Sobre las bases fenomenológicas del imaginario social

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Por: María Eugenia Rey

 

La noción de imaginario social fue introducida por el filósofo y psicoanalista Cornelius Castoriadis (1922 – 1997) en su obra La Institución Imaginaria de la Sociedad (1975). El nombre acuñado sirve para dar cuenta del conjunto de construcciones mentales que tienen su origen y manifestación en el devenir de la conciencia e inconsciencia colectiva; categorías tales como Estado, familia, Dios, ciudadanía, partidos políticos, tabúes, lo políticamente correcto, etc., no constituyen una realidad física en el sentido más restringido del término (es decir, como realidad corpórea), sino que pertenecen a un conjunto de imágenes cargadas de contenidos significativos que se sitúan en el plano de la meta-física (entendida en sentido laxo, como aquello que está más allá de lo físico).

La importancia de tales imágenes deriva de su capacidad para institucionalizar la praxis de los hombres, pues en la medida en que se conviene una gramática compartida de significados sobre las estructuras simbólicas presentes en la sociedad, es posible actuar y/o juzgar según lo esperado. Por ejemplo, el imaginario social surgido en las sociedades occidentales después de la segunda guerra mundial se basó en la conquista de la movilidad social de tipo consumista, según la cual los jóvenes se gradúan, obtienen empleo, compran su carro, su casa y viven mejor que sus antepasados; hoy, la realidad de la globalización hace aguas este imaginario social, por lo que ciudadanos de todo el mundo condenan las acciones de los representantes políticos de quienes se espera capacidad de gobernabilidad, capacidad seriamente comprometida en los tiempos que corren. Se trata, por tanto, de auténticas instituciones imaginarias: establecen el sentido y significado de la vida colectiva, y requieren de mucho tiempo para morir y/o transformarse (el mejor ejemplo de este último punto lo constituye la institución de la religión católica).

Luego, una consecuencia importante de las instituciones imaginarias es que, para decirlo como Arendt, trascienden, hacia atrás y hacia adelante, la vida mortal de los hombres, es decir, constituyen “el mundo de la vida” sobre el que cada sujeto deviene en su experiencia cotidiana. Y es aquí, en la noción alemana de Lebenswelt, insertada por la obra de Edmund Husserl, donde se haya la fundamentación fenomenológica que sirve de base para el posterior desarrollo de la noción de imaginario social.

La fenomenología entendida en clave metodológica comprende, de acuerdo a los estudios de Husserl, tres momentos que son los que permiten llegar a las cosas mismas. Éstos son: 1) la reducción fenomenológica que, apoyada en la actitud mental de origen griego conocida como epojé, suspende todo juicio, razonamiento y duda sobre el objeto, en orden de percibir al fenómeno tal como es; 2) la reducción eidética, donde se suspende todo aquello que no forma parte de la idea (eidos) o esencia del fenómeno; y 3) reducción trascendental, donde la conciencia trascendental establece una realidad intersubjetiva de los objetos de la intencionalidad, planteamiento a partir del cual surge la noción del mundo de la vida.

Aproximarse a esta relación entre fenomenología e imaginario social constituye una de las vertientes abordadas en los dos volúmenes de Social Imaginaries (Vol.1, 2015 y Vol. 2, 2016), coordinados por Suzi Adams y Jeremy Smith. Tal como señala la reseña de Angelos Mouzakitis, este trabajo discute la noción de imaginario social a partir las obras de Castoriadis, Arnason y Charles Taylor, así como de las corrientes post-fenomenológicas, en especial las surgidas en el contexto francés (Sartre, Merleau-Ponty y Ricoeur).

 

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