Alan

Estaba en pleno dictado de clase, cuando un alumno irrumpió abruptamente, diciendo: “Profe, Alan García se ha disparado”. Quizá, ante mi incrédulo rostro, el alumno insistió: “Alan se ha disparado, así lo dicen las redes”. El resto del aula, celular en mano, empezaron a dar más detalles: “Está en un hospital, se encuentra en coma, está muy grave”, y un largo etc. Yo seguí incrédulo.

Lo último que oí de Alan, antes de ir a clases, es que la fiscalía y la policía se aprestaba a allanar su casa. Un día antes, también escuché una entrevista en la que afirmaba: “No nací para robar”. Por eso, cuando recibí la noticia que Alan volvería a enfrentar la justicia, creí que lo del disparo era una treta más de este cazurro político, para evitarla, como lo hizo todos estos años. Por eso escribí en mi muro: “Nuestro país es un circo”

Terminada la clase, Jorge Bedregal y todos los que transitaban por el pasillo universitario, hablaban del tema, juzgándolo y tejiendo hipótesis: pendejo, cobarde, pobrecito, y otro largo etcétera, confirmando así que el tema alanista sigue causando fracciones en nuestro país.

Llegando a la oficina, me recibieron con la noticia: Alan García murió. Encendí la radio para confirmarlo, y, efectivamente, sucedió. Los noticieros hablaban de muerte, fallecimiento, pero no suicidio; e inmediatamente empezaron a propalarse en las redes e informativos las imágenes y declaraciones de rabia, por parte de sus partidarios, y de júbilo, de sus detractores. Nuevamente, el país fragmentado. Luego, algunos medios me llamaron para saber mi opinión. Dije generalidades. Llamé a mi madre y, como presumí, sollozaba por Alan, a pesar de odiarlo. “Es un ser humano y ha sido nuestro presidente dos veces, aunque nos duela”, dijo sabiamente.

En ese momento reconocí que, efectivamente, gran parte de mi vida está asociada al historial de Alan. Reconocí que, sin quererlo, fui víctima de su alocado primer gobierno; de su discurso izquierdoso y populista, de sus balconazos declarando la baja de precios de todo; de su pose antimperialista negándose a pagar la deuda externa; de sus dólares MUC; de sus manotazos a los ahorros en dólares de la población (de allí el odio de mi madre); de su hiperinflación; de las colas madrugadoras para conseguir pan o leche Enci; de la expansión demencial del senderismo, que “ya estaba en la capital, para fundar un nuevo Estado”, como lo decían jubilosos mis amigos izquierdista; de su contracampaña para evitar que Mario Vargas Llosa gane la presidencia; y del fujimorismo, que fue su hechura política más perversa.

Todo eso se aglomeró en mis recuerdos. Soy pues, un sobreviviente del alanismo, y, por eso, un odiador más, de una inmensa lista que pensamos que nunca repetiríamos un desastre así. Sin embargo, ocurrió, volvimos a votar por Alan. Allí constaté, parafraseando a Orwell, que la culpa de nuestras desgracias no era de él, ni de ningún gobernante, sino de todos nosotros. Sin embargo, ese segundo gobierno alanista, no fue tan desastroso; es más, logramos una sorprendente reducción de la pobreza; un índice de crecimiento económico que se codeaba con el de China, e incluso ya soñábamos con ingresar a la OCDE. Sin embargo, nada de eso impidió que el antialanismo y antiaprismo se fortaleciera; por eso, ni siquiera pudo crear una fórmula presidencial en las elecciones del 2011, permitiendo así el auge del humalismo; es decir, tal vez sin quererlo, Alan también creó ese engendro.

Alan ha muerto; en realidad, se suicidó. En mi oficina se incendió un debate, pues todos, al igual que mis alumnos, creen que lo hizo por cobarde, por no tener los pantalones para enfrentar la justicia, que ahora sí, no la iba a esquivar. Es decir, su muerte; o mejor dicho, su suicidio, para muchos confirma lo que siempre creyeron: que era un ladrón, un abominable corrupto; y, por tanto, causante de todos los males del Perú. No soy tan severo, a pesar de ser una de sus víctimas. No quiero juzgarlo. Más me inquieta entender esa desgraciada determinación de quitarse la vida, luego de gozar de las mieles del poder.

No puedo dejar de pensar en Camus, quien planteó que el problema filosófico más serio del ser humano es decidir si tenemos una vida digna o no. Si lo es, hay que saber disfrutarla intensamente; pero si eso no lo es, el suicidio, quitarse la vida, es una mejor decisión. Creo que, para optar por eso, hay que ser corajudo. Creo que Alan pensó que estar en la cárcel, era una inmensa indignidad, tan inmensa como su vanidad.

Puntuación: 3.5 / Votos: 8

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *