¿Por qué “Lolo” Fernández, un jugador de Universitario de Deportes de hace más de seis décadas, tiene hasta ahora su imagen en todos los rincones del Perú, incluso en los más recónditos del ande y de la amazonía? ¿Cuál es la explicación de haberse convertido en una figura mítica e icónica más allá de su equipo de toda la vida, hasta alcanzar un pedestal insuperable en la cultura popular peruana como Sarita Colonia o Chacalón? Bueno, no fueron sus palabras, fueron sus acciones y su actitud. En su leyenda se incluye que de joven jugaba sin zapatos (porque su padre se los escondía) y pateaba tan fuerte que rompía las redes de los arcos. Era una suerte de superhéroe en una época que no había televisión, menos internet, apenas radio y eso (no había radio en todos los hogares), sino que todo era transmisión oral, radio “bemba”.

Reconozco que soy “crema” de toda la vida, no porque mi papá lo fuera (él es del Juan Aurich), sino porque desde muy pequeño era un voraz lector, en ese entonces de La Prensa, El Comercio y cualquier otro diario que caía en mis manos, y siempre de la sección deportes leía las noticias de la “U”, y su “garra” me llamaba la atención más que Alianza o el Sport Boys o el Municipal. Ya no ví jugar a “Lolo” pero su presencia era indiscutible. No soy “hincha” activo ahora, ya no voy al estadio porque me llegan los dirigentes ineptos y los jugadores desechables más preocupados en ser divos que en ser profesionales de alta competencia, pero siempre seré “crema” y la distancia temporal hace más grande el simbolismo de “Lolo”.

Y creo que la razón estriba en que él representaba en esa época y en ese espacio público que era el futbol, los valores y el espíritu de los peruanos pujantes y humildes que no tenían presencia alguna en la política o en otros escenarios públicos en ese entonces. ¿Cuáles eran esos valores? Primero, entregar todo en la cancha, hasta el último aliento. En el plano social, eso significaba trabajar duro para alcanzar una meta, incluso con el sacrificio de otros goces de la vida. Segundo, toda esa entrega era en la cancha, pero nada más que en la cancha, terminaba el partido y toda bronca o violencia quedaba atrás, no había que seguirla en las graderías ni en las calles. Tercero, era humilde, de familia pobre, pero era un caballero, un buen camarada, un tipo decente, generoso e íntegro. Como cualquier ser humano, tendría sus defectos y seguro su lado oscuro, pero son sus virtudes las que lo han elevado al santoral de nuestra peruanidad. Y sin necesidad de asesores de marketing o de imagen. A los cien años de tu nacimiento, un día como hoy, te rindo homenaje “Lolo”, gritando a todo pulmón “tengo el orgullo de ser peruano”.

Cañete, 20 de Mayo de 2013.

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