CUANDO TU PROPIO PODER TE DESTRUYE

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Queen Sofia and King Juan Carlos
Various

Érase una vez un rey que nació en el exilio en 1938, regresó a su patria a los 10 años de edad casi como un rehén del Generalísimo Dictador de ese entonces, lo sucedió a su muerte décadas después en 1975, conoció la miel de la popularidad cuando defendió la democracia española (y su reinado) de un golpe de estado en 1981, creyó luego estar más allá del bien y del mal pero excesos de alcoba y sobre todo negocios turbios lo obligaron a abdicar en favor de su hijo el 2014, y ahora, en su ocaso personal, como si la vida no fuera más que un eterno retorno, parte al exilio con 82 años de edad, del que, todo parece indicar, ya no regresará jamás.

Juan Carlos Alfonso Victor María de Borbón y Borbón, el penúltimo Borbón de una Casa reinante en España desde 1700, tuvo que elegir estos últimos días entre la cárcel o el exilio. Comisiones ilegales, imposibles de barrer ahora bajo la alfombra real, escriben la última fase de su legado, luego de 38 años de reinado. El problema es que el exilio trae su propia mina destructora: no se sabe aún si salvarlo de la prisión puede destruir a la propia monarquía en una España que ya sufre el obsesivo independentismo republicano de Cataluña, y en una sociedad española hastiada hasta la coronilla de una polarización política que parece nunca acabar.

Juanito, como se le decía de niño porque su padre se llamaba Juan, nació para ser rey. Desde que era príncipe las estrellas lo iluminaron. En la Semana Santa de 1956, ya con 18 años, jugando con una pistola dispara accidentalmente matando a su hermano menor Alfonso. El hecho lo afectó profundamente pero no lo sacó de la carrera por el trono, pese a que su propio tío Jaime de Borbón solicitara abrir una investigación judicial. En 1958, un tórrido romance con nuestra Miss Universo Gladys Zender en Lima aliviaría algo ese pesar fraternal. En 1969, acepta la designación del dictador Franco como su Sucesor a título de Rey, lo que generó por años una amarga relación con su padre (el verdadero heredero de los derechos dinásticos del abuelo Alfonso XIII), que no acabó ni cuando él renunció a sus derechos de sucesión en 1977 en favor de Juan Carlos.

Ya Rey, su firme posición en contra del golpe de estado de 1981 lo encumbró hasta el cénit de la aceptación popular, legitimidad necesaria para una Corona basada en el respaldo de la sociedad. Hay que decir que fue por mucho tiempo un Rey muy querido por su pueblo, y el veloz desarrollo económico de España lo explica en parte. Pero a fines de 2011 revienta el que se conoce después como el Caso Noos, en el que el Rey evita ser implicado (pese a pruebas evidentes) pero su yerno Iñaki Urdangarin termina acusado y sentenciado. Desde allí sólo han sucedido escándalos uno tras otro. El 2013 sale a luz lo que ya era una larga relación con una amante alemana Corinna Larsen (no fue la única ciertamente) y gastos públicos indebidos, y el 2014 abdica en favor de su hijo Felipe VI.

A Juan Carlos I (quien no tuvo una gran herencia), se le estima una fortuna (y voy a ser en extremo ponderado) mayor de mil quinientos millones de dólares. La revista Forbes lo incluye entre los seis monarcas más ricos del mundo. Actualmente se le investiga por una supuesta coima recibida por la buena pro de un tren bala en Arabia Saudita. Se sospecha también de comisiones por contratos petroleros con este país. La referida amante Corinna Larsen admitió ante una fiscal suiza haber recibido del ex-rey casi 65 millones de euros “por gratitud y amor”. Por cierto, la relación de Juan Carlos con su esposa Sofía ya estaba destruida hace años, así que esto no es más que el clavo final en el ataúd de ese matrimonio. El actual Rey Felipe tuvo que renunciar públicamente a la herencia de su padre en marzo de este año y retirarle la asignación presupuestal como rey emérito.

En el comunicado de su exilio firmado ayer 03 de agosto explica “su meditada decisión de trasladarse fuera de España”, en razón a “la repercusión pública que están generando ciertos acontecimientos pasados de mi vida privada”. En respuesta, el Rey Felipe “desea remarcar la importancia histórica que representa el reinado de su padre como legado y obra política institucional de servicio a España y la democracia; y al mismo tiempo quiere reafirmar los principios y valores sobre los que ésta se asienta, en el marco de nuestra Constitución”. Traducción popular: Juan Carlos I: “Me voy por esas pequeñeces en los medios”, Felipe VI: “Reafirmo que todos los españoles somos iguales ante la ley menos mi viejo”.

¿Haber dejado ir a su padre sin rendir cuentas ante la justicia le pasará la factura al Rey Felipe?¿No hubiera sido mejor para el futuro de la Monarquía Española que Juan Carlos reconociese sus errores, entregue todo su patrimonio al Estado español y sujetarse a la decisión de la justicia en respeto al principio constitucional de que “todos somos iguales ante la ley”?

Sólo el tiempo dirá si Felipe VI tomó la decisión correcta. No faltará quien diga que es preferible llegar a la vejez con un inmenso patrimonio material aunque su patrimonio inmaterial (el prestigio personal) sea cero. Pero de lo que ya no hay dudas es que el Rey Emérito se destruyó a sí mismo, que el gran enemigo del Rey Juan Carlos I fue el hombre llamado Juan Carlos Alfonso Victor María de Borbón y Borbón.

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Acerca del autor

Vicente Sánchez Vásquez

Presidente del Instituto de Neurociencias para el Liderazgo. Abogado y Magister en Gerencia Pública.

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