Zapatero con Obama

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En el encuentro, al parecer más distendido que el celebrado con empresarios norteamericanos, con el Consejo Editorial del New York Times, el presidente Rodríguez Zapatero dijo, según Nicholas D. Kristof, que «lo que más teme» de un hipotético triunfo de John McCain en las elecciones presidenciales mes es «un reestablecimiento de la Guerra Fría con Rusia». Anoto que, siempre según el columnista, es «lo que más teme», es decir, el primero de una lista más o menos larga de temores. Poco después, en la clausura del congreso de los socialistas valencianos, agradeció a su contrincante, Obama, las alusiones a España (es decir, la referencia a recibir en la Casa Blanca al presidente español) en su primer debate electoral. No hacían falta ni una ni otra cosa, la verdad, para saber que Zapatero prefiere presidiendo Estados Unidos al actual senador de Illinois.

Y no es de extrañar. En Europa se da en estos momentos una curiosa paradoja. Por un lado, hay una actitud forzada, es decir, artificial, poco o nada natural, según la cual tendríamos aquí todos los resortes políticos e intelectuales preparados para sustituir en el concierto de las naciones y en la geopolítica mundial a unos Estados Unidos que, si no se han derrumbado ya en el «desencantamiento», han banalizado hasta el extremo el «encantamiento», por utilizar una expresión de Mark Lilla. Un analista como Fareed Zakaria ha hablado de una suerte de nuevo mundo que sería «postamericano». La crisis económica, que tiene allí su epicentro, ha sido otro baldón en la imagen de Estados Unidos, en contra de una Europa, que igualmente o más dañada, quiere verse a sí misma como más poderosa, más activa y con más razón. El fenómeno es general, aunque en la izquierda europea aparece subrayado. Pero, por otra parte, se sigue contemplando aquel país con ojos obnubilados, esto es, afectando a nuestra iniciativa y reflexión, y se considera como algo propio el resultado de esas elecciones, como algo de lo que, indefectiblemente, depende nuestro futuro.
Lo significativo es que Zapatero, en vez de hablar legítimamente de su coincidencia personal e ideológica, si esto es posible, con Obama, lo haga de los «temores» que le produce que pueda ganar John McCain. Resulta de una ingenuidad supina pensar que la «Guerra Fría», sobre todo después de la invasión de Georgia por las tropas rusas y de la misma actuación de la UE en la cuestión, dependa de quién ocupa la Casa Blanca y no de cómo se maneja la política en el Kremlin. ¿No quiere el presidente español que Georgia y Ucrania sean de la OTAN? Debería argumentarlo. ¿Se ha creído que, para lograr que se incline ante la bandera norteamericana, Obama va a modificar radicalmente la política exterior? Para España, como para tantos otros países, es que el presidente puede echar la culpa de todo a Estados Unidos y temer que sea elegido democráticamente un republicano sin que las relaciones económicas con ese país se vean dañadas y, por el contrario, debe mostrarse extremadamente «diplomático» en San Petesburgo y callar sobre la deriva antidemocrática de Rusia para que no peligren los aprovisionamientos energéticos.

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Tampoco estaría de más que Zapatero, al que todos imaginamos preocupado por las posibilidades en el exterior de la producción española, examinara, si no temiera, el programa proteccionista de Obama en contraposición a la apuesta por el libre comercio de McCain. No sólo por nuestras exportaciones, sino por el futuro de muchos países pobres o emergentes (todos le imaginamos comprometido con un mundo más justo) a los que las propuestas demócratas parecen querer compensar el poco comercio con la mucha diplomacia. No es evidente, desde luego, que el triunfo de Obama, de modo automático, sea mejor para España, aunque lo pueda ser desde el punto de vista propagandístico para Zapatero.
Más allá de la retórica, los temores del presidente son de otro orden. Enrico Letta, uno de los líderes de la oposición a Berlusconi, ha explicado muy acertadamente que, por su magnitud y porque la influencia real de Estados Unidos va más allá de la unilateralidad o la multilateralidad, el triunfo de Obama puede dar una imagen de viabilidad real a la izquierda italiana: si es posible allí… En España, el triunfo de McCain, por el contrario, daría alas a la derecha: es posible allí… después de tantos errores. Zapatero lo sabe. Aunque, mientras, los líderes de la derecha, un tanto esperpénticos, se dividen en partidarios de Obama o de Palin.

POR GERMÁN YANKE

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