Antecedentes en Bergoglio a su Evangelii Gaudium

11.00 p m| 20 nov 14 (OSSERVATORE/BV).- En mayo de 2009, los obispos de la Conferencia Episcopal Argentina pidieron al rector de la Pontificia Universidad Católica, Víctor Manuel Fernández, que preparara una reflexión que los motivara a dialogar sobre la “conversión pastoral”, inspirándose en el documento de los Obispos latinoamericanos de Aparecida. Dado que el entonces Cardenal Bergoglio participó activamente de aquel debate, resulta interesante recoger esta reflexión para entender el trasfondo de la propuesta de Evangelii Gaudium.

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Cuando abrí Google en junio de 2009, y escribí “conversión pastoral”, aparecieron 1.570.000 resultados, y en noviembre ya eran 1.780.000. El 29/08/2014 eran 5.650.000 resultados. Esto indica que no se trata de una temática muerta, que ha quedado plasmada en algún documento pero que despierta escaso interés, sino de algo que inquieta a la Iglesia. En aquel momento solicité a la Conferencia Episcopal que me permitiera realizar en Argentina una amplia consulta, que enriqueció la reflexión.


1. Ante todo conversión

Para hablar de conversión pastoral, lo primero es remarcar que se trata de una auténtica conversión, y que por lo tanto, es un modo de volver a Dios. Aunque parezca obvio, en primer lugar hay que convertirse a Dios, volverse hacia Él:

“…Ustedes se convirtieron a Dios, tras haber abandonado los ídolos, para servir a Dios vivo y verdadero” (1 Tes 1, 9).

“Nosotros les predicamos que abandonen estas cosas vanas y se vuelvan al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra” (Hch 14, 15).

Que esta conversión esté lograda no se puede suponer ni siquiera en los catequistas o en los sacerdotes. Conviene decirlo, porque Dios es el sentido último de nuestras vidas, pero puede no serlo en la práctica. No podemos ignorar que hay evangelizadores -también consagrados- que no están muy convencidos del amor que Dios les tiene, o que escapan de su presencia. Les gustan algunas tareas, y discutir acerca de cuestiones pastorales o teológicas, pero viven todo eso al margen de su relación personal con Dios como sentido último de sus vidas. O han perdido la confianza en un Dios capaz de intervenir en la historia y dejan de acudir a él. O, inmersos acríticamente en el consumo de ofertas de bienestar, en la práctica terminan dispersos, perdiendo el interés por responder mejor al amor de Dios con la propia existencia.

La figura de Jesús les resulta atractiva pero se ha debilitado el sentido trascendente de la propia vida. Por lo tanto, la invitación a volver a Dios nunca es superflua. Aquí podríamos recordar todo lo que desarrolla el Papa Francisco en Evangelii Gaudium acerca de las tentaciones de los agentes pastorales. Resuena así la Palabra de Dios que nos conmueve cada miércoles de cenizas:

“¡Vuelvan a mi de todo corazón!… Desgarren sus corazones y no sus vestiduras. ¡Vuelvan al Señor su Dios!” (Jl 2, 12-13).

Pero desde nuestra autocomprensión cristiana, la conversión a Dios es inseparablemente conversión a Jesucristo, y en el rostro de Jesucristo se nos revela el verdadero Dios: “Nadie llega al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6); “Separados de mí no pueden nada” (Jn 15,5).

Viendo nacer, vivir y morir a Jesucristo podemos reconocer hasta dónde nos ama el Padre, y desde el corazón resucitado de Jesucristo se derrama en nosotros la vida nueva del Espíritu. Esta conversión a Jesucristo es la raíz y la condición de posibilidad de toda otra forma de conversión, porque “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética ó una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 1). Esta conversión es el encuentro personal, lleno de admiración y afecto, que da origen al camino del discipulado misionero.


2. Conversión fraterna y comunitaria

La conversión a Jesucristo es también conversión a su Reino, que es inseparable de su persona: “Busquen ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá solo” (Mt 6, 33). Pero hablar de conversión al Reino nos obliga a desarrollar algunas dimensiones ineludibles de esa conversión que pueden estar poco desarrolladas. La conversión al Reino se despliega en varios aspectos, que pueden tener un mayor o menor desarrollo en nosotros. Explicitar esas dimensiones permite percibir toda la riqueza de sentido que tiene la conversión y nos lleva a reconocer en qué dimensión del Evangelio todavía nos falta convertirnos.

Ante todo hay que hablar de la dimensión comunitaria, porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos” ¡Cuántas veces el Papa se refiere al pecado de la “auto referencialidad” y a la “conciencia aislada”. Ahora, ¿por qué puede hablarse aquí de “conversión” y en qué sentido? La conversión a Jesucristo ¿no es siempre al mismo tiempo conversión al hermano?

El problema es que el desarrollo de la dimensión fraterna de la vida cristiana puede estar fuertemente condicionado por una mentalidad muy arraigada, por una educación inadecuada, por costumbres, tradiciones familiares, límites psicológicos, etc. Por eso puede haber una entrega a Dios que sea sincera y que sin embargo sea poco comunitaria. Aunque ello contradice directa, objetiva y gravemente al Evangelio, puede ser subjetivamente no imputable.

Pero cuando la persona condicionada toma conciencia de sus límites y se deja transformar en un camino de liberación, entonces se produce una segunda conversión que podría llamarse “conversión fraterna”. Se trata en realidad de un “crecimiento extensivo” de la vida de la gracia cuando, al superarse algún condicionamiento del sujeto, esa vida de Dios que ya está en el corazón de la persona puede explayarse y manifestarse en una dimensión de la existencia donde antes no podía brillar. La conversión fraterna sería entonces esta liberación de los condicionamientos del sujeto que permiten que la vida de la gracia desarrolle su potencial de fraternidad y comunión de un modo luminoso y significativo. Eso da gloria a Dios.

Esto supone siempre un compromiso por el bien común social. Porque “el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras” (NMI 50). Aparecida ha recordado que “el rico magisterio social de la Iglesia nos indica que no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral” (DA 359).

También en este orden podemos encontrar condicionamientos, que estamos llamados a sanar para que la vida de la gracia pueda explayar y desarrollar todo su dinamismo liberador. Por eso puede hablarse también de una “conversión social”. Es el caso de Teresa de Calcuta, por ejemplo. Durante la primera parte de su vida no se puede afirmar que su entrega creyente no haya sido sincera, que no haya estado convertida a Jesucristo. Pero sólo a partir de un determinado momento adquirió una conciencia intensa y clara de las exigencias sociales del Evangelio, se liberó de los límites que contenían su fuerza misericordiosa, y se produjo su “conversión social”.

Hace tiempo ya que la Iglesia no separa esta conversión social de la llamada “conversión espiritual” sino que la muestra como una consecuencia necesaria. Así lo confirma el siguiente texto: “La Iglesia, guiada por el evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas. La conversión espiritual, la necesidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos”. Pero veamos el texto más importante sobre este tema. Es un párrafo de Juan Pablo II que nos hace tomar conciencia de que la conversión se debe encarnar en la realidad social donde uno vive. Dice que convertirse al Evangelio “significa revisar todos los ambientes y dimensiones de la vida, especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común” (EA 27).

Lo que caracteriza a esta conversión “social” y la distingue de una más genérica conversión “fraterna” es el empeño comunitario para reformar las situaciones sociales injustas. La respuesta ante las estructuras injustas que nos superan no es sólo el intento aislado de cada uno por ser fiel, generoso, justo. La acción de la gracia, si no es resistida, tiende a desarrollar actitudes comunitarias que contagien y provoquen una novedad social, que inclinan hacia un tipo de conversión que debilita las estructuras de pecado social presentes en un lugar.

Recordemos lo que enseñaba Juan Pablo II: “Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y de consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana” (CA 41c). Como contrapartida, así como hay un bien común, también hay una gracia dada y difundida comunitariamente, que se expresa en ese mundo de relaciones e influencias mutuas. La vida en gracia tiene ese dinamismo expansivo que la orienta a desarrollar una red, una estructura de bien que procura contrarrestar el poder de las estructuras sociales de pecado.

De ese modo, por ejemplo, lo que el Espíritu suscitó a través de Martin Luther King, pudo producir un cambio decisivo en la sociedad porque hubo una fuerza comunitaria disponible dispuesta a secundar ese influjo del Espíritu. No bastaba allí la buena voluntad de algunos individuos aislados, sino construyendo una trama social que cooperaba con la iniciativa de la gracia. Cuando alguien responde al impulso del Espíritu y decide integrarse, con todas sus capacidades, en una trama comunitaria de liberación social, puede hablarse de una “conversión social”.

El Catecismo indica que es la misma conversión del corazón la que “impone la obligación” de modificar esas estructuras (CCE 1888). Propuestas místicas sin un fuerte compromiso social-misionero, o discursos y praxis sociales sin mística son también “estructuras caducas”. No producen impactos significativos simplemente porque no son fieles al Evangelio ni responden a lo que hoy el pueblo está pidiendo. De hecho, la historia demuestra que las propuestas dialécticas sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración.

Es verdad que hoy hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Pero ese sentido evangélico no es sólo la oración o el encuentro privado con Dios, sino también, inseparablemente, la vida misma entendida como misión, el valor sagrado del prójimo, el amor de Cristo a los pobres, la opción radical por el Reino, un modo diferente de vivir la entrega. Eso debe alimentarse en un espacio interior de oración, pero al mismo tiempo hay que intentar vivirlo en la práctica, en la actividad. De otro modo, las tareas fácilmente se vacían y el fervor se debilita.


3. Conversión pastoral y misionera

Vamos ahora a la dimensión “pastoral” de la conversión. El Cardenal Martini, en un libro de meditaciones para sacerdotes, habló de distintas conversiones (religiosa, moral, intelectual y mística), pero me llamó la atención que la conversión pastoral o misionera no aparecía en su propuesta. En América Latina, en cambio, se ha vuelto una expresión común, sobre todo después de Aparecida.

Cuando Jesús invita a su seguimiento, en la misma invitación se advierte el sentido ineludiblemente pastoral y misionero de la invitación: “Síganme y yo los haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19). Hoy queda claro que “la misión es inseparable del discipulado, por lo cual no debe entenderse como una etapa posterior a la formación, aunque se la realice de diversas maneras de acuerdo a la propia vocación y al momento de la maduración humana y cristiana en que se encuentre la persona” (DA 278e). Porque “discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla” (DA 146).

Pero cabe recordar que la Iglesia está al servicio del Reino “ante todo mediante el anuncio que llama a la conversión” (RM 20). Por eso conversión al Reino es necesariamente conversión a la misión. Esto podría ser simplemente una afirmación genérica de algo ya suficientemente sabido, que por repetido no conmueve a nadie. Pero en Evangelii Gaudium se expresa como una opción más decidida y contundente por orientar todo a la misión y por subordinar todo a ella. No se trata de la misión en un sentido muy amplio, como mero sinónimo de la evangelización.

Tiene un sentido más preciso y desafiante: se trata de una decidida salida hacia los que están abandonados y alejados, los que no están, los que no forman parte de nuestras comunidades. No es quedarse a esperar que vengan, sino “primerear”, tomar la iniciativa de salir a la búsqueda (EG 24). Si no se entiende eso, Evangelii Gaudium queda vaciada de toda fuerza interpeladora. Las expresiones utilizadas muestran que este cambio exige radicalidad y una firme decisión de parte nuestra: habla de “sentido programático y consecuencias importantes”, nos pide que pongamos “todos los medios necesarios para avanzar” en este camino, dice que no podemos dejar las cosas como están, que ya no sirve la “simple administración”, pide que nos constituyamos en un “estado permanente de misión” (EG 25), nos invita “a ser audaces y creativos” y a “aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos” (EG 33).

¿De qué otra manera lo tiene que pedir? Juan Pablo II afirmó que todas las estructuras deben ser siempre revisadas en su modo de funcionar, aun el ministerio petrino y la colegialidad episcopal, las cuales “necesitan de una continua verificación que asegure su inspiración evangélica” (NMI 44). El Papa Francisco lo ha retomado con fuerza en Evangelii Gaudium. Esto vale para todas las demás estructuras, de la Curia romana, de las diócesis, de las parroquias y movimientos, que no son intocables.

Como el Papa mismo lo explica: “la reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida” (EG 27). Se trata de transformar todo eso, para apartar lo que es caduco, de modo que la Iglesia se vuelva cada vez más cercana y acogedora y pueda ser realmente la luna que refleja al sol, Jesucristo, para alegría de su pueblo. Esa es la conversión pastoral de la Iglesia.

Esta renovación supone una ascesis que nos libere de nuestra instalación cómoda y perezosa en nuestras viejas estructuras, de costumbres, horarios y círculos de amigos, y nos invita a crear nuevas inclinaciones y actitudes. Supone también libertad, ¿para qué?

* para dar lugar a nuevas formas de evangelizar,
* para promover agentes pastorales de estilos insólitos,
* para aceptar carismas molestos que permiten llegar a donde no estamos llegando,
* para alentar las formas populares de evangelización y la pastoral popular,
* para dejar de querer controlar todo lo que hace el Espíritu por todas partes.

Dice Evangelii Gaudium que “la Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas” (EG 22).

La renovación misionera de la Iglesia toca también el contenido. Supone también que concentre mejor su predicación en el anuncio que caracteriza a la misión ad gentes: el “corazón” del Evangelio, que proclama el amor infinito e incondicional de Dios que se entregó hasta el fin en la muerte y la resurrección de Jesucristo por cada uno de nosotros. No olvidemos que Evangelii Gaudium no es un documento sobre la evangelización en general, sino más precisamente sobre el “anuncio” del Evangelio, como indica el subtítulo. Por eso el Papa invita a una reforma en el anuncio mismo. Una Iglesia misionera no se obsesiona por transmitir de golpe un inmenso depósito de doctrina y de disciplina. Se concentra en este anuncio fundamental que provoca un encuentro salvífico con Jesucristo vivo.

Esta vuelta al primer anuncio es lo que se llama “la conversión kerygmática de la Iglesia”, inseparable de toda auténtica conversión misionera. Eso también exige una dura ascesis, porque muchas veces queremos decirlo todo, asegurar inmediatamente la totalidad de la doctrina y de las normas de la Iglesia, impartir una formación exhaustiva y controlarlo todo más que convertir los corazones. De hecho, cuando se pretende decirlo todo y exigirlo todo no se consigue nada, el mensaje del Evangelio pierde contundencia y no se producen efectos significativos de conversión. Aquí no se trata de renunciar a la totalidad de la verdad, sino de dosificarla pedagógicamente en un proceso nunca acabado de formación. Aquí también habrá que aplicar una ley eminentemente pastoral como la “ley de la gradualidad”, y reconocer una “jerarquía de verdades” en la que no se niega ninguna de ellas sino que se las trasmite con criterio misionero.

Pero esto supone un cambio tan grande que puede ser calificado como una verdadera “conversión” misionera, que muchos no parecen querer asumir. Hoy somos poco tolerantes con las miserias de las personas, pero el Papa insiste en que la Iglesia es madre para todos, sin excepción. El mayor riesgo no es la imperfección, sino el peligro de una Iglesia autosuficiente, jueza implacable, casa con las puertas cerradas. En cambio, una Iglesia misionera “no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino” (EG 45).

Esto implica, al mismo tiempo, buscar creativamente las maneras de mostrar que la propuesta del Evangelio es para vivir mejor, no para mutilar a las personas: “La doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia, debe dejar transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna” (DA 361).

Autotrascendencia comunitaria

Pero la clave de esta conversión permanente, en todos sus aspectos, tanto para cada individuo como para la Iglesia toda, es la autotrascendencia. “Salir de sí mismo” es una categoría clave para entender el pensamiento y la propuesta del Papa Francisco, porque, como él mismo dice, el Evangelio “siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí” (EG 21). Es lo contrario de la “autorreferencialidad” que él tanto critica. Se trata de una categoría antropológica, teológica, espiritual y pastoral, que tiene su raíz en la misma Trinidad. Porque las tres Personas están referidas la una a la otra y son una constante relación, pero además han querido entrar en alianza con nosotros.

De esa vida divina se deriva un dinamismo de salida de sí que la gracia imprime en nuestros corazones. Por eso la caridad, que nos hace salir de nosotros mismos hacia los demás, es la más grande de las virtudes. Cuando decimos que la Iglesia es misionera por naturaleza estamos expresando eso mismo: que fue instituida para que salga constantemente de sí misma en el servicio, el diálogo, la entrega, la misión. La metafísica, que busca comprender lo profundo de la realidad, nos enseña que el bien es difusivo de sí, lo bueno tiende siempre a difundirse. Si la realidad creada por Dios funciona así, y si el dinamismo de la gracia es un dinamismo de salida, entonces la única manera de mantenernos vivos y de crecer es salir de nosotros mismos en la misión, y la única manera de que una comunidad se mantenga viva y crezca es que salga de sí misma.

Si una persona comprende esto, entonces deja de vivir a la defensiva, deja de obsesionarse por el bienestar y por sus propios intereses, y descubre que la mejor manera de vivir bien es salir de sí buscando el bien de los demás, comunicando el bien, abriéndose, donándose, acogiendo, entrando en diálogo y comunión. En el fondo, el Papa le está indicando a la Iglesia una estrategia de sobrevivencia y de fidelidad a sí misma. Ser fiel a su propia naturaleza, para la Iglesia, no es primordialmente custodiar un depósito de doctrina, sino salir de sí misma evangelizando, sirviendo, comunicando vida, haciendo presente el amor misericordioso de Dios que nos lanza hacia adelante.

Otra vez nos preguntamos si esto es exclusivamente una cuestión del corazón. Pero si la conversión social lleva a un cambio de estructuras sociales, la conversión pastoral misionera lleva a un cambio de estructuras eclesiales, y exige someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Es una renovación de todas las estructuras y hábitos eclesiales para que sean más misioneros, incluyendo el abandono de las estructuras que no favorezcan decididamente la misión.

Pero ahora quiero destacar que esta conversión supone las anteriores, por lo cual necesariamente asume una conversión comunitaria. En el marco de una conversión estructural, esto se expresa en una estructuración comunitaria de la pastoral diocesana, en una comunión pastoral que encuentra su mejor manifestación en la pastoral orgánica. Pero más concretamente todavía, como estructura de comunión misionera, se expresa en un plan pastoral participativo, elaborado, ejecutado y evaluado con participación de todos (DA 371), y a la vez flexible, adaptable según los constantes desafíos del pueblo de Dios. La conversión “estructural” de cada Diócesis, se plasma particularmente en una estructura: el plan comunitario, orientado a llegar a todos, donde todos se sienten reflejados, convocados e incorporados, y que a su vez es una estructura viva, siempre abierta a las novedades del Espíritu.

No hay que engañarse, ¡estamos en la posmodernidad privatizadora, no en la modernidad con sus certezas y utopías! Por lo tanto, nuestros viejos discursos contra el activismo de los agentes pastorales quedan fuera de lugar. Eran más adecuados treinta años, e incluso diez años atrás. En los últimos años la tendencia a la privatización del estilo de vida se ha ido acentuando en la mayoría de nosotros. No me refiero a los discursos y palabras, que pueden ser muy sociales y ciudadanos, sino a los hábitos, a las opciones concretas, al uso del tiempo, a la forma de vivir. Entonces la formación y el cultivo de la espiritualidad pueden convertirse fácilmente en excusas para demorar compromisos misioneros más radicales.

Espíritu de conversión

Nunca hay que olvidar la constante necesidad de desarrollar y alimentar un determinado “espíritu” sin el cual los cambios estructurales nacen muertos, nacen caducos. Cuando digo “espíritu” no me refiero sólo a un profundo amor a Jesucristo, o a la confianza en el Espíritu Santo, o al fervor evangelizador en general. Ese es ciertamente el primer presupuesto. Pero ahora quiero decir, como explica en Papa en el último capítulo de Evangelii Gaudium, que detrás de cada tarea hay un determinado “espíritu” que moviliza y llena de fervor esa tarea, detrás de cada proyecto pastoral debe haber un espíritu que mueva a aplicarlo, y detrás de cada etapa pastoral nueva o de cada reforma de estructuras se necesita el desarrollo de un determinado espíritu, una “mística” que despierte el atractivo, el gusto, la pasión por lo que se quiere hacer.

Por eso, para producir cambios significativos no hay que demorarse esperando modificaciones en la legislación y la organización, sino ante todo infundir un espíritu que si es realmente intenso y comunitario, por sí mismo irá produciendo estructuras acordes con él. Las estructuras son cauces de vida que suponen comunidades vivas, cargadas de convicciones movilizadoras. Bien dijo Benedicto XVI que “las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas, capaces de motivar a los hombres” (SS 24).

Porque de las estructuras puede decirse lo mismo que de las leyes: que si hace falta crear muchas leyes y estructuras para asegurar que algo sea vivido, eso es muy mala señal y no augura buenos resultados. Cuando hace falta crear demasiadas normas, documentos y estructuras para que algo pueda vivirse, esto es indicio de un mal funcionamiento en la raíz. En ese caso, las supuestas nuevas estructuras no obrarán mágicamente y se sumarán a las incontables exigencias que ya pesan sobre los agentes pastorales.

Por lo dicho, queda claro que la reforma de estructuras debería consistir más bien en una simplificación que nos libere de lastres caducos que obstaculizan un dinamismo misionero y no tanto en una multiplicación de nuevas estructuras. Dice Francisco que “las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima”. De otro modo, “cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (EG 26), como ha sucedido de hecho con algunos movimientos eclesiales. Por eso el Papa, en el último capítulo de Evangelii Gaudium se detiene a desarrollar ese “espíritu” de la conversión misionera proponiendo algunas motivaciones.


4. Diversas consideraciones sobre la conversión “pastoral”

El apelativo “pastoral” lamentablemente ha pasado a ser sinónimo de algo de “poca calidad”, de menor nivel, de poca seriedad y profundidad. Si un comentario bíblico se llama “pastoral” uno no espera encontrar allí una exégesis muy seria o bien fundada. Cuando se dice que alguien va a estudiar teología “pastoral” muchos piensan que no le da la cabeza para estudiar teología dogmática o moral. Esta degradación del lenguaje es realmente lamentable, porque no hay algo más serio, exigente, desafiante, comprometedor que un compromiso pastoral.

Lo “pastoral” exige una formación teológica sólida, una actitud espiritual honda y motivadora, una peculiar aptitud para leer los signos de los tiempos, y una especial habilidad pedagógica y comunicativa, que permitan lograr que el Evangelio se vuelva realmente significativo en una determinada situación histórica cultural y se perciba como una respuesta que movilice un dinamismo comunitario de transformación. Nada más serio y profundo que esto.

Pero ¿qué riqueza de significados tiene aplicar el adjetivo “pastoral” a la conversión? Es una expresión polisémica, que puede ser comprendida de muy diversas maneras. Un autor hace un juego de palabras mostrando que puede ser entendida como conversión “de” la pastoral, “en” la pastoral, “a” la pastoral, “por” la pastoral, “desde” la pastoral, etc. A su vez puede entenderse como conversión de los pastores, en cualquiera de esos diversos sentidos, o de la Iglesia como institución con todas sus estructuras. Pero no es un mero juego de palabras, porque permite explicitar toda la riqueza de la propuesta. Si alguien quiere de verdad convertirse como pastor, debería detenerse a considerar las diversas facetas de la conversión pastoral:

1) Conversión de los pastores orientada a entregarse más para la gloria de Dios. Cuando un pastor reconoce que ha caído, por ejemplo, en una suerte de profesionalismo pastoral y que ha perdido la dimensión trascendente de su entrega, entonces invoca al Espíritu, se vuelve una vez más a Dios y comienza de nuevo a realizar sus tareas apostólicas sinceramente “para la mayor gloria de Dios”. Aquí lo único que hay de “pastoral” es que quien se convierte es un pastor.

2) Conversión de los pastores a Dios motivada por las interpelaciones de su tarea pastoral. Esto se vuelve todavía más específicamente “pastoral” cuando lo que moviliza al pastor a volverse a Dios es la misma actividad apostólica, cuando la fe de la gente lo estimula, cuando el dolor del pueblo lo conmueve y reconoce que sin Dios no puede dar respuestas, cuando en la misma tarea se siente interpelado a ser más “hombre de Dios”. Esto también vale para una laica entregada a un servicio pastoral, quien a partir de la vida de la gente opta por vivir más de Dios, en Dios, para Dios. Aquí entramos en un ámbito más específicamente “pastoral” porque la interpelación y la motivación a la conversión proviene de la actividad pastoral.

3) Conversión de los pastores hacia una entrega mayor al servicio pastoral a partir de las interpelaciones de su tarea. Esto es más pastoral todavía, porque ya no es simplemente una conversión a Dios sino también una conversión a la pastoral. Ocurre cuando el pastor, interpelado por las angustias y necesidades de la gente, orienta más decididamente su corazón a servir generosamente al pueblo. Aun las humillaciones, sean los casos de sacerdotes pedófilos que nos avergüenzan, como diversas situaciones de corrupción que se hacen públicas y nos exponen a una sospecha permanente, pueden provocar sentimientos de inferioridad y un desánimo pusilánime. O, al contrario, pueden despertar una conversión: una opción por entregarse más radicalmente al Pueblo de Dios, seguros de que el mal se vence con más bien. Más que defenderse, se reacciona amando más a la gente y aumentando los gestos de paternidad espiritual y de entrega misionera.

4) Conversión de los pastores que los identifica plenamente con su misión, para que toda su existencia sea más decididamente “pastoral”. La propia persona se identifica profundamente con la propia misión que uno ya no tiene, sino que “es”. Esto es aun más pastoral, porque se trata de una conversión que modifica con una carga pastoral todas las dimensiones de la existencia y no sólo un tiempo dedicado al apostolado. Se trata de una identificación plena entre el ser (la identidad personal) y la misión. Entonces, ni siquiera el descanso se entiende al margen de la misión. El sentido del cuidado de las energías se ordena completamente a la misión y desaparece la actitud autodefensiva que absolutiza los tiempos personales y las necesidades privadas. Es la opción profunda por entenderse a sí mismo como un manantial para los demás que implica siempre una entrega del propio tiempo.

5) Conversión a Jesucristo Pastor, que nos configura con sus actitudes hacia la gente. Es una conversión a Cristo “pastor”. No hay entonces una genialidad personal de alguien que ha descubierto un nuevo y mejor modo de ser pastor. En definitiva consiste en un modo de tratar a los demás con las actitudes y gestos de Jesús buen pastor.

6) Conversión de las tareas del pastor (la “pastoral”) y del modo de realizarlas que se modifican a partir de los reclamos de Dios a través de la realidad que vive el pueblo. Aquí es “la pastoral” lo que se convierte. No se trata sólo de un cambio interior del pastor que modifica sus actitudes y sus gestos, sino de una transformación de las tareas concretas, que se vuelven flexibles y se adaptan según los cambiantes reclamos de la realidad. En este sentido, la conversión pastoral se entiende como una transformación de las tareas que se realizan para que respondan a las necesidades pastorales.

7) Conversión de la pastoral de la Iglesia diocesana y de las parroquias, o de una comunidad. No son sólo los pastores que se vuelven más misioneros, sino las comunidades enteras, con todo su entramado de relaciones y acciones. Se trata de una conversión que, por ser profundamente fiel al Evangelio, es en sí misma comunitaria. Sería la conversión pastoral de todo un Presbiterio, por ejemplo, o mejor todavía, de toda una Diócesis, de todo un Movimiento, de una Parroquia entera, etc. Desde esta concepción es una comunidad la que se vuelve sujeto de la conversión pastoral, que, aunque suponga la conversión personal, no es simplemente la suma de varios individuos convertidos sino que afecta a una realidad que trasciende a los individuos: lo que se convierte es ese entrelazado de relaciones y de acciones que se establece en la comunión misionera.

8) Conversión que reforma las estructuras de la pastoral ordinaria para que sean más misioneras. Está dimensión de la conversión pastoral, se concentra en su aspecto misionero y en la subordinación de todo a la misión, lo cual constantemente exige reformas. Estas reformas van desde los horarios y lugares de celebración de la Eucaristía, hasta la organización de Cáritas, el plan de Catequesis, etc. Cuando a las estructuras se las llama “caducas” se refiere a aquello que no facilita la expansión misionera que hoy necesitamos, lo que desgasta el tiempo y las energías de los agentes pastorales impidiéndoles llegar a todos. Este significado se convierte en una perspectiva trasversal a partir de la cual se puede revisar todo. Todo lo que sea multiplicador está vivo, y lo que ya no lo sea se vuelve caduco.

La conversión pastoral implica todo esto. Por eso, un agente pastoral que quiera realmente convertirse, debería integrar todo esto en una buena revisión de su entrega misionera, y no tener miedo al cambio, porque cuando Dios le está pidiendo más es porque le está ofreciendo más.


Fuente:

L’Osservatore Romano

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