Morbos y placer – Elle (2016)

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Elle incomoda. De alguna manera, parece demasiado. Este psicosexual francés, escalofriante desde su inicio, de a pocos se transforma en una exquisita y perturbadora mirada a las sombras de la burguesía francesa, cuyas aberraciones se disfrazan de incidentes, cuyas gruesas mentiras permanecen ocultas tras un cauteloso acto de cinismo. Aquí todo se trata de las contradicciones. La obra de Verhoeven puede con todo. Aparenta ser un filme feminista, pero su protagonista más parece una descorazonada arpía que una heroína a seguir. Quiere denunciar el clima de descontrol del que es víctima todo ser social, pero termina regocijándose en sus propios excesos. Y, claro está, ofrece una amplia dosis de violencia y sexo explícitos, cortesía de uno de los más perturbadores directores de Hollywood. Bueno. Bajo ninguna circunstancia puede estar protegida por lo “políticamente correcto”. De alguna manera, se atreve. Y eso se agradece.

Michelle es difícil de tratar. Dirige con mano de hierro una compañía de videojuegos, se acuesta con el esposo de su mejor amiga y detesta ferozmente a la novia de su hijo, quien está a punto de hacerla abuela. No nos genera simpatías. Utiliza su actitud fría y maniqueista con todo el que puede, generando tanto rechazo como respeto.Dicha actitud, sin embargo, no es sino un desesperado mecanismo de defensa para una mujer ceñida en tribulaciones.Una mujer que lleva las heridas de un padre psicópata y una madre hedonista, poco preocupados por ella. Por supuesto, la mayor herida proviene de la aceptación: saber que la macabra doble vida de su familia fue expuesta a la luz. Pero la calculada vida de la dama cambiará incesantemente cuando sea brutalmente atacada y violada por un misterioso intruso. A partir de ahí, su mundo personal penderá de un hilo, más aún cuando una extraña pasión empieza a acrecentarse en su interior.

La forma en la que Verhoeven abre su cinta no es una pista de la violencia que constantemente vamos a apreciar, sino una advertencia de lo poderoso de su contenido. Un acto violento, en esencia, un acto sexual no deseado. El victimario termina y se aleja. La víctima se queda impasible. Un gato observa pacientemente mientras la mujer se levanta, arregla un poco las cosas y, lejos de pedir ayuda o sentarse a llorar, decide pedir algo para cenar. Con una cámara vivida y latente, el director sabe cómo revolver al espectador hasta las entrañas. Lo sorprendente, además de la brutalidad del ataque, está en la tranquilidad con la que la víctima lo asimila.

Eso define a Elle. Es un thriller, si queremos verlo así, ya que, para bien o para mal, la protagonista está rodeada en todo momento de peligro inminente. La fórmula, por supuesto, se basa en yuxtaponer la elegancia de la sociedad europea con la brutalidad incipiente en el ser humano, jugar con la cordura de los personajes y de la audiencia, a fin de que sintamos en carne viva lo que siente Michelle. Michelle, por supuesto, es el enemigo. Es una mujer poderosa. Es una mujer que tiene el control de su vida, o eso parece. Es alguien a quien recurrir. Los hombres en su vida, o casi todos los personajes, sienten lo mismo: temor, envidia, odio. Poder.

El sexo es crucial. A su estilo, esta vez refinado, el neerlandés estudia pulcramente la necesidad del placer carnal en la tan correcta sociedad de hoy. Por supuesto que muestra carne, pero distribuida con inteligencia. Así, la película está envuelta hasta el cuello de un inusitado poder erótico, poder que se complementa con psicosis. El sexo, al parecer, es limitado para quienes no conforman el ideal social. A Michelle muchos la tratan como un objeto sexual intercambiable, quizás por su edad y porque debería contentarse con eso. Michelle, a su vez, le reprocha a su madre tener que traer un amante distinto para cada ocasión, cada uno más joven que el anterior. Philip, vecino de Michelle, tiene una particular represión sexual, probablemente impuesta por el rígido catolicismo de su mujer, lo cual, por supuesto, desata su más salvaje sentido. El sexo es poder, una vez más, y, en estos casos, somete, jerarquiza, define. Y eso sobre todo parece pesarle a Michelle.

Por eso, y por mucho más, es que Isabelle Huppert merece mucho. Su rol, difícil y sensacionalista, es manejado con una calma única. Actúa como una misteriosa e irrompible dama de la noche, como incapaz de aceptar sus emociones de forma sincera, como impasible frente a lo más turbio de la cómoda vida parisina. Su cinismo y resistencia, por otro lado, no son sinónimos de frialdad. Verhoeven es inteligente en someter a su Michelle a numerosas pruebas emocionales, forzándola a llevar su autocontrol al límite, a tal punto que parece ceder y mostrar un lado compasivo, conmovedor. ¿Será eso, acaso, lo que la fuerza a no denunciar a su agresor, y comenzar un extraño juego de gato y ratón con él? ¿O es solo una forma de liberar la tensión reprimida? La mirada de Huppert, ida, pero a la vez precisa, parece dejarnos en ambigüedad, así que podrían ser ambos. Nos gusta su firmeza. Atrae.

Por supuesto, la violación en sí no es sino una mera excusa argumental. Si bien es el motivo por el que nace la película, definitivamente no es su hilo conductor, mucho menos su única línea narrativa. De hecho, la historia posee tantas subhistorias lo suficientemente construidas como para llenar una película entera. La trama no se queda en mero cuento, sino que evoluciona conforme a lo que Michelle experimenta junto a los otros personajes. Su relación con hombres y mujeres de toda índole ponen a prueba su carácter. En la mayoría de thrillers, una cantidad innecesaria de historias secundarias (unas 2 a 3) tienden a arruinar el suspenso, y por ende, toda la trama. Elle debe tener 5 o 6. Y, aun así, seguimos interesados. La clave está en los personajes: pequeñas contribuciones a la vida de Michelle que, a su modo, cuestionan ciertas creencias arraigadas que mantiene. La clave, además, está en la simplicidad: historias sencillas, al grano, enfocadas en lo que sucede cualquier día en la alta sociedad parisina. 

Lo que tenemos aquí es un justificado acto de furia contra el género masculino. Hasta cierto punto y en su propia y visceral manera, la película es una cortante crítica a la actitud de macho men que aún persiste en nuestra sociedad. Casi todos los personajes masculinos son en mayor o menor medida, unos fracasados, no en los términos de éxito laboral o económico, sino en la forma en la que tratan a las mujeres. Pervertidos aburridos, atrapados en la mediana edad y mimados hasta el cuello, los hombres son sometidos a una constante (y fiel) representación que desnuda, a viva voz, sus carencias. De a pocos, Michelle se harta. Cuando decide tomar el asunto por sus propias manos, las cosas comienzan a agudizarse, hasta fines insospechados.

Feroz pesadilla urbana. Al final, Michelle, capaz de hacerle frente a sus demonios con todo lo que ello implica, parece estar curada, o algo así. Digamos que es un final feliz. El impacto de lo visto en la pantalla no se va. Se queda con nosotros. No sentimos sucios. Y libres.

 

Puntuación: 5 / Votos: 1

Acerca del autor

Anselmi

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