Riqueza en el púlpito – Religión y prosperidad en There Will Be Blood (2008)

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Años después, There Will Be Blood se sostiene como un clásico moderno, una poderosa fábula sobre el capitalismo salvaje y su rol fundacional en el desarrollo del EE.UU. moderno, una violenta exploración por la codicia individual, la manipulación de masas y el sistema que enlaza todo deseo de ambición y toda forma de hacer dinero rápido, sangriento y permanente. Son muchos los detalles del film que parecen haber sido hechos como pequeñas miradas al EE.UU., y todos parecen servir para desentrañar el sistema.

Uno de los detalles fundamentales en la obra de Paul Thomas Anderson tiene que ver con la relación entre Daniel Plainview, el magnate petrolero que parece destinado al éxito y Eli Sunday, el joven y carismático pastor del pueblo. Para una pequeña comunidad como Little Boston, la religión protestante es el engranaje social que ata a la comunidad y a sus miembros, por lo que Plainview, a pesar de su marcado ateísmo, debe mantener buenas migas con el pastor y sus demás peticiones para poder avanzar con su proyecto.

La Iglesia de la Tercera Revelación exige una serie de requisitos a la inversión de Daniel Pleinview.  Exige, en primer lugar, que la Iglesia sea el principal receptor de sus donaciones. Exige, además, que los yacimientos de petróleo sean bendecidos por el pastor. Más adelante, para que Plainview pueda ampliar su proyecto, él debe hacerse miembro de la congregación.

Que Eli Sunday quiera bendecir el proyecto implica una relación contractual entre inversor y misionero. Por un lado, parece legitimar al capital foráneo que todavía inspira miedo entre los miembros de la comunidad, pero por otro lado implica la certidumbre de la permanencia y expansión de su Iglesia, gracias al jugoso capital ofrecido por Plainview. Ello implica que la Iglesia, en vez de asumir un rol ajeno al proyecto -netamente espiritual o centrado en el individuo- adopta una postura social y cercana al mercado, en este caso, como incentivadora. La Iglesia incentiva al mercado en cuanto promueve la inversión de sujetos como Plainview, lo que parece determinar su conducta al respeto: una conducta que, desde el púlpito, promueva la prosperidad económica como un acto divino, lo que parece determinar la actitud de Sunday frente a los proyectos de inversión.

Este rol social de la Iglesia también parece distanciarse de tendencias más progresistas del cristianismo -como aquellas propias de vertientes cuáqueras o católicas- críticas de la adquisición de capital y centradas en exigir la redistribución de la riqueza. Por supuesto, los lazos entre la Iglesia de la Tercera Revelación y Daniel Pleinview evita que la crítica sea constante o suficientemente aguda. Solo eso podría sugerir que Eli Sunday, luego de conocer a profundidad muchas de las atrocidades de Pleinview, todavía esté dispuesto -incluso necesitado- a hacer negocios con él, lo como el lastre propio de sus previos acuerdos.

El problema de incentivar la fe de forma transaccional, según sugiere Anderson, es que eventualmente la fe no es un bien en sí mismo, sino un commodity, una pieza de mercancía que solo es importante en la medida en que obtiene algo más, algo tangible. Daniel Pleinview acepta bautizarse y someterse a todo tipo de rituales en la Iglesia de la Tercera Revelación no por algún tipo de convencimiento, sino porque es el paso a seguir para comprar la tierra que necesita para sacar petróleo. Si bien por un momento parece hallar la catarsis -enfrentándose al hecho de que abandonó a su hijo en el camino-, Daniel no parece haber asumido la fe o la redención de forma permanente o si quiera relevante en su identidad. La siguiente escena lo muestra anciano, amargado y corrompido por completo por la ambición y el petróleo. La presencia de la Iglesia es poco más que una anécdota en su camino.

There Will Be Blood es ambivalente con respecto a la fe de Eli Sunday. Parece ser que el joven pastor, en un espejo del propio Plainview, está mucho más centrado en la consagración personal que en inspirar la fe en su pueblo. La interpretación de Paul Dano -muchas veces infravalorada por la crítica- lleva a Sunday al extremo: lo hace un performer de primera, que incita a la multitud con cánticos y prédicas llenos de energía y manierismos. Sería, sin embargo, muy facilista pensar que Sunday no cree fervorosamente en lo que predica. Si bien ha institucionalizado, mercantilizado su fe y se ha apropiado de las creencias para incrementar su imperio, todo ello parece funcionar como un camino para expandir la palabra de Dios y no viceversa. En el encuentro final con Plainview, Sunday, desnudo de toda jugarreta del espectáculo, confiesa su frágil fe y la culpa que ha implicado vender su Iglesia a la incertidumbre del capital. No sabemos, por supuesto, qué tan cierto es el lamento de Sunday, pero creemos que sus palabras escogen el dolor de cualquier oveja perdida.

De alguna manera, la debacle de Eli Sunday parece implicar que la religión institucionalizada es incompatible con la búsqueda de capital. De por sí, la forma en que instituye su Iglesia, basada en un extremo personalismo, parece depender menos del dogma que del espectáculo directo, haciendo que él mismo y sus acciones en el escenario sean indispensables en la identidad de la Iglesia. De todas formas, Anderson no parece condenar por completo la relación entre religión y capital. El anciano que ofrece vender sus tierras a Plainview, quizás uno de los pocos personajes decentes en el film, lo hace convencido de que su capital es la única forma de llevar a un hermano descarriado por el camino del bien.

Eli Sunday no es castigado por acercarse al capital, sino por dejarse corroer por la ambición. A fin de cuentas, es él quien decide montar una cruzada personal contra Daniel Plainview, decidido a demostrarle que su poder -es decir, el poder de Dios- es superior a cualquier otro, incluyendo el dinero del forastero. Por supuesto, cuando Plainview decide entregarse a su Iglesia mediante el bautizo, Sunday utiliza todo su poder escénico para humillarlo y someterlo a una posición de inferioridad, algo a lo que Plainview no había estado acostumbrado por muchísimo tiempo. Una vez, el juego de poder parece superar a las aspiraciones espirituales del joven pastor, ya que la medida correctiva es efímera: Sunday no se queda como guía de Plainview, sino que abandona rápidamente el pueblo, ganancia en mano, buscando nuevos lugares para expandir su emporio.

Daniel Plainview necesita desmontar el mito de la fe, quizás como una forma de reivindicar el poder económico por sí solo, sin necesidad de la intervención divina. Por supuesto, el riesgo de enlazar religión y capital es que, inevitablemente, Plainview se verá forzado a reconocer su riqueza y bienestar como parte de un acto o plan divino, lo que le resta crédito a sus propias acciones (y sacrificios). Para alguien como Plainview, a quien el éxito de sus empresas es aquella que valida su espíritu, ese es un sacrificio que no puede darse. Además, la religión, con sus patrones morales y exigencias de redención frente al pecado, no parece ser el campo más deseable.

La discusión parece mantenerse en torno a la religión y esta teoría de la prosperidad presente en el film de PTA. Quizás convendría analizar otras películas de Anderson –The Master, Magnolia– para más respuestas. Quizás puedan revelar otras miradas iguales o más complejas sobre la religión, el individuo y las tribulaciones de la fe, todo dentro de un feroz sistema de desarrollo.

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Acerca del autor

Anselmi

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