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Educación y democracia: el factor convivencia

La palabra “democracia” que tan fácilmente puede aparecer en las bocas de muchos tiende a sonar vacías en muchas ocasiones. Pareciera que el utilizarla otorga autoridad a la persona para colocarse en una suerte de pedestal y validar cuanto diga.

Naturalmente, la palabra en cuestión termina arrastrando a sus familiares: “ciudadanía”, “convivencia”, “derechos humanos”, entre otros. Y tales términos no están sólo presentes en los políticos y periodistas. La educación también ha caído y en diversas escuelas hay asignaturas sobre derechos humanos, educación ciudadana, y demás; y aunque estoy de acuerdo que es necesario que toda persona conozca sus derechos y deberes, y reflexione sobre los temas involucrados, no puedo dejar de preguntarme si esto es suficiente. ¿No debería tratarse de una práctica constante y rasgo transversal?

Antanás Mockus, cuando era alcalde de Bogotá, impulsó un proyecto llamado “Cultura Ciudadana”, con la intención de mejorar la calidad de vida entre los habitantes. Ese proyecto partió de una teoría: la ley, la moral y la cultura están separadas entre sí; y de ahí que la convivencia resulte caótica.

“Cultura Ciudadana” asumía la concreción de las siguientes acciones:
1.- Lograr que los ciudadanos regulen sus conductas entre sí de maneras no pacíficas
2.- Hacer que los peatones y los conductores de vehículos se respetaran y lograran una mejor convivencia entre ellos.
3.- Reducir el número de muertes violentas ocasionadas por consumo de alcohol
4.- Institucionalizar la información sobre seguridad
5.- Reducción del ajusticiamiento personal mediante la estimulación de la confianza hacia los desconocidos
6.- Permitir el desahogo y la manifestación de resentimientos y otros sentimientos negativos ocurridos durante la historia personal de cada ciudadano, entre muchos otros.

El punto es que el plan de “Cultura Ciudadana” comprendió que la convivencia es una cuestión vivencial antes que nada, por lo que se trata de transformaciones internas en las personas. El papel de la educación no está en la transmisión de la información o sólo la reproducción de los patrones sociales. La educación surge para transformar a las sociedades sin destruir sus particularidades.

¿Y por qué empecé hablando de “democracia”? Pues porque la Democracia no se trata de la participación eventual de los miembros de una sociedad en un proceso electoral. La Democracia es un hecho social y dinámico que se contruye y actualiza diariamente en la vida de esos miembros, porque el “gobierno del pueblo” empieza por la capacidad del pueblo para gobernarse a sí mismo.

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Responsabilidad Social y Educación: primer acercamiento

¿Responsabilidad social? ¿Por qué ser responsable socialmente? ¿En la escuela? ¿Acaso no son las escuelas socialmente responsables? ¿No han sido muchas instituciones responsables socialmente desde hace ya muchísimos años al desarrollar actividades de labor social? ¿Dónde está la diferencia?

Muy buenas preguntas, ¿verdad? Totalmente válidas y necesarias si queremos que el paradigma de la Responsabilidad Social no sea solo un cambio de nombre para una labor que efectivamente muchas instituciones educativas han desarrollado mediante programas de voluntariados sociales.

Tengo firmemente en la cabeza la idea que la Responsabilidad social es un rasgo inmanente de la educación que se ha hecho notable en los últimos años ante el relativismo y el individualismo creciente que se forma en las escuelas como reflejo social local y global; ya que para entrar en este paradigma hay que salir aquel en el que estamos sumergidos. En nuestro contexto local y global, el yo es prácticamente todo lo que importa, la libertad se asume como el poder de hacer lo que quiera con mi vida y la ética se concibe como mi manera de actuar correctamente.

Somos humanos, pero no humanidad, somos individuos sin colectivo. En sí, necesitamos volver a mirar más allá de yo mismo, observar el nosotros; donde el yo está incluido con los otros y los identifico como mis semejantes. Por este hecho, la Responsabilidad social no se puede entender como asistencialismo, porque si el otro es mi semejante, no puedo tratarlo como un ser inferior.

En el caso de las escuelas, creo que no podrán llegar a ser Responsables socialmente en realidad, si es que no se observan primero a ellas mismas bajo este paradigma. ¿Funciona mi escuela como una democracia? ¿Existe verdadera interacción entre las personas o no es más que una reproducción vertical de comandos? ¿Cada persona es conciente del impacto de sus acciones en los otros? Aquí muy bien podríamos detenernos a hablar del currículo oculto: la pedagogía invisible e inconsciente que muchas veces hecha abajo totalmente el trabajo organizado.

¿Y por qué hablar de democracia? ¿Cuál es la relación con el tema? Pues bien, la gestión de un centro educativo es más que el trabajo de la dirección. En cierta medida, toda la organización (docentes, administrativos, alumnos) está involucrada en la gestión de manera que cada quien es capaz de participar, desde su perspectiva y en función de sus capacidades y potencialidades, en la toma de decisiones y ejecución. Es decir, pensar en términos de “nosotros” y trabajar bajo este enfoque en lugar de considerar a la gestión como el “yo-líder” solitario que dirige al centro.

Sin embargo, en muchos casos se repite la dinámica de asistencialismo donde el alumno se convierte en el ser inferior que requiere de mí. Al término de la escolaridad, observamos en los últimos años chicos que consideramos inmaduros, irresponsables, egocéntricos, apáticos, indiferentes; y pensamos que no aprendieron nada en lugar de mirar si les brindamos las herramientas necesarias. Esto, obviamente, es un proceso que se repite desde la educación inicial, pero que se evidencia con mayor fuerza en la secundaria.

¿Cómo podemos tener alumnos comprometidos si convertimos a las escuelas en burbujas? ¿Cómo podemos exigir responsabilidad cuando no hemos confiado en ellos? Por eso mismo, deberíamos trabajar con ellos para ayudarles a tomar conciencia gradual del mundo que les rodea.

Ello debería ir en un sentido espiral desde el centro hacia el exterior; es decir, partir de sí mismo tomando conciencia de su entorno más inmediato en la escuela: su salón. Coexiste con personas diariamente y debería a prender a convivir con ellas, aprender a ser responsable del impacto de sus actos en sus propios compañeros. Empiezan, así, a crearse una serie de círculos individuales que van integrándose en un aula para convertirse en un solo círculo: nosotros. Y de esta forma, paulatina, el círculo se amplía hasta que de hecho pueda se involucre y comprometa con la gestión de su centro: no estoy en un todo, soy parte de un todo. En consecuencia, legitimado para tomar decisiones sobre aquel todo.

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