Los fenómenos de la experiencia lingüística: la revelación y el pragmatismo

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Por: María Eugenia Rey

 

El texto de Andrew Inkpin Disclosing the World: On the Phenomenology of Language (2016) desarrolla una aproximación fenomenológica para estudiar nuestra experiencia lingüística, introduciendo importantes implicaciones tanto en los planteamientos de la filosofía del lenguaje como en los postulados de la más reciente ciencia cognitiva. El acercamiento fenomenológico es, si se quiere, doble: por un lado, suscribe que el método adoptado es el de una “fenomenología minimalista”, entendida como la descripción exacta de cómo las cosas aparecen o se manifiestan ellas mismas; por otro, recuerda que el origen de sus reflexiones en este tópico nace a partir de su propia experiencia personal sobre los diversos grados de ruptura lingüística que percibió durante su acercamiento a una lengua extranjera –el alemán-, llevándolo a concluir que tomamos muchas cosas por sentado del habla, impidiendo una comprensión articulada sobre los sentidos del lenguaje.

Esta primera intuición personal es abordada en este libro de la mano de la noción heideggeriana del lenguaje (Parte I del texto), a partir de la cual surge una brecha aparentemente irreconciliable entre dos sentidos distintos del lenguaje. De modo que de Martin Heidegger se distingue una tensión entre un uso de los signos lingüísticos donde las palabras son vistas como una suerte de “herramientas” en la vida humana que sirven para conseguir otras cosas, y un rol más ontológico, si se permite la expresión, del lenguaje. En el primer caso, se trata de un sentido pragmático del lenguaje, mientras que en el segundo de un sentido “revelador” del mismo, de acuerdo al cual nuestra comprensión del mundo está mediada por una estructura específicamente lingüística, siendo el lenguaje lo que permite al hombre situarse en la apertura del ente. Visto desde este segundo enfoque, parece posible atribuirle al lenguaje una dimensión relativamente constitutiva del mundo en tanto que el ser nos es dado por el lenguaje, no porque este último cree entes sino porque determina la orientación en la que comprendemos el mundo que nos rodea.

Ahora bien, la originalidad del autor no reside tanto en sus alcances exegéticos sobre la fenomenología lingüística presente en Heidegger como en su intento por reconciliar la escisión que se abre entre los dos sentidos del lenguaje –el de la revelación y el pragmático- descubiertos en Heidegger, opinión que comparte Andrew M. Winters en su reseña. Para ello, Inkpin se propone combinar en un enfoque unificado las concepciones del lenguaje que se desprenden de los trabajos de Heidegger, Maurice Merleau-Ponty y Ludwig Wittgenstein; complementando a estos tres teóricos salva las insuficiencias de sus trabajos por separado. A Heidegger lo usa, como ya se explicó, para plantear el problema –la brecha entre los dos sentidos del lenguaje-, a Merleau-Ponty para profundizar en cómo los signos lingüísticos funcionan para presentar el mundo (Parte II del texto), mientras que al último Wittgenstein –quien, por cierto, Inkpin es precavido con no situarlo dentro de la corriente fenomenológica- le ayuda a comprender la versatilidad del lenguaje para describir sus distintos usos pragmáticos (Parte III del texto).

 

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