verdadero santuario de la pintura de Miguel Ángel, al que tuvo la oportunidad de entrar dos veces, la primera a los treinta años, cuando pintó los frescos de la Bóveda, y la segunda a los sesenta, cuando pintó el poderoso fresco del Juicio Final”.

Estas son las otras expresiones del pintor Miguel Ángel que, sin embargo, “se formó principalmente como escultor -recuerda Cornini- sabemos que de niño asistió al jardín de San Marco, casa de los Medici, donde estudió con un alumno del escultor Bertoldo Di Giovanni, y se formó con un gran conocimiento de las piezas escultóricas de la antigüedad clásica, hasta que esculpió la célebre Piedad de San Pedro, en 1498-99, que sigue constituyendo una de las principales referencias de la actividad escultórica del Renacimiento italiano”.

El Juicio: una poderosa orquesta de cuerpos

Miguel Ángel, subraya Cornini, “tenía una estatura casi teológica reconocida por los Papas y sus contemporáneos, y no se limitaba a ser un maestro de arte, de ars mechanica. Con él, el artista entró también en la lista de las profesiones liberales del espíritu y del intelecto”. Parece que, en el caso del Juicio Final, el director de la sección de arte renacentista de los Museos Vaticanos nos dice que Buonarroti “tenía carta blanca de los Papas para pintar una poderosa masa orquestada de cuerpos con una sintaxis completamente nueva y sin precedentes, que trastornaba cualquier precedente iconográfico, para dar vida a un mensaje grandioso, sutilmente reformado: el de la responsabilidad individual ante Dios que es juez”.

Cornini continúa diciendo: “La confusión que encontramos en las figuras de los santos indica también la consternación que aflige a todos, porque sólo Dios tiene, en su omnisciencia, un conocimiento profundo de la vida espiritual de cada uno de nosotros y, por tanto, de nuestra sinceridad, de nuestros arrepentimientos”.

La magia de la tridimensionalidad en la pintura

Miguel Ángel, recuerda Cornini, “se forma en un taller florentino de finales del siglo XV donde se educaba a los artistas para hacer de todo: pintar, esculpir, pero también jugar o construir artefactos efímeros para fiestas. Así que desde el punto de vista técnico Miguel Ángel ya era un homo universalis, derramado sobre todo”. Pero su punto a favor es su habilidad para llevar la escultura a la pintura, como lo hace en la Capilla Sixtina.

“Aunque había aprendido el arte de la pintura de grandes maestros florentinos como Ghirlandaio y Cosimo Rosselli, Miguel Ángel también le pone la tridimensionalidad de la escultura. Así, logra la ficción de un plano para hacernos percibir de alguna manera el voladizo y el retorno de las formas, de una manera que ni Botticelli ni los otros grandes maestros del siglo XV quisieron o pudieron hacer.

Triunfo de la espiritualidad contra la materia

Según Cornini, en conclusión, Miguel Ángel estaba al servicio de una idea espiritual muy poderosa. “Estas grandes figuras de desnudos, profetas y sibilas que se retuercen en el espacio, posando con gran poder, significan probablemente la lucha entre espíritu y materia, y por lo tanto la fisicalidad del cuerpo que se gana gracias a la férrea voluntad y al ejercicio del espíritu. En una especie de lucha inmaterial que cada cuerpo lleva a cabo con el espacio que lo rodea, se afirma el triunfo de la espiritualidad”.

 

El genio del Renacimiento (extracto de publicación en National Geographic)

En 1496 el artista viajó por primera vez a Roma, donde permaneció cinco años. La ciudad papal, en pleno pontificado de Alejandro VI, el fastuoso papa Borgia, se había convertido en un centro de atracción de artistas, que ofrecía generosas perspectivas de mecenazgo y de celebridad. Para acreditar su talento, Miguel Ángel realizó su primera obra maestra, la Piedad del Vaticano. La perfección clásica de las figuras llenó de asombro a sus contemporáneos.

En 1501 el artista retornó a su ciudad natal. Tres años antes Savonarola había sido ejecutado, pero la República que había contribuido a fundar se mantuvo, pese a las maniobras de los Médicis para restaurar su principado. En el momento del retorno de Miguel Ángel una serie de reformas constitucionales consolidaron el nuevo régimen. El artista, pese a los favores que había recibido de los Médicis, se identificó plenamente con el orden republicano y por un momento creyó en un futuro de libertad.

Fue en esta época cuando Buonarroti expresó en sus obras un mayor compromiso político. Así, nada más llegar a Florencia, precedido por la fama adquirida en Roma, recibió el encargo de una escultura que representara a David, el vencedor sobre Goliat. La obra fue concebida como la máxima expresión del ideal republicano que dominaba Florencia en ese momento.

En 1505, Miguel Ángel volvió a Roma. El papa Julio II (1503-1513) le encomendó el ambicioso proyecto de la realización de su sepulcro. Este encargo, que tanto fascinó al artista, se convertiría en su peor tormento a causa de las demoras en su realización. En efecto, por orden de Julio II, Miguel Ángel muy pronto hubo de viajar a Bolonia, donde pasaría dos años. Sus escritos de esta época revelan una gran amargura ante un trabajo que le daba pocas satisfacciones. Hasta 1508 no regresó a Roma, pero tampoco entonces pudo ponerse a trabajar en el mausoleo que tanto le obsesionaba, pues un nuevo y colosal proyecto le fue asignado: la ejecución de los frescos de la capilla Sixtina.

Al servicio de los Papas

Esta monumental obra iba a estar compuesta, en un principio, por una simple representación de los Apóstoles. Sin embargo, parece como si Julio II se hubiera dejado arrastrar por la furia creadora de Miguel Ángel, pues el proyecto cambiaría completamente de modo progresivo. Este fresco prodigioso, admirado a través de los años, hace difícil comprender que su autor se dedicara a la pintura sólo por obligación, como él mismo decía, y que al recibir el encargo respondiese que él era, ante todo, escultor.

Hasta octubre de 1512 Buonarroti estuvo consagrado a la realización de estos frescos, que están compuestos por más de 300 figuras. La apertura al público de la capilla fue un verdadero acontecimiento. De inmediato la fama de su creación se difundió por toda Europa, sobre todo por medio de grabados. Desde entonces quedó establecido y aceptado el primado artístico de Miguel Ángel en su época, por encima incluso de su contemporáneo Rafael.

Julio II no fue sino el primero de una serie de papas que alentaron la carrera de Miguel Ángel durante más de medio siglo. Así, en 1513 subió al trono papal Juan de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico, con quien Miguel Ángel había vivido entre 1489 y 1492. La familia de los Médicis había recuperado el poder en Florencia un año antes, gracias al apoyo de las tropas españolas, y el papa León X quiso conmemorar ese éxito mediante una serie de grandes proyectos arquitectónicos que confió a Miguel Ángel. Desde 1519, éste trabajó en Florencia, en la fachada de la iglesia de San Lorenzo, las tumbas Mediceas y la biblioteca Laurenciana, pertenecientes al complejo de la misma iglesia. De esta forma el Papa lo apartaba de la realización del sepulcro de Julio II, ya que los Médicis estaban enfrentados con la familia Della Rovere.

Pese a su dependencia del patronazgo papal para la realización de sus grandes obras, Miguel Ángel se resistía a abandonar el ideal de libertad de la República. Ello se pondría de manifiesto durante el pontificado de Clemente VII (1523-1534). En 1527, el Saco de Roma, en el que las tropas del emperador Carlos V asaltaron y saquearon brutalmente durante varios días la capital de la Cristiandad, hizo pensar a muchos que la época gloriosa del Renacimiento había llegado a su fin. Miguel Ángel se hallaba entonces en Florencia, donde los enemigos de los Médicis aprovecharon el acontecimiento para expulsarlos del poder y restaurar la República. Pero el régimen de libertad sucumbió definitivamente tres años después, en 1530.

El desencanto de Miguel Ángel ante este hecho quedó plasmado en un nuevo David, el llamado David Apolíneo del Museo Bargello de Florencia, realizado para Baccio Valori, el odiado gobernador principal de la ciudad en nombre de los restaurados Médicis. Nada recuerda en este David al que realizara en 1504: donde antes había fortaleza e ira, ahora vemos melancolía y pesar; el héroe vencedor no celebra su triunfo, a pesar de haber decapitado ya al gigante.

Clemente VII, antes de morir, encargó a Miguel Ángel la representación del Juicio Final para el muro de entrada de la capilla Sixtina. Su sucesor, Pablo III Farnesio (1534- 1549), ratificó el encargo. Se trata de la obra de un hombre sumido en una profunda crisis espiritual, que plasma su propia personalidad en la pintura, así como también la del Papa que la patrocinó.

Admiradores ambos de Dante y de su Divina Comedia, artista y mecenas buscaban representar el terror de los condenados y el destino de los bienaventurados, sobre los que recaía inexorablemente la justicia divina. En cierto modo, tal era la visión del mundo que se impondría en toda la Europa católica con el Concilio de Trento (1545-1564) –inaugurado por el mismo Pablo III– y con el movimiento de la Contrarreforma (leer aquí el texto completo).

 

Fuentes:

Vatican News / National Geographic

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