Para atrapar al ladrón – Memories of Murder (2003)

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Memories of Murder funciona casi como una tragedia. No da respuestas frente a los horribles actos que filma en la pantalla. Deja que los personajes se enfrenten a un espiral de violencia sin sentido del que ellos son agentes y protagonistas. Confronta la violencia animalesca y cruenta con la violencia institucionalizada. Deja que cierta aura de solemnidad tome el film, sobre todo en los últimos minutos. Gracias a las pretensiones de estilo, sin embargo, no parece que estamos ante una tragedia. Genuinamente, no sabemos exactamente qué es lo que vemos. Eso no lo hace menos impresionante. No cuando Bong Joon-hoo deja que sus caprichos se pasen a la pantalla y que, a pesar de las dudas, no deje de rodar.

El misterio es fácil de seguir: una seguidilla de horribles asesinatos parece aterrar una pequeña población rural surcoreana. Todas las víctimas son mujeres, abusadas sexualmente y cubiertas con un traje color rojo. El caso es asignado a una pareja de detectives: Park Doo-man, sujeto supersticioso, bastante desordenado en sus procedimientos y con el ego hasta la médula; Cho Yong-koo, su compañero, ultraviolento en los interrogatorios y demás procesos. Desprovistos de suficiente tecnología y abandonados por el sistema oficial, los oficiales recurren a métodos extrajudiciales para obtener información. Los casos se acumulan y atraen la atención de un oficial de Seúl, Seo Tae-yoon, mucho más serio y cercano a medios oficiales, quien consigue aliarse con Park y Cho para atrapar al asesino.

Memories of Murder se opone a otras propuestas de ficción por la forma en que lleva su historia. El ritmo y balance del film no se parece al estilo tradicional hollywoodense, pero tampoco parece alejársele demasiado: funciona, quizás, como una suerte de híbrido entre la tradición asiática, las expectativas del thriller y los impulsos creativos de Joon-ho, una serie de tjuegos estéticos y técnicos que solo tienen sentido una vez montado el producto final. Los trucos de cámara, montaje y fotografía son evidentes. Aquí algunas ideas:

La expectativa temporal entre una escena y otra no es a la que estamos acostumbrados: por momentos, frente a dos secuencias consecutivas, sentimos que falta una escena en el medio, como si la transición hubiese sido absorbida de repente y nada hubiese quedado en su lugar.

Los personajes saltan de una escena y otra de forma presurosa. En un film tradicional, las tomas y el montaje nos dan la ilusión de que los personajes se han movido a un lugar, pero en Memories of Murder, los personajes simplemente aparecen. Ambas cosas sugieren una suerte de cine amateur: cortes abruptos y secuencias a las que les faltan algo.

El film vira entre un tono y otro con cierta brusquedad: el drama de una escena de asesinato se complementa con una escena de alivio cómico y algún personaje caricaturesco. La música cambia desde la solemnidad hasta el absoluto silencio, pasando por una melodía agradable, como de comedia. A veces, el giro se da en la misma escena: Joon-ho es experto en hallar el humor en las situaciones más perturbadoras -y hacerlo parecer genuino-, lo que, a su vez, permite mostrar las eminentes contradicciones entre la institucionalidad y la violencia.

El film se envuelve en una atmósfera de evidente letargo: las escenas se filman pausadamente, sin demasiados cortes o cambios de ángulo, permitiendo que una cierta parsimonia tome el ritmo, como una larga tarde de verano.

La fotografía de Kim Hyung-koo parece una versión art-house de un capítulo de CSI o una película del Oeste: juega constantemente con las sombras, desatura los colores y filtra las escenas con cierto tono descolorido, como si estuviésemos en una suerte de sueño pesado, aun hiperrealista, que se altera según la escena, que se ennegrece al llegar la tragedia.

Joon-hoo demuestra que, cuando quiere, puede darles rienda suelta a sus arrebatos creativos sin caer en un desmedido exceso o en la autoparodia del género (como sí sucedía en The Host -2006- o Snowpiecer -2013-). Así, con el trabajo audiovisual de este film, el coreano parece haber sembrado el camino de aquel meticuloso estilo de filmar, un cuidadoso trabajo de puesta en escena que encontraría su cúspide con Parasite (2019). Memories of Murder, entonces, parece funcionar como un interesante experimento narrativo, que no arriesga tanto como parece, pero que hace lo suficiente para justificar un estilo propio. Su valor, sin embargo, y cómo lo ha tomado la crítica, tiene más que ver con el mensaje que con el emisor. La reflexión política del film, como es común en el cine de Joon-hoo, parece resultar demasiado urgente como la dejarla de lado, imponiéndose por encima de las pretensiones de estilo.

Se supone que el film funciona como alegoría del sistema represivo de Corea del Sur, dado que el contexto de los asesinatos (1980s) es, a su vez, el ascenso de protestas contra el régimen dictatorial y, años de represión más tarde, el establecimiento de un sistema democrático. Pongo en duda esto. Aún cuando el film contrapone el drama de los detectives con breves escenas de represión en las calles y toques de queda, parece que tales eventos se minimizan, siempre en segundo plano y sin suficiente detalle. De alguna manera, parece que el film no quiere que prestemos atención al telón de fondo. Apenas si se menciona el estado de crisis. Parece ser un recurso que genera el thriller, un elemento más de tensión. Y claro que, cuando Bong Joon-ho quiere que nos quedemos con un mensaje, nos lo hace saber y con particular énfasis. Eso parece ser un sello evidente en su cine.

Quizás ese sea el punto: hacer que las protestas por la democracia y el derrocamiento de la dictadura parezcan, finalmente, elementos mínimos en comparación al sistema de abuso y represión y el uso institucionalizado de violencia. La parábola aquí cobra más sentido: da igual si es democracia o dictadura, la violencia, como sistema paralelo y omnipresente, tiene sus propias reglas. La violencia se normaliza a partir de la deshumanización y la burocracia: una escena de brutal interrogatorio es sucedida con un diálogo casual entre un detective y su jefe, acompañado por tomas que enfocan la rutina en la comisaría, en lo que parece un trabajo de oficina como cualquier otro. ¿Quiere Bong Joon-ho alegorizar la banalidad del mal en el sistema represivo coreano? ¿O es una crítica que escarba más profundo, en la propia naturaleza de la policía?

Sea cual sea la intención del surcoreano, el discurso se ve contrapuesto por el drama de los detectives, en especial de Seo. El film, dentro de su aspecgo tradicional, recurre a la oposición binaria policía bueno/policía malo, pero con un twist: mientras que el cinismo de Park le evita involucrarse demasiado con el caso, la rectitud de Seo lo lleva a una eventual frustración y con ella, a la ira. Cuando un nuevo crimen acecha, Seo está desconsolado. El espiral de violencia se mantiene y se intensifica. Quizás la parábola central en el film es que la violencia, más que solo inevitable, parece ser una fuerza demasiado cruel y demasiado totalizante, capaz de nublar todo juicio moral o apropiarlo para su interés.

El propio film juega con nuestras percepciones. Nos ofrece una seguidilla de posibles sospechosos: todos parecen ser igual de probables, cualquiera entraría perfectamente en el rótulo de culpable. Con astutos giros de trama, Jong-hoo desmantela toda teoría y acaba con nuestras certezas. Podemos experimentar parte del burnout de los detectives, la presión y decepción que se acumula y, así, la crisis moral. Cada sospechoso sufre la violencia de los detectives y sus métodos amorales. ¿Cambia algo nuestra empatía por su sufrimiento una vez que descubrimos que son inocentes? ¿Debería cambiar, acaso? Esta serie de dudas, como sucede en todo thriller, deben tener alguna suerte de drenaje y resolución el cierre, un culpable y un nombre. Pero aquí no parece que se siga la norma. El asesino termina sin ser identificado y, para el estreno del film, todavía se desconocía su identidad.

Es un final descorazonador. La violencia institucionalizada se ha esparcido de tal forma que se hace una con los procedimientos políticos, lo que la hace imposible de erradicar. La violencia repentina parece ser una consecuencia natural de los sujetos frente al peligro y, al parecer, nuestra intuición por la justicia solo parece alimentarla. Seo, noble y metódico, es el primero en ser víctima de su propio compás moral. A donde sea que viremos, entonces, las memorias de violencia se hacen la norma. Y esa lección es de las que uno prefería olvidar.

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Acerca del autor

Anselmi

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