La olvidada Lima

Sin duda, este año, más que otros, los propios limeños se han olvidado del 486 aniversario de Lima, su tierra natal. Como provinciano, en especial como arequipeño, nunca entendí la frialdad con la que los limeños reciben o viven su aniversario, ya que, para nosotros, un 15 de agosto es la fiesta. Estoy seguro que lo mismo siente cualquier provinciano, demostrando así su apego o pertenencia a la tierra que lo vio nacer. No sucede en Lima, sintonizando esa actitud con lo grisáceo de su clima.

Hay múltiples razones que explicarían ese desapego, pero creo que la principal es que Lima, a pesar de ser nuestra Capital, la sentimos ajena, no representa al país y ni siquiera a sus propios habitantes, puesto que, entre otras razones, su gran mayoría tiene sus raíces ancladas en el interior del Perú. Desde esa perspectiva, Lima, más una gran capital, es un conglomerado de guetos que ha ido construyéndose históricamente y, en especial, a partir de la ola migratoria que se inició a mediados del siglo pasado y que, hasta hoy, sigue imparable.

Definitivamente, esa apatía del limeño frente a su aniversario, este año es más profunda, puesto que poco o nada hay que celebrar debido a la tripotenciada crisis por la que pasamos (sanitaria, económica y política). Es más, sería ridículo hacerlo, pues, ¿qué se festejaría?  ¿Ser el monstruo que lo absorbe todo, en desmedro del interior del país? ¿Tener más de dos millones de desempleados por la peste?, ¿Ser la capital de un gobierno centralista inútil y corrupto? La actual crisis, pues, ha hecho que Lima la veamos más alejada que nunca, puesto que ni siquiera podemos visitarla, ni siquiera por vacaciones.

En realidad, esa apatía de los festejos capitalinos, es un adelanto de lo que serán los del  Bicentenario de nuestra independencia; es decir, la ahondada indiferencia con la que el país y los propios limeños, recuerdan sus 486 años, será la misma que tendremos el 28 de julio próximo: nada qué festejar, ninguna ceremonia y mucho menos fiesta, pues todo indica que las oleadas de la peste continuarán, y con justificada razón, no se podrá, ni hacer un desfile.

Por lo visto, la tristeza reinará en nuestro bicentenario. Más desconsuelo y congoja para el país, pero alivio para nuestros gobernantes, pues hay que recordar que la peste es su mejor excusa para ocultar que poco o nada hicieron para celebrar nuestros doscientos años de independencia. A diferencia del centenario, donde se inauguraron grandes avenidas, monumentos, plazas, etc. en el bicentenario, no se hizo obra alguna, ni siquiera una reconstrucción. En ese sentido, la peste será el pretexto perfecto para ocultar tanta inutilidad.

A pesar de todo, hay que recordar el día de nuestra capital, no en un sentido celebratorio y mucho menos festivo. Particularmente, por mis propios afectos, es una expresión de agradecimiento, pues como millones de provincianos de todo el país, mi familia fue parte de esa oleada de migrantes que en los sesentas apostó por Lima para lograr la realización que no encontraban en su propia tierra. Y lo lograron, a punta de trabajo duro. En ese sentido, recordar a Lima en su aniversario, no es sumarme a la apatía reinante descrita arriba, sino agradecer y, de paso, reconocer lo mucho que aún le falta para que sea la capital del país, nuestra gran capital.

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