Marc Ouellet: La conciencia misionera de América Latina ha progresado

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1.00 p m| MADRID 30 nov. 11 (VIDA NUEVA/BV).- Benedicto XVI puso hace un año al frente de la Congregación para los Obispos y de la Pontificia Comisión para América Latina a un hombre de su absoluta confianza, el cardenal canadiense Marc Ouellet. De forma espontánea pero firme, Ouellet explica en perfecto español con acento colombiano las características ideales de un obispo y realiza un balance de américa latina. Aquí la entrevista realizada por Vida Nueva.

– ¿Qué modelo de obispo buscan en la Congregación cuando reciben las ternas?

– En el encuentro con los jóvenes obispos que realizamos cada año insistimos siempre en que deben ser maestros y testigos de la fe. El obispo tiene que ser capaz de exponer y de defender la fe. Ha de ser un evangelizador en el contexto de hoy en día, en el que prima la Nueva Evangelización. El obispo debe ser el primero en proclamar el carisma y comunicar la fe desde el corazón y la mente, teniendo presente también el pontificado en el que nos encontramos, en el que hay una gran insistencia en el diálogo entre la fe y la razón. Se necesita una nueva apologética, una capacidad para dar las razones de la fe.

El obispo también debe ser un hombre de comunión. Tiene un presbiterio consigo, ha de ser el servidor de la unidad de este presbiterio. Con sus colaboradores inmediatos debe cuidar dicha unidad. También ha de hacerse cargo del discernimiento de los carismas de la comunidad. En la diócesis hay sacerdotes, pero también tantos otros carismas que son muy importantes para la vida y la misión de la Iglesia local. Debe ser un hombre de discernimiento y de unidad. Ojalá también tenga facilidad para la comunicación. Ha de estar familiarizado con este mundo, ser abierto al diálogo con los medios modernos de comunicación. Hoy en día esto es casi ineludible.

¿Uniformidad?

– A veces se critica la existencia de una cierta uniformidad en el modelo episcopal…

– Necesitaría más tiempo en este cargo para saber si hay una uniformidad en el modelo. Yo veo pasar candidatos que provienen de muchos horizontes diversos: parroquias, seminarios… Mi orientación personal no es la de tener un solo modelo. Es bueno traer a gente que tiene otro tipo de preparación, siempre que tenga las cualidades antes descritas.

– ¿Cómo debe ser la relación entre el obispo y los religiosos de su diócesis? ¿Cómo se pueden evitar los roces que muchas veces surgen?

– No conozco la situación detalladamente de España. Ciertamente, los carismas son diversos. El obispo debe asegurar la unidad. Los religiosos tienen cada uno su propio carisma específico: la enseñanza, la atención a los enfermos, el auxilio a los pobres… En ocasiones, puede haber divergencias, pero es muy importante que el obispo tenga una teología donde quepan todos los carismas. La diócesis, como decía, no es solo el obispo y su clero.

El Gobierno pastoral

– A muchos obispos se les echa en cara que se comportan como si fuesen papas en sus respectivas diócesis…

– El obispo, evidentemente, es el responsable de las decisiones últimas que se toman en su diócesis, pero el consejo de pastoral y el consejo presbiteral son organismos importantes. Para el gobierno de la diócesis, el consejo presbiteral es imprescindible en ciertas circunstancias. Hay que asociar los sacerdotes a los proyectos y a la toma de decisiones. Me parece que esto es algo muy importante para un obispo. Manteniendo que, en última instancia, es él quien tiene que decidir. Tiene prerrogativas muy precisas, como ordenar sacerdotes. Debe escuchar a su equipo de seminario, pero al final es él quien decide si acepta a este o a aquel candidato. No es fácil, y hoy en día menos que antes.

– Usted conoce bien el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). ¿Piensa que se podría copiar su estructura de trabajo en otros continentes donde la Iglesia católica está en expansión, como África o Asia, para compartir recursos y unificar proyectos?

– El CELAM tiene mucha historia y se ve beneficiado por el hecho de que la cultura continental en América Latina es similar. Está un paso por delante con respecto a otros casos. La Asamblea de Aparecida, en 2007, por ejemplo, fue un acontecimiento extraordinario en el que tuve la suerte de participar. Me impresionó la orientación hacia la Nueva Evangelización. Quizás anteriormente se puso un acento excesivo en la solución de los problemas sociales. Se trata de algo enorme, pero no hay que perder el centro. Lo que uno ofrece es Jesucristo; la solución de los problemas sociales debe brotar de la fe y de su impacto caritativo. Hay estructuras similares al CELAM que funcionan en África y Asia, pero que no tienen la misma fuerza. Su tradición es más breve; además deben hacer frente a una gran diversidad. En América Latina está la ventaja de la unidad lingüística, del sustrato católico, de Nuestra Señora de Guadalupe…

En las últimas décadas, América Latina ha vivido un progreso económico y democrático que ha llevado de la mano un crecimiento de la descristianización. Hay, además, un número de católicos que encuentran a Dios en otros lugares, como ocurre en Brasil con las sectas pentecostales. ¿Cómo se puede hacer frente a este proceso más allá de la Nueva Evangelización, en la que lleva trabajándose desde hace tiempo?

– Es cierto lo que dice. Hay que reconocer el gran trabajo de algunas Iglesias de América Latina en el terreno de la comunicación. En la Asamblea Plenaria de América Latina me di cuenta de que Brasil está muy por delante en la utilización de los medios de comunicación. La Iglesia allí tiene televisiones nacionales. En mi país no existe eso. Después de ver esta realidad, cuando todavía era arzobispo de Quebec, al regresar a mi ciudad decidí crear un portal de Internet para comunicar informaciones. Volví a mi casa y me dije: “Tenemos que hacer algo. Hay que crear algo similar a lo que tienen los brasileños”. Hicimos este portal en vista del congreso eucarístico y nos quedó después como una herramienta muy importante.

El mundo de las comunicaciones es un lugar donde la Iglesia tiene que expresarse de algún modo. No es fácil, pues tiene sus propias lógicas y leyes. No es que deban ponerse a nuestro servicio. La cultura actual es así. Se debe buscar la forma de expresarse a través de los medios de comunicación. Ciertamente, la formación sacerdotal y los carismas son importantes. Cuando estuve en Brasil, conocí una experiencia en la que me di cuenta de su compromiso con la comunicación. Eran expresiones carismáticas católicas que respondían al desafío de los pentecostales, que fueron los que atrajeron a muchos católicos. A los pentecostales les falta la Santísima Virgen, por lo que muchos de sus nuevos fieles no duran mucho tiempo entre ellos. La cultura mariana latinoamericana es una protección. Cuando falta esta dimensión, no duran y vuelven.

América misionera

– ¿Se debe dar una respuesta conjunta en América Latina a la descristianización?

– La Iglesia en América Latina debe seguir explotando la riqueza patrimonial que tiene, la unidad lingüística, cultural y católica. Debe cultivar esa conciencia de que, si uno cuenta los 50 millones de católicos de los Estados Unidos, tiene prácticamente la mitad de la población católica del mundo. Ahora América Latina está enviando misioneros. Cuando se creó la Pontificia Comisión para América Latina era justo para lo contrario: para enviar misioneros allí desde Europa. Hoy hay latinos en muchas diócesis de Italia, de Francia, de Alemania… Es algo estupendo que progrese la conciencia misionera de América Latina, en un sentido que me parece equilibrado, hacia África, por ejemplo, o hacia Asia. Todo lo que pueda unir el continente y darle un sesgo propio a nivel económico, también sirve para la misión.

– Hubo una época en la que se decía que la Pontificia Comisión para América Latina (CAL) era una sucursal del CELAM en Roma. ¿Cómo es hoy la relación entre ambos organismos?

– Las relaciones son óptimas. El CELAM es una estructura continental, mientras que la CAL es un organismo de la Curia romana para ayudar al diálogo entre este continente y la Curia, y para sensibilizar a los dicasterios romanos sobre las necesidades de América Latina. Necesidades hay. Por ejemplo, todavía la CAL asegura las ayudas económicas que financian seminarios, proyectos pastorales… La información circula en ambas direcciones y, ahora, estamos tratando de impulsar varios proyectos. El 12 de diciembre, como saben, habrá una misa en San Pedro para celebrar desde un punto de vista católico el bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos. Esta iniciativa se une a tantas otras celebraciones que se llevan a cabo en diversos contextos latinoamericanos, de forma que aquí también, en el corazón de la Iglesia universal, esté presente la realidad de América Latina.

¿Cómo valora el proyecto de Misión Continental en esta región?

– Es una idea extraordinaria. Este gran proyecto de evangelización se va realizando al ritmo de cada diócesis y de cada país, con una coordinación particular. Es muy interesante cuando se ponen los obispos en la reunión plenaria a intercambiar experiencias sobre la Misión Continental. Van recibiendo otras ideas y enriqueciéndose. La CAL es una estructura que tiene 60 años y que ha prestado muchos servicios, tanto a la Curia como de la Curia al Continente. Ahora hay un laico al frente, el profesor Guzmán Carriquiry, lo que tal vez nos ayude a conectar con otros ámbitos de la cultura y con el laicado. Tenemos proyectos en camino en ese sentido. Carriquiry es muy competente, conoce la Curia estupendamente.

Renovación

– En su viaje a Alemania del pasado mes de septiembre, el papa Benedicto XVI pronunció un significativo discurso en Friburgo ante un grupo de laicos comprometidos en labores eclesiales. Abogaba por la renovación profunda de la Iglesia, por su “desmundanización”. ¿Cree que debe reformarse la Iglesia?

– Como dice san Pablo, hay que buscar en el pensamiento de Cristo. La renovación ya se está realizando. Hay una purificación a raíz de los terribles casos de abusos sexuales. Hay muchas situaciones de dolor, muy difíciles. Yo sigo en particular el caso de Irlanda. Hay muchos sacerdotes que sufren, también injustamente, porque son sospechosos por casos que no han cometido. Hoy existe una purificación, una llamada a la vida más coherente con nuestro compromiso sacerdotal. La vivencia feliz del celibato es un testimonio extraordinario que se puede dar al mundo. Hay que afianzarlo y ayudar a los sacerdotes a seguir adelante, con alegría, con libertad y sin pensar que este testimonio ya no se da o ya no es creído por la gente. Si uno lo vive y lo cree, hay dificultades que se pueden atravesar. La predicación del sacerdote, cuando toda la vida está comprometida, también por el sacrificio que representa el celibato, es un testimonio que impresiona. El Papa insistió en esto no solo en Alemania; lo lleva haciendo desde el principio de su pontificado. Yo creo que la purificación está en curso, pero debe penetrar aún más.

Imagen: Marc Ouellet

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