Francisco en Sarajevo: Martirios que conmueven por el perdón

10.00 p m| 9 jun 15 (VATICAN INSIDER/BV).- De visita en Sarajevo, escenario de un brutal conflicto étnico en los 90, el Papa tuvo un encuentro con el clero. Ahí se produjo el momento más emotivo de su visita, cuando escuchó los testimonios de los que sufrieron sin odiar. Conmovido por sus palabras, el Papa dejó de lado el discurso que había preparado, y se dirigió a ellos de manera espontánea: “Los testimonios hablaban por sí mismos. ¡Y esta es la memoria de vuestro pueblo! Un pueblo que olvida su memoria no tiene futuro. Esta es la memoria de vuestros padres y madres en la fe: aquí sólo han hablado tres personas, pero detrás de ellas hay tantos y tantas que han sufrido las mismas cosas”. Luego agregó: “Perdonar una mala palabra a un amigo no es difícil, pero perdonar al que te tortura, a quien te amenaza con un fusil para matarte, eso es difícil. Y ellos lo han hecho, y predican que se haga”.

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El momento más intenso del viaje-relámpago de once horas a Sarajevo fue cuando el Papa se reunió con los sacerdotes, religiosos y religiosas en la catedral de la capital de Boscnia-Herzegovina, el pasado sábado 6 de junio. Allí, Bergoglio escuchó tres testimonios. El de don Zvonomir Matijevic, el del franciscano fray Jozo Puskaric y el de sor Ljubica Sekerija: un sacerdote, un fraile y una monja. Tres experiencias del sufrimiento que estos consagrados tuvieron que soportar durante la guerra fratricida de los años noventa.

Y los perseguidores tenían, en dos de estas historias, el rostro de los milicianos serbios, es decir de otros cristianos: una advertencia significativa para no caer en las simplificaciones de los que están acostumbrados a interpretar todo, a menudo siguiendo determinados intereses, en la clave del enfrentamiento entre el cristianismo y el islam. En el caso restante, el de sor Ljubica, se trataba de los milicianos musulmanes (aunque la religiosa precisó que se trataba de guerrilleros “importados”, por lo que no eran bosnios).

Los tres testimonios hablaron con la voz entrecortada por la emoción; a veces la lectura se detenía, como cuando fray Jozo, después de haber descrito la vida en el campo de concentración, dijo al Papa: “Confieso ante usted que una vez deseé morir para poner fin a mi agonía. Me amenazaron con despellejarme vivo, con arrancarme las uñas y echar sal en las heridas… Una vez me fue tan difícil resistir que pedí a uno de los guardias que me matara”. Y concluyó diciendo: “Agradezco particularmente al Señor porque no sentí odio por mis carceleros. Yo los perdoné ahí”. O como cuando don Zvonomir contó que había sobrevivido gracias a la ayuda de una mujer musulmana, de nombre Fátima, que le llevaba comida a escondidas. O cuando sor Ljubica contó que uno de sus carceleros, en lugar de pegarle le llevó una pera.

Aquí más información sobre los testimonios: Una monja y un franciscano torturados en la guerra de Bosnia conmueven al Papa (ABC.es)

Justamente como sucedió en Tirana, durante el encuentro con otros sacerdotes y monjas mártires, las palabras de estos testimonios no contenían ni siquiera un gramo de desprecio, de venganza, de odio. Solo amor y perdón. Y la capacidad de descubrir semillas de bien incluso en los perseguidores. O en la mujer musulmana que ayudaba a escondidas a un sacerdote cristiano perseguido por otros cristianos.

Francisco escuchó en silencio, conmovido. Abrazó despacio a los tres consagrados, a los dos sacerdotes les besó las manos, inclinándose. Después decidió entregar el discurso que había preparado al cardenal Vinko Puljic. No leyó ni una sola línea. No porque el contenido tuviera errores, sino porque el Papa se dejó “herir” por la realidad, por la narración viva aderezada con las lágrimas de estos tres testimonios de la fe que sufrieron la persecución.

Se dejó poner en discusión, se dejó “desorientar” por las palabras simples y verdaderas que describían el corazón del martirio de los cristianos que siguen al “primer mártir” Jesús y que recorren su Calvario sin odiar nunca. Francisco consideró simplemente poco adecuadas las palabras que ya había escrito frente a esta comunicación tan auténtica. Y decidió, también de manera simple, reaccionar dejando que fluyera desde el corazón su respuesta.

Habló sobre la necesidad de recordar siempre la fe de los “antepasados”, de los que nos precedieron, de los que sufrieron. Para relativizar (y he aquí el saludable relativismo cristiano) muchos problemas, muchos pequeñas y grandes disgustos, muchas reivindicaciones de bodega, muchas cuestiones autoreferenciales que se viven en el cuerpo eclesial. Frente al sufrimiento y a la fe simple, testimoniada verdaderamente, la mayor parte de los afanes cotidianos de la Iglesia se demuestran ridículos, es más “mundanos”, como dijo Francisco.

El Papa añadió: “Quisiera decirles que esta es una historia de crueldad, que hoy en esta guerra mundial vemos muchas, muchas crueldades. Hagan siempre lo contrario de la crueldad. Tengan actitudes de ternura, de fraternidad, de perdón, y lleven la cruz de Jesucristo. La Iglesia, la Santa Madre Iglesia los quiere así: pequeños mártires frente a estos mártires, pequeños testimonios de la cruz de Jesús”. Es una indicación a no responder con venganzas, a no enseñar los dientes, sino a seguir al “primer mártir”. Es la invitación a no instrumentalizar nunca la persecución de los cristianos con fines ideológicos, a no caer el “persecucionismo”, a empaparse en los sentimientos mismos de Cristo.

Pero la decisión del Papa de dejarse “herir” y poner en discusión por la realidad también contiene una indicación que va más allá del ejemplo específico de los perseguidos. Una indicación para todos, que podrían hacer propia, por ejemplo, esos obispos y esos sacerdotes que en lugar de dejarse “herir” y poner en discusión por el testimonio del Papa y por su manera de estar cerca de las personas, se preocupan de insistir en sus preocupaciones sobre la gente que no los sigue, o tratan de hacer que quepan todas las cosas en sus preconcepciones, llevando cualquier cosa, cualquier provocación, cualquier realidad desorientadora, hacia los propios esquemas preconfeccionados. Para que todo siga como antes. Tal vez esperando que la “anomalía” que represente una palabra o un ejemplo del Papa, como cualquier otra de las provocaciones que llegan de la realidad, pase sin dejar huella. Fluya sin dejar una señal. Y estos esperan que todo pueda ser como siempre, dentro de las pequeñas certezas adquiridas, detás de la corteza tranquilizadora de las frases hechas sobre la pastoral, sobre la evangelización, sobre los valores, sobre el mundo…

Olvidando que también Jesús se dejaba conmover hasta las entrañas, se dejaba herir por la realidad, y se dejaba arrancar milagros. Supo decir “Mujer, no llores”, supo abrazar, perdonar, irradiar misericordia. Lloró. Porque era un Dios con corazón de carne, que no respondía fríamente a los dramas humanos, ni con listas de las doctrinas de los doctores de la ley, con la repetitividad de las fórmulas o con la álgida geometría de los esquemas pastorales que todavía en nuestros días, en la Iglesia, crean demasiada autoocupación y no dejan que el Verbo se haga carne, sino solo papel.


Estas fueron las palabras del Papa:

“Los testimonios hablaban por sí mismos. ¡Y esta es la memoria de vuestro pueblo! Un pueblo que olvida su memoria no tiene futuro. Esta es la memoria de vuestros padres y madres en la fe: aquí sólo han hablado tres personas, pero detrás de ellas hay tantos y tantas que han sufrido las mismas cosas. Queridas hermanas, queridos hermanos, no tenéis ningún derecho a olvidar vuestra historia. No para vengaros, sino para hacer la paz. No para mirar estos testimonios como una cosa extraña, sino para amar como ellos han amado. En vuestra sangre, en vuestra vocación, está la vocación, está la sangre de estos tres mártires. Y está la sangre y está la vocación de tantas religiosas, tantos sacerdotes, tantos seminaristas.

Retomar la memoria para hacer la paz. Algunas palabras se me han quedado grabadas en el corazón. Una, repetida: “perdón”. Un hombre, una mujer que se consagra al servicio del Señor y no sabe perdonar, no sirve. Perdonar a un amigo que te ha dicho una mala palabra… no es tan difícil. Pero perdonar al que te golpea, a quien te tortura, a quien te pisotea, a quien te amenaza con un fusil para matarte, eso es difícil. Y ellos lo han hecho, y predican que se haga.

Dichosos vosotros que tenéis tan cerca estos testimonios: por favor, no los olvidéis. Que vuestra vida crezca con este recuerdo. Y, por último, quisiera deciros que ésta ha sido una historia de crueldad. También hoy, en esta guerra mundial vemos tantas, tantas, tantas crueldades. Haced siempre lo contrario de la crueldad: tened actitudes de ternura, de fraternidad, de perdón. Y llevad la Cruz de Jesucristo. La Iglesia, la santa Madre Iglesia, os quiere así: pequeños, pequeños mártires, delante de estos pequeños mártires, pequeños testigos de la Cruz de Jesús”.


Este es, en cambio, el discurso que el Papa Francisco había preparado:

“He venido a vuestra tierra como peregrino de paz y de diálogo, para confirmar y animar a los hermanos en la fe, y en particular a vosotros, llamados a trabajar ‘a tiempo completo’ en la viña del Señor. Él nos dice: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’. Esta es la certeza que infunde consuelo y esperanza, especialmente en los momentos difíciles para el ministerio Pienso en los sufrimientos y en las pruebas pasadas y presentes de vuestras comunidades cristianas. Incluso viviendo en esas situaciones, vosotros no os habéis rendido, habéis resistido, esforzándoos por afrontar las dificultades personales, sociales y pastorales con incansable espíritu de servicio. El Señor os lo recompense.

Imagino que la situación numéricamente minoritaria de la Iglesia Católica en vuestra tierra, así como los fracasos del ministerio, en ocasiones os hacen sentir como los discípulos de Jesús cuando, habiendo bregado toda la noche, no habían pescado nada. Pero es precisamente en estos momentos, si nos fiamos del Señor, cuando experimentamos el poder de su Palabra, la fuerza de su Espíritu, que renueva en nosotros la confianza y la esperanza. La fecundidad de nuestro servicio depende sobre todo de la fe; la fe en el amor de Cristo, del cual nada podrá separarnos, como afirma el apóstol Pablo, que de pruebas entendía. Y también la fraternidad nos sostiene y nos anima; la fraternidad entre sacerdotes, entre religiosos, entre laicos consagrados, entre seminaristas; la fraternidad entre todos nosotros, a quienes el Señor ha llamado a dejarlo todo para seguirlo, nos da alegría y consuelo, y hace más eficaz nuestro trabajo. Nosotros somos testimonio de fraternidad.

Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño. Esta exhortación de san Pablo –narrada en los Hechos de los Apóstoles– nos recuerda que, si queremos ayudar los demás a ser santos, debemos cuidar de nosotros mismos, es decir, de nuestra santificación. Y, de la misma manera, la dedicación al pueblo fiel de Dios, la inmersión en su vida y sobre todo la cercanía a los pobres y a los pequeños nos hace crecer en la configuración con Cristo. El cuidado del propio camino personal y la caridad pastoral hacía los demás van siempre juntas y se enriquecen mutuamente. No van nunca por separado.

¿Qué significa para un sacerdote y para una persona consagrada, hoy, aquí en Bosnia y Herzegovina, servir al rebaño de Dios? Pienso que significa realizar la pastoral de la esperanza, cuidando las ovejas que están en el redil, pero también yendo, saliendo en la búsqueda de cuantos esperan la Buena Noticia y no saben hallar o reencontrar solos el camino que conduce a Jesús. Encontrar a la gente allí donde vive, incluso aquella parte del rebaño que está fuera del redil, lejos, en ocasiones sin conocer aún a Jesucristo. Cuidar la formación de los católicos en la fe y en la vida cristiana. Animar los fieles laicos a ser protagonistas de la misión evangelizadora de la Iglesia. Por tanto, os exhorto a formar comunidades católicas abiertas y ‘en salida’, capaces de acogida y de encuentro, y que den testimonio con valentía del Evangelio.

El sacerdote, el consagrado esta llamado a vivir las inquietudes y las esperanzas de su gente; a actuar en los contextos concretos de su tiempo, con frecuencia caracterizado de tensión, discordia, desconfianza, precariedad y pobreza. Ante las situaciones más dolorosas, pidamos a Dios un corazón que sepa conmoverse, capacidad de empatía; no hay mejor testimonio que estar cerca de las necesidades materiales y espirituales de los demás. Es nuestra tarea como obispos, sacerdotes y religiosos hacer sentir a las personas la cercanía de Dios, su mano que conforta y sana; acercase a las heridas y a las lágrimas de nuestro pueblo; no nos cansemos de abrir el corazón y de tender la mano a cuantos nos piden ayuda y a cuantos, quizás por pudor, no la piden, pero tienen gran necesidad. A este respecto, deseo expresar mi reconocimiento a las religiosas, por todo lo que hacen con generosidad y sobre todo por su presencia fiel y solícita.

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, os animo a proseguir con alegría vuestro servicio pastoral, cuya fecundidad viene de la fe y la gracia, pero también del testimonio de una vida humilde y despegada de los intereses del mundo. No caigáis, por favor, en la tentación de formar una especie de elite cerrada en sí misma. El generoso y transparente testimonio sacerdotal y religioso constituyen un ejemplo y un estímulo para los seminaristas y para cuantos el Señor llama a servirlo. Estando al lado de los jóvenes, invitándolos a compartir experiencias de servicio y de oración, los ayudáis a descubrir el amor de Cristo y a abrirse a la llamada del Señor. Que los fieles laicos puedan ver en vosotros aquel amor fiel y generoso que Cristo ha dejado como testamento a sus discípulos.

Y una palabra en particular para vosotros, queridos seminaristas. Ente los bellos testimonios de consagrados de vuestra tierra, recordamos al siervo de Dios Petar Barbarić. Él une Herzegovina, donde nace, con Bosnia, donde emite su profesión, y une también a todo el clero, tanto diocesano como religioso. Esté joven candidato al sacerdocio, con su vida virtuosa, sea para todos un gran ejemplo.

La Virgen María está siempre con nosotros, como madre presurosa. Ella es la primera discípula del Señor y ejemplo de vida dedicada a Él y a los hermanos. Cuando nos encontramos en una dificultad o ante una situación que nos hace sentir impotentes, nos dirigimos a Ella con confianza de hijos. Y Ella siempre nos dice –como en las bodas de Caná–: ‘Haced lo que Él os diga’. Nos enseña a escuchar a Jesús y a seguir su Palabra, pero con fe. Este es su secreto, que como madre nos quiere transmitir: la fe, aquella fe genuina, de la que basta una migaja para mover montañas.

Con este confiado abandono, podemos servir al Señor con alegría y ser por dondequiera sembradores de esperanza. Os aseguro mi recuerdo en la oración y bendigo de corazón a todos vosotros y a vuestras comunidades. Por favor, no se olviden de rezar por mí”.

https://youtu.be/qdRqtBIgDgE


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Fuentes:

Vatican Insider / Vatican Information Service

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