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Sacrilegio: Partículas del Cuerpo y la Sangre de Cristo desacralizadas

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define al Sacrilegio como “Lesión o profanación de cosa, persona o lugar sagrados.”

El sacrílego es aquél que no siente respeto o le falta al respeto a lo que es sagrado, lo que realizan al faltar el respeto a lo sagrado es un Sacrilegio, y si lo hacen de manera intencionada y deliberada es una profanación.
Cuando se trata de una palabra o algo que es dicho verbalmente se llama blasfemia.

Comete sacrilegio aquella persona que insulta a un sacerdote, que profana lugares sagrados (Iglesias, Altares, Cementerios, etc.) o que profana las cosas sagradas, como los Santos Sacramentos, la Sagrada Eucaristía, los Santos Evangelios, las reliquias, los instrumentos de uso ceremonial para la Santa Misa, etc.

¿Cómo se desacraliza la Sagrada Eucaristía?
De muchas maneras hoy en día gracias a la Eucaristía en la mano.

Fotos: Radio Cristiandad

Muchos reciben la Eucaristia en la mano por temor de contagiarse hepatitis y mas recientemente la gripe A y eso es errado, es pensar en la Sagrada Eucaristia como una comida transmisora de enfermedades.

El recibir la Eucaristia en la mano hace que la devoción se pierda, que se desacralice la Eucaristía reduciéndola a una mera comida, que se exponga a las manos de personas que entran a las iglesias a desacralizar las Eucaristías intencionalmente (arrojándolas dentro de las pilas de agua bendita, o dejándolas dentro de los cancioneros, o tirándolas al suelo, etc) y que caigan en manos de satánicos.
Los mismos católicos no saben el daño que se hacen a sí mismos y a otros tomando la Eucaristia y guardándosela para adorarla en sus casas o dárselas a algún familiar enfermo.

La Eucaristia se recibe de manos consagradas -sacerdotes- y va directo a la boca, esa es la ley de la Iglesia Católica. La disposicion que dice que puedes recibirla en la mano es una norma de rango inferior regulada por las Conferencias Episcopales y dice claramente “para el feligrés que desee recibirla en la mano” y últimamente algunas Conferencias Episcopales recomiendan hacerlo por los motivos de la Gripe A.

sacerdotes comunion en la mano gripe A
He sido testigo directamente de el caso de un sacerdote jesuita (que celebra la Eucaristía en el CAPU de la PUCP) que, luego de iniciada la Santa Misa y al momento de entregar la Eucaristía, dijo “la Conferencia Episcopal ha recomendado recibir la Eucaristía en la mano para evitar el contagio de la Gripe A, por lo cual se pide su comprensión y la Eucaristía será entregada a todos en la mano.”
En este caso, yo me acerqué a recibir la Eucaristía de rodillas y en la boca -como siempre lo hago- y no me fue negada, pero el sacerdote se limpió los dedos despectivamente en su hábito para continuar entregando la Eucaristía en la mano al resto de la fila.

Ningún sacerdote puede imponer o hacer creer a los fieles que la norma que regula el recibir la Eucaristía en la mano es de cumplimiento obligatorio sólo porque la Conferencia Episcopal lo dice, la ley de la Iglesia Católica dice en la boca y ejemplo de ello es el Papa Benedicto XVI a quien estos obispos, cardenales y sacerdotes prefieren no imitar.

cartel comunion en la mano gripe A
Lamentablemente muchos sacerdotes difunden el error de recibir la Eucaristía en la mano por comodidad: es más rápido distribuirla así y de esa forma ellos no tienen contacto con la boca del receptor y así no se exponen a contagios tampoco. Craso error por parte de ellos también.
papa benedicto XVI comunión de rodillas y en la boca
La ley vigente de la Iglesia Catolica es recibir la Eucaristia en la mano, por ello, el Papa Benedicto XVI la entrega en la boca y de rodillas, para resaltar la divinidad ahí presente (en la Eucaristia) a la que todos le debemos adoración.

¿Qué tipo de adoración se le dá a Dios si la recibes en la mano y de pie? Muchos me dicen yo la recibo con devoción en la mano, el problema es que eso no es posible porque si tú supieras A QUIÉN ESTÁS RECIBIENDO Y FUERAS CONSCIENTE DE ELLO NO LA RECIBIRÍAS EN LA MANO.

Jesucristo le dijo a vidente boliviana llamada Catalina Rivas (léase el libro LA PASION página 21), quien ha sido investigada rigurosamente debido a sus estigmas y que cuenta con la aprobación de la Iglesia Católica, que “No son ni 10 ni 20 los verdugos que destrozan Mi Cuerpo; son muchísimas las manos que lastiman Mi Cuerpo, recibiendo la comunión en la mano— el trabajo sacrílego de Satanás” (información que comparto para los que quieran creer).
Pueden descargar este libro desde este blog si así lo desean, pero otra gran mentira soltada al ruedo para justificar la Eucaristía en la mano es que Jesucristo la entregó así a sus apóstoles, hecho que nadie puede afirmar por cuanto no hay evidencia de ello. En el libro “La Amarga Pasión de Cristo” que contiene las visiones de Ana Catalina Emmerich (beatificada por Juan Pablo II) donde se habla de la Institución de la Eucaristía -entre otras cosas- tampoco se menciona que Jesucristo haya entregado la Eucaristía en la mano a sus apóstoles.

Recordemos las palabras que el sacerdote solía rezar luego de entregada la Eucaristía durante la Santa Misa (y que aún se reza en la Misa Tridentina con el rito extraordinario tradicional en latín) “Lo que tomamos con la boca, recibámoslo, Señor, con alma pura; y de don temporal conviértasenos en remedio eterno. Tu Cuerpo Señor, que he recibido, y Tu sangre que he bebido, permanezcan estrechamente unidos a mis entrañas, y haz que no quede mancha alguna de pecado en mí, alimentado con sacramento tan puro y santo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.”

Laicos, dejen de buscar excusas para recibir la Eucaristía en la mano, escuchen sus conciencias y dejen entrar la misericordia de Dios que anhela su adoración y respeto.
Sacerdotes, “los tibios serán vomitados” según las Sagradas Escrituras; calienten nuevamente sus corazones de amor por Dios y encontrarán el celo y el amor por la Sagrada Eucaristía que, evidentemente, han perdido.

Autora: Karla Rouillon Gallangos
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El Demonio – Jesucristo EL GRAN EXORCISTA

Hoy no creen en el demonio muchos cristianos sobre todo los más ilustrados, pero sí, ahí está y hace daño.

Hoy no creen en el demonio muchos cristianos, sobre todo entre los más ilustrados. Actualmente, la existencia y la acción del demonio en la vida de los hombres y de las sociedades es silenciada sistemáticamente por aquellos sacerdotes que han perdido la fe en esta realidad central del Evangelio. O que tienen la fe tan débil, que ya no da de sí para confesarla en la predicación y la catequesis. Hemos de reconocer, sin embargo, que esta deficiencia en la fe es muy grave, ya que falsifica el Evangelio y toda la vida cristiana.

En todo caso, esto es lo que hay: aleccionados por la Manga de Sabiazos omnidocente de los últimos decenios,algunos afirman que Satán y los demonios solo serían en la Escritura personificaciones míticas del pecado y del mal del mundo; de tal modo que «en la fe en el diablo nos enfrentamos con algo profundamente pagano y anticristiano» (H. Haag, El diablo, Barcelona, Herder 1978, 423). Están perdidos. Pablo VI, por el contrario, afirma que «se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer la existencia [del demonio]; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias» (15-XI-1972).

–algunos piensan que la enseñanza de Cristo sobre los demonios dependería de la creencia de sus contemporáneos. Absurdo. Jesús, «el que bajó del cielo» (Jn 6,38), siempre vivió libre del mundo. Siempre pensó, habló y actuó con absoluta libertad respecto al mundo judío de su tiempo, como se comprueba en su modo de tratar a pecadores y publicanos, de observar el sábado, de hablar a solas con una mujer pecadora y samariatana, y en tantas otras ocasiones.

Por lo demás, en tiempos de Jesús, unos judíos creían en los demonios y otros no (Hch 23,8). De modo que cuando le acusan de «expulsar los demonios» de los hombres «con el poder del demonio», si él no reconociera la existencia de los demonios, su respuesta hubiera sido muy simple: «¿de qué me acusan? Los demonios no existen». Por el contrario, Jesús reconoce la existencia de los demonios y la realidad de los endemoniados, y asegura que la eficacia irresistible de sus exorcismos es un signo cierto de que el poder del Reino de Dios ha entrado con él en el mundo (Mt 12,22-30; Mc 3,22-30).

–algunos, de ciertas representaciones del diablo que estiman ingenuas o ridículas, deducen que la fe en Satanás corresponde a un estadio religioso primitivo o infantil, del que debe ser liberado el pueblo cristiano. Pero, por el contrario, cuando los hagiógrafos representan al diablo en la Biblia como serpiente, dragón o bestia, nunca confunden el signo con la realidad significada, ni tampoco se confunden sus lectores creyentes, que para entender el lenguaje simbólico no son tan analfabetos como lo es el hombre moderno. En todo caso, ese analfabetismo habrá que tenerlo hoy en cuenta en la predicación y en la catequesis.

–y otros piensan que son tan horribles «las consecuencias de la fe en el diablo», que bastan para descalificar tal fe: brujería, satanismo, prácticas mágicas, sacrilegios (Haag 323-425). Pero precisamente la Escritura misma, las leyes de Israel y de la Iglesia, han sido siempre las más eficaces para denunciar y vencer todas esas aberraciones. Y negar o ignorar al demonio lleva a consecuencias iguales o peores.
Pero salgamos de la oscuridad de las nieblas emanadas por esos sabiazos, y abramos las mentes a la luz de la Revelación bíblica, haciéndonos discípulos de Dios.

En el Antiguo Testamento el demonio, aunque en forma imprecisa todavía, es conocido y denunciado: es la Serpiente que engaña y seduce a Adán y Eva (Gén 3); es Satán (en hebreo, adversario, acusador), es el enemigo del hombre, es «el espíritu de mentira» que levanta falsos profetas (1Re 22,21-23).

El demonio es el gran ángel caído que, no pudiendo nada contra Dios, embiste contra la creación visible, y contra su jefe, el hombre, buscando que toda criatura se rebele contra el Señor del cielo y de la tierra. La historia humana fue ayer y es hoy el eco de aquella inmensa «batalla en el cielo», cuando Miguel con sus ángeles venció al Demonio y a los suyos (Ap 12,7-9). Todo mal, todo pecado, tiene en este mundo raíz diabólica, pues por la «envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2,24).

En el Nuevo Testamento, Cristo se manifiesta como el vencedor del demonio. El Evangelio relata en el comienzo mismo de la vida pública de Jesús que «fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1-11). La misión pública de Cristo en el mundo tiene, pues, en ese terrible encontronazo con el diablo su principio, y en él se revela claramente cuál es su fin: llegada la plenitud de los tiempos, «el Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3,8).

Satanás, príncipe de un reino tenebroso, formado por muchos ángeles malos (Mt 24,41; Lc 11,18) y por muchos hombres pecadores (Ef 2,2), tiene un poder inmenso: «el mundo entero está puesto bajo el Maligno» (1 Jn 5,19).

Efectivamente, el «Príncipe de los demonios» (Mt 9,34) es el «Príncipe de este mundo» (Jn 12,31), más aún, el «dios de este mundo» (2 Cor 4,4), y forma un reino contrapuesto al reino de Dios (Mt 12,26; Hch 26,18). Los pecadores son sus súbditos, pues «quien comete pecado ése es del Diablo» (1Jn 3,8; cf. Rm 6,16; 2 Pe 2,19).

Consciente de este poder, Satanás en el desierto le muestra a Jesús con arrogancia «todos los reinos y la gloria de ellos», y le tienta sin rodeos: «todo esto te daré si postrándote me adoras». Satanás, en efecto, puede «dar el mundo» a quien –por soberbia y pecado, mentira, lujuria y riqueza– le adore: lo vemos cada día.

Tres asaltos hace contra Jesús, y en los tres intenta llevar a Cristo a un mesianismo temporal, ofreciéndole una liberación de la humanidad «sin efusión de sangre» (Heb 9,22). Y esa misma tentación habrán de sufrir después, a través de los siglos, sus discípulos. Por eso Cristo quiso revelar en su evangelio las tentaciones del diablo que Él mismo sufrió realmente, para librarnos a nosotros de ellas.

En el desierto, desde el principio, quedó claro que el Príncipe de este mundo no tiene ningún poder sobre él (Jn 14,30), porque en él no hay pecado (8,46). Es Jesús quien impera sobre el diablo con poder irresistible: «apártate, Satanás». Lo echa fuera como a un perro.

Tras el combate en el desierto, «agotada toda tentación, el Diablo se retiró de él temporalmente» (Lc 4,13). Solo por un tiempo. Vuelve a atacar con todas sus infernales fuerzas a Jesús cuando éste se aproxima al final de su ministerio. En la Cena, «Satanás entró en Judas» (22,3; Jn 13,27). Y el Señor es consciente de su acción: «viene el Príncipe de este mundo, que en mí no tiene poder alguno» (14,30). Por eso en Getsemaní dice: «ésta es vuestra hora, cuando mandan las tinieblas» (Lc 22,53). La victoria de la cruz está próxima: «ahora es el juicio del mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,31-32; cf. 16,11).

Cristo es un exorcista potentísimo. En los Evangelios, una y otra vez, Jesús se manifiesta como predicador del Reino, como taumaturgo, sanador de enfermos sobre todo, y como exorcista. No conoce a Cristo quien no lo reconoce como exorcista. Y quien no cree en Jesús como exorcista no cree en el Evangelio. Consta que los relatos evangélicos de la expulsión de demonios pertenecen al fondo más antiguo de la tradición sinóptica (Mc 1,25; 5,8; 7,29; 9,25). Y como ya vimos, el mismo Cristo entiende que su fuerza de exorcista es signo claro de que el Reino de Dios ha entrado con él en el mundo (Mt 12,28). Cito los exorcismos principales (sin dar la referencia de sus lugares paralelos).

Ya en el mismo inicio de su ministerio público, Cristo, en la sinagoga de Cafarnaún, libera con violencia a un endemoniado: «¡cállate y sal de él!». La impresión que su poder espiritual causa es enorme: «su fama se extendió por toda Galilea» (Mc 1,21-28). Es sin duda exorcismo la liberación del epiléptico endemoniado (Mt 17,14-18). Cristo realiza a distancia el exorcismo de la niña cananea (Mt 15,21-28). Particularmente violento es el exorcismo del endemoniado de Gerasa (Mc 5,1-20). También se refiere con detalle el exorcismo del endemoniado mudo, o ciego y mudo (Lc 11,14; Mt 12,22). De María Magdalena había echado Jesús siete demonios (Lc 8,2).

Los Evangelios testifican reiteradas veces que la expulsión de demonios era una parte habitual del ministerio de Cristo, claramente diferenciado de la sanación de enfermos. «Al anochecer, le llevaban todos los enfermos y endemoniados, y toda la ciudad se agolpaba a la puerta. Jesús sanó a muchos pacientes de diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios» (Mc 1,32; cf. Lc 13,32). Las curaciones, sin apenas diálogo, las realiza Jesús con suavidad y gestos compasivos, como tomar de la mano; los exorcismos en cambio suelen ser con diálogo, y siempre violentos, duros, imperativos. Una aproximación histórica a la figura de Jesús que venga a asimilar los exorcismos a las sanaciones se habrá realizado seguramente sin dar crédito a los Evangelios.

También los Apóstoles son exorcistas, ya que Cristo, al enviarlos, les comunica para ello un poder especial: «les dió poder sobre todos los demonios y para curar enfermedades» (Lc 9,1). Jesús profetiza: «en mi nombre expulsarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán» (Mc 16,17-18). Y los Apóstoles, fieles al mandato del Señor, ejercitaron frecuentemente los exorcismos, como lo había hecho Cristo. Por ejemplo, San Pablo: «Dios hacía milagros extraordinarios por medio de Pablo, hasta el punto de que con solo aplicar a los enfermos los pañuelos o cualquier otra prenda de Pablo, se curaban las enfermedades y salían los espíritus malignos» (Hch 19,11-12).

Reforma o apostasía.

Seguiré con el tema, Dios mediante; pero antes de terminar quiero recordar una vez más que la reforma de la Iglesia requiere principalmente una meta-noia, un cambio de mente, un paso de la ignorancia, del error, de la herejía, a la luz de la verdad de Cristo. Aquellas verdades de la fe que hoy sean ignoradas o negadas, han de ser reafirmadas cuanto antes. De otro modo seguirá creciendo la apostasía.

Hace unos decenios, cuando más ruidosamente se difundían herejías sobre el demonio –ahora ya se han arraigado calladamente en no pocas Iglesia locales–, Pablo VI reafirmó la fe católica, haciendo notar que hoy, con desconcertante frecuencia, aquí y allá, «encontramos el pecado, que es perversión de la libertad humana, y causa profunda de la muerte, y que es además ocasión y efecto de una intervención en nosotros y en el mundo de un agente oscuro y enemigo, el demonio.

El mal no es sólamente una deficiencia, es una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y perversor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa… Y se trata no de un solo demonio, sino de muchos, como diversos pasajes evangélicos nos lo indican: todo un mundo misterioso, revuelto por un drama desgraciadísimo, del que conocemos muy poco» (15-XI-1972).

El demonio ataca a los cristianos y sobre todo a los apóstoles.

–O sea que vamos a tener que creer en el demonio y en su acción…
–Ciertamente. Al menos, si quiere usted ser cristiano, ha de creerlo. Es enseñanza de Cristo y de su Iglesia.

Los libros de espiritualidad cristiana que ignoran al demonio son un fraude. La vida espiritual del cristiano lleva consigo una lucha permanente contra el demonio. Ya sabemos que la vida cristiana es ante todo y principalmente amor a Dios y al prójimo; ésta es su substancia. Pero no puede ir adelante esa vida sin vencer a los tres enemigos, demonio, mundo y carne, y especialmente al demonio. La ascesis cristiana no es como una ascesis estoica, por ejemplo, es decir, una lucha de la persona contra sus propias debilidades y desviaciones, no. San Pablo lo dice bien claramente: «no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus del mal» (Ef 6,12).

Se ha dicho con razón que en nuestro tiempo la mayor victoria del demonio es haber conseguido que no se crea en su existencia. La mejor manera de hacerle el juego al diablo es precisamente ésta, ignorarlo, silenciar su existencia y su acción, o incluso negarlas. ¡Qué más puede desear el enemigo que pasar inadvertido, poder actuar sin que sus víctimas conozcan siquiera su existencia y su acción!

Por eso un tratado de espiritualidad que, al describir la vida cristiana y su combate, ignora la lucha contra el demonio, es un engaño, un fraude. No puede considerarse en modo alguno un libro de espiritualidad católica, pues se aleja excesivamente de la Biblia y de la tradición. Si van ustedes a una librería y compran un manual militar de guerra, y descubren después al leerlo que omite hablar –o sólamente lo hace en una nota a pie de página– de la aviación enemiga, hoy sin duda el arma más peligrosa de una guerra, es probable que regresen a la librería para devolver el libro y reclamar su importe: se trata de un fraude. Un manual semejante no vale para nada; más aún, es un engaño perjudicial.

Hagan lo mismo si les venden un manual de espiritualidad que ignora al demonio. Por lo demás, si el autor de ese libro de espiritualidad no cree en la acción del demonio, es un hereje. Pero si la conoce y no se atreve a afirmarla, entonces es un oportunista o un cobarde. Y no merece la pena leer libros de espiritualidad escritos por herejes, oportunistas o cobardes.

Giovanni Papini decía que «los ángeles sonríen, los hombres ríen y los diablos se carcajean». Pues bien, el diablo se carcajea de esos libros, como también de los cursos y cursillos ofrecidos en algunos centros de espiritualidad, parroquias y conventos: eneagrama, meditación transcendental, reiki, técnicas de autorrealización, yoga, energía positiva, rebirthing, dinámicas personales y grupales de autoayuda, etc. Todas esas técnicas que prometen iluminación, paz interior, potenciación liberadora de las facultades personales, son puras macanas del neopaganismo.

Mucho más consigue el cristiano –y a un precio más económico, por cierto– con las tres Avemarías, el escapulario del Carmen, una buena novena a San José, y no digamos con la Misa diaria, el rosario o el agua bendita. Los autores de esos libros y de esos cursillos no tienen la menor idea del combate espiritual del hombre, no saben de qué va: desconocen que nuestra lucha es fundamentalmente contra unos demonios que ellos ignoran o niegan.

La doctrina de los Padres sobre el demonio es clara y frecuente ya desde el principio. En la historia de la Iglesia fueron los monjes, especialmente Evagrio Póntico y Casiano, los que elaboraron más tempranamente la teología sobre el demonio y la espiritualidad precisa para defenderse de él y vencerlo. Los demonios son ángeles caídos, que atacan a los hombres en sus niveles más vulnerables –cuerpo, sentidos, fantasía–, pero que nada pueden sobre el hombre si éste, asistido por la gracia de Cristo, no les da el consentimiento culpable de su voluntad. Para su asedio se sirven sobre todo de los logismos –pensamientos falsos, pasiones, impulsos desordenados y persistentes–.

El Demonio sabe tentar con mucha sutileza, como se vio en el jardín del Edén, presentando el lado aparentemente bueno de lo malo, o incluso citando textos bíblicos, como hizo en el desierto contra Cristo. El cristiano debe resistir con «la armadura de Dios» que describe el Apóstol (Ef 6,11-18), y muy especialmente con la Palabra divina, la oración y el ayuno, que fueron las armas con que Cristo resistió y venció en las tentaciones del desierto. Pero debe resistir sobre todo apoyándose en Jesucristo y sus legiones de ángeles (Mt 26,53).

Como dice San Jerónimo, «Jesús mismo, nuestro jefe, tiene una espada, y avanza siempre delante de nosotros, y vence a los adversarios. El es nuestro jefe: luchando él, vencemos nosotros».

El Magisterio de la Iglesia afirma en sus Concilios que Dios es creador de todos los seres «visibles e invisibles» (Nicea I, 325); que los demonios, por tanto, son criaturas de Dios, y que por eso es inadmisible un dualismo que vea en Dios el principio del bien y en el Diablo «el principio y la sustancia del mal» (Braga I, 561). El concilio IV de Letrán (1215) enseña –es, pues, doctrina de fe– que «el diablo y los demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; mas ellos por sí mismos se hicieron malos».

Es ésta la doctrina de Santo Tomás (STh I,50ss, especialmente 63-64), del concilio Vaticano II (LG 48d; +35a; GS 13ab; 37b; SC 6; AG 3a), del Catecismo de la Iglesia, en el que se nos advierte que cuando pedimos en el Padre nuestro la liberación del mal, «el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” [dia-bolos] es aquel que “se atraviesa” en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo» (2851, cf. 391-395).

La liturgia de la Iglesia incluye la «renuncia a Satanás» en el Bautismo de los niños, y dispone exorcismos en el Ritual para la iniciación cristiana de los adultos. El pueblo cristiano renueva cada año su renuncia a Satanás en la Vigilia Pascual. Y en las Horas litúrgicas, especialmente en Completas, la Iglesia nos ayuda diariamente a recordar que la vida cristiana es también lucha contra el demonio: «Tu nos ab hoste libera», «insidiantes reprime»; «visita, Señor, esta habitación, aleja de ella las insidias del enemigo» (or. domingo). Las lecturas breves de martes y miércoles de esa Hora nos exhortan a resistir al diablo, que nos ronda como león rugiente (1 Pe 5,8-9), y a no caer en el pecado, para no dar lugar al diablo (Ef 4,26-27).

El demonio es el Tentador que inclina a los hombres al pecado. De los tres enemigos del hombre, demonio, mundo y carne (cf. Mt 13,18-23; Ef 2,1-3), el más peligroso es sin duda el demonio, con ser tan peligrosos los otros dos. «Sus tentaciones y astucias, dice San Juan de la Cruz, son más fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del mundo y carne» (Cautelas 3,9). Los tres actúan atacan al hombre aliados, pero cuando el cristiano ha vencido ya en buena parte mundo y carne, el demonio se ve obligado a atacar directamente.

Por eso se dice que el demonio ataca a los buenos –viene descrita su acción en todas las «vidas de santos»–, y tienta a lo bueno, pues «entre las muchas astucias que el demonio usa para engañar a los espirituales, la más ordinaria es engañarlos bajo especie de bien, y no bajo especie de mal, porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán» (Cautelas 10).
Tentará, por ejemplo, a un monje a dejar su vida contemplativa y marchar a las misiones.

Conocemos bien las estrategias y tácticas del demonio en su guerra contra los hombres, pues ya la misma Escritura nos las revela. Siendo el Padre de la mentira (Jn 8,44), para seducir a los hombres usa siempre de la astucia, la mentira, el engaño (Gén 3; 2 Cor 2,11). Lobo con piel de oveja (Mt 7,15), reviste las mejores apariencias, y hasta llega a disfrazarse como ángel de luz (2 Cor 11,14). Por medio de sus mentiras extravía a las naciones y a la tierra entera (Ap 12,9; 20). Siendo el Príncipe de las tinieblas, se opone continuamente a Cristo, que es la Verdad y la Luz del mundo. El que sigue al diablo, anda en tinieblas y se pierde en una muerte eterna; el que sigue a Cristo tiene luz de vida, de vida eterna bienaventurada.

El demonio infunde, p. ej., en personas espirituales ciertas convicciones falsas («me voy a condenar»), ideas obsesivas, que no parecen tener su origen en temperamento, educación o ideas personales… y que siendo falsas, atormentan, paralizan, desvían malamente la vida de una persona o de una comunidad. El demonio ataca a los fieles muy especialmente a través de las doctrinas falsas difundidas por católicos dentro de la misma Iglesia católica. «Cuando él habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). Todo en él es engaño, mentira, falsedad; por eso en la vida espiritual –¿qué va a hacer, si no?– intenta engañar y falsificar todo.

Es, pues, muy importante en la vida espiritual tener una fe viva y alerta sobre el demonio y sus insidias, y llevar la luz de Cristo a los fondos oscuros del alma, donde actúan las tentaciones del Maligno. Decía Santa Teresa: «tengo yo tanta experiencia de que es cosa del demonio que, como ya ve que le entiendo, no me atormenta tantas veces como solía» (Vida 30,9).

El demonio ataca a todos los cristianos, pero, lógicamente, sobre todo a los apóstoles. El demonio ataca a todos los discípulos de Cristo y, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar (1Pe 5,8); pero persigue muy especialmente a todos aquellos que se atreven, como Cristo, a «dar testimonio de la verdad en el mundo» (Jn 18,37). Sabe bien que ellos son sus enemigos más poderosos, los más capaces de neutralizar sus engaños con la luz evangélica, de disminuir o eliminar su poder sobre los hombres. Ataca, pues, sobre todo a los confesores de la fe: «¡Simón, Simón!, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como a trigo» (Lc 22,31-32). Cuenta una vez San Pablo: «pretendimos ir… pero Satanás nos lo impidió» (1Tes 2,18; cf. Hch 5,3; 2Cor 12,7).

Por eso los Apóstoles están siempre alertas, «para no ser atrapados por los engaños de Satanás, ya que no ignoramos sus propósitos» (2Cor 2,11).

Apocalipsis, victoria próxima y total de Cristo sobre el demonio.

Ciertamente, la Iglesia lleva en esta lucha contra el demonio todas las de ganar, porque «el Príncipe de este mundo ya está condenado» (Jn 16,11). «El Dios de la paz aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies» (Rm 16,20). Es éste justamente el tema fundamental que San Juan desarrolla en el Apocalipsis. «Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona» (3,12). «Vengo pronto, y traigo mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno según sus obras» (22,12). «Sí, vengo pronto» (22,20).

Muchos cristianos hoy lo ignoran –es una pena–, pero el demonio lo sabe perfectamente. Y por eso en «los últimos tiempos» acrecienta más y más sus ataques contra la Iglesia y contra el mundo. «El diablo ha bajado a vosotros con gran furor, pues sabe que le queda poco tiempo» (12,12).

Medios ordinarios de lucha espiritual contra el demonio.

–¿Y con qué autoridad dice usted esto? ¿Es usted profeta? –No soy.
–¿Es hijo de profeta? –Tampoco soy, aunque por ahí vamos más cerca.
–¿Y por qué habla entonces, si no es profeta ni hijo de profeta?
–Por la escasez de profetas verdaderos y la vocinglería de los falsos profetas. En cuanto aparezcan los profetas verdaderos, yo me callo. En cuanto cesen de engañar al pueblo los falsos profetas, también me callo. Por lo menos, así lo espero (P. Leonardo Castellani).

El demonio vence al hombre cuando éste se fía de sus propias fuerzas, y a ellas se limita. Pensemos, por ejemplo, en un cristiano que deja la oración, la santa Misa, el sacramento de la penitencia. Y esto sucede, observa Pablo VI, porque al ataque de los demonios «hoy se le presta poca atención. Se teme volver a caer en viejas teorías maniqueas o en terribles divagaciones fantásticas y supersticiosas. Hoy prefieren algunos mostrarse valientes y libres de prejuicios, y tomar actitudes positivas» (15-11-1972). Por esa vía se trivializa el mal del hombre y del mundo, y se trivializan los medios para vencerlos: van a la guerra atómica armados de un tirachinas. Pero ya se comprende que la decisión de eliminar ideológicamente un enemigo, que persiste obstinadamente real, sólo consigue hacerlo más peligroso.

Los medios ordinarios de lucha espiritual contra el demonio están enseñados ya por Dios en la Escritura, y en seguida fueron codificados por los maestros espirituales cristianos. Menciono brevemente los principales:

–la armadura de Dios que han de revestir los cristianos viene descrita por San Pablo: «confortáos en el Señor y en la fuerza de su poder; vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis resistir ante las asechanzas del diablo» (Ef 6,10-18). Esa armadura incluye en primer lugar la espada de la Palabra divina. También la oración: «orad para que no cedáis en la tentación» (Lc 22,40), pues cierta especie de demonios «no puede ser expulsada por ningún medio si no es por la oración» (Mc 9,29). Y especialmente la evitación del pecado: «no pequéis, no deis entrada al diablo» (Ef 4,26-27). «Sometéos a Dios y resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Sant 4,7). Pablo VI: «¿qué defensa, qué remedio oponer a la acción del demonio? Podemos decir: todo lo que nos defiende del pecado nos defiende por ello mismo del enemigo invisible» (15-11-1972).

–la verdad es el arma fundamental cristiana para vencer al demonio. Nada neutraliza y anula tanto el poder del diablo sobre el mundo como la afirmación bien clara de la verdad. Juan Pablo II enseña que «los que eran esclavos del pecado, porque se encontraban bajo el influjo del padre de la mentira, son liberados mediante la participación de la Verdad, que es Cristo, y en la libertad del Hijo de Dios ellos mismos alcanzan “la libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,21)» (3-8-1988).

La fidelidad a la doctrina y disciplina de la Iglesia, en este sentido, es necesaria para librarse del demonio. Decía Santa Teresa: «tengo por muy cierto que el demonio no engañará –no lo permitirá Dios– al alma que de ninguna cosa se fía de sí y está fortalecida en la fe». A esta alma «como tiene ya hecho asiento fuerte en estas verdades, no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar –aunque viese abiertos los cielos– un punto de lo que tiene la Iglesia» (Vida 25,12). Por el contrario, aquel maestro y doctor «católico» que «enseña cosas diferentes y no se atiene a las palabras saludables, las de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad» (1Tim 6,3), ése le hace el juego al diablo, cae personalmente y hace caer a otros bajo su influjo. El máximo empeño del diablo es precisamente falsificar el cristianismo.

los sacramentales de la Iglesia, el agua bendita, las oraciones de bendición, el signo de la cruz, los exorcismos, en los casos más graves, son ayudas preciosas. Como un niño que en el peligro corre a refugiarse en su madre, así el cristiano asediado por el diablo tiende, bajo la acción del Espíritu Santo, a buscar el auxilio de la Madre Iglesia. Y los sacramentales son precisamente, como dice el Vaticano II, auxilios «de carácter espiritual obtenidos por la intercesión de la Iglesia» (SC 60). Santa Teresa conoció bien la fuerza del agua bendita ante los demonios: «no hay cosa con que huyan más para no volver; de la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita; para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo». Y añade algo muy propio de ella: «considero yo qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia» (Vida 31,4; cf. 31,1-11).

no tener miedo al demonio, pues el Señor nos mandó: «no se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo» (Jn 14,27). Cristo venció al Demonio y lo sujetó. Ahora es como una fiera encadenada, que no puede dañar al cristiano si éste no se le acerca, poniéndose en ocasión próxima de pecado. El poder tentador de los demonios está completamente sujeto a la providencia del Señor, que lo emplea para nuestro bien como castigo medicinal (1Cor 5,5; 1Tim 1,20) y como prueba purificadora (2Cor 12,7-10).

Los cristianos somos en Cristo reyes, y participamos del Señorío de Jesucristo sobre toda criatura, también sobre los demonios. En este sentido escribía Santa Teresa: «si este Señor es poderoso, como veo que lo es y sé que lo es y que son sus esclavos los demonios –y de esto no hay que dudar, pues es de fe–, siendo yo sierva de este Señor y Rey ¿qué mal me pueden ellos hacer a mí?, ¿por qué no he de tener yo fortaleza para combatir contra todo el infierno? Tomaba una cruz en la mano y parecía darme Dios ánimo, que yo me veía otra en un breve tiempo, que no temiera meterme con ellos a brazos, que me parecía que con aquella cruz fácilmente los venciera a todos. Y así dije: “venid ahora todos, que siendo sierva del Señor quiero yo ver qué me podéis hacer”». Y en esta actitud desafiante, concluye: «No hay duda de que me parecía que me tenían miedo, porque yo quedé sosegada y tan sin temor de todos ellos que se me quitaron todos los miedos que solía tener hasta hoy; porque, aunque algunas veces les veía, no les he tenido más casi miedo, antes me parecía que ellos me lo tenían a mí. Me quedó un señorío contra ellos, bien dado por el Señor de todos, que no se me da más de ellos que de moscas. Me parecen tan cobardes que, en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza» (Vida 25,20-21).

El diablo ataca al hombre en ciertos casos con una fuerza persistente muy especial. Ese ataque se da

en el asedio, también llamado obsesión, el demonio actúa sobre el hombre desde fuera. Se dice interno cuando afecta a las potencias espirituales, sobre todo a las inferiores: violentas inclinaciones malas, repugnancias insuperables, angustias, pulsiones suicidas, etc. Y externo cuando afecta a cualquiera de los sentidos externos, induciendo impresiones, a veces sumamente engañosas, en vista, oído, olfato, gusto, tacto.

–en la posesión el demonio entra en la víctima y la mueve despóticamente desde dentro. Pero adviértase que aunque el diablo haya invadido el cuerpo de un hombre, y obre en él como en propiedad suya, no puede influir en la persona como principio intrínseco de sus acciones y movimientos, sino por un dominio violento, que es ajeno a la sustancia del acto. La posesión diabólica afecta al cuerpo, pero el alma no es invadida, conserva la libertad y, si se mantiene unida a Dios, puede estar en gracia durante la misma posesión (cf. Juan Pablo II, 13-8-1986).

El medio apropiado de lucha espiritual contra el demonio, en estos casos extremos, son los exorcismos. . Como ya vimos, fueron ejercitados con frecuencia por Cristo Salvador, y él envió a los Apóstoles como exorcistas, con especiales poderes espirituales para expulsar a los demonios. Los exorcismos deben, pues, ser aplicados a aquellos hombres que son especialmente atacados por el diablo. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia:

«Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraído a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó, de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar (cf. Mc 3,15; 6,7.13; 16,17). En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del Bautismo. El exorcismo solemne llamado “el gran exorcismo” sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesus ha confiado a su Iglesia. Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de una presencia del Maligno y no de una enfermedad» (1673).

Aumentan hoy los asedios y posesiones del diablo. Ya advertía Juan Pablo II que «las impresionantes palabras del Apóstol Juan, “el mundo entero está bajo el Maligno” (1Jn 5,19) aluden a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios» (13-8-1886; cf. 20-8). Donde el cristianismo disminuye, crece el poder efectivo del diablo entre los hombres. Muchos de los pocos hombres de Iglesia que hoy se ocupan en esta gravísima cuestión afirman siempre que la acción diabólica está creciendo notablemente en los últimos decenios. Espiritismo, adivinación, esoterismo, tabla ouija, cultos satánicos, santería, macumba, ritos Nueva Era, espectáculos perversos, idolatría de las riquezas, promiscuidad sexual, drogas, son puertas abiertas para la entrada del diablo.

Describen y analizan el acrecentamiento del poder diabólico en el mundo actual, p. ej., el P. Gabriele Amorth, presidente de la Asociación Internacional de Exhorcistas (30 Días, 2001, n.6), el P. René Laurentin, miembro de la Pontificia Academia Teológica de Roma (El demonio ¿símbolo o realidad? Bilbao, Desclée de Brouwer 1998, 149-201), el IV Congreso Nacional de Exorcistas celebrado en México (julio 2009).

Y al mismo tiempo disminuyen los exorcismos hasta casi desaparecer en no pocas Iglesias. En las mismas fuentes que acabo de citar puede verse documentado y analizado este hecho.

La apostasía generalizada en ciertas Iglesias locales –pérdida de la fe en el demonio, absentismo masivo a la catequesis y a la Eucaristía dominical, dejación de la confirmación y de la penitencia sacramental, etc. –, lleva también al abandono despectivo de los sacramentales: el agua bendita, las bendiciones, los exorcismos. Muchas diócesis, incluso naciones, no tienen ningún exorcista. Y no pocas Curias diocesanas, por acción o por omisión, eliminan prácticamente los exorcismos de la vida pastoral, pues les ponen tantas exigencias y dificultades, que prácticamente los impiden.

La desaparición de los exorcismos es hoy una pérdida de especial gravedad, pues se produce justamente cuando más se necesitan. El pueblo cristiano pide en el Padre nuestro diariamente «líbranos del Maligno», y ya sabemos que nuestro Señor Jesucristo, gran exorcista, dió poder a sus apóstoles para expulsar los demonios. Por eso hoy es una gran vergüenza que los hombres asediados y poseídos por el diablo se vean en graves peligros espirituales y en terribles sufrimientos sin la ayuda de ciertas Iglesias locales, que se niegan a darles el auxilio poderoso de los exorcismos, resistiendo así la palabra de Cristo: «en mi nombre expulsarán los demonios» (Mc 16,17).

Reforma cuanto antes o apostasía creciente.

Fuente: Catholic.net
Autor: Sacerdote José María Iraburu [Leer más …]

Cañizares propone al Vaticano volver a la misa en latín

El cardenal valenciano quiere que se vuelva a aceptar la liturgia anterior al Concilio Vaticano II

Fuente: El Mercantil Valenciano
Fecha 30/08/2009

La misa en latín y de espaldas a la asamblea. Estas son algunas de las reformas litúrgicas que el cardenal valenciano Antonio Cañizares, prefecto de la Congregación del Culto Divino desde diciembre del año pasado y ex arzobispo de Toledo, tiene previsto llevar a cabo. Asimismo, estos cambios, muchos de ellos anteriores al Concilio Vaticano II, se los presentó al Papa Benedicto XVI en un documento el pasado cuatro de abril, según apuntan diferentes medios italianos.
Las mismas informaciones apuntan que los cardenales y obispos que forman parte de la Congregación que preside Cañizares votaron a favor de estas reformas. En este sentido, la reforma supondrá una mayor sacralidad del rito eucarístico y una recuperación del sentido de la adoración eucarística.

El presidente de la comisión de liturgia del Arzobispado de Valencia, Jaime Sancho, apunta que no se pretende “hacer una reforma de la reforma”, sino que se trata de “dar relieve a algunas formas que están previstas en el misal actual sin imponer nada”. De hecho, el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone, negó que el Santo Padre quiera dar “marcha atrás en el Concilio Vaticano II” y negó la existencia de ningún documento.

Los cambios que postula Cañizares pasarían por recuperar la orientación hacia Oriente y mirando a la Cruz del celebrante en el momento de la consagración, es decir, de espaldas a los fieles y como se hacía antes de la reforma conciliar. El resto de la celebración de la eucaristía, la liturgia de la palabra y la homilía por ejemplo, seguirían de cara al pueblo. Según apunta Sancho no fue el Concilio Vaticano II quien reguló la colocación del altar, sino la Institutio generalis Missalis Romani a finales de los años sesenta, texto que establece cómo se debe celebrar la eucaristía.

Una de las cosas que también se quiere recuperar es la misa en latín. El responsable de la liturgia en Valencia apunta que el Vaticano II establecía que “se realizarán algunos cantos o partes de la misa en latín”. Sancho también comenta que en Valencia se hacen misas en esta lengua en la Catedral y en la iglesia del Patriarca que tienen bastante aceptación por los fieles. Aún así, apunta que lo que sí que se quiere “es que se utilice en las solemnidades”. Otra de las peticiones del cardenal Cañizares es que se editen los misales bilingües con el latín como lengua principal.

A esta misa, en latín y de espaldas, se le conoce como misa tridentina, y fue establecida por Pío V después del Concilio de Trento (1545-1563) con el fin de unificar toda la liturgia. Este tipo de misa está autorizada a realizarse pero de forma extraordinaria.

Todos estos cambios vendrían a frenar algunos abusos, experimentos salvajes e inoportunas creatividades de algunos sacerdotes. Por otro lado, también se está estudiando proclamar que la forma habitual de recibir la comunión sea en la boca y no en la mano. De hecho, hacerlo en la mano es algo extraordinario que sólo se permite si lo piden los episcopados de cada país. Un ejemplo son las misas que preside Benedicto XVI en la que los fieles reciben la comunión con la boca y de rodillas. “Esto se debe a que las misas del Papa son modélicas para toda la Iglesia, pero no quiere decir que no se pueda comulgar de pie y con la mano”, afirma Sancho. El sacerdote también explica que en algunos lugares no se deja que se reciba con la mano “por miedo a que no se consuma delante del sacerdote”.
Las peticiones que hace el cardenal valenciano necesitarían tiempo para ser aprobabas, aún así como explica Sancho “no pretenderían sustituir la liturgia actual, sino solo de forma extraordinaria”.

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El Vaticano podría poner coto a las comuniones que se dan en la mano

El papa Benedicto XVI solamente distribuye la eucaristía en la boca, con los fieles arrodillados

Fuente: La Voz de Galicia
Autor: Ramón Loureiro

Fecha de publicación: 26/8/2009

Entre las propuestas de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos que el Papa tiene actualmente en estudio, está la de limitar las comuniones que se dan en la mano. La agencia de información católica ACI señala que -atendiendo a la propuesta formulada por el dicasterio que actualmente tiene como prefecto al cardenal español, y ex arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares- Joseph Ratzinger está buscando una fórmula que permita potenciar la «sacralidad del rito», devolviendo a la adoración de la eucaristía su verdadero «sentido». Los prelados que se agrupan en el dicasterio que preside el purpurado hispano (los mismos que han propuesto al Papa que se incremente la presencia del latín en la liturgia y que al menos durante la consagración el sacerdote mire hacia Oriente, como antes del Concilio Vaticano II) consideran que también en este campo hay que «poner un freno» a la «creatividad inoportuna».
Y su criterio ya es, de por sí, muy cercano al del propio Papa. Como se desprende de los gestos con los que Benedicto XVI habla al mundo, pero también de lo manifestado por su entorno. Al día de hoy, el Pontífice solamente distribuye la eucaristía en la boca, con los fieles arrodillados. Al menos desde el 22 de mayo del pasado año, festividad del Corpus Christi, únicamente ha dado la comunión de esa forma. Algo con lo que, de acuerdo con lo manifestado por quien es una de las máximas autoridades en el ámbito del ceremonial pontificio, Guido Marini, a L’Osservatore Romano en unas declaraciones concedidas a raíz de la decisión papal, Joseph Ratzinger viene a «subrayar la vigencia de la norma válida para toda la Iglesia».

«Sentido del misterio»

La modalidad preferida por el Papa para distribuir el sacramento subraya -también en opinión de Marini- «la verdad de la presencia real en la eucaristía, ayuda a la devoción de los fieles» e «introduce con más facilidad en el sentido del misterio». Hay cosas, sostiene monseñor Marini, que, más allá de su procedencia anterior o posterior al Concilio Vaticano II, «pertenecen al tesoro de la Iglesia de siempre, y como tal deben ser consideradas».
De la misma opinión es el joven sacerdote gallego -natural de Laraxe, en Cabanas- Juan Jacobo Ardá, miembro de la Asociación Una Voce, que impulsa la celebración de la misa por el llamado rito tridentino. El rito romano codificado por el Papa San Pío V en el año 1570. Un rito especialmente solemne que hace que, durante su celebración de la misa, Ardá se sienta «más próximo al misterio». Y que lo acerca, dice, a la «raíz de la tradición».

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