EL POPULISMO Y EL CAVIARISMO EN EL PERÚ
Efraín Gonzales de Olarte
Hay dos fantasmas que recorren la política peruana: el populismo y el “caviarismo”. Son dos conceptos polisémicos, es decir vagos, laxos, son comodines para aplicarse en distintas circunstancias para justificar, inhabilitar, condenar cuando no se tienen argumentos sólidos ya sea conceptuales o ideológicos. Oscurecen los diálogos y generan una total opacidad de los argumentos, lo que es un signo del subdesarrollo político, doctrinario e ideológico que aqueja la política peruana y que no nos permite dialogar sobre temas concretos y necesarios y han convertido la política en un juego de siempre suma negativa, pocos ganan y la mayoría pierde.
Para el historiador francés Pierre Rosavallon el populismo no es una ideología sino un estilo político, una retórica de gobierno, caracterizada por tres rasgos: es anti-élites económicas, mediáticas, intelectuales consideradas corruptas y desconectadas; construye un pueblo de los buenos de los auténticos y es encabezado por un líder salvador, providencial que encarna la voluntad popular, sin intermediarios (partidos, sindicatos, etc.).
El populismo responde a tres déficits democráticos y prospera cuando hay: a. Un déficit de representación de parte de los políticos, el populismo ofrece una representación directa y emocional. b. Déficit de gobernanza, los ciudadanos sienten que las decisiones se toman lejos de ellos, el populismo promete soluciones simples y soberanía absoluta. c. Déficit de integración social debido a la fragmentación y la sensación de abandono, el populismo ofrece un “nosotros” una comunidad unificada.
Es obvio que varios países de América Latina, entre ellos el Perú, tienen estas características y son campo fértil para propuestas populistas. En realidad, el populismo no destruye la democracia desde fuera, es una forma corrupta e hiperbólica de democracia, por eso es tan difícil combatirlo y tan fácil de implementarlo.
La respuesta al populismo obviamente, no es más tecnocracia ni más democracia directa plebiscitaria, es necesario reconstruir los contra-poderes, fortalecer los cuerpos intermedios (sindicatos, partidos, asociaciones) y refundar una democracia de la confianza y la imparcialidad. El problema de fondo es que la democracia liberal prometió libertad e igualdad, pero no supo erigir un lugar para los sentimientos de exclusión, abandono, humillación y desposesión, que alimentan el voto populista.
El famoso crecimiento peruano de la era neoliberal, de después de los años noventa del siglo pasado, no generó suficiente empleo, servicios públicos universales y adecuados, seguridad ciudadana. Generó desigualdades que se convierten en emociones de abandono y exclusión en el momento de votar y las propuestas populistas suenan una salvación.
El “caviarismo” tampoco es una ideología, es un estigma artificial que se aplica a quienes no se tragan los infundios de la extrema derecha y las simplezas de la extrema izquierda. Es un fantasma que se crea para ocultar las incapacidades de analizar y actuar de manera racional y razonable. Hasta cierto punto es una aversión a quienes saben un poco más, a quienes tienen principios mínimos éticos y capacidad de dialogar sin adjetivos y sin simplezas. Igual que en el caso del populismo, hay anticaviares de extrema izquierda y extrema derecha, lo que lleva a una polarización adjetiva que nos hace incapaz de llegar al diálogo y de ahí al acuerdo. O sea, nos condena a tener un país escindido con poca capacidad de integración social y, obviamente, un país incapaz de pensar en el largo plazo o en la promesa peruana de Jorge Basadre.
El problema es que de todas maneras tendremos populismo a partir del 28 de julio, debido a los déficits de representación (con 70% de electores que no son representados por los que pasan a la segunda vuelta), de gobernanza (con el desastroso congreso y ejecutivo, que gobiernan para ellos y de integración (con 70% de informales, la mayor parte localizados en las provincias más pobres). Lo que también sabemos es que, dada la polarización y fragmentación social y los escasos recursos del Estado, las políticas de corte populista no cambiarán mucho la situación actual. Es decir, si los precios internacionales de nuestras materias primas siguen altos, la economía seguirá divorciada de la política y seguiremos teniendo crecimiento económico de 3% al año sin redistribución. El populismo está para quedarse hasta que no haya un acuerdo nacional de gobernabilidad y desarrollo de largo plazo, entre las fuerzas políticas que pasaron la primera vuelta.
En cambio, el caviarismo seguirá siendo utilizado, en la mayor parte de veces como insulto y, crecientemente, como una solución a la crisis ética y cultural que tiene el Perú. Los denominados caviares, son personas individuales que no tienen organización social ni política, actúan en función de los derechos humanos, de la equidad y para reducir la ignorancia de buena parte de los políticos que ingresaron a la política para medrar. El caviarismo funciona como un antibiótico frente a la podredumbre que se ha convertido la política en el Perú.
