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Del Camino Recto y Seguro para llegar al Cielo, por San Antonio María Claret

 

DEL CAMINO RECTO Y SEGURO PARA LLEGAR AL CIELO

Del Camino Recto y Seguro para llegar al Cielo, por San Antonio María Claret

Hasta ahora te he propuesto, amado cristiano, el camino que debes seguir y el modo de poderte levantar, si por desgracia cayeres, que es el sacramento de la Penitencia. Exige, sin embargo, este Sacramento mucha disposición para acercarse a él debidamente, porque, de otra suerte, en lugar de levantarte te hundirás más en la iniquidad, añadiendo a tus pecados el peso enorme del sacrilegio; y si así, mal confesado, te acercases a la sagrada Mesa, ¡ay de ti!, ¡qué otra nueva maldad cometerías! Te harías reo del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, y te tragarías, como dice San Pablo, la condenación. A fin, pues, de apartarte de tan enorme delito, voy a referirte algunos ejemplos de varios estados, copiados de San Alfonso Ligorio en su libro titulado Instrucción al pueblo.

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1.º Ejemplo de un hombre que hacía malas confesiones, y después, cuando quiso confesarse debidamente, no pudo; porque bien lo expresa el mismo Dios cuando dice: Me buscaréis y no me hallaréis y moriréis en vuestro pecado. Dice San Ligorio que en los anales de los Padres Capuchinos se refiere de uno que era tenido por persona de virtud, pero se confesaba mal. Habiendo enfermado de gravedad, fue advertido para confesarse, e hizo llamar a cierto Padre, al cual dijo desde luego: -Padre mío: Decid que me he confesado, mas yo no quiero confesarme. -¿Y por qué?, replicó admirado el Padre. –Porque estoy condenado -respondió el enfermo-, pues no habiéndome nunca confesado enteramente de mis pecados, Dios, en castigó, me priva ahora de poderme confesar bien. Dicho esto comenzó a dar terribles aullidos y a despedazarse la lengua, diciendo: -¡Maldita lengua, que no quisiste confesar los pecados cuando podías! Y así, haciéndose pedazos la lengua y aullando horriblemente, entregó el alma al demonio, y su cadáver quedó negro como un carbón y se oyó un rumor espantoso, acompañado de un hedor intolerable.

2.º Ejemplo de una doncella, que murió también impenitente y desesperada. –Cuenta el Padre Martín del Río que en la provincia del Perú había una joven india llamada Catalina, la cual servía a una buena señora que la redujo a ser bautizada y a frecuentar los Sacramentos. Confesábase a menudo, pero callaba pecados. Llegado el trance de la muerte se confesó nueve veces, pero siempre sacrílegamente, y acabadas las confesiones, decía a sus compañeras que callaba pecados; éstas lo dijeron a la señora, la cual sabía ya por su misma criada moribunda que estos pecados eran algunas impurezas. Avisó, pues, al confesor, el cual volvió para exhortar a la enferma a que se confesase de todo; pero Catalina se obstinó en no querer decir aquellas sus culpas al confesor, y llegó a tal grado de desesperación, que dijo por último: -Padre, dejadme, no os canséis más porque perderéis el tiempo y volviéndose de espaldas al confesor se puso a cantar canciones profanas. Estando para expirar y exhortándola sus compañeras a que tomase el Crucifijo, respondió: -¡Qué Crucifijo, ni Crucifijo! No le conozco ni le quiero conocer. Y así murió. Desde aquella noche empezaron a sentirse tales ruidos y fetidez, que la señora se vio obligada a mudar de casa, y después se apareció Catalina, ya condenada, a una compañera suya, diciendo que estaba en los infiernos por sus malas confesiones.

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3.º Ejemplo de un joven. –En este ejemplo se deja ver claramente aquel principio: o confesión o condenación para el que ha pecado mortalmente, y que todas las obras buenas y penitencias, sin preceder la confesión, de nada sirven para salir del miserable estado de la culpa, a no ser que se tenga un deseo eficaz y verdadero de confesarse, si entonces no se puede. La razón es evidente: el pecado mortal tiene una malicia infinita; para curar esta llaga infinita es absolutamente necesario un remedio infinito; este remedio infinito son los méritos de Jesucristo aplicados por medio de los Sacramentos; resulta, pues, que si pudiéndose recibir los Sacramentos no se reciben, o a lo menos no se desean eficazmente recibir para cuando se pueda jamás se alcanza el remedio, como desgraciadamente sucedió al infeliz Pelagio.

Cuéntase en la crónica de San Benito de un cierto ermitaño llamado Pelagio, que, puesto por sus padres a guardar ganados, todos le daban el nombre de santo, y así vivió por muchos años. Muertos sus padres, vendió todos aquellos cortos haberes que le habían dejado, y se puso a ermitaño. Una vez, por desgracia, consintió en un pensamiento de impureza. Caído en el pecado viose abismado en una melancolía profunda, porque el infeliz no quería confesarlo para no perder el concepto de santidad. Durante esta obstinación pasó un peregrino que le dijo: -Pelagio, confiésate, que Dios te perdonará y recobrarás la paz que perdiste, y desapareció. Después de esto resolvió Pelagio hacer penitencia de su pecado, pero sin confesarlo, lisonjeándose de que Dios quizá se lo perdonaría sin la confesión. Entró en un monasterio, en donde fue al momento muy bien recibido por su buena fama, y allí llevó una vida áspera mortificándose con ayunos y penitencias. Vino finalmente la muerte, y confesóse por última vez; más así como por rubor había dejado en vida de confesar su pecado, así lo dejó también en la muerte. Recibió el Viático, murió y fue sepultado en el mismo concepto de santo. En la noche siguiente, el sacristán encontró el cuerpo de Pelagio sobre la sepultura; lo sepultó de nuevo; mas tanto en la segunda como en la tercera noche, lo halló siempre insepulto, de manera que dio aviso al Abad, el cual, unido con los otros monjes, dijo: “Pelagio, tú que fuiste obediente en vida, obedece también después de la muerte; dime de parte de Dios: ¿Es quizá su divina voluntad que tu cuerpo se coloque en lugar reservado?” Y el difunto, dando un aullido espantoso, respondió: -¡Ay de mí, que estoy condenado por una culpa que dejé de confesar; mira, Abad, mi cuerpo! Y al instante apareció su cuerpo como un hierro encendido, que centelleaba horriblemente. Al punto echaron todos a huir; pero Pelagio llamó al Abad para que le quitase de la boca la partícula consagrada que aún tenía. Hecho esto, dijo Pelagio que le sacasen de la iglesia y le arrojasen a un muladar, y así se ejecutó.

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4.º Ejemplo de la hija de un rey de Inglaterra: este caso es muy semejante al que antecede. –Refiere el P. Francisco Rodríguez que en Inglaterra, cuando allí dominaba la religión católica: el rey Auguberto tenía una hija de tan rara hermosura que fue pedida por muchos príncipes. Preguntada por el padre si quería casarse respondió que había hecho voto de perpetua castidad. Pidió su padre la dispensa de Roma, pero ella permanecía firme en no aceptarla, diciendo que no quería otro esposo que a Jesucristo; tan sólo pidió a su padre que la dejase vivir retirada en una casa solitaria, y como el padre la amaba, trató de no disgustarla, asegurándole una pensión cual a su rango convenía. Luego que estuvo en su retiro, se puso a hacer una vida santa de ayunos, oraciones y penitencias; frecuentaba los Sacramentos y asistía muy a menudo a un hospital para servir a los enfermos. Llevando tal género de vida, y joven todavía, cayó enferma y murió. Cierta señora que había sido su aya, haciendo oración una noche, oyó un gran estrépito, y vio luego un alma en figura de mujer en medio de un gran fuego y encadenada por muchos demonios, la cual le dijo: “Has de saber que yo soy la desdichada hija de Auguberto.” “¡Cómo!”, respondió la aya, “¿tú condenada después de una vida tan santa?” “Justamente soy condenada por mi culpa”, has de saber que siendo niña gustaba que uno de mis pajes, a quien tenía afición, me leyese algún libro. Una vez este paje, después de la lectura, me tomó la mano y me la besó. Empezó a tentarme el demonio, hasta que finalmente con él mismo ofendí a Dios. Fui a confesarme; empecé a decir mi pecado, y mi indiscreto confesor me interrumpió: “¡Cómo! ¿Esto hace una reina?” Entonces yo, por vergüenza, dije que había sido un sueño. Empecé después a hacer penitencias y limosnas, a fin de que Dios me perdonase, pero sin confesarme. Estando para morir dije al confesor que yo había sido una gran pecadora; respondiéndome el confesor que debía desechar aquel pensamiento como una tentación; después expiré, y ahora me veo condenada por toda una eternidad.” Y diciendo esto desapareció con tal estruendo, que parecía que se hundía el mundo, dejando en aquel aposento tal hediondez, que duró por muchos días.

Si esta infeliz se hubiese acercado debidamente al Sacramento de la Penitencia, cantaría al Señor cánticos de alabanza en el cielo; mas ahora, por su despreciable y maldita vergüenza, sirve de tizón en el infierno… ¡Y cuántas personas hay de todo estado, sexo y condición que experimentarán igual castigo si no acuden contritas a este Sacramento!

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5.º Ejemplo de una casada, muy parecido al antecedente; también lo refiere San Ligorio. –Cuenta el P. Serafín Razzi que en una ciudad de Italia había una noble señora casada que era tenida por santa. A punto de morir, recibió todos los Sacramentos, dejando muy buena fama de su virtud. Su hija rogaba de continuo a Dios por el descanso de su alma. Cierto día, estando en oración, oyó un gran ruido a la puerta; volvió la vista y vio la horrible figura de un cerdo de fuego, que exhalaba un hedor insufrible, y tal fue su terror, que se hubiera tirado por la ventana; mas la detuvo una voz que le dijo: “Hija, detente; yo soy tu desventurada madre, a quien tenían por santa; mas por los pecados que cometí con tu padre, y que por rubor nunca confesé, Dios me ha condenado al infierno; no ruegues, pues, más a Dios por mí, porque me das mayor tormento.” Y dicho esto, bramando, desapareció.

Tal vez, amado cristiano, preguntaras: ¿Es posible que un alma condenada aparezca? A esto te responderé que sí, y para sacarte de la duda quiero explicarte las razones. Escúchame, pues, y vamos por partes: “¿Tú bien crees en las santas Escrituras y en el Credo?” “Cierto que si” me contestarás, o de lo contrario te diría que eres un hereje. Pues de la Escrituras y del Credo, consta que nuestra alma es inmortal. La razón natural nos está clamando que es preciso que sobreviva al cuerpo nuestra alma, para que el pecador pueda recibir de Dios el castigo de sus pecados, que no recibió en este mundo; y el justo, el merecido premio de sus virtudes; de otra suerte, Dios no sería justo. Y se presenta esto tan claro, que aun el mismo Rousseau lo confesó diciendo: “Aunque no existiesen otras pruebas de la inmortalidad de nuestra alma que el triunfo del mal y la opresión de la virtud acá en la tierra, ésta sólo me quitaría cualquier duda que tuviese de ella.”

También sabes y crees, según el Credo, en la Remisión de los pecados, es decir que por muchos pecados que haya cometido una persona, si se confiesa bien de ellos, le quedan todos perdonados; pero si se muere sin haberse confesado debidamente, basta un solo pecado mortal para quedar condenado eternamente. Y así como la bien ordenada justicia de la tierra (que es una participación de la justicia del cielo) tiene cárceles y suplicios para encerrar y castigar a los malhechores, también la justicia del cielo tiene cárceles y suplicios en el purgatorio e infierno para los que mueren en pecado o no del todo purificados.

Sentados estos principios, valgámonos de una semejanza: ¿Has visto u oído referir que a veces el juez o el tribunal decreta que uno de los presos sea expuesto a la vergüenza y que otro sea azotado por los parajes más públicos? Y no todos los demás presos han de salir a la vergüenza, ni cuando sale aquél lo ven todos los habitantes del mundo, ni aun todos los de aquella ciudad por donde es paseado, sino algunos. Aplica ahora la semejanza: Dios Nuestro Señor, Juez supremo y dueño absoluto de vivos y muertos, en cualquier hora puede ordenar, y algunas veces ha ordenado, que algunos de los encerrados en las mazmorras del infierno, para confusión suya y escarmiento y utilidad nuestra, salgan de aquella cárcel y se aparezcan del modo más conforme al fin por el cual les manda aparecer. Y cuando aparecen no es menester que todo el mundo los vea; basta lo vean algunos y éstos participen a los demás, para que, escarmentando todos en cabeza ajena, pongan un grande y especial cuidado en no hacer malas confesiones, y para que por medio de una confesión general, acompañada de un verdadero dolor y firme propósito, se enmienden y hagan de nuevo todas las mal hechas, para no tener que experimentar después la misma desgraciada suerte. Este es el fruto y utilidad que debes sacar de este y otros ejemplos.

6.º Ejemplo de una señora que por muchos años calló en la confesión un pecado deshonesto. –Refiere San Ligorio, y más particularmente el P. Antonio Caroccio, que pasaron por el país en que vivía esta señora dos religiosos, y ella, que siempre esperaba confesor forastero, rogó a uno de ellos que la oyese en confesión, y se confesó. Luego que hubieron partido los Padres, el compañero dijo a aquel confesor haber visto que mientras aquella señora se confesaba, salían muchas culebras de su boca, y que una serpiente enorme había dejado ver fuera su cabeza; mas de nuevo se había vuelto dentro, y entonces vio entrar tras de ella todas las culebras que habían salido. Sospechando el confesor lo que aquello significaba, volvió al pueblo y a la casa de aquella señora, y le dijeron que al momento de entrar en la sala había muerto de repente. Por tres días consecutivos ayunaron y rogaron a Dios por ella, suplicando al Señor les manifestase aquel caso. Al tercer día se les apareció la infeliz señora, condenada y montada sobre un demonio en figura de un dragón horrible, con dos serpientes enroscadas al cuello, que la ahogaban y le comían los pechos; una víbora en la cabeza, dos sapos en los ojos, flechas encendidas en las orejas, llamas de fuego en la boca, y dos perros rabiosos que le mordían y le comían las manos, y dando un triste y espantoso gemido, dijo: “Yo soy la desventurada señora que usted confesó hace tres días; a medida que iba confesando mis pecados, iban saliendo como animales inmundos por mi boca, y aquella serpiente que el compañero de usted vio asomar la cabeza y volverse dentro, era figura de un pecado deshonesto que siempre había callado por vergüenza; quería confesarlo con usted, pero tampoco me atreví: por esto volvió a entrar dentro y con él todos los demás que habían salido. Cansado ya Dios de tanto esperarme, me quitó de repente la vida y me precipitó al infierno, en donde estoy atormentada por los demonios en figuras de horribles animales. La víbora me atormenta la cabeza por mi soberbia y demasiado cuidado en componerme los cabellos; los sapos me cierran los ojos, por las miradas lascivas; las flechas encendidas me lastiman las orejas, por haber escuchado murmuraciones, palabras y canciones obscenas; el fuego me abrasa la boca, por las murmuraciones y besos torpes; tengo las serpientes enroscadas al cuello que me comen los pechos, por haberlos llevado de un modo provocativo, por lo escotado de mis vestidos y por los abrazos deshonestos; los perros me comen las manos, por mis malas obras y tocamientos feos; pero lo que más me atormenta es el formidable dragón en que voy montada, que me abrasa las entrañas, y es en castigo de mis pecados impuros. ¡Ah, que no hay remedio ni misericordia para mí, sino tormentos y pena eterna! ¡Ay de las mujeres! –añadió-, que se condenan muchas de ellas por cuatro géneros de pecados: por pecados de impureza, por galas y adornos, por hechicerías y por callar los pecados en la confesión; los hombres se condenan por toda clase de pecados; pero las mujeres, principalmente por los cuatro.” Dicho esto, se abrió la tierra y se hundió esta desdichada hasta el profundo del infierno, en donde padece y padecerá por toda una eternidad.

Haz reflexión, cristiano, y entiende cómo Dios Nuestro Señor mandó salir a esta infeliz señora de la cárcel del infierno y que pasase por la vergüenza, para que los mortales supiesen la muerte que les esperaba si pecan y no se confiesan bien. Ojala sacases tú de la lectura de este ejemplo el fruto que otros han sacado, haciendo una buena confesión y enmendándote del todo. Un autor dice que este caso ha convertido más gente que doscientas cuaresmas. El misionero P. Jaime Corella hizo voto de predicarlo en todas las misiones, por el grande provecho que causaba a los fieles. Hasta un Prelado hizo una fundación para que en ciertos tiempos del año se predicase o se leyese este caso en la iglesia. Mas, ¡ay de ti si no te aprovechas de él! ¡Ay de ti si no confiesas todos tus pecados! ¡Ay de ti si, mal preparado, vas a recibir la sagrada Eucaristía! Mejor fuera que no hubieses nacido.

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Confesión General

Confesión General (Sumamente importante leerlo)

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Discípulo. –– Padre, la última cosa. ¿Qué es la confesión general?

Maestro. –– Se llama confesión general a la acusación de todas las culpas cometidas en toda la vida o en parte notable de ella.

Discípulo. –– ¿Es necesaria la confesión general?

Maestro. –– Para muchos puede ser necesaria para otros solamente útil y para algunas nocivas.

Discípulo. –– ¿Cuándo es necesaria?

Maestro. –– Es necesaria cuando las confesiones precedentes fueron sacrílegas o nulas.

Discípulo. –– ¿Y cuándo son sacrílegas y cuándo nulas?

Maestro. –– Las confesiones son sacrílegas cuando, a sabiendas, se callan pecados graves, sabiendo que hay obligación de confesarlos, o bien, cuando falta el dolor o, propósito necesarios; son nulas cuando la falta de dolor o de propósito de no pecar, no la advertía el penitente en el acto de la confesión.

Discípulo. –– ¿Quién, pues, se encuentra en la necesidad de hacer confesión general?

Maestro. –– Encuéntrase en la absoluta necesidad de hacer una confesión general, aquellos que, sea por malicia, sea por vergüenza, callaron o negaron algún pecado mortal en las confesiones pasadas, o bien, alguna circunstancia que cambiase la especie del pecado o no se acusaron con precisión del número de los pecados mortales, de que tenían conciencia, o también declararon los pecados al confesor en forma tal, que no entendiese, o bien, si le engañaron con mentiras graves al responder a sus preguntas.

Discípulo. –– Tenga la bondad de explicarme con ejemplos todas estas cosas.

Maestro. –– Supongamos que un pobrecito pecador desde la primera vez que se confesó, calló ciertos pecados por vergüenza de confesarlos; aun cuando hubiera declarado bien todos los demás, sin embargo, por no haber corregido la primera confesión mal hecha, ninguna de las confesiones fue buena, y por lo mismo se encuentra en la absoluta necesidad de subsanarlas todas, con una confesión general en la que, además debe acusarse de los sacrilegios cometidos.

Supongamos otro que desgraciadamente, habiendo cometido en otros tiempos ciertos pecados de obra, al acusarse de ellos siempre hubiera dicho que tuvo malos pensamientos; también éste se confesó mal y tiene necesidad de confesarse generalmente.

Supongamos todavía otro que tuvo la desgracia de cometer pecados, pero con otra persona; si al confesarlos calló esta circunstancia y lo hizo a caso hecho, cómo la condición particular de haber pecado con aquella persona debía haberla manifestado y culpablemente la calló, se confesó mal y dabe confesarse también generalmente.

Supongamos, por último, que otro tuviese la costumbre de cometer cuatro o cinco pecados graves cada semana o cada mes y que al confesarse, en vez de cuatro o cinco pecados declaro sólo dos o tres, o bien tres o cuatro, sabiendo con seguridad que mentía, éste si confesaba, Confesaba mal, y se halla en el caso de los anteriores, es decir, que debe hacer confesión general.

Discípulo. –– ¡Por Dios!

Maestro. –– Aún más. La confesión general es, en segundo lugar de absoluta necesidad para quien siempre se ha confesado sin dolor y propósito de no cometer más pecados, según se ha dicho anteriormente, o también para quien no ha cumplido fielmente las obligaciones impuestas por el confesor, como por ejemplo de abandonar la ocasión próxima y voluntaria de los pecados o destruir algún libro prohibido o entregarlo a quien tenga licencia para leerlo o retenerlo, de romper con ciertas relaciones, y así de otros casos semejantes. Todos éstos habiendo faltado a las cualidades sustanciales de la confesión, deben por lo mismo poner en orden y tranquilidad su conciencia mediante una buena confesión general.

Discípulo. –– Padre, ¿estos tales son pocos o son muchos?

Maestro. –– ¡Plugue a Dios que sea pocos los que se encuentran en estas circunstancias! Mas la experiencia diaria demuestra que el número de ellos es, mucho mayor de lo que se cree, aun entre personas aparentemente buenas.

En la vida de Santa Inés de Monte Pulciano se lee, que un señor rico, estimado por todos como buen cristiano, siendo como era muy devoto de aquella santa y de su monasterio, la socorría con muchas y generosas limosnas; y la santa, en cambio, rogaba mucho por su bienhechor.

Cierto día, estando la santa en oración, fue arrebatada en éxtasis, durante el cual vio en medio del infierno un palacio todo de fuego, y oyó una voz que le dijo: “Inés, este palacio es de tu bienhechor, y cuanto antes vendrá a habitarlo”. Vuelta en sí Inés muy asombrada mandó llamar a aquel señor que viniese a verla. Vino, en efecto, contóle la santa la espantosa visión que había tenido. Aquel señor tembló, palideció y como desvanecido, declaró sinceramente que hacía como treinta años que se confesaba mal, a causa de haber permanecido siempre voluntariamente en ocasión próxima de pecado. Entonces la santa lo animó a hacer una buena confesión general. Obedeció aquel señor y he aquí, que Inés, tuvo luego otra visión en la que vio aquel palacio en el Paraíso, y oyó la misma voz que le decía: “bien pronto vendrá tu bienhechor a habitarlo”.

Ahora bien, todo aquel que, a causa de sus malas confesiones, tema tener preparado su palacio o su casa en el infierno, ya sabe lo que debe hacer para librarse: confesarse bien.

Discípulo. –– Padre, cuando uno se dejó algunos pecados en las confesiones pasadas por ignorancia o por olvido y después lleva a conocerlos o a recordarlos, ¿está obligado a repetir las confesiones pasadas o confesarse generalmente?

Maestro. –– No, cuando los pecados se dejaron por ignorancia o por olvido, entonces sólo hay Obligación de reparar aquellas omisiones parciales. Para que haya obligación de la confesión general, es preciso que se trate de haber recibido mal el sacramento a sabiendas y queriendo cometer sacrilegio.

Discípulo. ––Y cuando dudamos de si tenemos obligación o no, de hacer confesión general, ¿cómo debemos comportarnos?

Maestro. –– En este caso expónganse al confesor las dudas que se tengan, y sígase su resolución.

Discípulo. –– Gracias, Padre; y ahora dígame: ¿para quiénes será útil la confesión general?

Maestro. –– Es útil a quien duda acerca del valor de las confesiones pasadas, y tiene necesidad de poner en paz su conciencia.

Es útil a todos aquellos que nunca la han hecho, pues suele producir en sus corazones mayor contrición de los pecados y consolidar la firmeza y la eficacia del propósito de no volver a cometer más.

Es también muy útil a aquellos que se encuentran en un punto decisivo de su vida o deben escoger o abrazar un estado del cual depende su porvenir espiritual. Estos podrán así recibir del confesor, que hace las veces de Dios, mayor luz y mejor consejo y conseguir mayor seguridad en su elección.

Discípulo. –– ¿Por ejemplo, los esposos, al aproximarse las bodas?

Maestro. –– Así es. También a éstos les es muy útil la confesión general, ya para disponerse mejor para recibir el sacramento que los ha de unir hasta la muerte de uno de ellos, ya para obtener aquella luz y consejo indispensable para gobernarse debidamente en tal estado. El matrimonio es un sacramento grande¡ay de quien lo recibe indignamente! Dios no bendecirá nunca un matrimonio en el que interviene el pecado.

Discípulo. –– ¿Cuándo, Padre, puede intervenir el pecado en el matrimonio?

Maestro. ––  Cuando se prolonga mucho el noviazgo.

Cuando se permiten los novios ciertas libertades en sus conversaciones y en sus tratos.

Cuando, estando en pecado los novios, o no se confiesan, o, lo que es peor, se confiesan mal, para casarse.

Discípulo. –– ¿Es, pues, necesario en tal confesión manifestar que se va a contraer matrimonio, y pedir consejo al confesor en tales circunstancias?

Maestro. –– Sin duda. No manifestándolo, ¿cómo puede el confesor ilustrarles en lo concerniente al nuevo estado que pretenden abrazar?

Discípulo. –– Padre ¿cuál es el tiempo más propicio para hacer una confesión general?

Maestro. –– Si se trata solamente de pura utilidad o devoción, el tiempo más indicado es el de los Ejercicios Espirituales, y mejor al fin de los mismos; más si se trata de ponerse en gracia de Dios, debe hacerse cuanto antes se pueda.

Quien piensa disponer de tiempo (para su conversión), no se demore, dice el proverbio.

Discípulo. –– ¿Y se deben escribir los pecados para mejor recordarlos?

Maestro. –– Generalmente no. El que tuviere necesidad de recurrir a la escritura, hágalo con la debida cautela, y apenas terminada la confesión, destruya aquel escrito, de modo que nadie pueda ya leerlo, ni siquiera el mismo penitente.

Entre los muchos episodios chistosos que se leen en la vida de San Juan Bosco, se encuentra el siguiente: Un buen muchacho, deseoso de hacer con la mayor precisión posible su confesión general, había escrito sus pecados, llenando con ellos un cuadernillo. Más sin saber cómo, perdió el pequeño volumen de sus infaustas gestas. Mete una y más veces sus mayos en los bolsillos, busca y vuelve a buscar por todas partes. El manuscrito no aparece. Entonces el pobre muchacho se desconsuela, siente oprimírsele el corazón y rompe a llorar. Por buena suerte, el cuadernito se lo había encontrado Don Bosco. Cuando los compañeros del muchacho lo llevaron llorando ante el Santo, sin haberle podido arrancar la causa de su llanto,Don Bosco le preguntó:

— ¿Qué te pasa, Jaimito? ¿Estás enfermo? ¿Tienes algún disgusto? ¿Te han pegado?

El buen muchacho enjugándose un poco las lágrimas y animándose un poco, le responde, ¡He perdido los pecados! A estas palabras los compañeros prorrumpieron en regocijadas risas, y Don Bosco, que en seguida lo había comprendido todo, le dice discretamente:

—Feliz de ti si has perdido los pecados, y mucho más feliz, si ya no los vuelves a encontrar, porque sin pecados, irás ciertamente al cielo.

Mas Jaimito pensando que no había sido comprendido, se explicó diciendo:

— ¡He perdido el cuaderno en que los tenía escritos!

Entonces, D. Bosco, sacando del bolsillo el gran secreto, le dice:

—Está tranquilo, querido, que tus pecados han caído en buenas manos; ¡élos aquí!

Al verlos el pobrecito se sosegó y sonriendo añadió:

—Si hubiese sabido que era Ud. quien los había encontrado, en vez de llorar me hubiera echado a reír. Esta noche al irme a confesar lo hubiera dicho: Padre, me acuso de todos los pecados que usted se ha encontrado y que tiene en el bolsillo.

Discípulo. –– Muy chistoso, en verdad, es el caso, y como todos los episodios y escenas de este gran educador y humildísimo santo, lleno de dulzura. Y finalmente, Padre, ¿para quiénes podría ser nociva la confesión general?

Maestro. –– Puede ser nociva especialmente para las personas escrupulosas o llenas de ansiedades y de vanos temores: para aquellos que, habiéndola hecho varias veces, no se aquietan nunca y quisieran cada momento decir, desde el principio, lo que tienen dicho ya cien veces. A todos éstos, la confesión general les servirá sólo para suscitarles un avispero de mayores ansiedades y escrúpulos. Estos deben obedecer al confesor, y cuando él les asegura que pueden estar tranquilos… que él responde ante Dios del estado de su alma, ¿por qué dudar? El confesor ve y juzga mejor que ellos. Deben, pues, quedar bien persuadidos de que obedeciendo al confesor, obedecen a Dios mismo.

Discípulo. –– Entonces, pues, cuando el confesor no permite la confesión general,¿debe ser obedecido?

Maestro. –– Sin duda, cuando el confesor no permite la confesión general está en uso de sus plenos derechos y el penitente tiene el deber de obedecer. Solamente a este precio se consigue poco a poco llegar a gozar de aquella tranquilidad tan suspirada. Querer encontrar la paz por otros caminos, es como pedir peras al olmo.

Ya vez, en resumen, de cuánta importancia es la confesión general. Después de esto no hay por qué maravillarnos que haya sido tan recomendada de los santos, como de un San Ignacio, de un San Carlos Borromeo, de un San Francisco de Sales, de un San Buenaventura, de un Santo Tomás de Aquino, que son los más célebres por su práctica espiritual y por su doctrina.

Animo, pues. Ninguno se deje engañar del demonio; y teniendo necesidad, dispóngase a hacer una confesión general. Anímenos el pensamiento de que, por su remedio, podemos en cierto modo reconquistar la inocencia bautismal.

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En la vida de los santos monjes del desierto se lee que un joven, gran pecador, se presentó al monasterio con el fin de hacerse religioso, al cual el Superior le mandó que hiciera confesión general el domingo siguiente en la iglesia del monasterio. El joven con este intento se preparó y escribió todos sus pecados para mejor recordarlos y confesarlos. Ahora bien, mientras se confesaba leyendo sus culpas, un monje de los más ancianos y virtuosos vio al mismo tiempo un ángel que iba tachándolos del catálogo que tenía en la mano el joven, hasta dejarlo por fin completamente blanco; como significando la blancura inmaculada con que había quedado adornada el alma de aquel joven.

Un hecho semejante lo refiere Cesáreo, Obispo de Arles. Era cierto estudiante de París, el cual, habiendo sido gran pecador, pero queriéndose convertir de veras y a toda costa, fue a hacer confesión general con un buen confesor de la Orden Cisterciense. Más no pudiendo declarar sus pecados, por la abundancia de lágrimas y suspiros, el confesor le exhortó a que los escribiese en un papel, lo que el joven hizo de muy buena gana. Púsose luego el confesor a leerlos y encontró allí casos tan enormes, y complicados que no se atrevió a resolverlos por sí mismo, por lo que pidió y obtuvo del penitente la licencia necesaria para consultar acerca de ellos con el Superior. Mas cuando el Abad tomó aquel papel para leerlo, al punto exclamó: “Pero, ¿qué cosa he de leer si no hay nada escrito?” —En efecto, Dios milagrosamente había borrado del papel todos los pecados de aquel joven, así como los había también borrado de su alma.

Más, ¿a qué ir aduciendo ejemplos de los santos, cuando el mismo Jesucristo nos declara que la confesión general nos devuelve verdaderamente la inocencia bautismal? En confirmación de esto, además del hecho de Santa Margarita de Cortona, referido antes al tratar de los admirables efectos de la confesión, tenemos el de Santa Margarita María Alacoque.

Estaba la Santa practicando los Santos Ejercicios Espirituales, cuando se le apareció Jesucristo, y le dijo: ––“Margarita, deseo que renueves la confesión general de los pecados de toda tu vida, y yo te regalaré un cándido vestido”.

Margarita, para complacer a Jesús, puso mano a la obra, y después de un diligente examen, verificó su confesión general. Inmediatamente después se le apareció de nuevo Jesús, quien llevando en sus manos un blanquísimo vestido se lo vistió diciéndole: “Este es, Margarita, el vestido que te había prometido”. Aquella cándida vestidura era la imagen de la inocencia bautismal.

¡Oh, mil veces bendita sea la confesión general, que produce en nuestras almas, tan maravillosos efectos, que la purifica más y más y la deja de nuevo tan bella como si entonces acabara de salir de la pila del Santo Bautismo!

Discípulo. –– Gracias, Padre, lo he entendido todo muy bien, y le agradezco cordialmente su doctrina; la estamparé en mi corazón.

CONFESAOS BIEN

Pbro. Luis José Chiavarino

Fuente: SAN MIGUEL ARCÁNGEL BLOGSPOT

 

Recuerda que los demonios son RESPONSABLES del pecado pero tú eres CULPABLE por no haber resistido la tentación y por ofender a Dios con el pecado. ¡Confiésate bien!

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Que Dios les conceda a todos la Gracia de una sincera confesión y una verdadera conversión.

Karla Rouillon Gallangos

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La comunión en la mano es SACRILEGIO y PECADO y nadie puede obligarte a recibir la comunión en la mano, pues es “sólo para el fiel que lo desea”.

Por favor, por amor a Jesús, no se queden callados y luchen contra la sacrílega comunión en la mano… es Jesús ahí presente y no, no está dichoso de ser flagelado otra vez por ti recibiéndolo en las manos… ¡NO RECIBAS A JESÚS EN LA MANO!

Sobre la COMUNIÓN EN LA MANO