VACUNAS, PODER CONSTITUYENTE Y LIDERES CIUDADANOS

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La semana que termina ha sido nefasta para el Perú. Sucedieron tres hechos aparentemente desconectados que nos demuestran que los peruanos debemos renovar los enfoques para enfrentar nuestros problemas más profundos.

El primero fue el escándalo de las vacunas VIP de Sinopharm que destapó un entramado de privilegiados que se vacunaron silenciosamente mientras médicos y pacientes caían como moscas por la desidia gubernamental en la gestión de las vacunas y el oxígeno salvador. El segundo fue la publicación de una encuesta electoral en la que básicamente los mismos partidos políticos con bancadas en el Congreso continuarían en el período congresal 2021-2026. Y el tercer hecho fue la decisión del TC de exonerar de millonarias obligaciones tributarias a una casi monopólica empresa de telefonía, lo que echa -de nuevo- sombras sobre la integridad de la justicia nacional.

¿Cuál es la línea conectora de esos tres hechos? Un sistema político excluyente y corrupto.

Hoy la política se ha convertido en una actividad de confrontación pura, de negación de los que no piensan como uno, de dividir el mundo entre amigos o enemigos, de hacer política desde una posición ideológica para dominar, ya no convencer a los demás. Para ello se levantan todas las excusas posibles: el neoliberalismo imperialista explotador, el comunismo nacional o internacional, los terroristas internos o externos, la agresión exterior, la amenaza migratoria o racial, la defensa de la nación, del pueblo, etc., etc. Desde todas las esquinas ideológicas el denominador común es: sólo mi líder o mi partido puede enfrentar al enemigo interno o externo que hay que destruir. Y todo aquél que no piense así es parte del enemigo.

Pero resulta que la política actual no se erige solamente sobre la confrontación total entre actores políticos: el Estado se ha convertido en una vía de acumulación de riqueza legal e ilegal de los grupos que pugnan por el poder y de los que los sostienen. Y mientras más tiempo se permanezca en el poder, más tejidos de corrupción crecen y se convierten en la causa oculta para intentar permanecer en el poder a toda costa.

La particularidad de este tema es que las redes de corrupción que se forman desde el Estado no se quedan en las élites políticas: se extienden a las élites económicas, estatales, militares, policiales, judiciales, religiosas, académicas, como un virus malévolo. Lo demuestra el episodio de las Vacunas VIP, donde un sector siempre reputado y respetado como es la élite académica se convierte en el eje de una rueda corrupta que incluye a políticos, empresarios, diplomáticos de carrera, y… hasta al propio Nuncio Apostólico de la Iglesia Católica.

Este mismo caso ha generado una doble sensación en la comunidad: la corrupción parece tan incorporada en nuestro ADN social que parece difícil erradicarla no importa quién esté en el poder. Al mismo tiempo, fue tan inmediata y masiva la reacción de indignación y de rechazo ciudadanos que el gobierno tuvo que publicar inmediatamente los nombres de los vacunados en secreto, lo que revela que nuestra tradicional indiferencia social a las prácticas estatales corruptas parece estar cambiando poco a poco.

El derrumbe del poder feudal en su momento significó la caída de esa teoría que por miles de años les decía a los pueblos que la legitimidad de gobernar de los monarcas provenía de los dioses o del linaje. La nueva idea de poder que emergió con el ascenso de la burguesía era que el poder emana del pueblo, y que el pueblo delega en sus representantes elegidos la función de gobernar.

La idea de que el poder nace del pueblo marcó claramente la distinción entre Poder Constituyente (PC) y poder constituido (pc). El pueblo nunca deja de ser el propietario único del Poder Constituyente aunque delega una parte de ese inmenso poder en gobernantes (poder constituido) a quienes elige periódicamente para que se encarguen de ese “asunto complicado” que es gobernar.

Entonces, lo que hicieron los políticos y teóricos por siglos fue minar el PC, reducirlo a mero atributo suspendido de la ciudadanía. La democracia representativa termino convertida no en un mandato temporal sino en la sustracción de toda voluntad de poder de la población.

¿Cómo salir de esta complicada trampa en que nos han puesto las élites: la de elegir una y otra vez nuevos gobernantes y nuevos partidos, y una y otra vez los elegidos y los viejos y nuevos partidos, continúan como costras corruptas aferradas al poder, sean de izquierda o de derecha? La respuesta es restituir la idea originaria del Poder Constituyente.

Una segunda trampa que nos pone este perverso sistema, que parece reproducirse generación tras generación, es la falsa idea que sólo se puede hacer política desde ese sistema. Hacer política por fuera del mismo es insignificante, inútil, estéril. Tienes que entrar a algún partido para tener influencia y hacer política. Sin embargo, si uno mira el cuerpo social ve expresiones y prácticas de liderazgo por todas partes. Algunas muy creativas e innovadoras. No sólo en la política, también en la economía, lo social y lo cultural.

Lo que hicieron los jóvenes que se levantaron por todas las plazas del país en noviembre de 2020 para enfrentarse -y derrotar- a la trama golpista que puso a Manuel Merino en el poder, demuestra que la política por fuera de las estructuras políticas clásicas sí existe y es potente. Es absolutamente imposible que algunos políticos o partidos tuvieran tal nivel de convocatoria como el relato de un sector político pretende hacernos creer.

Otra de las enormes reacciones ciudadanas se viene dando por el rigor de la pandemia que ha arrojado a miles de familias a la inanición (pues el Estado es incapaz de proporcionar la ayuda alimentaria básica). Ellas se han organizado para reactivar los comedores populares y enfrentar el hambre.

Otra sorprendente -aunque invisible- reacción ciudadana se da en cientos de comunidades andinas organizadas que ante la ausencia estatal en plena pandemia, han asumido actividades de seguridad y salud pública por necesidad y supervivencia.

De las dos ideas expuestas (el poder constituyente como inextinguible propiedad de una ciudadanía activa y la enorme energía política en la sociedad por fuera del corrupto sistema político vigente) se deriva lo siguiente: se necesita cambiar la política desde la sociedad y en la sociedad primero para luego cambiar el escenario mismo de la política.

El Poder Constituyente no es sólo para hacer una nueva Constitución. Es la capacidad permanente de una sociedad (e inherente a ella) de decidir su propio destino en unidad nacional. Este concepto es esencial en períodos críticos como el actual en que la política ha renunciado a la vocación de unir a toda la sociedad sobre objetivos comunes que comprometan a todos los ciudadanos, clases o sectores sociales (o a una gran mayoría) pese a la demanda ciudadana, y también a luchar contra la corrupción gubernamental.

Los ciudadanos, como dueños del Poder Constituyente, deben ejercerlo en la propia sociedad, a partir de expresar sus propios intereses, defenderlos y convertirlos en políticas públicas. Para ello, deben organizarse y tejer redes de influencia que los hagan reconocerse como actores protagonistas de la Política con mayúsculas. Hacer política en la sociedad requiere sentirse actores políticos, partes de una totalidad llamada Nación Peruana y prepararse para un camino largo de renovación de la política. Quien crea que este es un atajo para afanes de cargos, está en el camino equivocado.

Necesitamos que los héroes anónimos que existen en toda la sociedad peruana se autoerijan en nuevos líderes sin necesidad de ingresar a un partido político o a un cargo público. Necesitamos una red activa de ciudadanos por fuera del sistema político actual para formar una nueva cultura política basada en el respeto mutuo de cada opinión política, en el debate democrático, en priorizar aquello que nos une con una visión de desarrollo a largo plazo, y con un rechazo frontal a la corrupción para exigir una conducta de integridad real y efectiva en los políticos, los funcionarios estatales de todo tipo, los jueces, los empresarios y hasta a los sacerdotes.

Debe quedar claro que el que quiera participar en política puede hacerlo, en el momento que quiera. Pero debe entender que sin una sociedad que lo respalde fracasará o se integrará al sistema corrupto. Los que no deseamos hacer política partidaria sino Política para el desarrollo de nuestra sociedad, tengamos claro que una sociedad políticamente consciente, ejerciendo su Poder Constituyente, nos permitirá superar el cepo vicioso de un sistema que por siglos ha logrado permanecer, sobre todo por nuestra permisividad. Es tiempo de abrir nuevos caminos.

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Acerca del autor

Vicente Sánchez Vásquez

Presidente del Instituto de Neurociencias para el Liderazgo. Abogado y Magister en Gerencia Pública.

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