¿La imagen como ente?

Por: María Eugenia Rey

 

El texto de Emanuele Coccia, Sensible Life: A Micro-ontology of the Image (2016), puede leerse como un planteamiento que al mismo tiempo que se inscribe dentro del lenguaje de la fenomenología, realiza inmediatamente una crítica a éste. Se adhiere, por un lado, a lo fenomenológico porque reflexiona en torno a lo que cae dentro de nuestros sentidos -la imagen-; en cambio, se distancia de este discurso en la medida en que cuestiona la visión cartesiana que atraviesa al espíritu de la filosofía moderna. Digamos, entonces, que la crítica de Coccia no se dirige a postulados específicos de la fenomenología, como a los principios modernos que orientan toda corriente de esta época, principios que, como indica la reseña de Christopher DuPee, se establecieron al margen del interés de los fenomenólogos.

De acuerdo a un largo consenso bibliográfico, la obra de René Descartes, que abre al paso al subjetivismo con su “pienso, luego existo”, representa el inicio de la modernidad dentro de la discusión filosófica. El trascendentalismo kantiano del siglo XVIII, la dialéctica hegeliana del XIX, y la fenomenología de Husserl en el XX, han seguido, con mayor o menos disposición, la línea cartesiana inspirada en el ego sum. En el caso que aquí nos compete, el de la fenomenología, la centralidad del cartesianismo se verifica en la concepción epistemológica que aquella reivindica, la cual está constituida a partir de la correlación entre sujeto y objeto. De acuerdo a las consideraciones de Coccia, es esta dualidad epistemológica la que ha impedido el pensar el fenómeno ahí donde realmente éste se produce: en ese espacio intermedio entre el sujeto y el objeto, que ha sido identificado con el nombre de imagen.

En concreto, la imagen es definida como aquello que el objeto expresa fuera de sí, y que es distinta tanto del objeto como del sujeto porque se encuentra precisamente en el medio de ambos como cosa que se está haciendo y que se está realizando; en términos fenomenológicos, la imagen toma lugar en el momento en que el objeto se convierte en fenómeno. En este sentido, el mismo título del texto da ya una pista significativa de lo que se propone Coccia: recordar que el mundo de lo sensible se circunscribe a una existencia que le es propia, de modo que la imagen no puede ser rebajada a mera apariencia; al contrario, la imagen tiene rango de realidad, posee un nivel –micro- ontológico y, por tanto, se trata de un auténtico ser.

Elegir abordar el problema del fenómeno de esta manera, en lugar de seguir el tradicional camino cartesiano, le permite al autor no solo dar una explicación al viejo dilema que se construye desde la relación que va del mundo exterior a la mente, sino que también le faculta para dar cuenta de una problemática menos popular, como lo es la que tiene que ver con “la reificación de las acciones de la mente dentro del reino de las cosas”. En otras palabras, la imagen, entendida como una suerte de ente y no como mera apariencia, autoriza a pensar que la mixtura de la experiencia de mundo no se da solo en la dirección que va de la cosa a la mente, sino que también tiene lugar en la dirección opuesta, la que va de la mente a la cosa; y esto, no debe ser tomado como un aporte menor.

 

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