Luchemos contra la violencia de género desde el aula escolar

Por: Juan Miguel Espinoza[1]

Escribo esta reflexión en un contexto de profunda indignación en la opinión pública frente a la inacción e insensibilidad del Estado y la sociedad ante el drama de la violencia de género. Dos casos llevados al Poder Judicial recibieron sentencias benévolas para los agresores, lo que evidenció una vez más que las mujeres peruanas aun en pleno siglo XXI no cuentan con las condiciones necesarias para poder forjarse una vida plenamente libre.

El tema ha despertado una reacción ciudadana notable. En Facebook, se constituyó un grupo de interés donde decenas de mujeres han narrado sus experiencias desgarradoras de violencia. Son testimonios valientes que permiten ponerle rostro a un problema que es bastante extendido, cotidiano y destructivo. La denuncia y la solidaridad frente al horror cristalizaron en la organización de una iniciativa colectiva promovida por ciudadanas: la marcha “Ni una menos: tocan a una, tocan a todas” realizada el 13 de agosto de 2016. Una manifestación multitudinaria, potente y diversa que ha logrado aglutinar a miles de mujeres y hombres bajo la bandera de la erradicación de la violencia, y poner el tema en la agenda del Estado y de los medios de comunicación.

Traigo a colación este escenario porque considero que la desigualdad de género y sus manifestaciones sociales son un problema que debe interesar a un/a docente escolar de Ciencias Sociales. El estudio de la sociedad peruana en sus diversas facetas desde la escuela solo adquiere relevancia si es que brinda las herramientas necesarias para que los futuros ciudadanos del país comprendan el mundo en el que viven.

Y es innegable que la violencia contra las mujeres es una realidad que no podemos seguir ignorando. Los testimonios del Facebook “Ni una menos” son una prueba contundente. Pero por si no son suficientemente claros, las cifras son muy alarmantes. Según el Ministerio de la Mujer, 54 mujeres han sido víctimas de feminicidio en lo que va del año y otras 118 fueron atacadas pero se salvaron de morir. Desde 2011, 498 mujeres encontraron la muerte por esta causa. Cada fallecida antes de tiempo debe dolernos y hacernos tomar consciencia que algo va mal en nuestra sociedad.

¿Qué podemos hacer desde nuestra práctica docente? La clave está en sensibilizar a nuestros/as estudiantes y a nosotros mismos sobre el problema, sus causas y sus consecuencias. La desigualdad de género no es una realidad abstracta y ajena, sino que es parte de las maneras en que nos relacionamos cotidianamente, está arraigada en nuestras creencias y sentidos comunes, y, sobre todo, daña profundamente a las personas, tanto a hombres como a mujeres. Por eso, la erradicación de toda forma de violencia pasa por que activemos procesos de “conversión”, donde vayamos aprendiendo a transformar nuestras creencias y comportamientos que, a veces voluntaria y otras involuntariamente, reproducen prejuicios, y lastiman a otros/as y a nosotros mismos.

Para incursionar en este camino, considero que podemos trabajar en tres aspectos. En primer lugar, incorporar temas que nos inviten a reflexionar sobre las relaciones de género y su importancia en la construcción de nuestra identidad personal y de la sociedad peruana. Por ejemplo, en las clases de Historia, podemos incorporar la pregunta acerca de la vida de las mujeres en distintos procesos históricos. Justamente, estoy terminando de leer La guerra no tiene rostro de mujer, bella obra literaria de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich que nos cuenta los testimonios de mujeres que participaron en el ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial.[1] Estas “soldadas” narran la parte no heroica de la guerra, revelando la crudeza del campo de batalla, las diversas facetas del sufrimiento y los esfuerzos de supervivencia cotidiana. Sus formas de recordar contrastan con las de los veteranos varones, quienes, más bien, ponen el acento en la retórica patriótica y la épica de la victoria. Escuchar a las mujeres hablar sobre este conflicto nos ofrece otra entrada a un proceso histórico y, de hecho, lo humaniza permitiendo reconocernos en esos acontecimientos. ¡Cuánto más podríamos aprender de incorporar la voz femenina en nuestras clases de historia!

Asimismo, podemos explorar cómo los ideales de ser hombre y ser mujer no son realidades únicamente biológicas, sino que son construcciones culturales que cambian a lo largo del tiempo y en función del espacio en el que nos ubiquemos. En ciertos casos, esos ideales restringen la libertad de las personas, por lo que es legítimo cuestionarlos y transformarlos. Por ejemplo, hace poco publiqué un material para el grupo Historia para Maestros sobre cómo ver los cambios en los roles masculinos y femeninos durante la “República Aristocrática”, época en que el avance de la modernidad fue transformando las tradiciones populares.[2]

El presente, también, es una oportunidad para pensar sobre esto. Desde el curso de formación ciudadana podemos investigar sobre las barreras que todavía en pleno siglo XXI las mujeres enfrentan para integrarse a la vida política, el mundo laboral, la academia, entre otros espacios. Cada vez se produce más investigación que circula en repositorios digitales en forma de tesis, artículos académicos o videos. Pero no debemos ir muy lejos del contexto escolar para recopilar fuentes, pues los estudiantes pueden entrevistar a sus hermanas mayores, madres o abuelas para escuchar de viva voz sus experiencias en sus luces y en sus sombras. Ese ejercicio, aunque manejado con cuidado por si despierta recuerdos dolorosos, puede ser un potente instrumento para hablar de la desigualdad de género y generar consciencia en las familias. Y así podríamos enunciar muchos otros temas y estrategias posibles para incorporar la igualdad de género al currículo escolar y las prácticas de enseñanza. Seamos creativos.

En segundo lugar, a nivel más subjetivo, es fundamental que seamos reflexivos acerca de las formas en que nos relacionamos hombres y mujeres, profesores y profesoras, alumnas y alumnos en la escuela. Vamos al colegio no solo para adquirir conocimientos, sino también para aprender a ser mejores personas y ciudadanos. Por ello, la convivencia cotidiana debe ayudarnos a vivir los valores democráticos, la autovaloración personal, el reconocimiento del otro, la fraternidad, la solidaridad y el ejercicio de la libertad responsable. Como docentes, es nuestra tarea promover los comportamientos que respaldan la construcción de una real igualdad de género y cuestionar todos aquellos que, más bien, reproducen violencia física o simbólica. Debemos ser cuidadosos de que nuestras palabras y acciones no se presten a repetir prejuicios como que “los chicos son más fuertes que las chicas”, “las niñas deben ser recatadas en su comportamiento”, entre tantas otras frases que decimos en el día a día sin ser plenamente conscientes. Pero, también, debemos cuidar que todas las formas de masculinidad y femineidad sean respetadas en la escuela. Nada de “lornas” o “maricones”, ni de “huecas” o “machonas”. Nadie tiene que ser etiquetado, maltratado o insultado por tener una personalidad que no encaja en el patrón más frecuente de comportamiento.

En tercer lugar, debemos exigir al Ministerio de Educación y a las editoriales que inserten estos temas en la política educativa y en los textos escolares. Muchos de los roles de género que terminan por generar violencia hacia las mujeres son aprendidos no solo en las familias, sino en las aulas. Y esto, si bien en parte es responsabilidad de nosotros como docentes, es parte de una cultura y de un sistema educativo que presta poca atención a la igualdad de género. Las mujeres deben sentirse más representadas en el currículo, en los libros de texto y en el sistema educativo. Desde las escuelas debemos demandar que esto sea así.

Amigos y amigas docentes, los invito a asumir la causa contra la violencia de género como tarea de nuestra misión educativa. De esa manera, estaremos colaborando a construir un país más justo, con hombres y mujeres iguales en el acceso a oportunidades y capaces de construir vidas felices y plenas.

[1] Es profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú, historiador y miembro del grupo Historia para Maestros. El autor expresa su gratitud a Leonor Lamas y a Alejandro Santistevan por sus comentarios a las versiones preliminares de este texto. Texto escrito en agosto de 2016 y a ser publicado en el Cuaderno de Enseñanza de la Historia del Instituto Riva-Agüero.

[2] Alexiévich, Svetlana (2015). La guerra no tiene rostro de mujer. Lima: Debate.

[3] Espinoza, Juan Miguel (2016). “Historia de género: las relaciones de género en la República Aristocrática”. En Valle, Augusta y Milagros Valdivia (comps.). Repensando la enseñanza del Perú del siglo XX. Lima: Dirección Académica de Responsabilidad Social PUCP, pp. 15-23.

Puntuación: 3.8 / Votos: 5

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *